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Actualizado: 28 de septiembre, 2026
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Cómo nos afecta el trauma psicológico y cómo tratarlo

En el lenguaje cotidiano utilizamos la palabra trauma para referirnos a experiencias que nos han causado mucho sufrimiento. Sin embargo, desde la psicología clínica es importante distinguir entre haber vivido una experiencia potencialmente traumática, presentar reacciones después de lo ocurrido y desarrollar un trastorno psicológico. Tras un acontecimiento adverso pueden aparecer miedo, recuerdos intrusivos, problemas de sueño, irritabilidad, sensación de peligro o evitación, pero estas respuestas no siempre se mantienen ni implican necesariamente un trastorno de estrés postraumático.

Además, no todas las personas responden de la misma manera ante una experiencia similar, depende de las características de lo ocurrido, pero también de la historia de la persona, sus experiencias previas y posteriores, el contexto y los apoyos disponibles.

¿Qué experiencias pueden resultar traumáticas?

Una experiencia puede resultar traumática cuando la persona se enfrenta a una situación que desborda sus recursos habituales de afrontamiento y puede alterar de forma significativa su sensación de seguridad, control o integridad. Esto puede ocurrir ante acontecimientos como una agresión, un abuso, un accidente grave, una catástrofe, una situación de guerra o la amenaza directa para la propia vida o la de otra persona. Pero también es importante tener en cuenta que las consecuencias emocionales no dependen únicamente de lo ocurrido, pues una misma experiencia puede generar respuestas muy diferentes en distintas personas.

En divulgación suele hablarse de trauma con «T mayúscula» para referirse a acontecimientos potencialmente traumáticos de especial gravedad, como agresiones sexuales, violencia física grave, accidentes graves, catástrofes, guerras, tortura o situaciones de amenaza vital. En cambio, el trauma con «t minúscula» suele utilizarse para describir experiencias adversas repetidas o prolongadas, como el rechazo persistente, la humillación, la negligencia, el acoso, la invalidación emocional o crecer en un entorno caracterizado por la inseguridad y las relaciones impredecibles.

Esta distinción es divulgativa y no constituye una clasificación diagnóstica oficial. Una experiencia adversa puede tener consecuencias psicológicas importantes sin implicar necesariamente un trastorno de estrés postraumático. Por eso, más que clasificar las experiencias como más o menos traumáticas, debemos comprender qué significado tuvieron para la persona y cómo están influyendo actualmente en su forma de relacionarse consigo misma, con los demás y con su entorno.

¿Cómo puede manifestarse?

Después de una experiencia traumática pueden aparecer respuestas muy diferentes. Algunas personas experimentan recuerdos o imágenes intrusivas, pesadillas, dificultades para dormir, irritabilidad, ansiedad, sobresaltos o una sensación persistente de peligro. También pueden aparecer sentimientos de culpa o vergüenza, dificultades para relacionarse, pérdida de interés por actividades que antes resultaban gratificantes o sensación de desconexión de uno mismo o del entorno. En otros casos, la persona comienza a evitar lugares, personas, conversaciones, sensaciones o recuerdos relacionados con lo ocurrido.

Una de las respuestas que puede contribuir a mantener el malestar es precisamente la evitación. Pensemos, por ejemplo, en una persona que sufrió una agresión al volver sola a casa por la noche y que, después de lo ocurrido, comienza a evitar determinadas calles, deja de salir sola o necesita que alguien la acompañe. Estas conductas pueden producir una sensación inmediata de seguridad y reducir el miedo, por lo que es comprensible que la persona vuelva a utilizarlas cuando aparece una situación similar. Sin embargo, si se mantienen durante mucho tiempo, pueden hacer que el miedo persista y limitar progresivamente su vida cotidiana.

Algo parecido puede ocurrir con determinadas conductas de seguridad, como comprobar repetidamente las puertas, vigilar constantemente el entorno o buscar que otras personas confirmen que todo está bien. Muchas de estas respuestas pudieron ser útiles en el momento en que se aprendieron, especialmente cuando existía un peligro real. La dificultad aparece cuando continúan siendo necesarias para sentirse seguro incluso cuando ese peligro ya no está presente.

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El trauma desde el análisis funcional de la conducta

El análisis funcional puede aportar una forma diferente de comprender las dificultades relacionadas con una experiencia traumática. No se trata únicamente de conocer qué ocurrió, sino de analizar cómo se relaciona actualmente lo que hace la persona con las situaciones en las que se encuentra y con las consecuencias que obtiene. Esto permite evitar explicaciones demasiado generales como «lo hace porque tiene un trauma» y preguntarse qué está ocurriendo realmente en su vida cotidiana.

Por ejemplo, dos personas pueden evitar situaciones relacionadas con una experiencia similar y, sin embargo, hacerlo por razones diferentes. Una puede evitar determinadas calles porque al hacerlo disminuye inmediatamente su miedo; otra puede buscar constantemente compañía porque necesita sentirse segura antes de afrontar determinadas situaciones. Aunque exteriormente ambas conductas puedan parecer similares, conocer qué las desencadena y qué consecuencias tienen permite comprender mejor qué está manteniendo cada problema y qué dificultades puede encontrar la persona para modificarlo.

Además, las respuestas que aparecen después de un acontecimiento traumático no tienen por qué ser inútiles desde el principio. Algunas pueden haber sido adaptativas cuando existía una amenaza real y continuar siendo comprensibles después de lo ocurrido. El problema puede aparecer cuando esas formas de responder se generalizan a situaciones que ya no presentan el mismo peligro o cuando su utilización constante empieza a restringir las actividades, las relaciones o la autonomía de la persona.

¿Cuándo hablamos de TEPT?

Vivir una experiencia potencialmente traumática no significa necesariamente desarrollar un trastorno de estrés postraumático (TEPT). Después de un acontecimiento de estas características pueden aparecer durante un tiempo miedo, malestar, alteraciones del sueño, recuerdos no deseados o conductas de evitación. En muchas personas estas respuestas disminuyen progresivamente; en otras, pueden mantenerse y llegar a interferir de forma significativa en su vida cotidiana.

Desde el punto de vista clínico, hablamos de TEPT cuando existe un patrón persistente de respuestas relacionadas con el acontecimiento traumático, que incluye síntomas como la reexperimentación de lo ocurrido, la evitación, cambios en el estado emocional y en la forma de interpretar la experiencia y una respuesta de amenaza aumentada. Además, estas dificultades deben producir un malestar clínicamente significativo o un deterioro importante en áreas relevantes de la vida.

Por otro lado, dos personas pueden cumplir los criterios para un mismo TEPT y, sin embargo, presentar patrones de evitación diferentes, responder ante situaciones distintas o encontrar consecuencias diferentes al utilizar determinadas estrategias. El diagnóstico permite identificar un patrón clínico; la formulación funcional ayuda a comprender cómo se relacionan las respuestas de esa persona con su contexto y qué variables pueden estar contribuyendo a mantenerlas.

Por tanto, haber vivido una experiencia potencialmente traumática, presentar reacciones después de lo ocurrido y desarrollar un TEPT son situaciones relacionadas, pero no equivalentes.

¿Qué tratamientos funcionan a la hora de abordar un trauma?

Cuando hablamos de TEPT, la investigación científica ha estudiado diferentes tratamientos psicológicos y existe un respaldo importante para varias intervenciones focalizadas en el trauma. Aunque utilizan procedimientos y explicaciones teóricas diferentes, comparten el objetivo de reducir el malestar y recuperar el funcionamiento de la persona.

1. Terapia cognitivo-conductual focalizada en el trauma

No se trata de una única terapia, sino de un conjunto de intervenciones que trabajan directamente con las consecuencias psicológicas del acontecimiento traumático. Dependiendo del tratamiento concreto, pueden abordarse los recuerdos del trauma, la evitación, las respuestas emocionales y las interpretaciones que la persona ha desarrollado sobre lo ocurrido. También se trabajan estrategias que permitan recuperar progresivamente actividades y áreas de la vida que hayan quedado restringidas.

2. Exposición prolongada

La exposición prolongada trabaja de forma estructurada y progresiva con aquello que la persona ha aprendido a evitar. Esto puede incluir recordar de manera intencionada el acontecimiento traumático y enfrentarse gradualmente a situaciones que actualmente son seguras, pero que provocan miedo porque han quedado asociadas a lo ocurrido.

El objetivo no es hacer que la persona reviva el trauma sin control, sino reducir la evitación y favorecer nuevos aprendizajes. A medida que la persona permanece en contacto con estas experiencias sin recurrir a las estrategias habituales de escape, puede aprender que determinadas situaciones o recuerdos son dolorosos, pero no necesariamente peligrosos en el presente.

3. Terapia de procesamiento cognitivo

La terapia de procesamiento cognitivo presta especial atención a cómo la persona interpreta lo que ocurrió y qué conclusiones ha extraído de esa experiencia. Después de un trauma pueden aparecer pensamientos como «fue culpa mía», «no puedo confiar en nadie», «el mundo es completamente peligroso» o «debería haberlo evitado».

El tratamiento ayuda a identificar estas interpretaciones, examinar la información que las mantiene y desarrollar formas de comprender lo sucedido que resulten más ajustadas. El objetivo no es simplemente sustituir pensamientos «negativos» por pensamientos positivos, sino revisar aquellas interpretaciones que están contribuyendo al mantenimiento del malestar.

4. EMDR

EMDR es otra de las intervenciones psicológicas con respaldo científico para el TEPT. Se aplica mediante un protocolo estructurado que incluye diferentes fases y procedimientos, entre ellos el trabajo con recuerdos traumáticos, emociones, cogniciones y sensaciones corporales asociadas, junto con estimulación bilateral.

Existen diferentes propuestas teóricas para explicar por qué EMDR puede resultar eficaz. Sin embargo, es importante distinguir entre la evidencia que respalda la eficacia de una intervención y la explicación concreta de los mecanismos mediante los que funciona. Que un tratamiento haya demostrado ser eficaz no significa que todas las explicaciones propuestas sobre su funcionamiento estén igualmente demostradas.

El papel del terapeuta

Contar con un tratamiento eficaz es fundamental, pero la calidad con la que se aplica también importa. Las investigaciones sobre la relación terapéutica han encontrado que aspectos como la alianza entre terapeuta y paciente, la empatía, la autenticidad, la aceptación y la colaboración se relacionan con mejores resultados terapéuticos. No sustituyen a las técnicas que han demostrado eficacia, pero forman parte de las condiciones que pueden favorecer que el tratamiento se desarrolle adecuadamente.

En el trabajo con trauma, estas habilidades adquieren una especial importancia. Hablar de una experiencia traumática puede resultar especialmente difícil y requiere que el terapeuta sepa escuchar sin juzgar, valide el sufrimiento, explique con claridad qué se va a trabajar y por qué, respete el ritmo de la persona y tenga en cuenta su capacidad para afrontar lo que se está abordando en cada momento. También es importante que la persona pueda expresar sus dudas, participar en las decisiones sobre el tratamiento y mantener una sensación de control sobre el proceso.

La empatía y la aceptación incondicional no significan dar la razón a cualquier interpretación de lo ocurrido ni evitar sistemáticamente aquello que genera malestar. Validar significa reconocer y comprender la experiencia de la persona, mientras que el tratamiento puede implicar precisamente abordar emociones, recuerdos o situaciones que hasta ese momento se habían evitado. La delicadeza terapéutica no consiste en evitar todo sufrimiento, sino en saber cómo, cuándo y para qué intervenir.

Por eso, una buena relación terapéutica no debe plantearse como alternativa a un tratamiento basado en la evidencia. La alianza, las habilidades del terapeuta y los procedimientos terapéuticos eficaces se complementan: la evidencia orienta qué intervenciones pueden ayudar, mientras que la competencia clínica y la relación terapéutica contribuyen a aplicarlas de manera segura, comprensible y adaptada a cada persona.

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Mario Arrimada

Mario Arrimada Fernández es Psicólogo General Sanitario, con formación en orientación cognitivo-conductual y especialización en terapias de tercera generación y EMDR. Desarrolla su labor clínica tanto de forma presencial en Madrid como en formato online, trabajando principalmente con población adulta, aunque también interviene con población infantojuvenil y en terapia familiar. Cuenta con experiencia en distintos entornos clínicos, abordando problemáticas como adicciones, patología dual, trastornos de la conducta alimentaria, trastornos de la personalidad, ansiedad y depresión, en intervenciones individuales y grupales. Ha trabajado en centros como Por Ti Psicología y Centro Árbor, además de ejercer en el ámbito online a través de BetterHelp. Dispone de formación de posgrado en Psicología General Sanitaria y psicoterapia, así como especialización en EMDR (nivel 2), adicciones, mindfulness y terapias contextuales. Cuenta también con formación específica en trastornos de la personalidad y trastornos alimentarios. Compagina su práctica clínica con la divulgación en psicología, con más de 200 publicaciones en diferentes plataformas especializadas. Su enfoque terapéutico se basa en la integración de modelos con respaldo empírico, adaptando la intervención a las necesidades de cada persona y manteniendo un compromiso con la calidad y la ética profesional.