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Actualizado: 27 de octubre, 2026
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¿Pueden los refrescos aumentar la ansiedad en los adolescentes?

Tomar un refresco durante una comida, al salir con los amigos o mientras se juega a videojuegos es algo habitual entre muchos adolescentes, pero cuando estas bebidas se consumen todos los días, sus efectos pueden ir más allá de la salud física. Diversas investigaciones han encontrado una relación entre el consumo frecuente de refrescos azucarados y una mayor presencia de síntomas de ansiedad, especialmente durante una etapa de la vida en la que el cerebro todavía está madurando y las emociones pueden experimentarse con especial intensidad.

Un estudio publicado en 2026 ha vuelto a poner el foco en esta relación, al encontrar que los adolescentes que consumen más bebidas azucaradas presentan una mayor probabilidad de sufrir problemas de ansiedad. Sin embargo, esto no significa que beber refrescos provoque directamente un trastorno psicológico, porque también es posible que los jóvenes que ya se sienten ansiosos recurran con mayor frecuencia a estas bebidas.

Y es que la alimentación, el descanso y la salud mental están más relacionados de lo que solemos pensar, aunque todavía estamos intentando comprender cómo interactúan entre sí y qué papel puede tener el consumo habitual de azúcar y cafeína.

Qué dice la ciencia sobre los refrescos y la ansiedad

Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en febrero de 2026 en la revista Journal of Human Nutrition and Dietetics analizó nueve estudios sobre el consumo de bebidas azucaradas y la ansiedad en adolescentes. Siete de ellos encontraron una asociación significativa entre un mayor consumo y más problemas de ansiedad, mientras que los otros dos no observaron una relación estadísticamente significativa.

Al combinar los resultados disponibles sobre trastornos de ansiedad, los investigadores encontraron que los adolescentes con un consumo más elevado de bebidas azucaradas presentaban un 34 % más de probabilidades relativas, expresadas como odds, de experimentar estos trastornos, en comparación con aquellos que consumían menos. Este porcentaje representa una asociación estadística y no significa que el 34 % de los adolescentes que beben refrescos vaya a desarrollar ansiedad.

Los autores también analizaron investigaciones que seguían a los participantes durante un periodo de tiempo y encontraron asociaciones pequeñas pero persistentes, aunque la mayoría de los estudios eran observacionales, por lo que todavía no permiten establecer una relación directa de causa y efecto.

Los resultados coinciden con investigaciones anteriores. Un estudio realizado con más de 8.000 adolescentes chinos encontró que quienes consumían refrescos siete o más veces por semana presentaban puntuaciones más elevadas en cuestionarios de ansiedad y depresión, incluso después de tener en cuenta determinados factores personales y de comportamiento.

Sin embargo, otros trabajos longitudinales han encontrado que los problemas de salud mental pueden preceder al aumento del consumo de refrescos. Una investigación alemana que siguió a casi 6.000 niños y adolescentes durante varios años observó que las dificultades psicológicas predecían un mayor consumo posterior de estas bebidas, pero no encontró una relación significativa en sentido contrario.

Esto plantea una cuestión importante: ¿los adolescentes sienten más ansiedad porque beben refrescos o beben más refrescos porque están ansiosos? Probablemente la respuesta no sea la misma para todos, porque los hábitos alimentarios pueden estar influidos por el estrés, las dificultades emocionales, el sueño, el entorno familiar y muchos otros factores.

Cómo pueden influir el azúcar y la cafeína en el estado de ánimo

Los refrescos azucarados contienen cantidades variables de azúcar añadido, pero no todos tienen la misma composición. Algunos contienen cafeína, especialmente determinadas bebidas de cola, mientras que otros no incluyen estimulantes. Esta diferencia es importante porque el azúcar y la cafeína actúan de maneras distintas sobre el organismo.

La cafeína estimula el sistema nervioso central y puede producir una sensación temporal de mayor energía y concentración, aunque también puede provocar nerviosismo, inquietud, palpitaciones o dificultades para dormir, especialmente cuando se consume en cantidades elevadas o existe una sensibilidad particular a sus efectos.

Para un adolescente que ya presenta ansiedad, estas sensaciones físicas pueden resultar desagradables e incluso confundirse con los síntomas de una crisis de ansiedad. Además, cuando la cafeína interfiere en el descanso, el cansancio del día siguiente puede aumentar la irritabilidad, las dificultades de concentración y la sensibilidad al estrés.

El sueño es especialmente importante durante la adolescencia, porque participa en la regulación emocional, la memoria y otros procesos relacionados con la maduración cerebral. Si un joven duerme pocas horas, se siente agotado durante el día y recurre a bebidas con cafeína para mantenerse despierto, puede acabar entrando en un círculo en el que el estimulante dificulta precisamente el descanso que necesita.

También conviene distinguir los refrescos habituales de las bebidas energéticas, que suelen contener cantidades mucho mayores de cafeína y otros ingredientes estimulantes. La Academia Estadounidense de Pediatría desaconseja el consumo de bebidas energéticas durante la adolescencia por sus posibles efectos sobre el sueño, la ansiedad y el sistema cardiovascular.

En cuanto al azúcar, se están estudiando diferentes mecanismos que podrían relacionar su consumo excesivo con la salud mental, como los cambios metabólicos, los procesos inflamatorios o las alteraciones de la microbiota intestinal. Sin embargo, todavía no está demostrado que estos mecanismos expliquen directamente la asociación observada entre refrescos y ansiedad en adolescentes.

Una revisión de 57 estudios publicada en Frontiers in Nutrition encontró que un mayor consumo de bebidas azucaradas podía relacionarse tanto con problemas de sueño como con dificultades de salud mental, aunque los investigadores señalaron que las relaciones podrían funcionar en ambas direcciones.

Por eso, no conviene interpretar los resultados como si el azúcar fuese responsable por sí solo de la ansiedad. La ansiedad adolescente es un problema complejo en el que intervienen factores biológicos, psicológicos y sociales, y ningún alimento o bebida explica por sí mismo la aparición de un trastorno.

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Qué señales observar y cómo reducir su consumo

No existe una señal específica que permita saber que un adolescente está experimentando ansiedad debido a los refrescos, pero sí podemos observar si el consumo coincide con determinados cambios, especialmente cuando las bebidas contienen cafeína.

Por ejemplo, un adolescente que toma varias bebidas de cola al día puede experimentar más nerviosismo, dificultades para conciliar el sueño o una sensación constante de inquietud. También puede acostumbrarse a recurrir a estas bebidas cuando está cansado, tiene que estudiar, se siente estresado o necesita mantenerse despierto después de una noche de poco descanso.

Entre los síntomas de ansiedad que conviene observar se encuentran las preocupaciones excesivas, la irritabilidad, las dificultades para concentrarse, la tensión muscular, las molestias digestivas, los problemas de sueño o la tendencia a evitar determinadas situaciones por miedo o inseguridad. Sin embargo, estas manifestaciones pueden tener muchas causas y no deberían atribuirse automáticamente a la alimentación.

Una forma práctica de empezar consiste en revisar qué bebidas consume habitualmente el adolescente y en qué momentos del día lo hace. A veces no somos conscientes de la cantidad total porque se reparte entre el desayuno, las comidas, las salidas con amigos o los momentos de ocio.

También puede ayudar comprobar las etiquetas, distinguir las bebidas con cafeína de las que no la contienen y reducir progresivamente los refrescos azucarados, sustituyéndolos por agua u otras alternativas sin azúcar ni estimulantes.

No se trata de prohibir un refresco ocasional ni de generar miedo hacia determinados alimentos, sino de evitar que estas bebidas se conviertan en una parte imprescindible de la rutina diaria. Si el adolescente está acostumbrado a consumir mucha cafeína, conviene reducirla de forma gradual, porque retirarla bruscamente puede provocar dolor de cabeza, cansancio o irritabilidad.

La manera de abordar el tema también importa. Una conversación tranquila sobre cómo se siente, si descansa lo suficiente o por qué necesita determinadas bebidas suele resultar más útil que insistir únicamente en que debe dejar de tomarlas. De hecho, si utiliza los refrescos como respuesta al cansancio, al aburrimiento o al estrés, puede ser necesario atender también esas necesidades.

Cuando la ansiedad es persistente, afecta a los estudios, al descanso o a las relaciones personales, es importante valorar la situación con un profesional sanitario, porque reducir el consumo de refrescos puede ser una medida saludable, pero no sustituye la evaluación ni el tratamiento de un problema de ansiedad.

En definitiva, las investigaciones muestran una asociación entre el consumo elevado de bebidas azucaradas y la ansiedad adolescente, aunque todavía no sabemos hasta qué punto existe una relación causal. Reducir los refrescos, especialmente los que contienen cafeína, puede formar parte de unos hábitos más saludables, pero el bienestar emocional de los adolescentes depende de muchos más factores, como el sueño, las relaciones personales, el entorno familiar y la forma en que aprenden a afrontar las dificultades.

 

Marta Guerri

Marta Guerri es Licenciada en Psicología por la UOC y Diplomada en Enfermería por la UB. Posee la acreditación como Psicóloga General Sanitaria, y cuenta con el Máster en Terapia de la Conducta y la Salud, Máster en Terapia Familiar Socioeducativa, y un Postgrado en Salud Mental y Psiquiatría por la Universitat de Barcelona (UB). Es CEO y gestora de contenidos de Psicoactiva.com, un portal líder en psicología, que ha crecido hasta convertirse en una comunidad de referencia en el ámbito de la psicología y las neurociencias. También ha trabajado en terapia con familias con vulnerabilidad social en el Servicio de Orientación y Acompañamiento a Familias (SOAF) y actualmente ejerce de Psicóloga en la Clínica Fertty, donde se dedica a la atención de pacientes y donantes en tratamientos de fertilidad. Además, es miembro de la Sociedad Española de Fertilidad (SEF). Tiene publicados varios libros sobre psicología y salud emocional, entre los cuales sen encuentran: "Inteligencia Emocional, una guía útil para mejorar tu vida" y "Entrenamiento mental para mejorar tu inteligencia" de la editorial Mestas Ediciones.