¿Alguna vez has estado hablando con alguien y, de pronto, te has dado cuenta de que no estabas escuchando realmente? Mientras la otra persona hablaba, tú estabas preparando tu respuesta, pensando en algo parecido que te ocurrió o buscando la manera de explicar tu punto de vista. Y luego, después de la conversación, sigues repasando lo que dijiste, preguntándote si causaste una buena impresión, si deberías haber respondido de otra manera o qué habrá pensado la otra persona de ti.
Aunque parezcan situaciones distintas, ambas tienen algo en común: una parte de tu mente está ocupada construyendo, revisando o defendiendo la historia que tienes sobre quién eres. A esa parte podemos llamarla el yo narrador.
El narrador que llevamos dentro
Todos necesitamos construir una idea de quiénes somos, es algo que a lo de la vida vamos formando una historia personal a partir de nuestras experiencias, relaciones, logros, fracasos y de lo que aprendemos sobre nosotros mismos. Esa historia nos ayuda a dar continuidad a nuestra identidad. Nos permite reconocernos como la misma persona a pesar de los cambios que experimentamos. El problema aparece cuando mantener esa historia se convierte en una tarea que ocupa demasiada atención.
Imagina que alguien hace un comentario sobre tu trabajo. En lugar de escuchar lo que está diciendo y considerar si puede ser útil, tu mente empieza a preguntarse: «¿Está diciendo que no soy suficientemente bueno?», «¿Por qué me habla así?», «Tengo que explicarle que se equivoca». De pronto, ya no estás prestando atención al comentario. Estás defendiendo la imagen que tienes de ti mismo.
El narrador no necesita ser arrogante ni presumido, ya que también puede construir historias en las que somos incapaces, poco importantes, incomprendidos o víctimas de las circunstancias. Por eso su tarea no consiste necesariamente en hacernos sentir bien. Consiste en mantener una historia coherente sobre quiénes somos, incluso cuando esa historia nos hace sufrir.
¿Por qué necesitamos un narrador?
Nuestro cerebro intenta constantemente comprender lo que nos sucede y anticipar lo que puede venir después. Pero el narrador hace algo más específico: interpreta las experiencias en relación con nosotros mismos. No se pregunta solamente qué ocurrió, sino qué significa lo ocurrido sobre quién soy, cómo me ven los demás y qué puedo esperar de ellos.
Cuando crecemos en relaciones donde las personas de las que dependemos no siempre están disponibles, o sus respuestas resultan difíciles de anticipar, podemos desarrollar una necesidad especial de entender lo que su comportamiento dice sobre nosotros.
Un niño que nunca sabe si recibirá cariño, indiferencia o rechazo puede empezar a prestar mucha atención a cómo reaccionan los adultos y, sobre todo, a lo que esas reacciones significan acerca de él. Con el tiempo, puede construir una historia personal que explique sus experiencias: «En mi vida, siempre he tenido que hacer las cosas perfectamente para que me quieran» o «A mí nunca me han permitido equivocarme. Cuando hago algo mal, la gente se enfada conmigo».
Así, lo que comenzó como un intento de comprender a los demás se convierte en una manera de explicarnos a nosotros mismos. Cada experiencia nueva puede transformarse en otra prueba que confirma la historia: «Esto siempre me pasa a mí», «Nadie me toma en cuenta», «Siempre tengo que demostrar lo que valgo».
El problema es que el narrador no solo utiliza el pasado para interpretar el presente, también selecciona, organiza y recuerda lo que sucede de acuerdo con la historia que ya tiene construida. En lugar de descubrir algo nuevo, muchas veces encuentra otra manera de confirmar lo que cree saber sobre sí mismo.
Y cuanto más necesita mantener esa historia, menos disponible está para experimentar lo que realmente está ocurriendo.
Cuando la historia ocupa el lugar de la experiencia
Existe una red de regiones cerebrales conocida como red neuronal por defecto, que participa, entre otras funciones, en el pensamiento sobre nosotros mismos, los recuerdos personales y la construcción de nuestra historia. Esta actividad es normal y necesaria. Sin ella, nos resultaría mucho más difícil mantener una sensación de continuidad sobre quiénes somos. Sin embargo, pensar constantemente sobre nosotros mismos no es lo mismo que estar presentes en nuestra vida.
Podemos pasar una tarde agradable con amigos y dedicar buena parte del tiempo a preguntarnos si estamos siendo interesantes. Podemos recibir una muestra de cariño y empezar inmediatamente a analizar qué significa para nuestra relación. Incluso podemos conseguir algo que deseábamos y, en lugar de disfrutarlo, comenzar a pensar en cómo lo contaremos o en lo que los demás pensarán del logro.
En todos esos momentos está ocurriendo algo importante: la experiencia está siendo sustituida por la interpretación de la experiencia. Y eso tiene un costo, porque nuestra atención es limitada. Cuantos más recursos dedicamos a revisar, explicar o defender nuestra historia personal, menos atención tenemos disponible para descubrir lo que realmente está ocurriendo.
La curiosidad necesita espacio. Para interesarnos genuinamente por otra persona, necesitamos dejar de pensar durante un momento en lo que sus palabras significan para nosotros, dicen de mi, o como puedo yo empatar lo que escucho y sonar interesante. Para disfrutar de una experiencia, necesitamos permitirnos vivirla antes de convertirla en una historia.
El problema no es tener un ego
Solemos utilizar la palabra «ego» para describir a alguien arrogante, egocéntrico o demasiado preocupado por sí mismo. También encontramos con frecuencia la idea de que deberíamos controlar nuestro ego, reducirlo o incluso eliminarlo.
Pero el narrador cumple una función. Nos ayuda a organizar nuestras experiencias, darles sentido y mantener una identidad a lo largo del tiempo. No se trata de luchar contra él. Se trata de reconocer cuándo está ocupando demasiado espacio y aprender a relacionarnos con su actividad de otra manera.
Para eso necesitamos desarrollar otra capacidad: el yo observador.
Aprender a observar nuestra propia mente
Imagina que estás conversando con alguien y notas que empiezas a preparar tu respuesta antes de que termine de hablar. En ese momento puedes hacer algo diferente: reconocer lo que está ocurriendo.
«Ya estoy pensando en lo que voy a decir.» «Estoy sintiendo el impulso de decir algo que me haga parecer inteligente.» « Estoy a punto de decir algo inflado o exagerado que se bien que no es verdad.»
No necesitas criticarte ni obligarte a dejar de pensar, basta con darte cuenta y volver a prestar atención a la persona que tienes delante. Ese pequeño momento de reconocimiento es una expresión de lo que podemos llamar el yo observador. El observador no necesita explicar, justificar, competir, ni defender nuestra historia. Su función consiste en reconocer lo que está ocurriendo en nuestra mente mientras sucede. Podemos desarrollar esta capacidad en situaciones muy cotidianas.
Por ejemplo, cuando alguien nos hace una crítica, podemos notar la urgencia de defendernos antes de responder. Cuando empezamos a imaginar qué piensan los demás de nosotros, podemos reconocer que estamos haciendo suposiciones. Cuando repetimos mentalmente una conversación, podemos preguntarnos si estamos descubriendo algo nuevo o simplemente reforzando una historia que ya conocemos.
Al principio puede resultar difícil. Estamos acostumbrados a prestar atención al contenido de nuestros pensamientos, no al hecho de que estamos pensando. Pero, como muchas otras capacidades, la observación puede fortalecerse con la práctica.
Es más fácil desarrollar una nueva manera de responder que intentar eliminar por la fuerza una forma de funcionamiento que lleva años consolidándose.
No necesitamos silenciar al narrador
Hay algo importante que conviene comprender: el narrador no es un enemigo. Muchas de las historias que mantenemos sobre nosotros mismos surgieron cuando intentábamos entender relaciones, experiencias o circunstancias que nos resultaban difíciles. Tal vez aprendimos que debíamos demostrar constantemente nuestro valor. O que depender de otros era arriesgado. O que necesitábamos anticiparnos a las reacciones de los demás para evitar el rechazo. O que si no somos “alguien,” nadie nos tomara en cuenta.
El narrador ha seguido trabajando con esas explicaciones porque, en algún momento, tuvieron sentido. O porque en el mundo en el que vivimos, hacen sentido.
Comprenderlo nos permite dejar de luchar contra él. En lugar de intentar detener nuestros pensamientos, podemos aprender a reconocerlos como lo que son: interpretaciones que nuestra mente ha construido y que no necesariamente describen lo que está ocurriendo ahora. Con la práctica, el narrador puede dejar de ser quien dirige constantemente nuestra atención y convertirse en una parte de nosotros que acompaña la experiencia sin sustituirla.
Porque vivir no es lo mismo que contarnos lo que estamos viviendo. Y quizás una de las capacidades más valiosas que podemos desarrollar sea precisamente esa: aprender a estar presentes en nuestra propia vida, sin sentir que tenemos que convertir cada momento en una his

