Ser una persona empática suele verse como una fortaleza, y en muchos sentidos lo es, porque ayuda a comprender a los demás, cuidar los vínculos, escuchar mejor y responder con más sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. El problema aparece cuando esa capacidad para ver lo bueno de los demás se combina con poca protección personal, porque entonces la empatía puede dejar de ser una forma de conexión y convertirse en una puerta demasiado abierta.
Un estudio reciente sobre atracción romántica ha puesto el foco precisamente en esta idea. Sus resultados no indican que las personas empáticas busquen parejas tóxicas ni que se sientan especialmente atraídas por quienes manipulan, dominan o dañan, sino algo más sutil: cuando se encuentran con personas con ciertos rasgos oscuros de personalidad, tienden a rechazarlas menos que otras personas. Es decir, no necesariamente ven más encanto donde hay toxicidad, pero pueden tardar más en poner distancia.
Y es que… a veces el problema no está en elegir activamente a quien nos hace daño, sino en darle demasiadas oportunidades a quien otras personas habrían descartado antes. Esa diferencia puede parecer pequeña al principio, pero en las relaciones tiene mucha importancia, porque las dinámicas tóxicas no suelen empezar mostrando toda su cara desde el primer día.
La empatía no siempre protege de una mala relación
El estudio realizado analizó lo que ocurre en los primeros momentos de atracción, cuando todavía no existe una relación, sino una impresión inicial. Los participantes realizaron citas rápidas de pocos minutos y, antes de empezar, respondieron cuestionarios sobre rasgos de personalidad. Por un lado, se midieron rasgos de la llamada tríada luminosa, como el humanismo, la confianza en la bondad de las personas y la tendencia a tratar a los demás como fines en sí mismos, no como medios para conseguir algo. Por otro lado, se midieron rasgos de la llamada tétrada oscura, como narcisismo, maquiavelismo, psicopatía y sadismo cotidiano.
Los resultados mostraron que las personas con rasgos maquiavélicos o sádicos tendían a ser menos elegidas en general, algo bastante lógico si pensamos en conductas asociadas a frialdad, manipulación o crueldad. Sin embargo, ese rechazo se reducía cuando la persona que tenían delante puntuaba alto en rasgos luminosos, es decir, cuando era más confiada, prosocial y orientada a ver dignidad y valor en los demás.
Esto no significa que las personas empáticas se enamoren de la toxicidad ni que tengan una especie de atracción especial por las parejas dañinas. De hecho, el estudio encontró justo lo contrario: no había una búsqueda mutua entre perfiles oscuros y luminosos, ni las personas con rasgos manipuladores parecían preferir de forma especial a las más empáticas. Lo que ocurría era más discreto: las personas más confiadas no rechazaban con tanta fuerza a quienes otros sí tendían a descartar.
Esta idea resulta importante porque aunque muchas veces se dice que alguien “siempre elige mal” o “se engancha a personas tóxicas”, tal vez no se trata de una atracción intensa desde el principio, sino de una dificultad para cerrar la puerta cuando aparecen señales incómodas. La persona empática puede pensar que quizá el otro ha tenido un mal día, que en el fondo no quería hacer daño, que solo necesita comprensión, que con paciencia cambiará o que nadie debería ser juzgado por una primera impresión.
Lamentablemente, la empatía cuando no va acompañada de límites, puede llevar a interpretar demasiado, justificar demasiado y esperar demasiado. Y aunque entender el origen de una conducta puede ayudarnos a no reaccionar de forma cruel, no debería llevarnos a normalizar el daño. Una cosa es comprender por qué alguien actúa como actúa, y otra muy distinta permitir que esa conducta se convierta en una forma habitual de relación.
Por qué cuesta tanto ver las señales
Las relaciones tóxicas rara vez empiezan con una señal enorme y evidente. Muchas veces comienzan con detalles que se pueden explicar de varias formas: una broma hiriente que se presenta como humor, una crítica disfrazada de sinceridad, una reacción de celos interpretada como interés, una contradicción que se justifica por el estrés o una presión sutil que aparece dentro de una dinámica aparentemente intensa y especial.
Para una persona muy empática, esas señales pueden pasar por un filtro distinto. En lugar de preguntarse “¿cómo me estoy sintiendo yo con esto?”, puede centrarse en entender al otro: qué le habrá pasado, por qué se comporta así, qué inseguridad tiene, qué herida arrastra o qué necesita para sentirse mejor. Esa mirada puede ser valiosa en una relación sana, pero se vuelve peligrosa cuando desplaza continuamente las propias necesidades.
Además, algunas personas con rasgos manipuladores no se muestran frías o crueles todo el tiempo. Pueden alternar encanto, vulnerabilidad, atención intensa y momentos de cercanía con conductas de control, desprecio, distancia o presión. Esa mezcla confunde mucho, porque la persona empática no se vincula solo con el daño, sino también con la parte amable, prometedora o herida que ha visto en el otro.
Cuando alguien nos muestra una parte vulnerable, es fácil confundir compasión con responsabilidad afectiva, y ahí puede empezar una trampa: sentir que si nos alejamos abandonamos a alguien que necesita ayuda, aunque esa persona esté dañándonos o no esté dispuesta a cambiar.
También influye el deseo interno de reparar. Hay personas que han aprendido a sentirse valiosas cuando cuidan, salvan, sostienen o comprenden más que los demás, y en una relación tóxica ese papel puede activarse con mucha fuerza. Si el otro sufre, se enfada, se victimiza o promete cambiar, la persona empática puede quedarse intentando demostrar que su amor, su paciencia o su comprensión serán suficientes.
Pero una relación no se vuelve sana porque una persona entienda muy bien a la otra, hace falta reciprocidad, respeto, responsabilidad y capacidad real de cambio. Si una parte siempre comprende y la otra siempre hiere, pide perdón y repite, lo que se construye no es intimidad, sino desgaste.
Cómo evitar que la empatía se vuelva contra nosotros
La solución no es volverse frío ni dejar de confiar en todo el mundo. La empatía sigue siendo una cualidad valiosa, pero necesita ir acompañada de criterio, límites y atención a lo que sentimos nosotros dentro de la relación. Ser buena persona no significa dar acceso ilimitado a cualquiera, ni escuchar todas las excusas, ni quedarse hasta que el otro entienda el daño que hace.
Una forma práctica de empezar es fijarse menos en el potencial y más en la conducta repetida. No importa solo lo que alguien dice que quiere ser, sino cómo actúa cuando se frustra, cuando le ponemos un límite, cuando no consigue lo que desea o cuando tiene que hacerse responsable de un error. La personalidad de alguien se entiende mejor observando cómo responde a un límite que escuchando cómo se describe a sí mismo.
También ayuda prestar atención a las señales tempranas sin convertirlas automáticamente en sentencia. Una señal aislada puede hablar de torpeza, estrés o inmadurez, pero si se repite y deja una sensación constante de confusión, culpa, miedo o agotamiento, conviene tomarla en serio. Algunas señales importantes son sentirse responsable del estado emocional del otro, pedir perdón por cosas que no hemos hecho, dejar de contar lo que ocurre por vergüenza, adaptar cada vez más nuestra conducta para evitar reacciones o sentir que la relación nos hace más pequeños.
Otra opción, aunque a menudo se ve algo dolorosa, es consultar la realidad con personas de confianza. Cuando estamos dentro de una dinámica intensa, es fácil perder perspectiva, sobre todo si alterna momentos muy buenos con otros muy dolorosos. Hablar con alguien que no esté dentro de la relación puede ayudarnos a distinguir entre una dificultad normal de pareja y un patrón de manipulación, control o maltrato emocional.
También conviene revisar nuestras propias frases internas. “Yo le entiendo”, “en el fondo es buena persona”, “ha sufrido mucho”, “conmigo será diferente” o “si me voy, se hundirá” pueden sonar compasivas, pero a veces esconden una responsabilidad que no nos corresponde. Entender el dolor de alguien no nos obliga a quedarnos en una relación que nos daña, y cuidar de otra persona no debería implicar abandonarnos a nosotros mismos.
Por lo tanto, no se trata de dejar de ser empáticos, sino de aprender a que la empatía también nos incluya. Podemos comprender sin justificar, acompañar sin salvar, dar oportunidades sin ignorar patrones y querer mucho sin perder el derecho a irnos. La empatía sana no consiste en ver siempre lo bueno del otro, sino en ver también con claridad lo que la relación nos está haciendo a nosotros.
- Kesenheimer, J. S., Angermann, A., Raschel, L. M., & Greitemeyer, T. (2026). Shedding light on dark romance: Light personalities’ reduced rejection of Machiavellian and sadistic partners. Personal Relationships, 33(1), e70058. https://doi.org/10.1111/pere.70058
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