En los artículos anteriores hemos ido aprendiendo a mirar nuestras emociones de una forma diferente. Hemos hablado del dolor como una señal que puede contener información, de la alegría, el vacío o la satisfacción como parte de una brújula emocional, de aquello que puede hacernos sentir bien y, al mismo tiempo, cobrarnos un peaje, y de cómo nuestra vida no avanza necesariamente en línea recta: podemos movernos una y otra vez entre el miedo y la confianza, la satisfacción y el vacío, la seguridad y la incertidumbre y, sin embargo, utilizar todo lo que sentimos para introducir una dirección.
Hoy vamos a llevar todo eso a la práctica.
Y vamos a hacerlo a través de algo tan cotidiano que resulta difícil escapar de él.
Porque quizá exista una razón bastante profunda por la que tantas veces no escuchamos lo que sentimos. Si descubriéramos que una parte importante de la vida que hemos construido no nos llena como pensábamos, tendríamos que enfrentarnos a una pregunta mucho más difícil: ¿y ahora qué hacemos con esa información?
Podemos llevar veinte años ejerciendo una profesión para la que estudiamos durante otros cinco. Podemos tener hijos, una hipoteca o un alquiler, personas que dependen de nosotros. Podemos haber construido nuestra vida alrededor de decisiones que parecían lógicas, responsables o incluso deseables cuando las tomamos.
Y mucho antes de todo eso ya existían referencias sobre cómo debía ser una vida. Vimos vivir a nuestros padres. Escuchamos lo que significaba tener éxito, ser responsable, formar una familia, encontrar un buen trabajo o conseguir seguridad. Aprendimos qué se esperaba de nosotros y qué necesitábamos hacer para desenvolvernos en el mundo al que habíamos llegado.
Por eso quizá no sea tan extraño que hayamos aprendido también a no preguntar demasiado.
Si todavía no sabemos cómo cambiar una realidad, quizá necesitemos convencernos durante un tiempo de que esa realidad está bien.
No necesariamente porque nos engañemos conscientemente. Necesitamos seguir funcionando. Levantarnos, acudir al trabajo, pagar las facturas, cuidar de nuestros hijos, atender responsabilidades y sostener decisiones que quizá todavía no sabemos cómo cambiar.
Pero no escuchar lo que sentimos no hace desaparecer esa información.
Y quizá podamos empezar por algo tan pequeño como el primer instante del día.
Suena el despertador
Si necesitamos un despertador, hay algo bastante evidente: no queríamos despertarnos todavía. Si hubiéramos querido hacerlo en ese momento, probablemente no habría hecho falta que algo externo nos avisara de que había llegado la hora de levantarnos de la cama.
Quizá estamos cansados porque nuestro cuerpo necesita dormir más. Quizá simplemente habríamos preferido permanecer media hora en la cama. Quizá lo que viene a continuación no resulta especialmente estimulante.
Podemos comprobarlo fácilmente cambiando las circunstancias.
Si el despertador suena a las cuatro de la mañana porque tenemos que coger un avión para comenzar unas vacaciones que llevamos meses esperando, probablemente continuemos teniendo sueño. Seguramente habríamos preferido que el vuelo saliera después de haber descansado perfectamente. Pero hay algo esperándonos que nos ilusiona y nuestra experiencia cambia.
De hecho, intentamos hacer que despertarnos resulte menos desagradable. Elegimos una melodía suave en lugar de una alarma estridente, utilizamos luces que imitan el amanecer o dejamos entrar progresivamente la claridad.
No parece una gran cuestión. Solo estamos despertándonos. Pero es interesante que podamos comenzar el día modificando la experiencia para hacer más llevadero algo que, si pudiéramos elegir en ese instante, quizá elegiríamos de otra manera. Y ahora podemos hacernos una pregunta mucho más incómoda:
si esto ocurre en el primer minuto de nuestro día, ¿qué sucede durante todos los demás?
Probemos a observar un solo día
No hace falta cambiar nada.
Mañana podemos levantarnos a la misma hora, acudir al mismo trabajo, atender las mismas obligaciones y volver a casa exactamente igual que hoy.
Pero podemos introducir una diferencia: escucharnos.
- ¿Qué siento cuando suena el despertador?
- ¿Qué siento mientras me preparo?
- ¿Qué siento camino del trabajo?
- ¿Qué siento cuando llego?
- ¿Qué siento cuando alguien me pide algo?
- ¿Qué ocurre cuando digo que sí?
- ¿Quería decir que sí?
- ¿Qué siento cuando alguien me llama?
- ¿Me apetece atender esa llamada?
- ¿Qué ocurre cuando mi madre me propone que vaya a verla?
- ¿Siento ir?
Quizá sí quiero ir, pero quizá hoy no siento ir. Estoy cansada. Quiero quedarme en casa. Sin embargo, sé que si le digo que no voy, se enfadará. Así que voy.
Podríamos dejarlo ahí. No parece una decisión especialmente trascendente.
Pero podemos preguntar:
¿por qué he ido si no sentía ir?
Porque se enfadaría.
¿Y qué ocurre si se enfada?
Quizá me siento culpable.
¿Por qué?
Tal vez creo que debería atenderla. Quizá temo parecer egoísta. Puede que necesite sentir que soy una buena hija. Quizá me resulte insoportable que esté enfadada conmigo. O quizá descubramos algo completamente diferente.
No necesitamos llegar hoy hasta el fondo. Acabamos de encontrar una pieza.
Nuestra vida está llena de piezas pequeñas
Otro día quizá ocurra algo parecido con nuestra pareja. O con un amigo. O con nuestro jefe.
- Queremos decir que no y decimos que sí.
- Queremos descansar y continuamos trabajando.
- Queremos pedir ayuda y hacemos todo solos.
- Queremos expresar algo y callamos.
- Queremos probar algo nuevo y encontramos inmediatamente diez razones para no hacerlo.
Si observamos cada una de esas decisiones de manera aislada, pueden parecer insignificantes. Pero cuando empezamos a unirlas, aparece un dibujo.
- Quizá descubrimos que evitamos continuamente decepcionar a los demás.
- Que necesitamos aprobación.
- Que tememos equivocarnos.
- Que nos cuesta sostener un conflicto.
- Que buscamos seguridad.
- Que desconfiamos de nuestra capacidad.
- Que hacemos continuamente aquello que creemos que se espera de nosotros.
O quizá descubrimos todo lo contrario en determinadas áreas: que ahí sí nos sentimos libres, espontáneos, seguros y capaces de elegir.
Poco a poco estamos construyendo un mapa de nosotros mismos: de nuestros miedos, necesidades, aprendizajes, hábitos, creencias y formas de reaccionar. Un mapa de todo aquello que hemos ido incorporando y que hoy participa, muchas veces sin que lo advirtamos, en nuestras decisiones.
Y ese mapa empieza también a explicar nuestra vida.
Porque una vida no aparece de repente. Se construye instante a instante. Decisión a decisión.
Con cada sí que damos, cada no que pronunciamos y cada no que callamos. Con cada miedo que escuchamos o evitamos, cada deseo que atendemos o posponemos, cada decisión que tomamos por confianza, necesidad, amor, culpa, seguridad, costumbre o miedo.
Si observamos nuestras decisiones instante a instante, no solo descubrimos cómo vivimos. Empezamos a descubrir por qué nuestra vida es como es.
Lo pequeño nos prepara para lo grande
Imaginemos ahora que llevamos veinte años trabajando en algo que ya no queremos hacer. Queremos cambiar. Pero tenemos cincuenta años, una hipoteca, unos ingresos que necesitamos, una familia, una formación determinada y una vida construida alrededor de ese trabajo.
Entonces aparecen preguntas enormes.
- ¿Y si fracaso?
- ¿De qué voy a vivir?
- ¿Quién me contratará a mi edad?
- ¿Y si pierdo la seguridad que tengo?
- ¿Y si mi familia no lo entiende?
- ¿Y si descubro que me he equivocado?
Queremos realizar un cambio gigantesco y nos encontramos con que no hemos desarrollado todavía la confianza o los recursos internos necesarios para darlo.
Pero quizá llevemos años sin practicar nuestra capacidad de elegirnos ni siquiera en decisiones mucho más pequeñas. Si no podemos soportar que nuestra madre se enfade porque hoy no queremos visitarla, ¿cómo vamos a sentirnos preparados para soportar la incertidumbre, la desaprobación o el miedo que puede acompañar a una transformación mucho mayor?
No porque una cosa provoque necesariamente la otra, sino porque elegir también requiere aprendizaje. La libertad también se practica.
- Aprendemos a escuchar lo que sentimos.
- A sostener una incomodidad.
- A decir que no.
- A equivocarnos.
- A descubrir que podemos resolver problemas que no sabíamos resolver.
- A tolerar que alguien no comprenda nuestra decisión.
- A comprobar que una dificultad no significa necesariamente que hayamos tomado el camino equivocado.
- A confiar cada vez un poco más en nuestros propios recursos.
Son pequeñas experiencias, pero con ellas vamos adquiriendo una destreza que algún día puede resultar imprescindible para tomar decisiones mucho mayores.
Nadie aprende a caminar de repente
Observemos a un niño pequeño. Antes de caminar necesita muchísimo aprendizaje.
Tiene que adquirir fuerza, coordinación y equilibrio. Aprende a sentarse, a desplazarse, a apoyarse, a levantarse. Se cae. Aprende también a caer. Vuelve a incorporarse. Da un paso agarrado a algo. Después quizá dos. Pasa meses experimentando pequeños matices de algo que nosotros resumimos con dos palabras: aprender a caminar.
Y no parece desesperarse porque hoy todavía no pueda correr. Cada pequeño logro forma parte del proceso. Y, mientras aprende, el niño no parece considerar todo ese tiempo como una espera antes de empezar a vivir. Está viviendo mientras aprende.
Sin embargo, cuando nosotros descubrimos que queremos cambiar algo importante de nuestra vida podemos exigirnos prácticamente lo contrario.
- Queremos saber inmediatamente cómo hacerlo.
- Queremos dejar de tener miedo.
- Queremos estar seguros.
- Queremos tener la solución.
- Queremos llegar.
Y quizá por mirar constantemente el lugar al que queremos llegar dejamos de experimentar todo lo que estamos aprendiendo mientras avanzamos.
¿Y si no conseguimos disfrutar del proceso?
Aprender a caminar poco a poco puede sonar muy bien cuando todavía tenemos espacio interior para hacerlo. Pero ¿qué ocurre cuando no tenemos paciencia? ¿Cuándo cada pequeño paso nos parece insuficiente? ¿Cuándo no conseguimos disfrutar de nada porque solo queremos que nuestra vida cambie de una vez?
Eso también es información. Quizá llevemos demasiado tiempo esperando.
La insatisfacción que un día pudo ser una pequeña molestia puede haber ido creciendo mientras continuábamos haciendo lo mismo. No quisimos mirar porque cambiar daba miedo. Dudábamos de nuestra capacidad, no sabíamos qué hacer, necesitábamos seguridad o teníamos demasiadas cosas que perder. Así que pospusimos.
Y mientras posponíamos, la vida continuaba. Aquello que inicialmente podía decirnos simplemente «hay algo aquí que no me gusta» puede terminar convirtiéndose años después en «no puedo seguir viviendo así».
La urgencia por cambiar puede ser también la consecuencia de haber pospuesto durante demasiado tiempo los pequeños cambios.
Por eso disfrutar del proceso no significa obligarnos a estar contentos mientras vivimos algo que nos duele. Significa aprender a escucharnos suficientemente pronto como para que nuestra vida no tenga que gritarnos continuamente lo que antes podía mostrarnos en voz baja.
Podemos pasar años haciendo enormes esfuerzos para sostener nuestra vida y, al mismo tiempo, dedicar muy poco tiempo a preguntarnos si la vida que estamos sosteniendo es la que queremos vivir.
Hemos priorizado el sueldo, las obligaciones, las expectativas, la seguridad, la tranquilidad de otros o la estructura que ya existe por encima de la información que nosotros mismos llevábamos años recibiendo.
Escucharnos también es una forma de empezar a concedernos importancia. Y quizá también de empezar a querernos de una manera más concreta: no únicamente cuidándonos para poder continuar con nuestra vida, sino preguntándonos qué vida queremos continuar sosteniendo.
El cambio empieza hoy, aunque tarde años
A veces tenemos una percepción extraña del tiempo cuando queremos cambiar. Esperamos muchísimo de unos meses o de un año y nos frustramos cuando los resultados no llegan a la velocidad que imaginábamos. Sin embargo, nos cuesta comprender cuánto puede transformarse una vida cuando durante años vamos introduciendo pequeñas decisiones en una dirección.
Los grandes cambios rara vez aparecen de un día para otro como consecuencia de una única decisión. Muchas veces solo podemos reconocerlos cuando miramos hacia atrás y descubrimos la distancia que existe entre quienes éramos y quienes somos ahora. Lo que entonces parecía un pequeño límite, una conversación, una pregunta, una formación, una decisión económica, una nueva relación o una idea que empezábamos a explorar fue enlazándose con otras experiencias hasta hacer posible algo que años antes nos habría parecido enorme.
Por eso aprender a esperar no significa dejar de actuar. Significa aprender a sembrar sin exigir a cada semilla que mañana sea un árbol.
Podemos hacer algo cada día y permitir, al mismo tiempo, que cada día nos proporcione información para el siguiente paso. Quizá una decisión nos abra una posibilidad que no conocíamos. Esa posibilidad nos lleve a una persona. Esa persona nos muestre otra perspectiva. Una experiencia nos haga descubrir un miedo. Trabajarlo nos permita tomar después una decisión que antes no podíamos tomar.
Tal vez por eso a veces esperamos demasiado de un año y demasiado poco de todo lo que podemos construir durante muchos años caminando en una misma dirección. No se trata de rebajar nuestra ambición, sino de cambiar nuestra relación con el tiempo: actuar hoy sin necesitar que el resultado de mañana confirme que estamos avanzando.
Esto no significa que debamos esperar. En realidad, significa justamente lo contrario.
Si hoy descubrimos una insatisfacción, el cambio puede comenzar hoy. No necesariamente dejando nuestro trabajo. Quizá hoy consiste simplemente en reconocer: «esto no me gusta».
Mañana podemos descubrir: «sigo haciéndolo porque necesito seguridad».
Otro día: «en realidad temo fracasar».
Más adelante: «me importa muchísimo que mi familia considere acertada mi decisión».
Y un día podemos hacer algo diferente: preguntar, investigar, formarnos, ahorrar, probar, decir que no, pedir algo, cambiar una pequeña rutina, conocer a alguien que vive de otra manera, encontrar una posibilidad que antes ni siquiera sabíamos que existía.
Cada descubrimiento modifica ligeramente el mapa. Cada experiencia nueva nos proporciona información. Cada decisión diferente nos permite comprobar algo que antes solo podíamos imaginar.
Por eso posponer el cambio no es lo mismo que permitir que el cambio necesite tiempo. Podemos necesitar años para transformar una estructura importante de nuestra vida y, sin embargo, estar cambiándola desde hoy.
Porque permitir que un cambio necesite tiempo solo es posible si empezamos a construirlo mientras todavía tenemos tiempo para explorar. Porque mientras no miramos seguimos repitiendo las mismas decisiones, fortaleciendo los mismos hábitos y acumulando una insatisfacción que puede terminar haciendo que aquello que podríamos haber explorado poco a poco se convierta algún día en una necesidad urgente de cambiarlo todo.
Empezar hoy es precisamente lo que puede hacer posible, dentro de unos años, un cambio que hoy nos parece enorme.
No necesitamos conocer todo el camino
Quizá aquí aparezca uno de nuestros mayores miedos. Queremos saber qué ocurrirá antes de movernos. Pero la vida raramente funciona así.
Tenemos emociones que nos permiten percibir cómo nos afecta lo que vivimos. Tenemos capacidad para reflexionar sobre esa información, hacernos preguntas, buscar explicaciones, imaginar alternativas y tomar decisiones. Nuestro cuerpo también participa continuamente en esa experiencia. Y, además, no aprendemos solos. Vivimos rodeados de otras personas que también están aprendiendo, probando, equivocándose y encontrando soluciones. Sus experiencias amplían las nuestras.
Alguien cambia de profesión y descubrimos que era posible. Otra persona encuentra una forma distinta de organizar su trabajo. Un amigo formula una pregunta que nunca nos habíamos hecho. Leemos algo que modifica nuestra interpretación. Conocemos una herramienta. Pedimos ayuda. Encontramos un recurso.
La experiencia propia y la ajena van ampliando continuamente el mapa desde el que decidimos.
Por eso confiar no tiene por qué significar creer que todo saldrá como queremos. Puede significar algo mucho más sencillo: confiar en que no necesitamos disponer hoy de todas las respuestas que necesitaremos mañana.
El niño que está aprendiendo a ponerse de pie no necesita saber correr. Necesita aprender lo que corresponde al paso que está dando. Nosotros tampoco necesitamos correr una maratón mañana. Necesitamos empezar a caminar.
Quizá vivir sea precisamente esto
Cuando entendemos el cambio de esta manera ocurre algo importante: dejamos de considerar nuestra vida actual simplemente como el tiempo que tenemos que soportar hasta conseguir otra.
Podemos empezar a interesarnos por los matices.
- Hoy he descubierto un miedo.
- Hoy he conseguido decir que no.
- Hoy no he podido hacerlo y he descubierto por qué.
- Hoy he sentido culpa.
- Hoy he comprendido de dónde podía venir.
- Hoy he tomado una decisión diferente.
- Hoy he disfrutado algo que antes hacía automáticamente.
- Hoy he descubierto que una parte de mi vida sí la elegiría exactamente como está.
Y también podemos observar si somos capaces de disfrutar mientras avanzamos. Porque el disfrute vuelve a ofrecernos información. Si sentimos curiosidad, ilusión o satisfacción mientras descubrimos y damos pequeños pasos, quizá podamos permitir que el proceso madure. Si, por el contrario, nos resulta imposible disfrutar de nada porque necesitamos que nuestra realidad cambie cuanto antes, esa urgencia también merece ser escuchada. Puede indicarnos que llevamos demasiado tiempo desoyendo una insatisfacción que antes era mucho más pequeña.
Todo eso también es vivir. Y quizá ahí aparezca otra forma de plenitud. No la de tener finalmente una vida perfecta en la que todo está resuelto, sino la de sentir que estamos presentes en nuestra propia vida mientras la vamos construyendo.
En el artículo anterior hablábamos de introducir una dirección para no limitarnos a oscilar una y otra vez en el mismo lugar. Ahora podemos añadir algo más: la dirección se construye también en cada paso. Y seguir sintiendo mientras avanzamos nos permite afinar continuamente el rumbo. Porque saber hacia dónde queremos ir no significa que tengamos que decidir de antemano cada paso del camino.
Y quizá aprender a vivir mejor consista precisamente en eso: conocernos lo suficiente para utilizar toda esa información que ya estaba en nosotros en una dirección diferente a la que veníamos utilizando hasta ahora.
No necesitamos esperar a los cuarenta, cincuenta o sesenta años, cuando una insatisfacción acumulada quizá nos empuje a querer cambiar radicalmente una vida entera, para empezar a practicar capacidades que podemos necesitar entonces.
Podemos aprender mucho antes a escucharnos, preguntarnos, elegir, equivocarnos, corregir, sentir, sostener la incertidumbre y volver a decidir.
Hasta que ese proceso deje de parecernos una técnica para cambiar nuestra vida. Y se convierta simplemente en nuestra manera de vivirla.
Quizá mañana siga sonando el mismo despertador. Pero podemos empezar el día con una pregunta diferente: ¿qué puedo descubrir hoy de la vida que estoy viviendo y de mí mientras la vivo?


