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Actualizado: 27 de octubre, 2026
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Qué relación existe entre las bacterias intestinales y la depresión

Durante mucho tiempo, la depresión se ha estudiado principalmente desde el funcionamiento del cerebro, las emociones y las experiencias personales, pero en los últimos años las investigaciones han empezado a prestar atención a otros procesos del organismo que también podrían influir en nuestro estado de ánimo. Uno de los más interesantes tiene que ver con la microbiota intestinal, el conjunto de microorganismos que viven en nuestro intestino y que participan en muchas más funciones mucho que únicamente la digestión.

Y es que el intestino y el cerebro mantienen una comunicación constante a través del sistema nervioso, las hormonas y el sistema inmunitario, lo que significa que algunos cambios en nuestra salud intestinal podrían influir también en la forma en que respondemos al estrés y regulamos las emociones.

Diversos estudios han encontrado diferencias en la composición de la microbiota de personas con depresión respecto a personas sin este trastorno, además de alteraciones en determinados procesos inflamatorios. Esto no significa que la depresión tenga su origen en el intestino, sino que la microbiota y la inflamación podrían participar en algunos de los mecanismos biológicos que favorecen o mantienen los síntomas depresivos.

La conexión entre el intestino y el cerebro

Nuestro intestino alberga billones de microorganismos, principalmente bacterias, que ayudan a digerir determinados alimentos, participan en la producción de sustancias beneficiosas y colaboran con el sistema inmunitario. Aunque muchas veces hablamos de bacterias buenas y malas, en realidad lo importante es el equilibrio entre las distintas comunidades microbianas y las funciones que desempeñan dentro del organismo.

Este conjunto de microorganismos forma la microbiota intestinal, cuya composición cambia a lo largo de la vida y está influida por factores como la alimentación, el sueño, la actividad física, el estrés, las enfermedades o el uso de determinados medicamentos, especialmente los antibióticos.

Lo interesante es que estas bacterias no trabajan de forma aislada, porque algunas de las sustancias que producen pueden influir en el sistema nervioso y en la respuesta inmunitaria. Esta comunicación recibe el nombre de eje intestino-cerebro y funciona en ambas direcciones: el cerebro puede modificar la actividad intestinal y, al mismo tiempo, lo que ocurre en el intestino puede enviar señales que influyen en el funcionamiento del organismo. Por ejemplo, cuando atravesamos una situación de estrés intenso, es bastante frecuente notar molestias digestivas, pérdida de apetito, náuseas o cambios en el tránsito intestinal. Esto ocurre porque el sistema nervioso y el aparato digestivo están estrechamente conectados, de manera que nuestras emociones pueden alterar la motilidad intestinal y otras funciones digestivas.

Sin embargo, esta relación también funciona en sentido contrario, porque determinadas alteraciones de la microbiota pueden modificar la producción de sustancias que participan en la regulación del estrés, la actividad del sistema inmunitario y otros procesos relacionados con el funcionamiento cerebral.

Una de las vías de comunicación más estudiadas es el nervio vago, que conecta el cerebro con distintos órganos, incluido el sistema digestivo. También intervienen sustancias producidas durante la actividad metabólica de las bacterias intestinales, como los ácidos grasos de cadena corta, que se generan cuando determinados microorganismos fermentan la fibra alimentaria. Entre estas sustancias destaca el butirato, que contribuye al mantenimiento de las células intestinales y participa en la regulación de procesos inmunitarios. Algunas investigaciones han observado que las personas con depresión presentan, con mayor frecuencia, alteraciones en ciertas bacterias relacionadas con su producción, aunque los resultados todavía no son completamente uniformes.

Una revisión sistemática publicada en 2026, que reunió 89 estudios sobre microbiota y depresión, encontró diferencias recurrentes en microorganismos como Faecalibacterium y Roseburia, relacionados con la producción de butirato. Sin embargo, los investigadores también señalaron que las diferencias entre los estudios son importantes y que todavía no se ha identificado una composición de la microbiota que permita reconocer de forma fiable a todas las personas con depresión.

Cómo puede influir la inflamación en el estado de ánimo

La inflamación es una respuesta natural del organismo que nos ayuda a defendernos frente a infecciones, lesiones y otras amenazas, pero cuando se mantiene durante demasiado tiempo o aparece de forma persistente sin una causa clara, puede acabar alterando diferentes procesos biológicos.

En las últimas décadas, varios estudios han encontrado que algunas personas con depresión presentan niveles elevados de determinadas sustancias inflamatorias, conocidas como citocinas, que utilizan las células del sistema inmunitario para comunicarse entre sí. Entre las más estudiadas se encuentran la interleucina-6 y el factor de necrosis tumoral alfa, aunque estas alteraciones no aparecen en todos los pacientes.

Esta relación resulta especialmente interesante porque la inflamación también puede influir en el cerebro. Cuando estamos enfermos, por ejemplo, es habitual sentirnos cansados, tener menos ganas de hacer cosas, perder el apetito o necesitar aislarnos y descansar. Parte de estos cambios forman parte de la respuesta inmunitaria y muestran cómo el organismo modifica nuestro comportamiento cuando necesita recuperarse.

En algunas personas con depresión podrían intervenir mecanismos parecidos, pero de forma más prolongada y compleja. Una activación inflamatoria persistente podría contribuir al cansancio, la falta de motivación, las dificultades de concentración y otros síntomas depresivos, aunque todavía se está investigando cuánto influye este mecanismo y en qué pacientes tiene mayor importancia.

Aquí es donde la microbiota intestinal podría desempeñar un papel importante, porque las bacterias que viven en el intestino ayudan a mantener la barrera intestinal, una estructura que permite absorber nutrientes y, al mismo tiempo, limita el paso de microorganismos y sustancias potencialmente perjudiciales hacia el organismo. Cuando esta barrera se altera, algunos componentes bacterianos pueden entrar en contacto con el sistema inmunitario y favorecer respuestas inflamatorias. Este fenómeno se ha estudiado como una de las posibles vías que relacionan las alteraciones de la microbiota con los cambios en el estado de ánimo, aunque todavía no está demostrado que explique por sí solo la aparición de depresión en seres humanos.

También se está investigando el papel del triptófano, un aminoácido que obtenemos a través de la alimentación y que el organismo utiliza, entre otras funciones, para producir serotonina. En determinadas condiciones inflamatorias, puede modificarse la forma en que se metaboliza esta sustancia, favoreciendo otras rutas químicas relacionadas con la respuesta inmunitaria y la actividad cerebral.

Por lo tanto, el interés científico no se centra únicamente en identificar qué bacterias tenemos en el intestino, sino en comprender cómo interactúan la microbiota, el sistema inmunitario y el cerebro para modificar nuestra respuesta al estrés y nuestra vulnerabilidad a los síntomas depresivos.

Hay que recordar, además, que la depresión también puede alterar la microbiota de forma indirecta. Una persona que lleva meses con síntomas depresivos puede dormir peor, alimentarse de forma menos variada, moverse menos o experimentar cambios hormonales asociados al estrés, y todos estos factores pueden influir en su salud intestinal. Por eso, encontrar diferencias entre personas con y sin depresión no permite saber automáticamente qué apareció primero.

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¿Podemos mejorar la depresión cuidando la microbiota?

El interés por la relación entre intestino y cerebro ha impulsado numerosas investigaciones sobre alimentación, probióticos y otras intervenciones destinadas a modificar la microbiota intestinal. Los resultados son prometedores en algunos aspectos, pero todavía estamos lejos de poder afirmar que mejorar la microbiota sea suficiente para prevenir o tratar la depresión.

Los probióticos son microorganismos vivos que, administrados en cantidades adecuadas, pueden proporcionar beneficios para la salud. Algunas cepas de bacterias, especialmente de los grupos Lactobacillus y Bifidobacterium, se han estudiado por sus posibles efectos sobre el estrés y los síntomas depresivos, y en este contexto también se utiliza el término psicobióticos para referirse a intervenciones sobre la microbiota con potenciales efectos psicológicos.

Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2026, realizada por investigadores entre los que participaron especialistas de la Universidad de Almería, encontró que la suplementación con probióticos se asociaba con una mejoría de los síntomas depresivos en los estudios analizados. Sin embargo, los investigadores no observaron cambios significativos en algunos de los principales marcadores inflamatorios, por lo que todavía no está claro si los posibles beneficios emocionales de los probióticos se producen realmente a través de una reducción de la inflamación.

Otra revisión publicada en 2025, que analizó 34 ensayos clínicos sobre intervenciones dirigidas a la microbiota, también encontró una mejoría global de los síntomas depresivos, aunque de magnitud relativamente pequeña y con diferencias importantes entre los estudios.

Esto significa que los probióticos podrían llegar a utilizarse como complemento en determinados tratamientos, pero no todos los productos contienen las mismas cepas ni producen los mismos efectos, y todavía faltan investigaciones que permitan establecer qué microorganismos podrían ser útiles, en qué personas y durante cuánto tiempo.

Mientras tanto, cuidar la salud intestinal mediante hábitos cotidianos sí tiene sentido dentro de una estrategia general de bienestar. Una alimentación variada, con verduras, frutas, legumbres, cereales integrales, frutos secos y otros alimentos ricos en fibra, favorece la actividad de numerosas bacterias intestinales y proporciona nutrientes importantes para el organismo.

También puede ser beneficioso mantener horarios de sueño regulares, realizar actividad física, reducir el consumo de alcohol y evitar el uso innecesario de antibióticos, aunque ninguno de estos hábitos garantiza por sí solo una determinada composición de la microbiota ni sustituye el tratamiento psicológico o médico de la depresión.

Conviene tener especial cuidado con los suplementos que prometen equilibrar el intestino para eliminar la tristeza, la ansiedad o la depresión, porque muchas de estas afirmaciones van más allá de lo que demuestra la investigación. No existe actualmente un probiótico universal para tratar la depresión ni una prueba de microbiota intestinal que permita diagnosticarla de forma fiable.

De hecho, una de las cuestiones que se están estudiando es si en el futuro podremos identificar subgrupos de pacientes en los que la inflamación y las alteraciones intestinales tengan mayor importancia, lo que permitiría desarrollar tratamientos más personalizados y combinarlos con las intervenciones psicológicas y farmacológicas que ya conocemos.

La depresión es un trastorno complejo en el que intervienen factores biológicos, psicológicos y sociales, y reducirla exclusivamente a un desequilibrio de neurotransmisores, a una experiencia traumática o a un problema de microbiota sería simplificar demasiado sus causas.

Lo que estas investigaciones están mostrando es que la salud mental no puede entenderse completamente separada del resto del organismo. Nuestro intestino, el sistema inmunitario y el cerebro mantienen una comunicación constante que podría influir en cómo nos sentimos, y comprender mejor esa relación puede abrir nuevas posibilidades para prevenir y tratar algunos problemas de salud mental, aunque todavía queda mucho por investigar antes de trasladar estos descubrimientos a tratamientos específicos.

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  • Campedelli, L., et al. (2026). The gut–brain axis in depression: A systematic review of microbiota and mental health. Swiss Archives of Neurology, Psychiatry and Psychotherapy, 176(2), 6. https://doi.org/10.3390/sanpp176020006
  • Pan, B., et al. (2025). Efficacy and safety of gut microbiome-targeted treatment in patients with depression: A systematic review and meta-analysis. BMC Psychiatry, 25, 64. https://doi.org/10.1186/s12888-024-06438-z
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  • Zeng, et al. (2025). The microbiota–gut–brain axis in depression: Mechanisms, microbiota-targeted interventions, and translational challenges. International Journal of Microbiology, 6750078. https://doi.org/10.1155/ijm/6750078
Marta Guerri

Marta Guerri es Licenciada en Psicología por la UOC y Diplomada en Enfermería por la UB. Posee la acreditación como Psicóloga General Sanitaria, y cuenta con el Máster en Terapia de la Conducta y la Salud, Máster en Terapia Familiar Socioeducativa, y un Postgrado en Salud Mental y Psiquiatría por la Universitat de Barcelona (UB). Es CEO y gestora de contenidos de Psicoactiva.com, un portal líder en psicología, que ha crecido hasta convertirse en una comunidad de referencia en el ámbito de la psicología y las neurociencias. También ha trabajado en terapia con familias con vulnerabilidad social en el Servicio de Orientación y Acompañamiento a Familias (SOAF) y actualmente ejerce de Psicóloga en la Clínica Fertty, donde se dedica a la atención de pacientes y donantes en tratamientos de fertilidad. Además, es miembro de la Sociedad Española de Fertilidad (SEF). Tiene publicados varios libros sobre psicología y salud emocional, entre los cuales sen encuentran: "Inteligencia Emocional, una guía útil para mejorar tu vida" y "Entrenamiento mental para mejorar tu inteligencia" de la editorial Mestas Ediciones.