Cierta vez me tocó conocer a un niño de 11 años que tenía un lenguaje muy rico en cuanto al vocabulario del que se valía para expresarse oralmente. Incluso era ésta una condición que sus docentes se encargaban de resaltar particularmente como una característica distintiva y, muy a menudo, acostumbraban recurrir a él en procura del significado de alguna palabra de la que alguno de sus compañeros desconociera o dudara en determinado momento. Obviamente, este era un niño que “sabía” hablar y que “podía” expresarse no sólo de un modo apropiado, sino hasta llamativo teniendo en cuenta su edad. Sin embargo, este mismo niño, fuera del ámbito escolar y de toda situación relativa estrictamente a éste, se transformaba en una personita hermética, cabizbaja y doliente, que se aprisionaba en un mundo al que nadie parecía poder tener acceso…

¿Qué es lo que calla un niño cuando no habla?

¿Enmudece por opción o por obligación?… Cuando lo hace por obligación, ¿se debe a la inducción de las circunstancias en que vive o a la imposición de alguien?… Cualquiera sea la causa, la consecuencia es la misma: la ausencia de palabras. El silencio.

¿Y qué es lo que sucede en un niño que calla? ¿Cómo vive y siente, apresado en el mutismo?…

El niño que silencia su voz, por una u otra razón, sin lugar a dudas SUFRE; padece, seguramente, por “no poder” expresar lo que siente; muy probablemente, por “no deber” revelar lo que ocurre a su alrededor y en sí mismo; y, casi siempre, simplemente por “tener” que callar…

El silencio impide al niño el ejercicio emocional e intelectual, obstaculizando el desarrollo a futuro en ambos aspectos, pues entorpece precozmente su capacidad de expresión y la función intelectual estimulada por la comunicación. La falta de práctica en el intercambio emocional y en el uso de la expresión oral para tal fin es altamente nociva para el niño, pues lo vuelve indefenso, frágil y vulnerable. Cuando se hiere o trunca la capacidad de entrega a través de la palabra oral, el niño se encapsula en la incomunicación, sumiéndose en la soledad y la desesperanza, con una sensación de inutilidad y abandono muy acentuadas. El silencio otorga al niño una visión triste de la vida y la vivencia de un mundo hostil y carente de gratificaciones.

Al ingresar a hogares que alimentan y se sirven de estas condiciones de vida, es ineludible observar y sentir un clima familiar denso, con pautas de comportamiento estereotipadas, mediante las cuales se ocultan y silencian situaciones problemáticas, conflictos y dificultades variadas, en un malsano y equívoco afán de autoconvencerse y convencer a otros de que “nada malo sucede”, clausurándose en un proceder errante que no consigue más que perjudicar. El silencio hecho costumbre es un callado grito denunciante de que algo en el niño y a su alrededor “no está bien”. Es un llamado de atención; una señal de alerta.

Es importante que los padres se abstengan de la negligencia de hacer de los hijos cómplices mudos de situaciones nocivas, evitándoles un aislamiento y sufrimiento perdurables por siempre, ya que, cuando el silencio se estructura como un daño, es extraordinariamente destructivo.

Resulta imprescindible para el mantenimiento de la salud emocional y mental del niño, estimular y alimentar una saludable comunicación y diálogo entre él y sus padres, que les permita entablar vínculos basados en la sinceridad y la confianza, enseñando al hijo desde pequeño y a diario a hacer frente a toda circunstancia y situación que le toque vivir, mostrándole ejemplos de que nada genuino puede edificarse sobre el ocultamiento, el engaño y la mentira.

Ma. Alejandra Canavesio.
Psicopedagoga

El precio del silencio
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