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La tristeza es una de las seis emociones básicas, según Paul Ekman, junto con el miedo, la ira, el asco, la felicidad y la sorpresa. Se caracteriza por una sensación anímica de sufrimiento, desgana e insatisfacción. A menudo nos sentimos tristes cuando nuestras expectativas no se ven cumplidas o cuando las circunstancias de la vida son más dolorosas que alegres.

La tristeza nos pone en contacto con nosotros mismos a través de una pérdida, de una separación, o de un distanciamiento. También es posible que  aparezca cuando nuestras expectativas no se cumplen.

Para poder vivir la tristeza de una manera sana, es imprescindible permitirnos estar tristes, e iniciar el proceso de aceptar el dolor, aceptar que podemos experimentar y expresar la tristeza para poder procesarla, y poder pasar a otra emoción.

Si una persona está triste, debe explorar la tristeza y vivenciarla profundamente antes de que pueda asimilarla y desarrollarla”.

Solemos identificar con cierta precisión el acontecimiento que desencadenó nuestra tristeza, puede ser la ruptura con la pareja, la pérdida de un ser querido, la aparición de una enfermedad, una situación económica desfavorable y, en general, cualquier situación relacionada con una pérdida concreta o abstracta.

Bioquímicamente se asocia a un nivel bajo de serotonina.

Nuestro cuerpo expresa la tristeza de varias maneras

Nos encogemos, podemos sentir un nudo en el estómago o en la garganta. A veces una presión en el pecho, los ojos se empiezan a llenar de lágrimas.

La tristeza es un abanico de estados en que el dolor psíquico se desencadena por la connotación que una situación determinada tiene para la persona. Tiene diferentes intensidades.

Algunas veces puede ser que nos acerquemos a otros en busca de un poco de consuelo, para sentirnos menos tristes, otras veces nos cerramos en nosotros mismos para intentar manejar la tristeza desde dentro. O por el contrario, la tristeza sale como una fuente que no puede parar, sin ningún tipo de contención, como si fuera una explosión de llanto. A veces reprimimos esa tristeza, consciente o inconscientemente de manera que se va acumulando en el cuerpo, hasta que un día explotamos sin “motivo alguno”

La pena y la desolación que se asocian a la tristeza son provocadas sobre todo por factores únicos o concurrentes como:

  • Sentirse falto de amor, amistad o aprecio.
  • La muerte o desaparición de un ser querido (duelo).
  • El fracaso, la frustración.
  • La injusticia.
  • La soledad, la incomunicación, la falta de integración.
  • La partida, separación o divorcio de una persona estimada.
  • El padecimiento y dolor por una enfermedad

La tristeza, no confundir con depresión

En algunas culturas, como los japoneses, la emoción de tristeza se contiene, se reprime; ya que mostrar la tristeza es una ofensa para con el entorno que los rodea.

Esto evidencia que las emociones existen pero la expresión y manifestación de las mismas es diferente según la cultura.

Poder expresar lo que sentimos nos ayuda a sentirnos mejor. La tristeza es una emoción que nos invita a la reflexión, al recogimiento al estar en contacto con nosotros mismos.

Cuando usamos las palabras “tristeza” y “depresión” como sinónimos estamos confundiendo una emoción con una patología. Esta confusión trae aparejada una connotación negativa al hecho de sentirnos tristes. Estar triste es incómodo y  estamos dispuestos a hacer casi cualquier cosa para deshacernos de la incomodidad que nos provoca sentirnos tristes y caemos en el error de concebir la tristeza como una gripe a curar, un cáncer que extirpar o un demonio por exorcizar.

La depresión es un padecimiento, un trastorno que define un cuadro sintomatológico específico que irrumpe en la vida diaria como una limitación y una traba importante en la consecución de aquello que consideramos nuestros planes, objetivos o metas. Es decir, nuestra vida social, afectiva y laboral se ven ampliamente afectadas. En estos casos es frecuente que la tristeza aparezca aparentemente “de la nada” y sin un evento externo que la explique

El reto es poder reconocer la tristeza en el cuerpo, dejarla sentir, no censurarla cuando la veo, permitir su expresión, dando espacios físicos para compartirla, hablar de los que nos pasa, y poder estar en compañía del otro con esta tristeza, sin intentar evadirla. Y por último, dejar que pase, y no quedarnos bloqueados y enganchados en esta emoción.

La mejor manera de aliviar el dolor y trasmutarlo es siendo luces en el camino, alumbrando y dando calor al mismo tiempo.

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