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Actualizado: 19 de agosto, 2026
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El proceso de regulación emocional para transformar nuestras emociones

Regular las emociones no consiste en eliminar la tristeza, la ansiedad, la culpa o el enfado cada vez que aparecen. Consiste más bien en aprender a reconocer qué estamos sintiendo, entender por qué esa emoción está ahí y responder de una forma que nos ayude, en lugar de reaccionar de manera automática o quedarnos atrapados en el malestar.

Las emociones forman parte de la vida cotidiana y cumplen una función importante, porque nos informan de que algo está siendo relevante para nosotros, nos ayudan a interpretar lo que ocurre y nos preparan para actuar. La ansiedad nos puede avisar de que estamos anticipando una amenaza, la tristeza puede aparecer cuando perdemos algo importante, la ira suele surgir cuando sentimos que se ha cruzado un límite y la culpa puede señalar que algo de nuestra conducta no encaja con nuestros valores.

El problema no es sentir emociones desagradables, sino no saber qué hacer con ellas. A veces intentamos quitárnoslas de encima demasiado rápido, otras veces las ignoramos hasta que se acumulan, y en otras nos quedamos dando vueltas a lo mismo sin encontrar una salida. Regular una emoción no es apagarla, sino crear un espacio entre lo que sentimos y lo que hacemos con eso que sentimos.

Comprender antes de intentar cambiar

Cuando aparece una emoción incómoda, lo más habitual es querer que desaparezca cuanto antes. Si sentimos ansiedad, buscamos calmarnos; si estamos tristes, intentamos distraernos; si estamos enfadados, queremos soltar la tensión; y si sentimos culpa, tratamos de justificarnos o de dejar de pensar en ello. Estas respuestas son normales y comprensibles, porque nadie quiere sufrir más de lo necesario, pero a veces intentamos regular demasiado pronto, antes de entender qué está ocurriendo.

Por ejemplo, una persona puede notar ansiedad antes de llamar por teléfono a alguien y pensar que lo mejor es evitar la llamada para sentirse mejor. En ese momento la ansiedad baja, pero también se refuerza la idea de que llamar era peligroso o insoportable, de forma que la próxima vez la emoción aparece con más fuerza. Otra persona puede sentirse triste y llenar la tarde de tareas para no pensar, aunque quizá esa tristeza esté indicando que necesita parar, pedir apoyo o asumir una pérdida.

Por eso, antes de aplicar una técnica concreta, necesitamos observar la emoción con un poco más de calma. No se trata de analizarlo todo durante horas ni de convertir cada emoción en un problema psicológico, sino de hacernos algunas preguntas sencillas: qué estoy sintiendo, dónde lo noto, qué ha pasado antes, qué interpretación estoy haciendo, qué necesito y qué respuesta me va a ayudar de verdad.

El modelo de regulación emocional de Hervás propone varias fases para procesar una emoción: apertura, atención, etiquetación, aceptación, análisis y regulación. Dicho de una forma más cotidiana, primero necesitamos darnos cuenta de que algo nos pasa, después prestar atención sin quedarnos atrapados, ponerle un nombre aproximado, permitir que la emoción exista, comprender qué información aporta y, finalmente, elegir cómo responder.

Esta secuencia es muy útil porque a menudo pasamos directamente del malestar a la acción. Sentimos miedo y evitamos, sentimos ira y atacamos, sentimos vergüenza y nos escondemos, sentimos tristeza y nos aislamos. Sin embargo, cuando entendemos mejor la emoción, ganamos margen para actuar con más claridad.

Proceso Regulación Emocional

Poner nombre y aceptar lo que sentimos

Uno de los pasos más importantes para regular una emoción es poder nombrarla. Decir “estoy mal” puede ser un primer aviso, pero no siempre nos ayuda a entender qué ocurre. No es lo mismo estar triste que frustrado, preocupado que avergonzado, culpable que enfadado, agotado que desbordado. Cada emoción señala algo distinto y nos orienta hacia respuestas diferentes.

Poner nombre a una emoción no la resuelve automáticamente, pero la vuelve más manejable. Una sensación difusa de malestar suele ocuparlo todo, mientras que una emoción identificada permite empezar a ordenar la experiencia. Si puedo decir “me siento rechazado”, “tengo miedo a equivocarme” o “estoy enfadado porque siento que no me han tenido en cuenta”, ya no estoy solo dentro de una nube de malestar, sino que empiezo a comprender qué está pasando.

Después aparece otro paso fundamental: aceptar la emoción. Aceptar no significa resignarse ni estar de acuerdo con lo que sentimos, sino reconocer que esa emoción está presente sin añadir una segunda capa de lucha. Muchas veces sufrimos por la emoción inicial y también por el juicio que hacemos sobre ella: “no debería sentir esto”, “soy débil por tener miedo”, “soy mala persona por enfadarme”, “no tendría que estar triste por algo así”.

Cuando rechazamos una emoción solo por aparecer, gastamos mucha energía intentando eliminar algo que forma parte de nuestra experiencia normal. Esta lucha puede hacer que la emoción crezca, dure más o se convierta en una preocupación constante. En cambio, aceptar que una emoción está ahí nos permite mirarla con más claridad y decidir qué hacer.

Esto no significa dejarnos llevar por todo lo que sentimos. Una emoción puede ser válida como experiencia interna, pero no siempre tiene razón sobre la realidad. Puedo sentir miedo y no estar en peligro real, puedo sentir culpa y no haber hecho nada grave, puedo sentir enfado y aun así necesitar expresarlo con cuidado. La emoción informa, pero no dicta por sí sola la respuesta.

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Responder mejor, no controlar del todo

Regular una emoción implica elegir una respuesta más ajustada a la situación. A veces esa respuesta será calmarnos, respirar, descansar o distraernos durante un rato; otras veces será hablar con alguien, poner un límite, pedir perdón, tomar una decisión, cambiar el foco de atención o aceptar que hay algo que no podemos modificar.

La clave está en que la estrategia encaje con lo que necesitamos. Por ejemplo, si estamos rumiando durante horas, puede ayudarnos movernos, escribir lo importante y cortar el bucle mental. Si estamos evitando una situación por miedo, quizá necesitemos acercarnos poco a poco en lugar de alejarnos siempre. Si estamos agotados, tal vez no necesitamos “pensar mejor”, sino dormir, bajar el ritmo o dejar de exigirnos tanto.

Regular no significa sentirse bien todo el tiempo, pues hay momentos en los que la respuesta más sana no es eliminar la emoción, sino tolerarla durante un tiempo sin hacer algo que nos perjudique. Podemos sentir ansiedad y acudir igualmente a una entrevista, sentir tristeza y seguir cuidando nuestras rutinas, sentir enfado y esperar antes de responder un mensaje, o sentir vergüenza y aun así pedir ayuda.

Esta idea es importante, porque muchas personas confunden regulación emocional con control emocional, y controlar suena a dominar, bloquear o impedir que algo aparezca, mientras que regular implica relacionarnos mejor con lo que ya está ocurriendo. Una persona con buena regulación emocional no es la que nunca se altera, sino la que aprende a reconocer sus estados internos y actuar con más conciencia incluso cuando esos estados son incómodos.

Algunas pautas sencillas pueden ayudar en este proceso:

  • Preguntarnos qué emoción estamos sintiendo, en lugar de quedarnos solo con “estoy mal”.
  • Observar qué la ha activado y qué interpretación estamos haciendo.
  • Diferenciar entre sentir una emoción y actuar siguiendo esa emoción.
  • Evitar decidir en caliente cuando la intensidad es muy alta.
  • Usar estrategias distintas según la situación: respirar, escribir, hablar, descansar, pedir apoyo, moverse o resolver el problema.
  • Aceptar que algunas emociones necesitan tiempo y no desaparecen solo porque queramos.

Por lo tanto, no se trata tanto de dejar de sentir, sino de aprender a escuchar mejor lo que sentimos y responder de una forma más flexible. Las emociones pueden ser incómodas, intensas o difíciles de entender, pero cuando dejamos de tratarlas como enemigas y empezamos a observar qué nos están diciendo, se convierten en una fuente de información que nos ayuda a cuidarnos y a actuar con más claridad.

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  • Hervás, G. (2011). Psicopatología de la regulación emocional: El papel de los déficit emocionales en los trastornos clínicos. Psicología Conductual, 19(2), 347-372.
  • Goleman, D. (1995). Emotional Intelligence. Bantam Books.
  • Gross, J. J. (1998). The emerging field of emotion regulation: An integrative review. Review of General Psychology, 2(3), 271–299. https://doi.org/10.1037/1089-2680.2.3.271
  • Salovey, P., & Mayer, J. D. (1990). Emotional intelligence. Imagination, Cognition and Personality, 9(3), 185–211. https://doi.org/10.2190/DUGG-P24E-52WK-6CDG
Mario Arrimada

Mario Arrimada Fernández es Psicólogo General Sanitario, con formación en orientación cognitivo-conductual y especialización en terapias de tercera generación y EMDR. Desarrolla su labor clínica tanto de forma presencial en Madrid como en formato online, trabajando principalmente con población adulta, aunque también interviene con población infantojuvenil y en terapia familiar. Cuenta con experiencia en distintos entornos clínicos, abordando problemáticas como adicciones, patología dual, trastornos de la conducta alimentaria, trastornos de la personalidad, ansiedad y depresión, en intervenciones individuales y grupales. Ha trabajado en centros como Por Ti Psicología y Centro Árbor, además de ejercer en el ámbito online a través de BetterHelp. Dispone de formación de posgrado en Psicología General Sanitaria y psicoterapia, así como especialización en EMDR (nivel 2), adicciones, mindfulness y terapias contextuales. Cuenta también con formación específica en trastornos de la personalidad y trastornos alimentarios. Compagina su práctica clínica con la divulgación en psicología, con más de 200 publicaciones en diferentes plataformas especializadas. Su enfoque terapéutico se basa en la integración de modelos con respaldo empírico, adaptando la intervención a las necesidades de cada persona y manteniendo un compromiso con la calidad y la ética profesional.