Cuando elegimos pareja solemos sentirnos atraídos por personas con las que compartimos valores, intereses, formas de entender la vida e incluso determinados rasgos de personalidad. Ahora, una investigación realizada con más de seis millones de parejas ha encontrado una coincidencia mucho menos evidente: las personas diagnosticadas con un trastorno psiquiátrico presentan una mayor tendencia a tener una pareja con el mismo diagnóstico o con otro trastorno de salud mental. Este fenómeno se observó en países culturalmente tan diferentes como Taiwán, Dinamarca y Suecia y se mantuvo a lo largo de varias generaciones, lo que indica que no se trata únicamente de una particularidad de una sociedad concreta.
Sin embargo, esto no significa que busquemos conscientemente una pareja pensando en su diagnóstico, entre otras razones porque muchas personas comienzan una relación antes de recibirlo, sino que diferentes características relacionadas con nuestra personalidad, nuestras experiencias, los ambientes que frecuentamos y la necesidad de sentirnos comprendidos terminan aumentando las probabilidades de que conozcamos y conectemos con alguien que se parece a nosotros también en aspectos relacionados con la salud mental.
Más de seis millones de parejas muestran un patrón parecido
El estudio, publicado en Nature Human Behaviour, analizó cinco millones de parejas de Taiwán, 571.534 de Dinamarca y los resultados previamente obtenidos en otras 707.263 parejas de Suecia, centrándose en nueve diagnósticos psiquiátricos: esquizofrenia, trastorno bipolar, depresión, ansiedad, trastorno por consumo de sustancias, anorexia nerviosa, TDAH, autismo y trastorno obsesivo-compulsivo. Los investigadores encontraron correlaciones entre los diagnósticos de ambos miembros de la pareja en la mayoría de los trastornos, y lo más llamativo es que este patrón se repetía de manera bastante estable entre países y también entre personas nacidas en distintas generaciones desde la década de 1930.
Este fenómeno se conoce como emparejamiento selectivo o apareamiento asociativo, y describe nuestra tendencia a formar relaciones con personas que se parecen a nosotros en determinadas características, algo que conocemos desde hace tiempo en aspectos como el nivel educativo, la religión, la situación social, las opiniones políticas o algunos rasgos de personalidad. La nueva investigación indica que esta semejanza también aparece en los trastornos psiquiátricos, aunque resulta importante entender que compartir un diagnóstico no significa necesariamente compartir exactamente los mismos síntomas ni experimentar el problema de la misma manera.
Una persona con ansiedad, por ejemplo, no necesita sentirse atraída por otra porque reconozca que también tiene ansiedad, aunque ambas compartirán probablemente algunas experiencias que facilitan la conexión, como comprender lo difícil que resulta enfrentarse a determinadas situaciones, necesitar más seguridad antes de tomar una decisión o saber qué significa pasar una temporada dominada por la preocupación; de esta manera, aquello que inicialmente nos acerca no es tanto la etiqueta diagnóstica como una forma parecida de experimentar algunas situaciones y la sensación de que la otra persona entiende aspectos de nuestra vida que a los demás les cuesta comprender.
Sentirnos comprendidos y movernos en ambientes parecidos
Una de las explicaciones más sencillas se encuentra precisamente en la similitud, porque tendemos a sentir mayor comodidad con personas cuyos comportamientos, intereses y formas de reaccionar resultan familiares, y algunos trastornos también están relacionados con características que afectan a nuestra vida cotidiana. Dos personas con TDAH compartirán determinadas dificultades relacionadas con la organización o la atención, dos personas dentro del espectro autista encontrarán algunas formas similares de interpretar las relaciones o de buscar rutinas, mientras que dos personas que han pasado por episodios depresivos comprenderán con mayor facilidad lo que significa atravesar periodos en los que disminuyen la energía y la motivación, aunque las diferencias individuales continúan siendo enormes dentro de cualquier diagnóstico.
A esto se añade un segundo factor mucho más práctico: no conocemos a nuestras parejas al azar, sino dentro de determinados círculos sociales, lugares de trabajo, comunidades, actividades y ambientes en los que pasamos el tiempo, de manera que las personas que comparten algunas características también terminan teniendo más oportunidades de encontrarse. Quienes atraviesan experiencias parecidas frecuentan en ocasiones espacios similares, mantienen redes sociales relacionadas o participan en comunidades donde resulta más probable conocer a otras personas con situaciones semejantes, lo que aumenta las oportunidades de establecer una relación sin que exista ninguna búsqueda consciente de una pareja con un determinado trastorno.
La sensación de pertenencia también ayuda a entender esta conexión, ya que encontrarnos con alguien que conoce desde dentro determinadas dificultades reduce la necesidad de explicarlas constantemente y genera una sensación de validación que favorece la cercanía; cuando una persona siente que ha sido juzgada por sus síntomas, encontrar a alguien que entiende por qué necesita ciertas rutinas, por qué atraviesa periodos de mayor ansiedad o por qué algunas situaciones le resultan especialmente difíciles aporta un tipo de comprensión que adquiere mucho peso dentro de una relación.
Esto tampoco significa que compartir un problema psicológico haga automáticamente más fácil una relación, porque las mismas dificultades que generan comprensión también terminan complicando la convivencia cuando ambos miembros atraviesan simultáneamente un periodo de mayor malestar, aunque ayuda a explicar por qué determinadas semejanzas que desde fuera parecen poco relevantes adquieren una gran importancia para quienes las viven.
No elegimos el diagnóstico conscientemente
La principal precaución al interpretar estos resultados se encuentra en que los investigadores saben que los miembros de muchas parejas comparten diagnósticos, pero no saben cuándo empezó la relación en comparación con el momento en que cada persona recibió ese diagnóstico, por lo que no podemos afirmar que estas parejas ya compartieran necesariamente el mismo problema cuando se conocieron ni que esa semejanza influyera directamente en la elección inicial.
También existe la posibilidad de que parte de la semejanza aparezca después de empezar la relación, ya que las parejas comparten durante años acontecimientos estresantes, condiciones económicas, hábitos, redes sociales y otros aspectos del entorno que influyen en la salud mental; además, muchas utilizan los mismos servicios médicos o profesionales sanitarios, lo que también termina aumentando la posibilidad de que determinadas dificultades se detecten y diagnostiquen de manera parecida. Los propios autores destacan precisamente que se trata de datos observacionales, por lo que el estudio identifica un patrón muy consistente pero no permite establecer cuál de estas explicaciones tiene mayor peso.
Por este motivo, resulta más correcto hablar de una semejanza psicológica entre parejas que de una atracción directa entre personas con el mismo trastorno, porque detrás del patrón probablemente actúan diferentes procesos al mismo tiempo: nos relacionamos con personas parecidas, frecuentamos ambientes semejantes, valoramos sentirnos comprendidos y, una vez formada la relación, compartimos experiencias que también terminan acercando algunas características de ambos miembros.
Por lo tanto, no se trata tanto de pensar que una persona con ansiedad, depresión, TDAH o cualquier otro diagnóstico busca deliberadamente a alguien con el mismo problema, sino de comprender que las relaciones se forman alrededor de muchas semejanzas que no siempre reconocemos de manera consciente, y algunas de ellas están relacionadas con nuestra manera de sentir, interpretar el mundo y afrontar las dificultades; compartir determinadas experiencias facilita la comprensión mutua y aumenta las oportunidades de conexión, aunque todavía necesitamos conocer mejor cuánto de esta semejanza existe antes de formar la pareja y cuánto aparece después de compartir una vida en común.
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