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El hecho de comer, en general, es un acto meramente fisiológico: Comemos porque lo necesitamos, no hay mayor secreto. Sin embargo, en algunas circunstancias, las personas pueden comer por razones emocionales. Hoy, hablamos de ello.

¿A qué nos referimos al hablar de comer como algo emocional?

Seguramente, en alguna ocasión hayas sentido estrés, preocupación o ansiedad y has sentido que, comiendo, se resolvía esa sensación negativa, haciendo que te sintieras muchísimo mejor, ¿verdad?

Es normal: Comer libera endorfinas en nuestro cerebro que hace que nos sintamos mejor. Al comer, liberamos los mismos neurotransmisores que cuando tenemos sexo o ganamos una apuesta.

Sin embargo, lo que sucede es que, normalmente, esa liberación de endorfinas se lleva a cabo de forma natural y en relación al hambre. Es decir: Tenemos hambre, comemos, y liberamos endorfinas.

No siempre sucede así, también puede ser, simplemente, que disfrutemos de una buena comida y eso nos haga liberar endorfinas. Eso también es algo “normal” y no debe preocupar, pero ya nos damos cuenta de que no es algo meramente fisiológico.

El cerebro nos engaña

Vale, ya tenemos claro que el cerebro libera endorfinas cuando comes, igual que las libera cuando tienes una relación afectiva o sexual o cuando ganas una apuesta. Pero esto tiene sus complicaciones: El cerebro quiere repetir.

El cerebro está creado para que sobrevivamos en un entorno de escasez, no en un entorno de abundancia. Por tanto, es normal que nuestro cerebro tenga esos mecanismos de liberación de endorfinas ante cosas buenas.

En el pasado, si podías tener una relación afectiva, eso significaba más posibilidades de sobrevivir. Liberar endorfinas para convertir eso en algo recurrente era positivo, porque potenciaba la relación y, por tanto, la capacidad de supervivencia.

Si encontrabas un árbol repleto de bayas sabrosas (el equivalente a ganar una apuesta), también tiene sentido que el libero libere esas endorfinas, para que tengas interés en volver a repetir el proceso que te llevó a descubrir ese árbol.

Y, del mismo modo, tiene sentido que, si encontrabas una buena fuente de alimento, no comieras solo lo suficiente, sino que era recomendable que te atiborraras para mantener ganar tantos nutrientes como fuera necesario.

Por eso tenemos un cerebro que, cuando come, siente placer, y “obliga” al cuerpo a seguir haciéndolo.

El problema es que, a día de hoy, no tenemos una falta de comida, y que nuestro cerebro nos indique continuamente que tenemos que seguir comiendo es un problema, porque no tenemos nada que nos impida atiborrarnos hasta la obesidad.

Pero… ¿Y eso qué tiene que ver con las emociones?

El cerebro usa los neurotransmisores para equilibrar el estado de bienestar o malestar del organismo. Cuando te sientes mal, el cerebro te mueve a que trates de resolver esa situación negativa y busques alguna forma de liberar dopamina y endorfinas.

Y, sí, cualquier fuente es buena: Las drogas, la comida, el sexo, una relación afectiva, una apuesta… Pero sucede que, de las cosas antes mencionadas, la que más accesible es y menos peligros parece entrañar, es la comida.

Es por ello por lo que mucha gente desarrolla el hábito de comer cuando se siente mal, porque es una forma accesible de liberar dopamina.

El problema está, precisamente, en el desarrollo de ese hábito. El cerebro se acostumbra a que, cuando está mal, puede resolver a corto plazo ese sentimiento de malestar por la vía de la comida.

Y es que es cierto, en el momento, acaba con la sensación de malestar, pero es solo una ilusión, porque le problema subyacente que generaba malestar sigue estando ahí.

Es por ello que hay claras diferencias entre el comer por necesidad fisiológica que el comer por necesidad emocional. Esas diferencias son, sobre todo, las siguientes:

  • El hambre emocional es repentina, mientras que el hambre fisiológica es gradual y paulatina.
  • El hambre emocional es urgente, mientras que el hambre fisiológica puede hacerse esperar.
  • El hambre emocional requiere de comidas específicas, mientras que el fisiológico está abierto a diferentes opciones.
  • El hambre emocional no se satisface al sentir plenitud, mientras que el hambre fisiológica se acaba al estar satisfecho.
  • El hambre emocional genera sentimientos negativos al acabar, mientras que el hambre fisiológica, no.

Así que, en general, podemos decir que el hambre emocional no es el hambre fisiológica, sino que es un trastorno similar a una adicción, el cual hay que tratar para evitar que se desarrolle (puesto que puede conducir a, por ejemplo, la bulimia nerviosa).

Como puedes ver, comer como algo emocional es algo más frecuente de lo que podríamos pensar en un principio, y es algo que conviene vigilar, porque suele ir asociado a desórdenes psicológicos.

Comer para calmar los nervios: la ingesta emocional
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