Ansiedad y estrés son dos conceptos que tienden a confundirse. De hecho, comparten algunos aspectos, pero son dos fenómenos que deben abordarse por separado. Mientras el estrés hace referencia a una activación puntual, la ansiedad está relacionada con una activación que puede durar incluso años. Por ello, es importante aprender a distinguirlas y saber qué podemos hacer en cada caso para que no se conviertan en dos fenómenos disfuncionales. ¡Profundicemos!
Estrés
Imaginemos que en dos días tenemos que presentar un proyecto delante de un auditorio con más de cien personas. Es posible que nos sintamos un tanto agitados, inquietos y con una energía extra que en ocasiones puede ponernos más nerviosos de lo habitual. Sin embargo, una vez que acaba nuestra exposición, al día siguiente volvemos a la normalidad, es decir, un estado de calma. En este caso, lo que ha ocurrido es que hemos sentido estrés.
El estrés es una reacción de activación ante un evento externo y se circunscribe a un tiempo determinado.
Como define María Luisa Naranjo (2009), el estrés es «un conjunto de reacciones fisiológicas y psicológicas que experimenta el organismo cuando se lo somete a fuertes demandas«. El estrés también podemos sentirlo en otro tipo de situaciones como una discusión, cuando practicamos un deporte de riesgo, cuando conducimos, etc. Se nos activa el sistema nervioso simpático para que nos adaptemos a la demanda externa. De esta forma, tanto a nivel físico como mental, el organismo se prepara para afrontar el factor estresante. Pero, ¿qué ocurre cuando desaparece el estímulo estresante pero seguimos activados?
Ansiedad
La ansiedad – o estrés crónico – aparece cuando hemos superado la situación que suponía un factor estresante pero seguimos activados. Nuestro sistema nervioso parasimpático todavía no ha «desconectado» el simpático. Recordemos que el sistema nervioso parasimpático entra en juego en la regulación metabólica cuando el «peligro» ha pasado y rebaja los niveles de activación, por ejemplo, enlenteciendo el ritmo cardíaco.
Ansiedad y estrés: las circunstancias y la mente
En el caso del estrés se podría decir que el estímulo activador son las circunstancias. Es decir, si vemos una sombra mientras caminamos solos por la noche es difícil no sobresaltarnos. En un primer momento, nuestra reacción ante ciertas situaciones es la de activarnos. Si bien es cierto que este estrés nos ayuda a adaptarnos mejor a ciertas situaciones, también es cierto que si no sabemos desenvolvernos bien, el estrés puede acabar superándonos. Por ejemplo, estar tan estresados ante los exámenes que no seamos capaces de concentrarnos para estudiar, o estresarnos tanto al volante que seamos un peligro público.
A pesar de que la interpretación de los hechos y el control que tengamos sobre nuestra mente pueda ser importante en situaciones estresantes, será crucial en el manejo de la ansiedad. Una vez que dejamos atrás una situación estresante deberíamos volver al estado de calma, pero por alguna razón, mucha gente no lo consigue. En este punto es cuando empiezan los procesos de ansiedad y el factor fundamental es la mente. ¿Cómo interpretamos el entorno? ¿Cómo nos relacionamos con lo que nos rodea? ¿Cómo nos relacionamos con nosotros mismos? Poco a poco, observamos que ansiedad y estrés se parecen, pero hasta cierto punto.
Cómo saber si sufrimos ansiedad
Es posible que debido al rápido ritmo que llevemos no sepamos ni que padecemos ansiedad. Es muy común que muchas personas sean incapaces de estar sentadas durante más de unos minutos porque tienen la percepción de que están perdiendo el tiempo. También podemos sentir impaciencia sin tener nada que hacer o comer corriendo al medio día teniendo toda la tarde libre.
Vivimos acelerados, por lo que no es de extrañar que nuestra mente y nuestro organismo se encuentren sobreactivados de forma constante. A parte de las conductas mencionadas, ¿qué otros síntomas pueden ser señal de que padecemos ansiedad?
- Problemas de memoria.
- Dolores de cabeza.
- Rigidez en cuello y/o mandíbula.
- Falta de energía
- Problemas de atención y concentración.
- Insomnio o hipersomnia.
- Pérdida o aumento de peso.
- Abuso de alcohol para relajarse.
- Diarreas o estreñimiento.
- Cansancio.
- Temblores.
- Taquicardias.
- Etc.
Muchos de los problemas anteriores los hemos normalizado de tal forma que ni nos planteamos que sean una cuestión de estrés crónico. Por ello, es importante detenernos de vez en cuando y auto-observarnos. De esta forma, conseguiremos darnos cuenta de cuál es nuestro estado actual y podremos regular nuestro estado de activación.
Estrés y ansiedad son dos conceptos que pueden compartir algunos síntomas, pero el estrés tiene una duración determinada mientras la ansiedad se alarga en el tiempo. Veamos cómo dejarlo solo en un estrés adaptativo.
Dejarlo solo en estrés
Si somos capaces de dejar la activación para los momentos puntuales de estrés, nuestra conducta será mucho más adaptativa. Un estrés necesario, un estrés que nos hace reaccionar en una ocasión de peligro o que nos aumenta una conducta ante un evento cercano, es positivo.
Así pues, es importante aprender a desconectar de los eventos activadores una vez que han ocurrido. De este modo, una vez que pase el acontecimiento estresante será muy importante dejar de alimentar los pensamientos rumiantes. Pensamientos como «podría haberlo hecho de otro modo», «no dije todo lo que quería decir», «qué susto pasé, ¿y si hubiera sido un ladrón?»…
Lo que sí debemos extraer de la experiencia es un aprendizaje, pero dejar de lado aquellos pensamientos negativos que nos vienen una y otra vez y centrarnos en lo que estamos haciendo. A través de este sencillo ejercicio, aprendemos a dejar atrás lo que ya no se puede cambiar. De esta forma, estaremos poniendo en práctica la aceptación y el aprendizaje: aceptar la situación y aprender.
Es importante recalcar que la ansiedad proviene de nuestra relación con los eventos externos y de nuestro manejo con ellos. Por eso es fundamental aprender a controlar la mente para que no divague entre aspectos ya inamovibles.
- Naranjo, M.L. (2009). Una revisión teórica sobre el estrés y algunos aspectos relevantes de éste en el ámbito educativo. Revista de Educación, 33 (2), 171-190.

