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Actualizado: 10 de septiembre, 2026
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¿Y si nuestra vida no avanzara en línea recta? cómo utilizar lo que sentimos para cambiar nuestra vida

En los últimos artículos hemos ido descubriendo algo aparentemente sencillo: nuestras emociones nos proporcionan información.

El dolor puede advertirnos de que algo necesita nuestra atención. El vacío puede mostrarnos que una forma de vivir no termina de nutrirnos. La alegría, la satisfacción o esa sensación de plenitud que permanece después de determinadas experiencias pueden indicarnos que algo nos está sentando bien. Y también hemos visto que no basta con saber si algo nos gusta o nos hace sentir bien: necesitamos observar desde dónde lo vivimos, qué necesitamos obtener de ello y qué queda en nosotros cuando termina.

Es decir, poco a poco hemos empezado a utilizar lo que sentimos como una brújula. Pero una brújula sirve de bastante poco si no decidimos hacia dónde queremos ir.

Hasta ahora hemos dejado buena parte del trabajo en manos de nuestra propia biología. Vivimos una experiencia y algo en nosotros responde.

Me gusta.
No me gusta.
Me duele.
Me hace sentir bien.
Quiero alejarme.
Quiero permanecer aquí.
Quiero volver a vivirlo.

Y resulta fascinante observar que ese movimiento emocional ya dibuja una especie de orientación dentro de nuestra vida. Unas experiencias parecen empujarnos a alejarnos y otras nos invitan a acercarnos, permanecer o continuar.

Pero ¿y si no esperáramos únicamente a que la vida ocurriera para que nuestro cuerpo nos dijera después cómo nos ha sentado? ¿Y si utilizáramos también nuestra capacidad de observar, recordar, imaginar, relacionar, preguntar, aprender, proyectar y decidir para participar conscientemente en el diseño de nuestra vida?

Entonces quizá la brújula dejaría de servirnos únicamente para reaccionar ante lo que vivimos y empezaría a ayudarnos a elegir hacia dónde queremos vivir.

Del péndulo a la espiral

Si observamos nuestras emociones durante un tiempo, quizá descubramos que nuestra vida tiene un movimiento pendular.

Nos acercamos a aquello que nos hace sentir bien y nos alejamos de aquello que nos duele.

Entusiasmo y decepción.
Seguridad y miedo.
Satisfacción y vacío.
Ilusión y frustración.

No porque la vida esté equivocándose cada vez que nos lleva de un extremo al otro, sino porque vivir implica experimentar, contrastar y recibir continuamente información sobre aquello que estamos viviendo.

El problema aparece cuando el péndulo se mueve, pero nosotros permanecemos en el mismo lugar.

Vivimos una situación que nos hace daño.
Nos recuperamos.
Volvemos a ella.
Nos vuelve a doler.
Buscamos algo que nos haga sentir mejor.
Nos sentimos mejor.

Y, pasado un tiempo, volvemos a encontrarnos prácticamente en el mismo punto.

Hay movimiento, pero no necesariamente dirección.

¿Y si utilizáramos toda esa información para introducirla?
Entonces el movimiento podría empezar a cambiar.
Vivimos algo que no nos gusta.

¿Qué no me ha gustado? ¿Qué me está mostrando? ¿Qué quiero en su lugar?

Miramos hacia delante.
Pero cuando intentamos avanzar descubrimos que algo nos lo impide.

¿Qué me frena? ¿Qué temo? ¿Qué necesito? ¿Por qué esto es tan importante para mí? ¿De dónde procede esta manera de vivirlo?

Y miramos hacia atrás.
Comprendemos algo.
Volvemos hacia delante.
Tomamos una decisión.
La ponemos a prueba en nuestra vida.
Algo funciona. Algo no.
Aparece otra emoción. Otra dificultad. Otra necesidad. Otra información.
Y volvemos a profundizar.

Quizá por eso el proceso de conocernos y transformar nuestra vida no se parezca demasiado a una línea recta. Se parece más a una espiral.

Porque seguimos pasando por arriba y por abajo, por bienestar y malestar, por expansión y contracción, por momentos en los que avanzamos y otros en los que necesitamos volver sobre nosotros mismos.

Pero, si existe una dirección, ya no regresamos exactamente al mismo lugar.

El movimiento que antes era solamente pendular empieza también a desplazarnos. Hacia delante en nuestra vida. Y hacia dentro en nosotros mismos.

¿Hacia dónde queremos ir?

Poner una dirección a nuestra vida puede parecer algo extraordinariamente complejo, pero quizá podamos empezar de una forma mucho más sencilla. Preguntándonos: ¿cómo me gustaría sentirme viviendo mi vida?

La respuesta no tiene por qué ser grandiosa. Quizá llevamos meses o años sosteniendo tanta tensión que nuestra primera respuesta sea simplemente: «Quiero vivir en paz». O atravesamos una situación económica incierta y pensamos: «Quiero sentirme seguro».

Ambas pueden ser direcciones extraordinariamente importantes para nosotros en este momento. Pero también podemos permitirnos ser más ambiciosos. Podemos preguntarnos cómo sería sentirnos realmente bien con nuestra vida. Sentir alegría. Ilusión. Libertad. Realización. Felicidad. Plenitud.

No significa que tengamos que sentirnos así permanentemente. De hecho, si algo hemos ido descubriendo hasta ahora es precisamente lo contrario: el dolor, el miedo, el vacío, la frustración o la tristeza forman parte de nuestra experiencia y pueden proporcionarnos una información extraordinariamente valiosa.

La dirección no elimina el péndulo. Nos ayuda a utilizar su movimiento.

Porque quizá aspirar a vivir en plenitud no consista en conseguir que nada vuelva a dolernos, sino en aprender a utilizar también aquello que nos duele para continuar conociéndonos, decidiendo y avanzando.

Y aquí empieza realmente el viaje.

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Un ejemplo: «quiero vivir en paz»

Imaginemos que nuestra respuesta ha sido esa: ‹‹Quiero paz. ››

Quizá ya hayamos empezado a buscar esa paz a través de la meditación, el yoga, un masaje, un baño, el contacto con la naturaleza o cualquier otra experiencia que nos ayude a relajarnos. Y gracias a ello hemos dado un paso maravilloso: hemos descubierto cómo se siente la paz.

Pero también podemos empezar a percibir con mayor claridad el movimiento del péndulo: algo de nuestra vida nos devuelve a la tensión y buscamos de nuevo una experiencia que nos permita recuperar la calma.

Estas prácticas pueden ayudarnos, nutrirnos y regularnos, pero si las utilizamos únicamente para alejarnos de aquello que nos genera malestar, estaremos aliviando sus efectos sin resolver necesariamente lo que los produce. Es entonces cuando pueden convertirse en una forma de evasión: nos alejamos de lo que sentimos, del dolor, pero no trabajamos necesariamente su causa; aliviamos el malestar.

Así que podemos dar otro paso y preguntarnos qué tendría que cambiar en nuestra vida para vivir con mayor paz. Quizá necesitemos trabajar menos, reducir algunas obligaciones, alejarnos de determinadas personas, organizarnos de otra manera o reservar más tiempo para aquellas actividades que realmente nos recargan.

Por supuesto, algunas de esas decisiones pueden ayudarnos muchísimo y empezar a introducir una dirección en nuestra vida. Pero recordemos que nuestro viaje no es una línea recta.

Si queremos avanzar más deprisa o con más acierto, antes de lanzarnos únicamente hacia delante podemos hacer el primer movimiento hacia dentro. Y aquí comienza realmente la profundización en nosotros mismos: ¿qué me roba la paz?

Quizá respondamos: «Mi vida es muy estresante».

Perfecto. Ya tenemos una primera pieza. Pero no necesariamente tenemos todavía la respuesta completa. Debemos profundizar, es decir, buscar nuevas preguntas para responder e indagar:

¿Qué hace que mi vida sea tan estresante?
¿Tengo objetivamente demasiadas obligaciones? ¿O necesito ocuparme de todo?
¿Qué cosas podría dejar de hacer y no dejo?
¿Qué ocurre dentro de mí cuando algo queda pendiente?
¿Qué personas consiguen desestabilizarme especialmente?
¿Por qué me afecta tanto lo que hacen o piensan?
¿Qué intento controlar?
¿Qué temo que ocurra si dejo de hacerlo?
¿Necesito que las cosas sucedan de determinada manera para poder estar tranquilo?

Como vemos, de una sola respuesta pueden surgir muchísimas preguntas. Y preguntar también es un arte que se aprende practicando. Al principio quizá necesitemos encontrar en un artículo como este algunas preguntas que nos ayuden a continuar, pero poco a poco nuestra mente aprende a generarlas por sí misma.

En realidad, esa capacidad siempre estuvo en nosotros: un niño pregunta, investiga, relaciona y muestra curiosidad constantemente. Con los años y la repetición podemos perder parte de esa costumbre, pero no la capacidad. No se trata, por tanto, de memorizar las preguntas correctas, sino de recuperar suficiente curiosidad para permitir que cada respuesta pueda llevarnos a una nueva pregunta.

Y como vemos en el ejemplo, de repente, aquella frase inicial —«quiero vivir en paz»— ha empezado a abrir puertas que no veíamos. Quizá una parte del estrés proceda realmente de nuestras circunstancias. Pero quizá descubramos también que llevamos nuestra necesidad de control con nosotros a todas las circunstancias.

Y entonces ya no estaremos preguntándonos solamente cómo conseguir paz.

Estaremos empezando a descubrir qué hay en nosotros que nos impide sentirla.

Otro ejemplo: «quiero sentirme seguro»

Podemos hacer el mismo viaje desde otro lugar. Imaginemos que nuestra dirección es: «Quiero sentirme seguro económicamente».

Miramos hacia delante: ¿Qué necesitaría? Ganar más. Ahorrar. Conseguir un trabajo mejor. Tener una vivienda. Crear una segunda fuente de ingresos. Reducir determinadas deudas.

Todo eso pertenece a la realidad y quizá tengamos que actuar precisamente sobre ello. Pero volvamos a movernos hacia dentro: ¿Qué significa para mí sentirme seguro? Quizá nuestra primera respuesta sea: «Saber que tengo suficiente dinero para vivir». Bien.

¿Cuánto es suficiente?
¿En qué momento sabría que ya estoy seguro?
¿He tenido alguna vez más dinero que ahora y continuaba preocupado?
¿Mi preocupación aumenta únicamente cuando mis recursos disminuyen o aparece incluso cuando objetivamente tengo cubiertas mis necesidades?
¿Cuáles son las necesidades reales?
¿Qué imagino que ocurriría si algo saliera mal?
¿Temo no disponer de recursos o temo sentirme incapaz de resolver lo que ocurra?
¿Necesito controlar cuánto tengo porque me cuesta confiar en lo que seré capaz de hacer mañana?

Y quizá descubramos algo que no esperábamos. Tal vez empezamos queriendo dinero y terminamos investigando nuestra relación con la confianza. Incluso si nuestra inseguridad es fundamentalmente material y necesitamos realmente mejorar nuestra situación económica, podemos continuar preguntando: ¿qué me impide hacerlo?, ¿necesito tomar una decisión?, ¿formarme?, ¿buscar otras posibilidades?, ¿crear otra fuente de ingresos?, ¿atreverme a cambiar de trabajo? A veces aquello que sentimos debido a nuestras circunstancias termina dificultando precisamente las decisiones que necesitaríamos tomar para cambiarlas.

Y aquí podemos recuperar uno de los movimientos del péndulo que veíamos al principio: miedo y confianza. Si sentimos inseguridad, hay miedo; y cuando hay miedo intentamos con facilidad mantener nuestras circunstancias dentro de unos márgenes que consideramos seguros. Eso es, en gran medida, lo que hacemos cuando intentamos controlarlo todo. Pero quizá decirle a alguien que «es muy controlador» le aporte bastante poca información si no comprende qué hay detrás de ese control. Podemos seguir preguntando: ¿qué necesito controlar?, ¿qué temo que ocurra si dejo de hacerlo?, ¿qué creo que no seré capaz de afrontar si sucede algo diferente de lo previsto?

Porque confiar no significa creer mágicamente que todo va a salir como queremos. Confiar significa sentirnos capaces de responder ante lo que ocurra. Si mi trabajo no me proporciona suficientes ingresos y confío en mi capacidad para cambiar esa situación, buscaré alternativas dentro de mis posibilidades: quizá otro trabajo, una actividad complementaria, formación o una estrategia diferente. Puede llevarme tiempo y encontraré dificultades, pero existe dirección y movimiento. Si, en cambio, el miedo domina esa misma situación, puedo dudar, procrastinar, posponer decisiones, encontrar continuamente razones por las que ahora no puedo hacerlo, quedarme instalado en la queja o atribuir únicamente a mis circunstancias la imposibilidad de avanzar.

Como vemos, no hacemos preguntas para obligarnos a llegar a una respuesta determinada. Preguntamos para descubrir las nuestras, aunque a veces terminen llevándonos a lugares que no esperábamos.

No siempre sabemos lo que queremos cuando empezamos a caminar

Podemos comenzar pensando: «Quiero dinero» y, al profundizar, descubrir que en realidad buscamos seguridad. Podemos continuar preguntando y encontrar que lo que necesitamos es confiar en que seremos capaces de resolver aquello que ocurra. O seguir todavía más y descubrir que lo que llamábamos seguridad estaba unido a una necesidad completamente diferente: poder confiar en alguien, sentirnos queridos o sentirnos acompañados.

Entonces podría parecer que nos equivocamos al principio. Pero quizá no. Quizá simplemente no teníamos todavía todas las piezas.

Nuestra primera meta pudo ser la forma más visible que encontró algo mucho más profundo de señalar una dirección. A veces el primer sueño funciona como una zanahoria delante de nosotros. Nos pone en movimiento. Después, mientras caminamos, descubrimos que aquello que perseguíamos no era exactamente lo que queríamos. Pero sin aquella primera dirección quizá nunca habríamos salido del lugar en el que estábamos.

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Todo este viaje ocurre en el presente

Llegados hasta aquí quizá parezca que estamos haciendo exactamente lo contrario de otra recomendación que escuchamos constantemente: «vive el presente». Pero quizá vivir el presente no signifique que nuestra mente deba permanecer únicamente contemplando aquello que está ocurriendo en este instante, como si recordar el pasado o imaginar el futuro nos alejara necesariamente de él.

Porque nuestro pasado también está aquí. Está en lo que hemos aprendido, en aquello que tememos, en las asociaciones que hacemos, en nuestras expectativas, en las decisiones que tomamos y en muchas de las respuestas emocionales que aparecen hoy ante lo que vivimos. Mirar hacia atrás para comprender por qué algo nos afecta, qué aprendimos o de dónde procede una determinada forma de reaccionar no significa abandonar el presente; significa utilizar lo que está apareciendo ahora para conocernos más profundamente.

Y nuestro futuro también empieza aquí. Imaginar cómo queremos sentirnos, qué nos gustaría vivir o quién queremos ser dentro de unos años no significa necesariamente escapar hacia una fantasía futura; puede ayudarnos a elegir la dirección de las decisiones que tomamos hoy. Quizá vivir plenamente el presente no consista en amputarle pasado y futuro, sino en experimentar lo que está sucediendo con todo nuestro ser, escuchar lo que nos hace sentir y utilizar esa información para comprender de dónde venimos y decidir hacia dónde queremos ir. Porque nuestra vida no estará formada algún día por un gran futuro al que finalmente habremos llegado: estará formada, como lo está ahora, por una sucesión de presentes. La diferencia es que podemos empezar a darles dirección.

La dirección también puede rediseñarse

No solamente rediseñamos la estrategia. Rediseñamos incluso el destino a medida que nos conocemos.

Supongamos que ahora sabemos algo que antes no sabíamos. ¿Qué hacemos con ello? Volvemos a mirar hacia delante: ¿cómo me gustaría sentirme dentro de dos años?, ¿qué tendría que cambiar en mi vida para acercarme a ello?, ¿qué puedo hacer yo?, ¿qué necesito aprender?, ¿qué tendría que dejar de sostener?, ¿qué personas podrían inspirarme?, ¿quién ha conseguido algo parecido partiendo de circunstancias semejantes?, ¿qué posibilidades ni siquiera estoy contemplando?, ¿cuál sería un primer paso posible?

Y actuamos. Esto es importante, porque la introspección sin acción puede dejarnos dando vueltas dentro de nosotros mismos en lugar de transformar nuestra vida. Al actuar ocurrirá algo: quizá avancemos estupendamente o quizá descubramos, por ejemplo, «sé perfectamente lo que debería hacer, pero no me atrevo».

Fantástico. Nueva información. Volvemos hacia dentro: ¿qué me impide hacerlo? Y comienza otra vuelta.

El objetivo no es conseguir que la espiral solo tenga una parte ascendente. Eso volvería a ser exigirnos que la vida solo nos proporcione experiencias agradables. Descendemos precisamente porque encontramos dificultades, dolor, miedo, contradicciones o límites que nos ofrecen nueva información sobre nosotros. Desde esta perspectiva, el descenso deja de significar necesariamente fracaso: volver a sentir dolor no significa que «algo está saliendo mal»; dudar no significa que «he perdido mi camino»; cambiar de objetivo no significa que «no fui capaz»; descubrir que ya no queremos aquello por lo que llevábamos dos años luchando tampoco significa necesariamente que hayamos perdido esos dos años.

Todo puede convertirse en información para rediseñar la siguiente vuelta y, al mismo tiempo, cada vuelta puede abrirnos un camino más amplio. Quizá al principio solo queríamos dejar de sufrir. Después buscamos paz. Más adelante seguridad o confianza. Y cuando dejamos de emplear tanta energía únicamente en escapar del dolor o mantener nuestra vida bajo control, quizá aparezca una pregunta nueva: ¿y ahora hasta dónde quiero llegar?

Podemos aspirar a sentir alegría, libertad, realización, felicidad o plenitud. Y hacerlo no significa exigirnos permanecer siempre en el extremo agradable del péndulo. La plenitud no consiste en conseguir una vida en la que nada vuelva a dolernos, frustrarnos o hacernos dudar. Es poder navegar el movimiento entero, utilizar también aquello que nos sucede para conocernos, rediseñar nuestra dirección cuando sea necesario y continuar avanzando hacia una vida cada vez más nuestra.

Porque sentirse pleno no es estar siempre bien.

Es sentirse cada vez más lleno de uno mismo y de la propia vida.

Foto De Autora – María Garriga Domínguez

Licenciada en Ciencias Económicas y Empresariales (Universidad CEU Luis Vives, Madrid). Experta Profesional en Coaching Integral 3.0 (UNED). Certificada en Naturopatía (IPS) y Técnica Superior en Dietética (ILERNA). Monitora de Yoga (EPD Formación), con formación complementaria en liberación emocional, acupuntura, coaching nutricional, estética y masaje. Autora de la trilogía Liberación emocional, la puerta para vivir en plenitud. Con la intervención directa de Dios, fundadora de Sbye Transformación y facilitadora de procesos personales, especialista en desprogramación del inconsciente.