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Muchos de los personajes de la literatura universal y sus historias han servido para explicar algunos de los síndromes y comportamientos del ser humano. Uno de ellos es el de Anna Karenina, la protagonista de uno de los libros más célebres del escritor Leon Tolstoi. Vamos a ver de qué se trata.

Del enamoramiento a la enajenación mental

En primer lugar y antes de profundizar en este síndrome, vamos a conocer mejor la historia de este personaje tan importante de la literatura universal. Anna Karenina era una mujer perteneciente a la aristocracia rusa del siglo XIX, con una vida acomodada, casada y con un hijo.

Tolstoi dibujó un personaje que se caracterizaba por tener unos valores acordes a la sociedad de su época, en la que imperaban la hipocresía y las apariencias. No obstante, decide dejarlo todo al conocer al comandante Vronsky, dejándose llevar únicamente por la intensidad de sus sentimientos.

La protagonista inicia una pasión amorosa con él, lo que supone un enfrentamiento a los dictámenes de la sociedad de la época. Finalmente ve cómo su amante acaba por aburrirse de la relación, mientras que ella, rechazada por la sociedad y como consecuencia de su decisión, se encuentra en una relación de total dependencia hacia él.

En qué consiste el síndrome de Anna Karenina

Una de las características principales de este personaje, y precisamente de lo que habla este síndrome, es el estado de enajenación mental que experimenta. Anna vive su historia de amor con intensidad, sin dejar espacio a la reflexión y al raciocinio.

Esto, tal y como ya sucedía en el siglo XIX, continúa siendo algo muy común en la sociedad actual, ya que el concepto de amor que a lo largo de la historia se ha alimentado de estas creencias.

Dicho de otro modo, el amor se asemeja con la idea de no poder vivir el uno sin el otro, convirtiéndose así en fuente de desasosiego y sufrimiento. Se le da, por lo tanto, una dimensión trágica a este sentimiento y de completa dependencia a la otra persona.

Esto puede llegar a ser muy peligroso, ya que nos lleva a relacionarnos de forma poco sana, sin meditar las decisiones que tomamos. De esta forma, nos exponemos a establecer vínculos insanos con las distintas parejas sentimentales que aparecen en nuestra vida.

Los psicólogos lo definen como un trastorno afectivo obsesivo, algo que se suele dar en el comportamiento humano. No obstante, estos síntomas no siempre se ven de este modo, sino que la mayor parte de las personas sienten estar viviendo algo especial y fuera de lo común.

Por desgracia, existen millones de historias similares a esta que contamos de Anna Karenina, ya que es muy común que las personas vean un punto romántico en este tipo de tragedias apasionadas e intensas.

Cómo afecta este síndrome a las personas

Una de los primeros aspectos reconocibles en el personaje de Anna Karenina es su enorme atracción, lo que hace que se relacione desde la necesidad y el impulso. Asimismo, cae en la idealización del otro, algo muy común en la fase de enamoramiento, así como una sobrevalorización de la otra persona.

Todo esto le lleva a un pensamiento obsesivo que impide ver con claridad la realidad de la relación. Como consecuencia, es frecuente que las personas que padecen este síndrome tengan dificultades para comprometerse de forma madura en sus relaciones, ya que busca vivir permanentemente la intensidad de estos sentimientos.

El problema principal del síndrome, por lo tanto, es que lleva a las personas que lo padecen a establecer relaciones poco maduras y, en consecuencia, a no terminar de conseguir forjar una estabilidad con otra persona.

Muchas personas asocian la falta de esta enajenación a falta de amor, cuando realmente se puede establecer un tipo de relación mucho más sana, sin caer en estos comportamientos que al final acaban haciendo daño a las personas implicadas en la relación.

Esto puede hacernos sentir vivos y, en ocasiones, puede es difícil evitar que nos suceda a nosotros mismos. No obstante, hay que intentar vivir estas historias con madurez. Y lo más importante, queriéndonos a nosotros mismos por encima del sentimiento hacia la otra persona, ya que si no corremos el riesgo de acabar destrozados ante un desengaño.

Y es que en las relaciones sentimentales, la reciprocidad y la madurez son las bases más importantes para conseguir el equilibrio. Para ello es importante valorarse a uno mismo de forma individual, para así no caer en la dependencia y el hecho de darlo todo por alguien que no corresponde al mismo nivel.

En definitiva, el síndrome de Anna Karenina es algo muy común en el comportamiento humano, pero este afán por vivir siempre en la fase de enamoramiento puede llevar a mantener relaciones inestables e inmaduras.

El Síndrome de Anna Karenina, un tipo obsesivo de amor
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