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Ansiedad y hambre son dos conceptos que muchas veces van de la mano. En muchas ocasiones, cuando estamos nerviosos se nos abre un voraz apetito que nos lleva a comer durante todo el día. Por otro lado, también ocurre lo contrario, se nos “cierra” el estómago y no somos capaces de comer nada.

¿Por qué algunas personas comen en exceso y otras dejan de comer? ¿Existe alguna diferencia emocional? Al parecer, cuando la ansiedad está asociada a síntomas depresivos se nos va el hambre, y cuando estos síntomas no se dan, sentimos una necesidad excesiva de comer. Las investigaciones científicas sobre este asunto todavía siguen en desarrollo, así pues, aquí se ofrecerán algunas de las conclusiones más destacadas.



Estrés, ansiedad y hambre en exceso

Vivimos rodeados por exigencias diarias: trabajar, estudiar, hacer la comida, limpiar, cuidar a los hijos (quien tenga)… Y un sin fin de tareas interminables. Añadido a esto también vivimos situaciones más o menos desagradables. Una mala noticia de un familiar, una infidelidad, una traición, etc. Todo ello puede causarnos un exceso de estrés y ansiedad que, entre otras cosas, podría afectar nuestra ingesta de alimentos.

El estrés y la ansiedad diaria pueden producir una sensibilización crónica en las áreas subcorticales que se encuentran en la base del impulso de la comida (Lyvers, 2000). Por otro lado, las áreas relacionadas con la producción de la dopamina se vuelven hiperreactivas. Hiperactivación tanto a causa de la ansiedad, como a los estímulos relacionados con a comida o a la comida misma. De esta forma, nos volvemos más susceptibles a sentir ansia hacia la comida y desencadena una conducta de ingesta excesiva.

Así pues, Lyvers remarca que “el ansia se vive como algo irracional dada la evidente reducción del control inhibitorio de la corteza frontal sobre los sistemas subcorticales que median las respuestas apetitivas incentivas y las conductas automatizadas e inconscientes”.

Por otro lado, también se señala la disminución de la serotonina como “causante” de ingesta excesiva. Marta Garaulet, catedrática de Fisiología y Nutrición de la Universidad de Murcia, señala que “existen estudios que muestran que la ingesta de hidratos de carbono aumenten la disponibilidad de su precursor, el triptófano, por lo que se incrementa la formación de serotonina. En definitiva, comer dulces nos hace más felices”.

Emociones negativas y falta de hambre

La mayoría de las investigaciones sobre ansiedad y hambre se centran en el exceso de alimentación. De ahí la dificultad de encontrar estudios que expliquen la razón de la reducción del apetito. Sin embargo, Sheppard-Sawyer, McNally y Fischer (2000), señalan que cuando se experimentan emociones negativas se reduce la conducta alimentaria.

Marta Garaulet afirma que la falta de apetito puede estar relacionado con una respuesta hormonal. Garaulet postula que si el estrés es puntual “prima la respuesta de adrenalina sobre el cortisol, lo que hace que disminuya el apetito y además se produzca movilización de grasa del organismo”.

Sin embargo, si el estrés es crónico, la catedrática comenta que el cortisol prima sobre la adrenalida, y de esta forma aumenta el apetito y además “se acumula más grasa en el tejido diposo abdominal que es dónde tenemos más concentrados los receptores del cortisol”.

El doctor Esteban Jódar, endocrinólogo, explica que la diferencia entre el hambre o la falta de esta dependería del tipo de estímulo que causa la ansiedad. De esta forma, ese “nudo en el estómago” que nos impide comer podría estar explicado, entre otras causas, por un predominio de emociones negativas que nos causan una respuesta mayor de la adrenalina sobre el cortisol. Recuérdese que el cortisol es una hormona glucocorticoide que se libera como respuesta al estrés.

Conclusión

Llegados a este punto cabe distinguir que el estrés no tiene porque estar relacionado con una emoción negativa. No es lo mismo vivir con estrés que padecer ansiedad por la muerte de un familiar. Así pues, aunque necesitemos calmarnos en ambas situaciones, la primera es por exceso de actividad y la segunda por una pérdida. Por lo que será importante ver si detrás de esa ansiedad se esconde una emoción negativa o un exceso de exigencias.

A pesar de los procesos químicos que se desencadenan en el cuerpo, se pone en evidencia la importancia de una correcta gestión emocional. Saber controlar nuestras emociones resulta clave para que no se produzca una sensación de hambre continua ni que se nos produzca un “nudo” en el estómago.

El ejercicio físico, una dieta equilibrada, practicar meditación… son elementos que nos ayudarán a mantener una salud emocional sana. Esto nos permitirá mantener nuestras hormonas y neurotransmisores funcionando en orden sin que alteren nuestra conducta.

Bibliografía

  • Lyvers, M. (2000). “Loss of control” in alcoholism and drug addiction. Experimental and
    Clinical Psychopharmacology, 8 (2), 225-249.
  • Rodríguez, S., Mata, J. y Moreno, S. (2007). Psicofisiología del ansia por la comida y la bulimia nerviosa. Clínica y Salud, 18 (1), 99-118.
  • Sheppard-Sawyer, C., McNally, R. & Fischer, J. H. (2000). Film-induced sadness as a trigger for disinhibited eating. International Journal of Eating Disorders, 28, 215-220.
  • Silva, J. (2007). Sobrealimentación inducida por la ansiedad parte I: evidencia conductual, afectiva, metabólica y endocrina. Terapia Psicológica, 25 (2), 141-154.
Ansiedad y hambre, por qué dejamos de comer o comemos en exceso
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