Una de las principales (por no decir la principal) diferencias entre los seres humanos y los animales es precisamente el pensamiento racional. Gracias a esta particularidad, hemos llegado en relativamente poco tiempo a estar en lo más alto de la escala evolutiva y conseguir todo lo que actualmente tenemos. Así pues, pensar no debe ser tan malo, todo lo contrario. Pero ¿qué ocurre cuando nuestros pensamientos nos crean verdadero malestar?

Una pequeña historia

Una mujer está haciendo una tarta para unos invitados que vendrán esta noche a cenar a su casa. De repente se da cuenta de que el molde que iba a utilizar es demasiado pequeño y necesita uno más grande, pero no lo tiene y todas las tiendas están cerradas. Entonces recuerda que su vecina tiene uno. Irá a pedírselo prestado pero… le asalta una duda: ¿y si no quiere dejárselo? Piensa en las veces que se han cruzado por la escalera y recuerda que últimamente no se ha mostrado demasiado comunicativa con ella. Quizás tenía prisa, pero tal vez está molesta por algo que ha hecho. Evidentemente, si está molesta con ella no le prestará el molde de cocina. Es ese caso se inventará una excusa y no podrá hacer la tarta como quería. ¿A caso se cree que es más importante porque tiene algo que ahora necesita? Madre mía, ese es el colmo de la arrogancia…

En resumen, la mujer no pudo hacer la tarta que quería porque sus pensamientos le impidieron ir a pedir ayuda. Además, seguramente a partir de ahora cuando se encuentre a su vecina por la escalera la saludará de forma distante y dejando ver su molestia, retroalimentando así una serie de ideas erróneas y preconcebidas. Por desgracia, para numerosas personas muchos de sus pensamientos y autodiálogos son perniciosos para ellas mismas y les llevan a amargarles la vida.

Cuando nuestro pensamiento nos traiciona

Otro ejemplo que a todos nos ha ocurrido en alguna ocasión es no poder dormir porque le damos vueltas y vueltas a algún suceso que nos ha pasado, como un problema que no hemos sabido solucionar en el trabajo, o una discusión que hemos tenido y en la que luego nos planteamos si hemos dicho las cosas que debíamos (quizás nos hemos pasado, o al revés, podríamos haber dicho algo que nos hemos callado). La cuestión es que, sea como sea, a veces nuestro propio raciocinio nos “traiciona” creándonos conflictos que no existen.

Intentar darle un significado a todo lo que nos rodea o anticipar los posibles resultados de nuestras acciones es un proceso totalmente normal, válido y propio de los humanos, que la mayoría de veces transcurre de manera automática para que podamos responder coherentemente a los estímulos que nos llegan del exterior. Por desgracia, hemos de reconocer que en muchas ocasiones, cruzamos la frontera de lo sano para lindar con lo patológico, es entonces cuando nuestro pensamiento se sustenta más en percepciones prejuiciadas que en la pura realidad, provocando una ansiedad considerable en quien intenta racionalizarlo e influyendo negativamente en las relaciones interpersonales. Lógicamente, esto limita mucho el éxito que se puede alcanzar.

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El pensamiento es subjetivo

Todo esto ocurre porque deseamos tan fervientemente encontrar un sentido a determinadas situaciones o comportamientos, que no nos damos cuenta de que realmente no disponemos de información suficiente como para hacer una evaluación objetiva de lo que está sucediendo. Entonces echamos mano a nuestras creencias (que pueden ser más o menos acertadas y más o menos flexibles) para explicar de manera digamos “imaginativa”, a aquello que en muchas ocasiones bastaría con preguntar.

Pensar no es malo, sólo faltaría. Pero pensar requiere de tiempo y una importante inversión de energía, y si encima nuestra mente se queda dando vueltas a pensamientos de manera inútil y produciendo sentimientos negativos, puede acabar dando lugar al llamado “efecto levadura”, que ocurre cuando un pensamiento que tiene lugar a partir de una pequeña idea o problema, pasa a generar más y más preguntas, además de nuevas relaciones de ideas (muchas de ellas gratuitas y pesimistas), generando pensamientos negativos que se expanden, crecen y acaban por apoderarse de todo el espacio de nuestra mente.

Como es comprensible, el resultado de todo este proceso es agotador. Además, lejos de encontrar respuestas o soluciones válidas a nuestros problemas, terminamos en una especie espiral irresoluble, presos de pensamientos victimistas (“no podré salir de ésta”, “soy incapaz”), ansiedades (“mañana va a ser un día duro”) y sentimientos de depresión (“mi vida no vale nada”).

Encontrar un pensamiento más constructivo

Es en este momento cuando llegamos a la “sabia” conclusión de que “pensamos demasiado”, puesto que somos conscientes de que producimos ideas negativas de manera incesante, que se acompañan irremediablemente de sentimientos también muy perjudiciales, que nos abruman y que interrumpen nuestro correcto funcionamiento diario y nuestro bienestar.

Por el contrario, un pensamiento es positivo cuando es constructivo, creativo y aporta soluciones, pero nunca cuando nos paraliza o incapacita para la acción. Cuando nuestros pensamientos son constructivos, nos llevan a solucionar las adversidades de forma ordenada y sensata, y al final de ese proceso nos podemos parar a relajar, inmersos en una sensación satisfactoria de haber cerrado un asunto.

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