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Decía el filósofo Chartier “Nada hay más peligroso que una idea cuando no se tiene más que una.” Poseer una mentalidad abierta, en búsqueda de nuevos conocimientos, ideas y experiencias es una tarea difícil cuando la falta de flexibilidad cognitiva no nos permite entender la realidad desde distintas perspectivas, desarrollarnos y afrontar los cambios: hablamos de la rigidez mental.

Comprendiendo la rigidez mental

La rigidez mental es un patrón cognitivo y conductual que nos hace abordar cualquier situación de forma unidireccional, de manera inamovible y sin dar lugar a otras perspectivas e ideas. Las personas que siguen este patrón no asumen que existen otras formas de percibir el mundo y suelen mostrarse cerrados ante el cambio y siempre seguros de llevar la razón. Cuando se presenta como síntoma, es muy común encontrarlo en diversos trastornos como el Síndrome de Asperger o el Trastorno obsesivo-compulsivo.

Equivocarnos y no tener miedo a afrontarlo es lo que nos hace aprender, asimilar nueva información y desarrollarnos. La rigidez mental no nos permite abandonar estos patrones inflexibles y vivir sin miedos, sabiendo quiénes somos y cuáles son nuestras fortalezas, que muy en contra de ser dañadas por nuevas ideas o situaciones, pueden salir enriquecidas por estas.

¿Por qué desarrollamos rigidez mental?

El pensamiento divergente es el razonamiento sin límites que plantea múltiples respuestas a un mismo problema y que está muy conectado a la creatividad. George Land y Beth Jarma quisieron estudiar este tipo de pensamiento en la población y para ello, llevaron a cabo un experimento longitudinal en el que haciendo preguntas muy simples, comprobaron el grado de creatividad en las respuestas de 1500 participantes en edad escolar.

Sorprendentemente, los resultados indicaron que los únicos participantes que alcanzaron una alta puntuación fueron niños de etapa infantil en un 98%, mientras que a los 10 años la cifra descendía al 30% y desafortunadamente a los 15, sólo un 12% de los participantes conseguía alcanzar este nivel de genialidad en las respuestas.

Somos educados de una manera muy polarizada, orientados a objetivos concretos que cierran puertas al pensamiento creativo y cuando llegamos a la edad adulta, nuestro propio concepto del mundo puede lleno llenos de prejuicios, estereotipos y creencias muy arraigadas en nuestra percepción de la realidad, dando lugar a la rigidez mental.

Este patrón rígido de pensamiento no es más que una manera de protegernos a nosotros mismos, una forma de resistencia psicológica ante la incertidumbre que se apoya en el miedo a lo desconocido.

Desde que nacemos, necesitamos rutinas predecibles para poder desarrollamos. En esas rutinas nos sentimos seguros y protegidos, podemos controlar el medio y anticiparnos a cualquier peligro. Sin embargo, repentinamente el cambio llega y no podemos hacer nada para controlarlo. Cuando una información nueva va en contra de todo nuestro sistema de creencias, podemos experimentar frustración y extrañeza hasta un punto paralizador que nos lleva a cerrarnos por completo y a negar cualquier evidencia de nuestro error.

Cualquier respuesta rápida de nuestro repertorio puede paliar el estrés que nos genera. Esta crisis existencial que se despierta en nosotros, puede hacernos permanecer inflexibles si hemos aprendido a actuar a través de este patrón o puede hacernos crecer, si reflexionamos ante aquello que internamente nos insta a pensar que en el fondo puede que estuviéramos equivocados.

Consecuencias de la rigidez mental

El concepto de rigidez mental está ampliamente asociado al de miedo al cambio, ese miedo que nos encadena a vivir una vida sin riesgos, pero sin alicientes. Una estructura de pensamiento poco flexible puede hacer que nos neguemos a explorar nuevos espacios y experiencias, puede coartar nuestra imaginación y mantenernos prisioneros en un estado de pasividad vital y temor al cambio, mermando nuestra capacidad creativa, espontaneidad y positividad.

Tendemos a seguir siempre los mismos antiguos patrones emocionales e intelectuales que nos hacen sentir a salvo incluso aunque a veces puedan llegar ser enteramente erróneos y poco beneficiosos para nosotros.

Las personas que siguen patrones cognitivos rígidos suelen llevar a cabo conductas que los mantienen estancados en un punto vital, suelen ser personas muy aferradas al pasado, con miedo elevado a la transformación y suelen asumir que su perspectiva es la única correcta, mientras que los demás están siempre equivocados. Este tipo de conductas puede perjudicar su manera de resolver conflictos dañar seriamente sus relaciones sociales.

Cómo romper con la rigidez mental

Para empezar a usar un patrón cognitivo más flexible, conviene comenzar preguntándonos qué es lo que sentimos ante una nueva información y qué es aquello que nos pone a la defensiva. Tomarnos el tiempo de reflexionar, de escucharnos a nosotros mismos y comprender qué nos ocurre o a qué tememos, puede hacer que bajemos las barreras que automáticamente levantamos en estas situaciones, al comprender la realidad de lo que nos ocurre sin dejarnos llevar por el temor.

Exponernos con esfuerzo ante el miedo al vacío existencial, ante la incertidumbre de no poseer la verdad y comenzar a cuestionarlo todo, abrazando la curiosidad como método para crecer, sin miedo o vergüenza a equivocarnos y tratando de considerar las perspectivas de otros, aunque no estemos de acuerdo con todo lo que piensan o dicen.

En definitiva, trabajar con constancia en nuestra empatía hacia los demás sin rechazarlos, para conseguir abandonar el temor a lo desconocido y abrazar nuestro propio desarrollo y crecimiento personal.

La rigidez mental, el miedo que nos mantiene prisioneros
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