René Descartes (1596-1650) fue un filósofo y matemático francés, considerado el primer hombre moderno por su pensamiento. Inventó la geometría analítica e introdujo el escepticismo como una parte esencial del método científico. Es considerado como uno de los más grandes filósofos de la historia.



Biografía

René Descartes nació en una familia bien educada de clase alta el 31 de marzo de 1596 en el pueblo francés de La Haye en Touraine. El pueblo ahora se llama Descartes, Indre-et-Loire en su honor.

El padre de René era Joachim Descartes, abogado del Tribunal de Justicia de Bretaña. Su madre era Jeanne Brochard, hija del teniente general de Poitiers. René fue su tercer hijo.
Un año después del nacimiento de René, su madre y su cuarto hijo murieron durante el parto.

El padre de René trabajaba seis meses al año en el Tribunal de Justicia de Rennes, a unos 300 km de su hogar. René fue criado por su abuela y su tío abuelo. Su padre se volvió a casar cuando René tenía cuatro años y comenzó a vivir en Rennes de forma permanente. A pesar de esto, siempre hubo afecto entre René y su padre.



Desde su nacimiento, René sufrió problemas de salud y tuvo una tos permanente. Los médicos locales pensaron que no sobreviviría a la infancia. Su padre empleó a una enfermera que se dedicara al cuidado de René. Cuando se hizo adulto le pagó una pensión permanente a su enfermera por haberle salvado la vida.

A la edad de unos diez u once años, René finalmente fue considerado lo suficientemente saludable como para comenzar la escuela y entró en la Escuela Jesuita de La Flèche en Anjou. En una concesión a su delicada salud, se le permitió por la mañana levantarse más tarde que otros estudiantes.

René pasó siete u ocho años en La Flèche aprendiendo lógica, teología, filosofía, latín y griego. En sus últimos dos años también aprendió matemáticas y física. Era un niño de prodigiosa curiosidad, que hacía preguntas sin cesar.

René aprendió del trabajo de Galileo, incluido su reciente descubrimiento sorprendente de las lunas de Júpiter. En este momento, Galileo aún no había publicado sus mejores obras que revocaran la física de Aristóteles.

De joven pasó varios años viajando por Europa, frecuentemente como caballero voluntario en diversos ejércitos. Fue un militar francés de fortuna, un matemático y un filósofo. La Iglesia Católica Romana del siglo XVII discrepaba con las enseñanzas de los filósofos naturalistas, quienes aseguraban que el cuerpo humano operaba, en gran medida, igual que una máquina. Esto sugirió a algunos que la mente, como el cuerpo, quizás obedeciera también la ley natural.

El trabajo más completo de Descartes, “Principios de filosofía”, se publicó en 1644. En él trató de deducir todas las leyes de la naturaleza a partir de los primeros principios. Aunque el libro tenía mucho que recomendar a los filósofos, su ciencia era incorrecta.

Argumentó que la acción a distancia es imposible y estuvo de acuerdo con el filósofo griego antiguo Aristóteles en que no podía haber vacío. Pronto, sin embargo, todo su poder como filósofo sería derrotado por experimentos científicos.

A lo largo de toda su vida Descartes fue lo suficientemente rico como para perseguir sus propios intereses. Su padre le regaló una serie de propiedades que Descartes, a la edad de 24 años, vendió. Esto recaudó suficiente dinero para que él viviera cómodamente en todo momento.

Descartes y el libre albedrío

Descartes “resolvió” este problema reformulando las enseñanzas de Tomás de Aquino, acercando la importancia del libre albedrío, y aseverando que si bien es cierto que el cuerpo opera en gran parte como una máquina, la mente pertenece al alma, y no está sujeta a las leyes de causa y efecto. Esta es la doctrina del dualismo, para la cual cuerpo y mente son sustancias netamente definidas.

Descartes postuló como corolario la doctrina del interaccionismo, según la cual cuerpo y mente de hecho se influyen entre sí en alguna medida. Aventuró que el punto de interacción entre ambos se halla en la glándula pineal, una pequeña glándula endocrina situada en la cabeza. Esta doctrina se ha incorporado hasta cierto punto a la expresión enfermedad psicosomática, que literalmente significa “enfermedad de la mente y el cuerpo”.

Una de las más célebres declaraciones de Descartes fue: Cogito ergo sum, que significa: “Pienso, luego existo”. A raíz de su énfasis en la primacía del pensamiento, puede decirse que Descartes prefiguró la posterior importancia asignada en psicología a la cognición.

También argumentó que debía existir un universo externo al Yo pensante, un universo no opaco a las facultades cognoscitivas del hombre. Escribe el famoso libro “Discurso del método” (1637), donde expone que podemos dudar de todo (de lo que percibimos), pero de una cosa no podemos dudar, de que estoy dudando; y si estoy dudando es que pienso, y si pienso es que existo. De aquí su famosa frase “pienso, luego existo” (cogito ergo sum).

Para Descartes hay tres cosas de las que no podemos dudar: del Yo o del Pensamiento, del Mundo por su extensión y de Dios por su infinitud. Para él lo psíquico es lo consciente, o sea todo lo que existe en nuestra conciencia: la imaginación, la fantasía, los sueños, los recuerdos…

Sostuvo que cualquier idea que se presente a la mente a la vez de un modo claro y distinto debía ser verdadera. Lo claro es lo que se presenta de modo inmediato a la mente y lo distinto es lo que a la vez es claro e incondicionado. Descartes decía que lo distinto se conoce per se, su evidencia es independiente de cualquier condición limitadora.

En 1649 Descartes aceptó una invitación para convertirse en profesor de filosofía en la corte de la Reina Cristina de Suecia. Murió al año siguiente en Estocolmo.