Dad palabra al dolor. El dolor que no habla, gime en el corazón, hasta que lo rompe.” illiam Shakespeare

Desde que somos pequeños nos enseñan las emociones clasificándolas en positivas y negativas.

Lo que no nos suelen enseñar es que todas las emociones son efímeras, no duran para siempre. Ni que es necesario expresarlas, tanto las positivas como las negativas, aunque socialmente este mal visto.

Las positivas, son aquellas que nos hacen sentir bien, como la alegría, felicidad, la calma…Son las que están aceptadas socialmente. Se expresan a través de una sonrisa, una mirada cómplice…

En cambio la ira, el miedo, y la frustración, se consideran emociones negativas por los efectos de malestar que producen en nuestro organismo. Estas se suelen expresar a través del llanto.

Y el llorar en público, en nuestra cultura es un síntoma de debilidad. Por esta razón aprendemos a reprimir estas emociones. No evitamos sentirlas, sino expresarlas, y esto es un gran error, porque estamos agrandando el dolor en nuestro propio cuerpo.

Es como si alguien te dice de repente “no pienses en un elefante rosa”. Lo primero que se te viene a la cabeza es ese elefante rosa.

Con las emociones pasa lo mismo, por mucho que nos digamos a nosotros mismos “no tengo que llorar” “no tengo que sentir frustración”, se sigue sintiendo, es algo contra lo que luchar es inútil

La única forma de superar estas emociones es trabajar en su aceptación, y para ello el primer paso es reconocerlas y expresarlas.

Por eso ante la pérdida de un familiar, o una separación matrimonial, es muy importante trabajar la ventilación emocional. Como se suele decir “emoción expresada, emoción superada”. De esta forma evitamos un posible trastorno en aquella persona que ha sufrido una perdida.

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