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La muerte: Un hecho traumático

La muerte de un padre, ya sea de forma natural o accidental, es siempre un suceso traumático para un hijo. Esta circunstancia puede favorecer la aparición de algunos trastornos, cuando sea mayor. Estos efectos adversos pueden minimizarse si se da al niño los consejos y el ambiente adecuado.

La forma en que un niño manifiesta la afectación y el dolor, por la muerte de uno de los padres, puede variar mucho, en función de determinadas circunstancias: el tipo de muerte del progenitor, la intensidad del vínculo afectivo con el fallecido, los años de edad del niño en el momento de la muerte, etc.

La pérdida de uno de los padres

Cuando sobreviene, un hecho tan desgraciado como es la muerte del padre o de la madre, el niño puede reaccionar de muy diversas formas: puede inculpar  al padre vivo o puede creerse él mismo, el responsable de la muerte.

A veces, el fallecimiento es la consecuencia de una larga y penosa enfermedad, y el niño puede sentir que no estuvo lo suficientemente atento con el fallecido en los últimos momentos de vida. En ocasiones el niño se ve más afectado, viendo la pena y el sufrimiento del padre vivo, que por la ausencia del fallecido.

Independientemente de su edad, el niño puede mostrar de forma inmediata, bruscos cambios en su forma de comportarse. Algunos se muestran retraídos en exceso, otros se vuelve gruñones y exigentes. Pueden manifestar hostilidad o suspicacia. Es frecuente que dejen de comer o que tengan temores infundados cuando están solos.

Estos comportamientos son reacciones naturales ante un hecho tan sumamente traumático. Normalmente, suelen desaparecer en cuanto el niño advierte de nuevo un ambiente de seguridad y cariño en su casa.

Pérdida del padre en niños pequeños

Los efectos que la muerte del progenitor produzca en el niño a largo plazo, van a estar condicionados fundamentalmente, por la magnitud de los cambios que se produzcan en la vida del pequeño. Por desgracia, los niños de menos de tres años, pueden sufrir un daño emocional que les marque de por vida, al quedar privados de los vínculos necesarios para conseguir la estabilidad emocional y el equilibrio personal.

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El padre o la madre, con un niño de esta edad, ante el fallecimiento de su pareja, debe buscar la ayuda de los expertos o especialistas que le puedan indicar la mejor forma de contrarrestar la terrible pérdida que ha sufrido y los negativos efectos que ésta pueda tener sobre su hijo.

Si el hijo tiene más edad, y es capaz de entender la naturaleza de lo acontecido, la reacción más natural, es que se acerque emocionalmente más hacia el padre superviviente, tratando de compensar de esta forma, la pérdida del fallecido.

No podemos afirmar categóricamente que este excesivo acercamiento hacia el padre vivo sea perjudicial para los hijos, siempre y cuando no se caiga en una excesiva sobreprotección. Pero es especialmente deseable, en estas situaciones, que el niño pueda desarrollar algún tipo de vínculo o relación estrecha con un adulto del mismo sexo que el fallecido. Esta relación favorece el equilibrio sexual necesario para el normal desarrollo del niño, que se ha visto truncado con la muerte de uno de los progenitores.

Explicaciones a hijos mayores

Cuando los hijos tienen una edad en el rango entre nueve y dieciséis años, sienten de forma desgarradora el cataclismo familiar, pues es justamente la edad más difícil para ellos, el paso para convertirse en adultos, y el momento donde necesitan más ayuda.

En esta época la muerte del padre del mismo sexo, suele ser un auténtico shock, pues son sus modelos a seguir para moldear su virilidad o femineidad respectivamente. La muerte del padre afectará más al hijo, mientras que la hija se verá más afectada si es la madre la que ha fallecido. Los adolescentes que tienen que vivir este periodo sin esa figura de referencia de su mismo sexo, pueden sufrir fuertes tensiones emocionales, que les afecten en sus estudios, en el ámbito social con los amigos y en el personal: alteraciones del desarrollo psicosexual y emocional.

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El hijo único

Un caso especialmente delicado aparece, cuando el niño que pierde a su padre no tiene hermanos y es hijo único. Está demostrado que los hermanos que han sufrido la muerte de un padre son capaces de compartir su pena y su dolor hablando entre ellos. Esto les fortalece como grupo, pero también, les da mayor seguridad a cada uno por separado. El dolor les agrupa y les hace más fuertes.

El hijo único vive el fallecimiento paterno o materno con especial intensidad. No tiene hermanos con los que consolarse. Se encuentra solo y aislado. En la mayoría de los casos si no recibe un apoyo psicológico suplementario, quedará marcado emocionalmente.

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Un futuro feliz

Existe la arraigada opinión general, de que un niño que ha perdido a uno de sus padres en su infancia, queda marcado de por vida con un estigma emocional indeleble, que le impedirá ser feliz en su vida adulta e incapaz de mantener relaciones emocionales estables.

Es evidente, que no lo va a tener más fácil que los niños que disfrutan de la compañía de sus dos padres, pero esta ausencia de una figura paterna/materna no necesariamente va a condicionar su existencia futura. Solamente es necesario, que en su niñez, tras la trágica pérdida, se pueda restablecer una atmósfera de seguridad en el hogar y un ambiente de felicidad en la familia. Por supuesto no será una tarea fácil, pero si todos aportan su granito de arena se puede conseguir y esto le dará la oportunidad de llevar como adulto, una vida normal y feliz.

La muerte del padre, supone en la mayoría de los casos una merma importante en la seguridad afectiva. El niño sufrió en su niñez un fuerte traumatismo emocional con la pérdida de uno de sus vínculos afectivos más fuerte. No tiene nada de particular, que en su vida adulta, cuando trate de establecer una relación afectiva duradera, esa inseguridad sobrevuele por su cabeza y le haga sentirse más vulnerable y temeroso de sufrir una nueva y dolorosa pérdida.

La parte buena de esta inseguridad, es que una vez que ha dado el paso y ha aceptado el compromiso, será una persona mucho más proclive a volcarse y entregarse emocionalmente con su pareja.

La huella del resentimiento

No es una tarea fácil, restablecer un cálido ambiente familiar tras la muerte de uno de los padres. En muchas ocasiones la estructura del hogar queda dañada. Ni la madre ni los hijos son capaces de afrontar de una forma eficaz la situación. Esto puede ser terrible para el niño, sobre todo en los casos en que se cría con un solo padre o es internado en una institución estatal por haberse quedado sin ambos padres.

Una situación de este tipo deja en el niño un profundo resentimiento. “¿Por qué a mí?” se preguntará una y otra vez. Y no encontrará respuesta, sólo dolor. Si esta situación se cronifica, puede dejar huellas para toda la vida y condicionará con toda seguridad sus relaciones adultas afectivas.

Tratar de explicar lo ocurrido

En el momento de la muerte, los hijos se sentirán desorientados y perdidos. No entienden lo sucedido. Además, el padre superviviente suele estar tan afectado que es incapaz de articular una explicación para ellos. Sin embargo, el padre o la madre vivo, debe hacer un esfuerzo suplementario y tratar de hacer entender a los niños lo sucedido.

Si los hijos son muy pequeños y no pueden entender el concepto de la muerte, puede resultar de utilidad dar una explicación sencilla. Frases como “papá está de viaje” o “mamá se ha marchado de casa” pueden servir.

A partir de los siete años de edad el niño es capaz de asimilar lo que significa la muerte. Puede que ya haya vivido la muerte de uno de sus abuelos. O tal vez haya perdido a su mascota favorita. A partir de alguna de esas experiencias previas se puede articular una explicación satisfactoria. A veces no hay que complicarse en exceso y el niño se conforma con una simple explicación. Con el tiempo, es posible que vaya madurando esa idea en su interior y empiece a formular más preguntas o insista en conocer más detalles.

Ocultando el dolor

Una de las actitudes de un padre que ha perdido a su acompañante, es tratar de disimular sus sentimientos. Procurará ocultar su dolor. “Bastante tienen ya mis hijos con haber perdido a su padre.  Lo último que necesitan es verme a mí, llorando por los rincones”. Esta actitud, tan frecuente como comprensible que buscar ahorrar sufrimiento a los hijos es un error.

Es mucho mejor no ocultar las lágrimas, hablar con los hijos y expresar los sentimientos propios. “Me encuentro apenada y triste, porque papá ya no está con nosotros. Le echo mucho de menos”. Esto los hijos lo pueden entender con facilidad, pues ellos están viviendo algo parecido. Esta declaración del dolor abre la puerta al consuelo y al apoyo mutuo.

Así mismo es poco útil, engañar a los hijos, para evitarles el dolor o evitar que pregunten demasiado. Respuestas como “papá volverá pronto a casa”, son una fuente de frustración”.

Los hijos adolescentes

Cuando los hijos son adolescentes, es necesario tratarles como personas adultas y no ocultarles nada de información. Es preciso que conozcan todos los detalles sobre la muerte del padre o de la madre. También es importante escuchar su opinión y dejarles que se expresen con libertad. Es bueno que opinen en los temas de conversación que afectan al futuro de la familia.

Muchos padres, se llevan una grata sorpresa, al descubrir en su hijo adolescente, una actitud positiva. Encuentran en él una madurez que desconocían. Su hijo les aporta un consuelo inesperado. Al mismo tiempo el hijo adolescente se siente más fuerte viendo como su opinión es importante. Todo esto consolida más su relación con el padre vivo.Adolescente que ha perdido a su padre

El entorno familiar

En el futuro desarrollo del niño y en su estabilidad afectiva, no influye solamente el padre o la madre. También es muy importante el entorno familiar. Si tras el fallecimiento del padre, el niño se siente alejado de su ambiente reaccionará con conductas extrañas y anormales. No se le debe separar de sus amigos ni de su hogar. No es una buena idea viajar a casa de los abuelos. Tampoco irse vacaciones para olvidar lo ocurrido. No se deben cambiar las costumbres familiares habituales.

Tiempo y afecto

Es bastante habitual que los padres traten de aminorar el dolor de sus hijos siendo complacientes en exceso. Les permiten todo o les compran todos los caprichos. El niño que ha perdido a su padre necesita sobre todo sentirse querido. Por eso, lo más importante para él, es que su padre o su madre, le demuestre su afecto. Todo el tiempo que pase con él será el mejor obsequio.

Una nueva relación de pareja

Los padres viudos suelen ser poco propenso a tratar de iniciar una nueva relación sentimental. Suelen pensar que esa actitud dolería profundamente a sus hijos. Para los hijos, no es un agradable, ver desfilar por su casa una colección interminable de amantes. Esto dañaría la autoestima de los hijos y les haría sentirse desplazados.

Sin embargo, una relación estable, una vez ha pasado un tiempo prudencial, suele ser muy beneficiosa. Encontrar una persona comprensiva y cariñosa, puede ser una gran ayuda para toda la familia. Se necesitará mucho tacto, al principio de la relación. Los hijos deben ir aceptando a esa persona y no pensar que están traicionando al fallecido.

Una pareja estable proporciona una serie de ventajas: ayudará a soportar el peso de la familia al viudo/a. Dará a los hijos mayor seguridad y podrá ofrecerles un modelo de comportamiento. Restablecerá el necesario equilibrio en los roles masculino y femenino. Será para los hijos el ejemplo de una relación adulta afectiva y satisfactoria.

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Gerardo Castaño Recuero

Graduado en la Universidad Pontificia de Comillas de Madrid. Trabajando como psicólogo en Madrid desde el año 2015 y realizando voluntariado (Cruz Roja, Fundación ANAR…). Práctica clínica y formación postgrado:
– Máster en “Clínica y Psicoterapia Psicoanalítica“ impartido por el Dr. Hugo Bleichmar en Madrid.
– Máster sobre “Psicoterapia Focalizada en la Emoción”.
Ejerciendo como psicoterapeuta individual con adultos (trastornos de ansiedad, cuadros depresivos, baja autoestima, adicciones…) y también con niños y adolescentes (trastornos de conducta, agresividad, trastornos alimenticios, fracaso escolar…).

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