Quizá fue hace dos meses o tres cuando comencé a encontrarme peor. Dejé de jugar a tenis, de ir al cine, de caminar, incluso dejé de escuchar toda la música que me gustaba. La lectura, una de mis actividades favoritas, se convirtió en una tortura porque no me enteraba de lo que leía. Sólo quería llorar y quedarme en casa. Entre las cuatro paredes de mi salón o de mi habitación me sentía más seguro. Mis amigos me animaban a salir pero rechazaba sus invitaciones. Mi familia me miraba con preocupación, no sabían qué estaba pasando. Sin embargo, desde que voy al psicólogo, algo está empezando a cambiar.

Aún no sé la razón exacta por la que mi estado de ánimo empezó a mermarse. Sentí que se se me venía el mundo encima y todo a mi al rededor me superaba. Me agobiaba la gente en los centros comerciales, en las tiendas, en la calle… Ciertos pensamientos sobre mi escasa valía como persona comenzaron a brotar hasta hacerse enormes y creíbles. Me quedé sin energía y me costaba llevar a cabo cualquier actividad. ¿Me estaría volviendo loco? Jamás pensé que algo así pudiera pasarme a mí. Siempre he sido una persona muy positiva, animada y risueña.



¿Qué me está pasando?

Mi hermano mayor me recomendó ir al psicólogo, pero me resistí a ello durante varias semanas. Que yo fuera al psicólogo suponía una especie de ofensa personal. “No estoy loco”, fue lo primero que dije. ¿Qué pinto yo en un psicólogo? Siempre he sabido resolver mis problemas y así será las veces que haga falta, o eso pensaba… Pasaban los días pero la situación se me iba de las manos. Algo fallaba. Me era imposible tomar las riendas de mi vida y, sobre todo, de mi estado anímico. Comencé a sentir un vacío interior que nunca antes había vivido.

Una especie de vértigo existencial se apoderó de mí y, poco a poco, comencé a sufrir ataques de ansiedad. Mi familia cada vez estaba más preocupada. Mi vida se convirtió en una historia monótona: de la cama al salón y del salón a la cama. Dejé de estudiar y de comer. Perdí ocho kilos en dos meses. Por un momento me dije: “¿y si voy al psicólogo?”. Aquello no podía ser buena idea, ¿cómo iba a ayudarme alguien sólo hablando? No, eso era imposible. Si yo no podía ayudarme a mí mismo, nadie podría, al fin y al cabo, ¿quién me conocía mejor que yo mismo?

Una mañana tuve el valor de coger el coche. Mientras me dirigía a mi destino se me cruzó un pensamiento por la cabeza: “¿Y si me lanzo al vacío con el coche?”. Imaginé toda la escena: acelerando, cayendo y estampándome contra el fondo de un acantilado muriendo en el acto. Por primera vez en mi vida, se me había pasado la idea de suicidio por la mente. Aquella sensación fue tan desesperante que di media vuelta y volví a casa. De nuevo, me replantee la misma cuestión: “¿y si voy al psicólogo?”. Llamé a un buen amigo que sabía que había ido a uno, me dio su teléfono y me pedí cita. ¿Qué podía perder?

Voy al psicólogo y no estoy loco

Cuando entré en la consulta estaba un poco nervioso. El lugar era muy tranquilo y parecía normal. ¿Qué esperaba encontrar? La verdad es que no lo sé, ¿por qué no iba a parecer normal? Me senté en la silla y el psicólogo estaba al otro lado de la mesa. Tomó nota de mis datos y después me hizo una pregunta bastante sencilla al mismo tiempo que complicada: ¿qué te trae por aquí? Le respondí: “Ufff, ¿por dónde empezar?”. Así que él comenzó a hacerme preguntas sobre mi vida.

Pero antes de eso me preguntó si alguna vez había estado en un psicólogo. Me explicó su método de trabajo. Las sesiones estaban basadas en terapias cognitivo-conductuales. Me comentó que se trataba de intervenir a nivel de pensamientos, conducta y emociones. También trabajaba con técnicas como el mindfulness, algo que había escuchado pero no lo conocía en profundidad. Así que una vez explicado todo, comenzamos a trabajar.

A través de sus preguntas comencé a darme cuenta que ciertos acontecimientos me habían afectado más de lo que pensaba. Hacía más de cinco meses había terminado una relación amorosa. Al principio lo pasé mal, pero lo supe llevar bien, o eso pensaba. Mi ex-novia me dejó por otro chico. Me sorprendió lo bien que lo estaba llevando. También coincidió con que suspendí tres exámenes de la carrera, algo que nunca antes me había pasado. A parte de estos dos eventos, también ocurrieron otras pequeñas situaciones que no supe llevar muy bien.

Así pues, poco a poco, comenzamos a analizar todo aquello que me había ocurrido. Me di cuenta que, de alguna forma, lo que había ocurrido en los últimos meses se había ido acumulando y estaba haciendo mella en mi estado anímico. Como si me hubieran colgado una mochila a la espalda y cada poco tiempo metieran una piedra. Al ser gradual, no me di cuenta hasta que la mochila se volvió demasiado pesada. Al parecer, no acepté la ruptura como había pensado. Más que aceptarla lo que hice fue evitar el tema. Me dijo que no lo había superado, solo desviado y por eso parecía no afectarme.

Me di cuenta que ir al psicólogo no era como me había imaginado. La verdad es que no sé muy bien qué idea tenía sobre ello, pero me llevé una grata sorpresa. Entre otras cosas, me enseñó a afrontar los problemas de otra forma, a darme cuenta de mis distorsiones cognitivas y a aumentar mi autoestima. Pensaba que en la consulta sólo se hablaba, y en parte es cierto, pero no sabía que me iban a dar herramientas para aprender a manejar mis problemas. Me percaté de ciertos aspectos sobre mí acerca de los cuales nunca había pensado.

Puede observar como algunas de mis ideas que daba como ciertas, no tenían mucho fundamento. Así que, a pesar de pensar que eran ciertas y buenas, observé que me hacían daño. Ahora analizo la vida de otra forma. Algunas personas pueden pensar que me autoengaño, que me han comido la cabeza, sin embargo, nada de eso. Se trata de aprender a observar la realidad y nuestra mente de otra forma más real. El mindfulness me ayudó mucho a observar mi mente y a dejar de juzgarme, tanto a mí como a los demás como a la vida. Me ayudó a aceptar que no podía controlarlo todo. Aprendí a fluir.





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