“En toda competición unos han de perder para que otros ganen. A menudo también nuestro interior pierde cuando al intentar competir desaprovecha las habilidades que nos ofrece la cooperación”.

El sentido de la competencia en nuestros días está presente en la mayoría de las personas que forman nuestra sociedad. Las personas quieren tener éxito y compiten a toda costa para conseguirlo. Es el sentir del más fuerte, del mejor, del que se abre paso siempre ganando. Pero esta lucha no siempre es limpia, en igualdad de condiciones, a menudo este sentido de la competitividad tan arraigado en el ser humano le conduce a extremos poco ortodoxos para conseguir el preciado bien, el éxito.

Se trata de un rasgo negativo de la personalidad a pesar de que algunas veces nos pueda dar buenos resultados su utilización. Por una parte la competitividad nos estimula a esforzarnos más pero por otra parte desaprovecha las habilidades y crea una actitud de no cooperación hacia el entorno.

Los niños aprenden a competir desde pequeños, entre hermanos por el cariño de mamá, con otros en el parque para usar más tiempo el columpio y en la escuela para ver quién es el mejor.

Esa búsqueda de la fama parece cuestión de competencias, así nuestros hijos se enfrentan en la escuela para ganar la condición de líder, indispensable para llegar a adquirir poder. El líder es aquel que sobresale de la media por alguna condición que le hace destacar. Muchos niños son líderes naturales, con ello quiero decir que es como que sin quererlo lo fueran, como si lo llevaran escrito en sus genes. En los líderes naturales tiene mucho que ver la fuerte y atrayente personalidad del niño. Los otros líderes pueden llegar a serlo si las habilidades que poseen son bien vistas en el resto del colectivo.

Muchas veces son los profesores los que potencian la salida de estos líderes fomentando acciones en las que los niños deban de competir. Otra de las acciones en la educación que muestra también el sentido de la competitividad son las calificaciones o notas. Desde niños nos han valorado nuestro aprendizaje mediante unos exámenes cuyo resultado podía apreciarse en una nota que podía ir del 0 al 10 o lo que sería lo mismo del Insuficiente al Excelente. Ello facilita la comparación entre los alumnos y favorece una mayor competitividad entre ellos. Sea como fuera, la condición de líder es muy apreciada entre los grupos y si no existen habilidades innatas y/ o naturales que la atribuyan, deberá ganarse mediante una fuerte competencia en todos los actos ejecutados. Ser el mejor no es tarea fácil.

Si con la experiencia escolar no tuvimos bastante, tranquilos porque de nuevo se nos concede tiempo para competir. Cuando nos hacemos mayores también tenemos que competir para seguir en nuestros puestos de trabajo, para acceder al mercado laboral o para destacar entre nuestros amigos.

Toda nuestra vida se rige por la competencia y parece que saber competir es un punto a nuestro favor, como si de un rasgo positivo de personalidad se tratara, cuando en realidad es la forma en la que se ha montado nuestra existencia la que ha creado la competitividad.

Inclusive en situaciones innecesarias, la utilizamos como si sentirnos ganadores fomentara nuestra autoestima o el concepto que tenemos de nosotros mismos.

Juguemos, compitamos por el arte de hacerlo, por la sensación interna que se deriva cuando ganamos, pero seamos conscientes que igual que hoy ganamos, mañana podemos perder y eso es algo que hay que aprender a tolerar.

La competencia nos la ha impuesto la sociedad, no hagamos de ello un reto constante en nuestras vidas. De vez en cuando tendremos que aprender a rechazar una competitividad negativa e innecesaria; recordemos que nosotros tenemos el poder de elección.

La competitividad en el ser humano
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