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“Lo que seremos está allí, en su configuración y sus objetos. Nada en el mundo abierto y andarín podrá reemplazar al espacio cerrado de nuestra infancia, donde algo ocurrió que nos hizo diferentes y que aún perdura y que podemos rescatar cuando recordamos aquel lugar de nuestra casa.” Julio Ramón Ribeyro”.

Infancia y cultura

Etimológicamente la palabra infancia viene del latín “infans” que significa el que no habla basado en el verbo “for” (hablar, decir). La infancia no puede resumirse a una definición; es la construcción permanente de lo social y cultural, que determina la vida de los infantes. En ese sentido la cultura infantil se ha venido entretejiendo desde un ámbito del entretenimiento, el apoyo, y el placer, que se encuentran para construir nociones de lo que significa ser niño. Ocupando una posición que se traduce en el género, raza, y clase, que permite una definición desde el otro. Es decir, que el mundo infantil se teje desde las posturas socioculturales de un país, y del mundo. Sin embargo, la cultura infantil sigue siendo ignorada especialmente en el mundo de los filmes infantiles, quienes se han encargado de homogenizarla e instaurar roles que la familia y la escuela, no dan claramente. A este propósito se hace necesario que la familia y la escuela empiecen darle sentido a la voz de los niños desde sus necesidades, gustos e intereses, que les ayudarán a ser críticos, y propositivos, frente a los distintos escenarios que les presenten. Es decir, que se requiere una infancia que trate a los niños como un sujeto social, cognitivo, físico, y moral, no un ser pasivo caracterizado por el consumismo. Consumismo que ha venido relegando esos juegos como la golosa, ponchados, stop, etc., distorsionando la interacción del niño con sus pares, y su proceso de imaginación, obligándolo a cumplir expectativas del adultocentrismo.

Los trastornos infantiles en la sociedad actual

Lo que hace que el niño sufra al cargar con frustraciones, anhelos, culpas, etc., que no le pertenecen. Instaurándolo como objeto del deseo generacional de unos adultos que no han podido entender que es un sujeto con voz propia, y demanda sus propios deseos. Tanto es el daño que se le hace al pequeño, que lo manifiesta en sus comportamientos alimenticios, sus relaciones interpersonales, y sus procesos académicos. Síntomas que terminan en psiquiatras y psicólogos, que muchas veces medican a un niño que lo único que pedía a gritos, era calmar su malestar frente a un acontecimiento de la cultura.

De una cultura que requiere ser vista desde diferentes visiones puesto que todos los niños no son iguales, por lo que se hace necesario utilizar diferentes herramientas que proporciona la transculturalidad entre ellas:

  1. La Intercultural: El terapeuta y el paciente están sumergidos en la misma cultura. Sin embargo, el terapeuta tendrá en cuenta las dimensiones socio-culturales de las problemáticas del paciente y el desarrollo de la terapia,
  2. Intercultural: El terapeuta y el paciente no están sumergidos en la misma cultura, pero el terapeuta conoce la cultura de su paciente, y la usa como instrumento terapéutico y
  3. Metacultural: El terapeuta y el paciente están sumergidos en dos culturas diferentes. El terapeuta no conoce la cultura de su paciente pero comprende la noción de cultura y la usa para establecer el diagnóstico, y el tratamiento de su paciente. Al respecto conviene decir que estos instrumentos serán eficaces siempre y cuando el yo del niño prevalezca desde un dialogo continuo que le permita comprender quien es, y sin olvidarse, que los adultos no pierden su rol al comprender los sucesos por los que atraviesa el infante.

Los objetos transicionales de Winnicott en la infancia

Algo más hay que añadir a esa aproximación a la cultura desde los planteamientos de Winnicott (1993), quien establece los objetos y fenómenos transicionales. Los objetos transicionales son el proceso de adquisición de la capacidad para aceptar diferencias y semejanzas. Teniendo en cuenta que se puede utilizar  una expresión que designe la raíz del simbolismo en el tiempo, que describa el viaje del niño, desde lo subjetivo puro hasta la objetividad; y el objeto transicional (trozo de frazada, etcétera) es lo que se ve de ese viaje de progreso  hacia la experiencia. Es decir, que los objetos transicionales constituyen sólo la manifestación visible de un espacio particular de experiencia que no se define totalmente subjetiva ni como completamente objetiva. En el caso de los fenómenos transicionales, representan las primeras etapas del uso de la ilusión sin las cuales no tiene sentido para el ser humano esa idea de una relación con un objeto que otros perciben como exterior a ese ser. Lo cierto es que este espacio no es interior al aparato psíquico, pero tampoco pertenece del todo a la realidad exterior; y constituye el campo intermedio en el que se desarrollarán tanto el juego como otras experiencias culturales. De esas circunstancias nace el hecho que los objetos y fenómenos transicionales son fundamentales para la experiencia que va ir construyendo ese niño que posteriormente será un adulto. Adulto que se enfrentara a diversos fenómenos culturales que serán mediados desde las posturas que adquirido desde su infancia, y de esa forma consolidarse en un sujeto crítico, y propositivo, de su contexto. Teniendo en cuenta que los seres humanos están hechos de historias, que llevan un sello cultural que les permite continuar en los distintos escenarios.

La importancia del lenguaje

Con todo lo anterior el lenguaje es fundamental para la comprensión del mundo en el que vive el niño. Pues es gracias al lenguaje que el niño alcanza una comprensión del significado del mundo social en el que interactúa, con el propósito de convertirse en un miembro competente de la sociedad. Sin lugar a dudas el lenguaje es esencial para la vida humana, gracias a él, nociones tan importantes como las matemáticas, el arte, los juegos, proporcionan la lectura en palabras de grandes pensamientos y realizaciones. Es decir, que el lenguaje pasa de símbolo y signos a una cálida, y emotiva narración, que hacen los hombres que alguna vez fueron niños se apasionan por la palabra. Sin embargo, también a menudo, los medios instauran los comportamientos familiares e infantiles desde una lógica de marketing comercial que busca aumentar la diferenciación de la empresa que difunde los programas. Lo que conlleva a que desde el lenguaje se convoquen los sistemas de valores, que estabilizan, consolidan y transforman, los sistemas de creencias que se comparten en un campo discursivo. Creencias que no siempre son las adecuadas en un mundo que día a día plantea desafíos, a la hora de afrontar la otredad. En la que es necesario repensar y enriquecer las relaciones de niños, niñas, y adultos, como sujetos protagónicos de la relación. Una relación que se mida por la participación social, no por una participación del consumo que es el himno de los estados neoliberales, que en vez de generar sujetos participativos genera consumidores o clientes.

Los niños de hoy, nuestro futuro social

La tarea ha de centrarse en pensar a la infancia como espacio o lugar en el que se genera las condiciones adecuadas para iniciar a los infantes en la vida social. Son ellos quienes con el trascurso de los años serán actores sociales. Actores sociales que están constituidos por una pluralidad de mundos que nacen de las palabras, que representan o simbolizan los sucesos que viven los pequeños. La palabra ha sido considerada como la herramienta que utilizan los humanos para aproximarse unos a los otros, para comprender que en su caminar las historias se entrelazan. Esto es, la palabra como construcción de la imaginación de los pueblos que han hecho de sus acontecimientos un devenir. En ese sentido los niños y niñas han venido construyendo sus mundos desde la música, la literatura, la poesía, esta última como instrumento de recuperación de un mundo dividido, fragmentado. La poesía y la filosofía fueron separadas en un momento caótico de la historia no narrable del pensamiento, lo que hace que los poetas tengan la labor de unir el pensar con el sentir, el amar con el crear. De esa forma hacen que los infantes implementen el conocimiento con el afecto, lo que hace que su crecimiento no sólo sea individual sino grupal, que se traduce en ese intercambio de afianzar valores, superar frustraciones, y posibles errores.  Al respeto conviene decir que la labor de escuela y la familia debe centrarse en enseñar a pensar, reflexionar, analizar, y ordenar el pensamiento. Enseñar a pensar es enseñar a dudar, a cuestionar, interpelar, plantear preguntas, y buscar soluciones. Es decir, que enseñar a pensar a los infantes es conciliar la comprensión con la aplicación, es buscar los aspectos positivos, negativos e interesantes de las cosas, es echar a volar la imaginación para soñar con el futuro, es interpretar y es también desaprender esquemas que han perdido validez.

Referencias

Winnicott, D. (1993). La Naturaleza Humana. Editorial Paidós Psicología Profunda. Barcelona, España.

Infancia, cultura y sociedad
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