“Cuanto más espacio permitas y animes dentro de una relación, más prosperará esa relación”. Wayne Dyer

Las normas tradicionales imponían que las parejas incompatibles entre sí continuaran unidas por el bien de sus hijos, al menos hasta que éstos fueran adultos. La educación era la primera función de la familia y debía cumplirse al abrigo de la convivencia de los padres. Recordemos lo que tradicionalmente impone el Catolicismo en cuanto al matrimonio, “hasta que la muerte nos separe”. Esto ha provocado que muchos de nuestros antepasados siguieran juntos puesto que era imposible plantearse una ruptura matrimonial ya que ello estaba mal visto. Muchas personas al leer este párrafo asentirán que han perdido su vida al lado de alguien que ya habían dejado de querer simplemente porque las normas así lo imponían. Yo misma tuve que aguantar incomprensiones por parte de mis padres y abuelos al explicarles mi decisión de romper con el compromiso matrimonial que había adquirido simplemente por no encontrar sentido a mi propio crecimiento personal al lado de esa persona que años antes me había llenado de felicidad. Hoy, que los individuos anteponen su propia realización a la misión paterna, muchos piensan que las parejas incompatibles merecen la oportunidad de liberarse para encontrar una persona más adecuada y mayor satisfacción emocional. A esto se añade que, divorciándose y ejerciendo la paternidad por separado, se favorece el crecimiento y autorrealización de todos, adultos y niños.

La decisión de deshacer la pareja constituye un momento crucial en la vida matrimonial y familiar. El final de un matrimonio, o de una convivencia, requiere de ambos compañeros el replanteo inmediato de un proyecto de vida compartido hasta ese día, y puede ejercer cierto efecto, negativo o positivo, sobre padres e hijos. Muchas personas creerán que teniendo hijos deben seguir juntos por el bien de ellos y eso no es del todo cierto. Para un hijo es mucho mejor que sus padres estén separados si ello les aporta un bienestar personal con lo que mejorarán las relaciones con el hijo atendiendo a su madurez emocional. Los padres seguirán ejerciendo su papel con una mayor calidad por separado que si estuvieran juntos, sólo por el hecho de tener un hijo porque sus propias insatisfacciones emergerían en la educación de sus hijos.

Hoy en día, se tiende a privilegiar la felicidad personal respecto de la familiar, con lo cual, si un matrimonio no es satisfactorio, no se considera obligado a permanecer unido por el bien de los hijos.

El cambio de los roles masculino y femenino en los últimos decenios provoca el aumento de la inestabilidad matrimonial en nuestro tiempo.

Cuanto más trabaja la mujer fuera de casa, menos hijos tiene, ha recibido mayor educación, su autoestima ha aumentado, sus ideas sobre el reparto de los roles familiares resulta menos tradicional y es más fácil que se produzca una separación. En las familias en que el marido ha perdido el trabajo, se agudizan los problemas sexuales, de autoestima, de abuso de alcohol o de drogas y los casos de violencia se multiplican. En el comportamiento violento es posible que el hombre encuentre un sustituto para la virilidad perdida (a sus ojos) y por la disminución de sus perspectivas laborales. La masculinidad, además, se halla asociada al control sobre los demás y sobre sí mismo: el hombre está destinado a la acción, no se puede permitir ser débil, mostrarse y sentirse vulnerable como una mujer.

Las parejas modernas pueden ser particularmente ricas, estimulantes y felices cuando sus integrantes comparten un proyecto de vida en común, pero tienen un alto riesgo de fracaso si con ello limitan el desarrollo personal de cada uno. El desarrollo personal es hoy un objetivo importante que se persigue aún a costa de rupturas, traslados, cambios de trabajo, adquisición de nuevas aptitudes y análisis de uno mismo. En este proceso, la pérdida y el duelo acompañan al crecimiento y a la afirmación de la individualidad.

Se considera que el vínculo amoroso es el camino apropiado para lograr el proyecto personal de vida, que constituye el objetivo fundamental de los individuos en nuestra sociedad. Cuando se interrumpe un vínculo afectivo, es normal que se desee no sufrir más, liberándose de la relación insatisfactoria, y encontrar una manera de vivir más grata, sólo o con otra pareja.

La separación emocional puede aparecer mucho antes que la separación física. Comienza cuando uno de los miembros de la pareja observa el deterioro de la relación e intenta ponerle remedio, pero no lo consigue. Poco a poco, el cónyuge en crisis pierde la esperanza de que las cosas mejoren y comienza a imaginar que no vale la pena mantener el vínculo. El odio, los celos, la indignación y otros sentimientos negativos son reacciones de defensa ante el dolor y la angustia que sienten los compañeros que son dejados por el otro, pero que aún siguen unidos en el aspecto emocional. Como se niegan a aceptar el final, muchos de ellos intentan exorcizar el dolor y acusan al ex compañero o al mundo; alimentan deseos de venganza y acumulan ira y resentimiento. El enamoramiento es una de las experiencias más deseadas y más temidas al mismo tiempo; porque, siendo extraordinariamente enriquecedor para el crecimiento personal, si el amor muere, puede ocasionar daños gravísimos a nuestra psique y bloquear nuestro desarrollo.

Para algunos el final de una relación es un episodio intolerable e inadmisible; un fracaso que genera graves sentimientos de culpa. Este fenómeno aparece en particular cuando sólo uno de los cónyuges quiere romper la unión, y el otro, que acaso no ha percibido el proceso de deterioro de la relación, es sorprendido por esta decisión. Pero el tiempo y el análisis de uno mismo hacen que la separación se viva finalmente como una necesidad para mejorar nuestro crecimiento personal.

Anónimo

La pareja, ¿está en crisis la convivencia?
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