La huida imposible


Un preso languidecía solitario dentro de su celda. Rejas, pestillos, cerrojos y guardas armados cerraban la salida. Los muros eran de cemento armado y de un metro de grosor, apoyados sobre cimientos de más de seis metros de profundidad; el suelo era de tierra firme apisonada. No había ninguna ventana, tan solo entraba luz por un tragaluz en el techo, suficientemente grande para pasar una persona, pero a dos metros y medio de altura. El preso ya la miraba, pero no disponía de ningún mueble donde encaramarse.

Un buen día el preso vislumbró la posibilidad. A la mañana siguiente el carcelero encontró la celda vacía.

¿Qué plan había ideado el ingenioso preso?

Hizo un montón de tierra con la que estaba en el suelo, lo suficientemente alto como para llegar al tragaluz.

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