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EL ESTUDIANTE DE PSICOLOGIA 3

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    El estudiante de psicología es un fenómeno social interesante. Una rara avis. Su condición inacabada y su incipiente fascinación por el mundo interno, lo definen como a un habitante de un extraño limbo. Este limbo, este borde social que linda con el sistema, este período de iniciación formal y de trance intelectual se llama universidad y constituye, para él, la piedra angular de su formación y la instancia reguladora de su futura condición. La facultad es el andamiaje que sostendrá y preparará al fascinado neófito para su carrera extenuante hacia el podio triunfal. Será el alma mater que lo contenga y, al mismo tiempo, el alma pater que lo separe de la cantera de la ignorancia. Su espíritu rodara entonces cuesta abajo y la pendiente hará que precipite hacia las profundidades. Dejará de ser un receptor pasivo. El útero prístino que lo contuvo lo expulsara a la vida y deberá caminar. La universidad cerrará sus puertas y el profano dejará su lugar al cognoscente. El orden social lo incluirá, ahora si, entre sus hebras y el tejera su nuevo cordel. Será un psicólogo. Ahora bien. ¿Qué es un psicólogo? El diccionario de la Real Academia Española lo define como una “persona dotada de especial penetración para el conocimiento del carácter y la intimidad de las personas”. Podría extenderme en el análisis del término, citar otras definiciones pero no acabaría nunca. Esta me parece adecuada. Lamentablemente hay una cosmovisión social que no comprende correctamente el término y lo deforma. Entre esos deformadores incluyo a los psicólogos mismos. Al psicólogo se lo vapulea o se lo idealiza. O se lo ve como un mago o como un chanta. El influjo de connotaciones grandiosas que les adjudican a los psicólogos ciertas gentes no es menos dañino que aquellas que los tildan de manipuladores emocionales, engañadores y batepapas. El psicólogo no es un redentor de almas ni tampoco un embustero. Como todo hijo de madre incipiente (la psicología es una madre incipiente con poco mas de cien años) los psicólogos hemos sido consentidos e inseguros. Exigimos durante décadas un lugar de poder que solo la historia otorga y los años brindan. Somos los hijos de una ciencia que está aprendiendo, que busca a tientas su propio lugar y que se pone ansiosa por llegar a destino. Hemos tenido que pagar derecho de piso: fuimos (y aun somos) los intrusos de la medicina, la competencia de los curas consejeros, y el terror de los amigos con problemas. Estamos desorientados. No sabemos muy bien quienes somos y nadie nos lo dijo tampoco. El estudiante de psicología sabe que tendrá que remar en dulce de leche cuando se reciba. Y lo sabe bien. El pequeño/a licenciado/a se detendrá triunfal, ante el umbral de salida de la facultad y mirará aterrado el monumental vórtice que finalmente habrá de tragárselo. Este portal que lo conducirá al mundo de afuera (que es donde pasan las cosas) lo llenará de pavor y de renovados brios. Sudará, se llenará de dudas, cavilará y finalmente, cuando la fuerza centrifuga lo invite, se dejará ir, vertiendo su carne en el remolino social y dejándose ir a la vera de los sueños y las esperanzas de un mundo mejor. Se pondrá a prueba, adquirirá valía personal y ganará fuerza anímica. Será un ciudadano más. Un laburante. Y está bien así. Pero. La autoimportancia, el talante pedante y hegemónico y el ego inflado son un vicio del psicólogo promedio, cualidad que sin duda alguna imitó de su encumbrado hermano mayor: el medico. La impostura pelotuda y fanfarrona del profesional de la salud que todo lo sabe no sirve para nada. Nos aleja de la vida y de la gente. Los pacientes no buscan semidioses enmarañados en ideologías y metodologías intrincadas, no buscan “buenos técnicos”. Buscan humanidad. Y eso es lo que no enseña la universidad: humanidad. Antes que psicólogos somos humanos, seres sensibles, llenos de pasiones, de deseos, un infinito microcosmos de mundos increíbles todavía no explorados; una celebración de la vida en estado manifiesto, somos nuestro propio tesoro, la cara de dios mirándose a si misma. No digo que la técnica no sea útil, de hecho lo es, y además es insoslayable. La técnica es indiscutiblemente necesaria, es instrumental, funcional. Esto no lo discuto. Sería un necio si así lo hiciera. Lo que digo es que los psicólogos deben acudir a su profesión con las manos vacías, y esto es esto: No dar al paciente por hecho, no catalogarlo, no interpretarlo (el paciente quiere ser escuchado no interpretado). La psicoterapia es eso; el cuidado del alma, no la interpretación del alma. El paciente necesita alguien que facilite su experiencia, alguien que lo acompañe sin juicio alguno. El viaje debe ser doloroso, revelador y transformador para ambos. El paciente debe vivenciar la angustia para saber que ya no puede permanecer más tiempo allí, y el terapeuta deberá bucear esas profundidades y descubrir, maravillado, que el reflejo en la perla del alma del paciente es también el suyo. Esto se llama corazón. Y para eso no hace falta un título.   

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