La interpretación de los sueños

Sigmund Freud

PSICOLOGÍA DE LOS PROCESOS ONÍRICOS
(16ª parte)

No sin intención digo nuestro inconsciente, pues aquello que con este nombre designamos no coincide con lo inconsciente de los filósofos ni tampoco con lo inconsciente de Lipps. Los filósofos lo consideran únicamente como la antítesis de lo consciente, y la teoría de que, además de los procesos conscientes, hay también procesos inconscientes, es una de las que más empeñadas discusiones han provocado. Lipps nos muestra un principio de mayor alcance, afirmando que todo lo psíquico se encuentra dado inconscientemente y algo de ello también conscientemente. Pero no es para demostrar este principio por lo que hemos estudiado los fenómenos del sueño y de la formación de los síntomas histéricos.

La observación de la vida diurna normal es suficiente para protegerlo contra toda duda. Los nuevos conocimientos que nos ha procurado el análisis de los productos psicopatológicos y, entre ellos, el del sueño, consisten en que lo inconsciente -esto es, lo psíquico- aparece como función de dos síntomas separados y surge ya así en la vida anímica normal. Hay, pues, dos clases de inconsciente, diferenciación que no ha sido realizada aún por los psicólogos. Ambas caen dentro de lo que la psicología considera como lo inconsciente, pero desde nuestro punto de vista, es una de ellas, la que hemos denominado Inc., incapaz de consciencia, mientras que la otra, o sea el Prec., ha recibido de nosotros este nombre porque sus excitaciones pueden llegar a la consciencia, aunque también adaptándose a determinadas reglas y quizá después de vencer una nueva censura, pero de todos modos sin relación ninguna con el sistema Inc. El hecho de que para llegar a la consciencia tengan que pasar las excitaciones por una sucesión invariable; esto es, por una serie de instancias, hecho que nos fue revelado por las transformaciones que la censura les impone, nos sirvió para establecer una comparación especial. Describimos las relaciones de ambos sistemas entre sí y con la consciencia, diciendo que el sistema Prec. aparecía como una pantalla entre el sistema Inc. y la consciencia. El sistema Prec. no sólo cerraba el acceso a la consciencia, sino que dominaba también el acceso a la motilidad voluntaria y disponía de la emisión de una carga de energía psíquica móvil, de la que no es familiar una parte a título de atención. También debemos mantenernos alejados de la diferenciación de consciencia superior y subconsciencia, tan gustada por la moderna literatura de la psiconeurosis, pues parece acentuar la equivalencia de lo psíquico y lo consciente.

¿Qué misión queda, pues, en nuestra representación, a la consciencia, antes omnipotente y que todo lo encubría? Sencillamente la de un órgano sensorial para la percepción de cualidades psíquicas. Según la idea fundamental de nuestro esquema, no podemos considerar la percepción por la consciencia más que como la función propia de un sistema especial, al que designaremos como sistema Cc. Este sistema nos lo representamos compuesto por caracteres mecánicos, análogamente al sistema de percepción P; esto es, excitable por cualidades e incapaz de conservar la huella de las modificaciones, o sea carente de memoria. El aparato psíquico, que se halla orientado hacia el mundo exterior con el órgano sensorial de los sistemas P, es, a su vez, mundo exterior para el órgano sensorial de los sistemas Cc. cuya justificación teleológica reposa en esta circunstancia. El principio de la serie de instancias, que parece dominar la estructura del aparato, nos sale aquí nuevamente al encuentro. El material de excitaciones afluye al órgano sensorial Cc. desde dos partes diferentes; esto es, desde el sistema P, cuya excitación condicionada por cualidades pasa probablemente por una nueva elaboración hasta que se convierte en sensación consciente, y desde el interior del aparato mismo, cuyos procesos cuantitativos son sentidos como una serie de cualidades de placer y displacer cuando han llegado a ciertas transformaciones. Los físicos, que han sospechado la posibilidad de formaciones intelectuales correctas y altamente complicadas sin intervención de la consciencia, han considerado luego muy difícil señalar a esta última una misión, pues se les mostraba como un reflejo superfluo del proceso psíquico terminado. La analogía de nuestro sistema Cc. con el sistema de las percepciones nos ahorra esta dificultad. Vemos que la percepción por nuestros órganos sensoriales trae consigo la consecuencia de dirigir una carga de energía por los caminos por los que se difunde la excitación sensorial afluyente. La excitación cualitativa del sistema P sirve para regular el curso de la cantidad móvil en el aparato psíquico. Esta misma misión puede ser atribuida al órgano sensorial del sistema Cc. Al percibir nuevas cualidades rinde una nueva aportación a la dirección y distribución de las cargas móviles de energía. Por medio de la percepción de placer y displacer influye sobre el curso de las cargas dentro del aparato psíquico, que fuera de esto se mantiene inconsciente y labora por medio de desplazamientos de cantidad. Es verosímil que el principio del displacer regule inicialmente los desplazamientos de la carga de un modo automático, pero es muy posible que la consciencia lleve a cabo una segunda regulación más sutil de estas cualidades, regulación que puede incluso oponerse a la primera y que completa y perfecciona la capacidad funcional del aparato, modificando su disposición primitiva para permitirle someter a la carga de energía psíquica y a la elaboración aquello que se halla enlazado con desarrollos de displacer. La psicología de la neurosis nos enseña que esta regulación por la excitación cualitativa del órgano sensorial desempeña un importantísimo papel en la actividad funcional del aparato. El dominio automático del principio primario de displacer y la subsiguiente limitación de la capacidad funcional quedan suprimidos por las regulaciones sensibles, las cuales son nuevamente, de por sí, automatismos. Vemos que la represión adecuada al principio termina en una renuncia perjudicial a la coerción y al dominio anímico, recayendo mucho más fácilmente sobre los recuerdos que sobre las percepciones, pues los primeros carecen del incremento de carga provocado por la excitación del órgano sensorial psíquico. Las ideas rechazables no se hacen conscientes unas veces por haber sucumbido a la represión; pero otras pueden no hallarse reprimidas, sino haber sido sustraídas a la consciencia por otras causas. Estos son los indicios de que la terapia se sirve para solucionar las represiones.

El valor de la sobrecarga provocada por la influencia reguladora del órgano sensorial Cc. sobre la cantidad móvil queda representado en una conexión teleológica por la creación de nuevas series de cualidades y con ello de una nueva regulación, que pertenece, quizá, a las prerrogativas concedidas al hombre sobre los animales. Los procesos intelectuales carecen en sí de calidad, salvo en lo que respecta a las excitaciones placientes y displacientes concomitantes, que deben ser mantenidas a raya, como posibles perturbaciones del pensamiento. Para prestarles una cualidad quedan asociados en el hombre con recuerdos verbales, cuyos restos cualitativos bastan para atraer sobre ellas la atención de la consciencia.

La diversidad de los problemas de la consciencia se nos muestra en su totalidad en el análisis de los procesos mentales histéricos. Experimentamos entonces la impresión de que también el paso de lo preconsciente a la carga de la consciencia se halla ligado a una censura análoga a la existente entre Inc. y Prec. También esta censura comienza a partir de cierto límite cuantitativo, quedando sustraídos a ella los productos mentales poco intensos. Todos los casos posibles de inaccesibilidad a la consciencia, así como los de penetración a la misma bajo ciertas restricciones, aparecen reunidos en el cuadro de los fenómenos psiconeuróticos, y todos estos fenómenos indican la íntima y recíproca conexión existente entre la censura y la consciencia. Con la comunicación de dos casos de este género daremos por terminadas estas especulaciones psicológicas. En una ocasión fui llamado a consulta para examinar a una muchacha de aspecto inteligente y decidido. Su toilette me llamó inmediatamente la atención, pues contra todas las costumbres femeninas, llevaba colgando una media y desabrochados los botones de la blusa. Se quejaba de dolores en una pierna, y sin que yo le hiciera indicación alguna, se quitó la media y me mostró la pantorrilla. Su queja principal es la siguiente, que reproduzco aquí con sus mismas palabras: siente como si tuviera dentro del vientre algo que se moviera de aquí para allá, sensación que le produce profundas emociones. A veces es como si todo su cuerpo se pusiera rígido. Al oír estas palabras, el colega que me había llamado a consulta me miró significativamente. No eran, en efecto, nada equívocas. Lo extraño es que la madre de la sujeto no sospechase su sentido, a pesar de que debía de haberse hallado repetidamente en la situación que con ellas describía su hija. Esta no tiene idea ninguna del alcance de sus palabras, pues si la tuviera no las pronunciaría. Se ha conseguido, por tanto, en este caso cegar de tal manera a la censura, que una fantasía que permanece generalmente en lo preconsciente ha sido acogida en la consciencia bajo el disfraz de una queja y como absolutamente inocente.

Otro ejemplo. Comienzo el tratamiento psicoanalítico de un niño de catorce años que padece de «tic» convulsivo, vómitos histéricos, dolores de cabeza, etcétera, etc. Asegurándole que cerrando los ojos vería imágenes o se le ocurrirían cosas que debería comunicarme, el paciente me responde en imágenes. La última impresión recibida por él antes de venir a verme vive visualmente en su recuerdo. Había estado jugando a las damas con su tío y ve ahora el tablero ante sí. Discute y me explica determinadas posiciones que son favorables o desfavorables y ciertas jugadas que no deben hacerse. Después ve sobre el tablero un puñal, que no es de su tío, sino de su padre, pero que traslada a casa de su tío, colocándolo sobre el tablero. Luego aparece en el mismo lugar una hoz y luego una guadaña, acabando por componerse la imagen de un viejo labrador que siega la hierba.

Después de algunos días llegué a la comprensión de esta yuxtaposición de imágenes. El niño vive en medio de circunstancias familiares que le han excitado: un padre colérico y severo, en perpetua guerra con la madre y cuyo único medio educativo era una constante amenaza; la separación de los cónyuges y el alejamiento de la madre, cariñosa y débil, y el nuevo matrimonio del padre, que apareció una tarde en su casa con una mujer joven y dijo al niño que aquella era su nueva mamá. Pocos días después de este suceso fue cuando el niño comenzó a enfermar. Su cólera retenida con el padre es lo que ha reunido las imágenes referidas en alusiones fácilmente comprensibles. El material ha sido proporcionado por una reminiscencia de la mitología. La hoz es el arma con que Zeus castró a su padre, y la guadaña y la imagen del segador describen a Cronos, el violento anciano que devora a sus hijos, y del que Zeus toma una venganza tan poco infantil. El matrimonio del padre constituyó una ocasión para devolver los reproches y amenazas que el niño hubo de oír en una ocasión en que fue sorprendido jugando con sus genitales (el tablero, las jugadas prohibidas, el puñal con el que se puede matar). En este caso se introducen furtivamente en la consciencia, fingiéndose imágenes aparentemente faltas de sentido, recuerdos ha largo tiempo reprimidos, cuyas ramificaciones han permanecido inconscientes.

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