La interpretación de los sueños

Sigmund Freud

PSICOLOGÍA DE LOS PROCESOS ONÍRICOS
(14ª parte)

De este modo se hizo necesaria una segunda actividad -en nuestro ejemplo, la actividad de un segundo sistema-, destinada a no permitir que la carga mnémica avanzara hacia la percepción y ligara desde allí las fuerzas psíquicas, sino que dirigiera por un rodeo la excitación emanada del estímulo de la necesidad, rodeo en el cual quedase el mundo exterior modificado por la motilidad voluntaria, en forma que hiciese posible la percepción real del objeto de satisfacción. Hasta aquí hemos seguido fielmente el esquema del aparato psíquico; los dos sistemas indicados son el germen de aquello que con la denominación de Inc.y Prec. situamos en el aparato completamente desarrollado.

Para que la motilidad pueda modificar adecuadamente el mundo exterior es necesario la acumulación de una gran cantidad de experiencias en los sistemas mnémicos y una diversa fijación de las relaciones provocadas en este material mnémico por distintas representaciones finales. Continuaremos, pues, nuestras hipótesis. La actividad del segundo sistema, del que emanan diversas cargas psíquicas necesita disponer libremente de todo el material mnémico; pero, por otro lado, sería un gasto inútil el enviar grandes cantidades de carga psíquica por los diversos caminos mentales, pues tales cargas se derivarían inadecuadamente y disminuirían la cantidad necesaria para la transformación del mundo exterior. Supondremos, pues, que dicho sistema consigue mantener en reposo la mayor parte de su carga de energía psíquica y sólo emplea una pequeña parte de la misma para emplearla en el desplazamiento. La mecánica de estos procesos me es totalmente desconocida. Aquellos que quisieran continuar esta ideación tendrían que buscar analogías físicas y construir una representación plástica del proceso de movimiento en la excitación de las neuronas. Por mi parte, me limito a mantener la hipótesis de que la actividad del primero de los sistemas y tiende a una libre derivación de las cantidades de excitación, y que el segundo sistema provoca, con las cargas que de sí emanan, una coerción de dicha derivación y una transformación de la misma en carga psíquica en reposo. Supongo, por tanto, que la derivación de la excitación es sujeta por el segundo sistema a condiciones mecánicas completamente distintas de las que regulaban su curso bajo el dominio del primero. Cuando el segundo sistema ha llevado a cabo su labor examinadora, levanta la coerción y el estancamiento de las excitaciones y las deja fluir hasta la motilidad.

Dirigiendo nuestra atención hacia las relaciones de esta coerción de la derivación por el segundo sistema, con la regulación por medio del principio del displacer, hallamos una interesantísima concatenación de ideas. Busquemos primero la contrapartida de la experiencia de satisfacción primaria, o sea la experiencia de sobresalto exterior. Sobre el aparato primitivo actuaría un estímulo de percepción que sería la fuente de una excitación dolorosa. A esto seguirán entonces desordenadas manifestaciones motoras, hasta que una de ellas sustraiga al aparato la percepción y al mismo tiempo el dolor. Esta manifestación motora, que ha logrado suprimir el estímulo displaciente, surgirá en adelante siempre que el mismo se renueve y no cesará hasta conseguir otra vez su desaparición. Pero en este caso no perdurará inclinación ninguna a cargar de nuevo alucinatoriamente, o en otra forma cualquiera, la percepción de la fuente de dolor. Por el contrario, tenderá el aparato primario a abandonar esta huella mnémica, penosa en cuanto quede nuevamente despertada por algo, pues el curso de su excitación hasta la percepción produciría displacer (o, más exactamente, comienza a producir). La separación del recuerdo, separación que no es sino una repetición de la fuga primitiva ante la percepción, queda facilitada por el hecho de que el recuerdo no posee, como la percepción cualidad bastante para atraer la atención de la consciencia y procurarse de este modo una nueva carga. Esta sencilla y regular exclusión de lo penoso del proceso psíquico de la memoria nos da el modelo y el primer ejemplo de la represión psíquica.

A consecuencia del principio del displacer resulta, pues, totalmente incapaz el primer sistema y para incluir algo desagradable en la coherencia mental. Este sistema no puede hacer sino desear. Si esta situación se mantuviera, la actividad mental del segundo sistema, que necesita disponer de todos los recuerdos que reposan en la experiencia, quedaría obstruida. Por tanto, surgen aquí dos nuevas posibilidades. La actividad del segundo sistema puede libertarse por completo del principio del displacer y continuar su marcha sin preocuparse del displacer del recuerdo, o puede también cargar de tal manera el recuerdo displaciente que quede evitado el desarrollo de displacer. La primera posibilidad no nos parece aceptable, pues el principio del displacer es también lo que regula el curso de la excitación del segundo sistema. Admitiremos, pues, la segunda, o sea la de que dicho sistema carga de tal manera un recuerdo que la derivación queda impedida; esto es, también la derivación queda comparable a una inervación motora hasta el desarrollo de displacer.

Dos son los puntos de partida desde los que llegamos a la hipótesis de que la cara por el segundo sistema representa, simultáneamente una coerción de la derivación de la excitación. Estos dos puntos de partida son el cuidado de adaptarse al principio del displacer y el principio del menor gasto de inervación. Resulta, pues -y ello constituye la clave de la teoría de la represión-, que el segundo sistema no puede cargar una representación sino cuando se halla en estado de coartar el desarrollo de displacer que de ella emana. Aquello que a esta coerción se sustrajera sería también inaccesible para el segundo sistema y quedaría abandonado en seguida en obediencia al principio del displacer. La coerción del displacer no necesita, sin embargo, ser completa. Tiene que producirse siempre un comienzo de tal efecto, que anuncie al segundo sistema la naturaleza del recuerdo y quizá también su defectuosa capacidad para el fin buscado por el pensamiento.

Llamaremos proceso primario al único proceso psíquico que puede desarrollarse en el primer sistema y proceso secundario al que se desarrolla bajo la coerción del segundo. Puedo mostrar aún en otro lugar por qué el segundo sistema tiene que corregir el proceso primario. El proceso primario aspira a la derivación de la excitación para crear, con la cantidad de excitación así acumulada, una identidad de percepción. El proceso secundario ha abandonado ya este propósito y entraña en su lugar el de conseguir una identidad mental. Todo el pensamiento no es sino un rodeo desde el recuerdo de la satisfacción, tomado como representación final, hasta la carga idéntica del mismo recuerdo, que ha de ser alcanzada por el camino que pasa por los caminos que enlazan a las representaciones sin dejarse incluir en error por las intensidades de las mismas. Pero vemos claramente que las condensaciones de representaciones y las formaciones intermediarias y transaccionales constituyen un estorbo para alcanzar este fin de identidad; sustituyendo una representación a otra, desvían del camino que partía de la primera. Por tanto, el pensamiento secundario evita cuidadosamente tales procesos. No es tampoco difícil ver que el principio del displacer, que ofrece importantes puntos de apoyo al proceso intelectual, le estorba también en la persecución de la identidad intelectual. La tendencia del pensamiento tiene, pues, que orientarse a libertarse cada vez más de la regulación exclusiva por medio del principio del displacer y a limitar a un mínimo utilizable como premisa el desarrollo de afectos por la labor intelectual. Este perfeccionamiento de la función debe ser conseguido mediante una sobrecarga proporcionada por la consciencia. Pero sabemos que tal perfeccionamiento sólo raras veces se consigue, aun en la vida anímica más normal, y que nuestro pensamiento permanece siempre accesible a la falsificación por la intervención del principio del displacer.

Mas no es ésta, sin embargo, la laguna de la función de nuestro aparato anímico, que hace posible que los pensamientos que se presentan como resultados de la labor intelectual secundaria sucumban al proceso psíquico primario, fórmula con la cual podemos describir ahora la labor que conduce al sueño y a los síntomas histéricos. La insuficiencia es creada por la colaboración de dos factores de nuestra historia evolutiva, uno de los cuales pertenece por completo al aparato anímico y ha ejercido una influencia reguladora sobre la relación de los dos sistemas. En cambio, el otro aparece en cantidades muy variables e introduce en la vida anímica fuerzas impulsoras de origen orgánico. Ambos proceden de la vida infantil y son un resto de la transformación que nuestro organismo anímico y somático ha experimentado desde los tiempos infantiles.

Si a uno de los procesos psíquicos que se desarrollan en el aparato anímico le damos el nombre de proceso primario, no lo hace atendiendo únicamente a su mayor importancia y a su más amplia capacidad funcional, sino también a las circunstancias temporales. No sabemos que exista ningún aparato psíquico cuyo único proceso sea el primario. Por tanto, el suponer su existencia es una pura ficción teórica. Pero lo que sí constituye un hecho es que los procesos primarios se hallarán dados en él desde un principio, mientras que los secundarios van desarrollándose paulatinamente en el curso de la existencia, coartando y sometiendo a los primarios hasta alcanzar su completo dominio sobre ellos, quizá en el punto culminante de la vida. A causa de este retraso de la aparición de los procesos secundarios continúa constituido el nódulo de nuestro ser por impulsos optativos inconscientes, incoercibles e inaprehensibles para los preconscientes, cuya misión queda limitada de una vez para siempre a indicar a los impulsos optativos procedentes de lo inconsciente los caminos más adecuados. Estos deseos inconscientes representan para todas las aspiraciones anímicas posteriores una coerción a la que tienen que someterse, pudiendo esforzarse en derivarla y dirigirla hacia fines más elevados. Un gran sector del material mnémico permanece también inaccesible a la carga psíquica preconsciente a causa de este retraso.

Entre los impulsos optativos indestructibles e incoercibles procedentes de lo infantil existen también algunos cuya realización resulta también contraria a las representaciones finales del pensamiento secundario. La realización de estos deseos no provocaría ya un afecto de placer, sino displaciente, y precisamente esta transformación de los afectos constituye la esencia de aquello que denominamos «represión». La cuestión de por qué caminos y mediante qué fuerzas puede tener efecto tal transformación es lo que constituye el problema de la represión; problema que no necesitamos examinar aquí sino superficialmente. Nos bastará hacer constar que en el curso del desarrollo aparece una transformación de los afectos (recuérdese la aparición de las repugnancias de que al principio carece la vida infantil), transformación que se halla ligada a la actividad del sistema secundario. Los recuerdos de los que se sirve el deseo inconsciente para provocar la asociación de afectos no fueron jamás accesibles para lo preconsciente, razón por la cual no puede ser coartado su desarrollo de afecto. Este mismo desarrollo de afecto hace que tampoco se pueda llegar ahora a estas representaciones desde las ideas preconscientes a las que han transferido su fuerza de deseos. Por el contrario, se impone el principio del displacer y separa al Prec. de tales ideas de transferencia, las cuales quedan entonces abandonadas a sí mismas -reprimidas-, constituyéndose así en condición preliminar de la represión la existencia de un acervo de recuerdos sustraído desde el principio del Prec.

En el caso más favorable termina el desarrollo de displacer en cuanto la idea de transferencia preconsciente es despojada de su carga, y este resultado nos muestra que la intervención del principio del displacer es perfectamente adecuada. Otra cosa sucede, en cambio, cuando el deseo inconsciente reprimido recibe un refuerzo orgánico que puede prestar a sus ideas de transferencia, poniéndolas así en situación de intentar exteriormente por medio de su excitación, aun cuando han sido abandonadas por la carga del Prec.

Surge entonces la lucha defensiva, reforzando el Prec. la oposición contra las ideas reprimidas (contracarga), y como una ulterior consecuencia, las ideas de transferencia, portadoras del deseo inconsciente, logran abrirse camino bajo una forma cualquiera de transacción por formación de síntomas. Pero desde el momento en que las ideas reprimidas quedan intensamente cargadas por la excitación optativa inconsciente y, en cambio, abandonadas por la carga preconsciente, sucumben al proceso psíquico primario y tienden únicamente a una derivación motora, o, cuando el camino está libre, a una reanimación alucinatoria de la identidad de percepción deseada. Hemos descubierto antes, empíricamente, que los procesos incorrectos descritos se desarrollan tan sólo con ideas reprimidas. Ahora conseguimos una más amplia visión de este problema. Tales procesos incorrectos son los procesos primarios, los cuales surgen siempre que las representaciones son abandonadas por la carga preconsciente, quedando entregadas a sí mismas y pudiendo realizarse con la energía no coartada de lo inconsciente, que aspira a una derivación. Otras observaciones nos muestran que estos procesos, llamados incorrectos, no son falsificaciones de los «errores mentales» normales, sino las de funcionamientos psíquicos exentos de coerción. Vemos, de este modo, que la transmisión de la excitación preconsciente a la motilidad se desarrolla conforme a los mismos procesos y que el enlace de las representaciones inconscientes con palabras muestra fácilmente aquellos mismos desplazamientos y confusiones que suelen ser atribuidos a la falta de atención. Por último, el incremento de trabajo impuesto por la coerción de estos procesos primarios quedaría demostrado por el hecho de que cuando dejamos penetrar en la consciencia estas formas del pensamiento conseguimos un efecto cómico, o sea un exceso derivable por medio de la risa.

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