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La interpretación de los sueños

Sigmund Freud

PSICOLOGÍA DE LOS PROCESOS ONÍRICOS
(11ª parte)

El proceso de excitación inconsciente puede tener dos destinos. Puede permanecer entregado a sí mismo y entonces logra emerger en cualquier punto y procura a su excitación una derivación a la motilidad, y puede quedar sometido a la influencia de lo preconsciente, quedando entonces ligada su excitación, en lugar de ser derivada. Esto último es lo que sucede en el proceso del sueño. La carga que desde lo preconsciente sale al encuentro del sueño convertido en percepción, carga que ha sido guiada por la excitación de la consciencia, liga la excitación inconsciente del sueño y lo hace inofensivo. Cuando el soñador despierta por un momento ha espantado realmente la mosca que perturbaba su reposo. Podemos ahora sospechar que sería realmente mucho más sencillo y adecuado al fin aceptar el deseo inconsciente y abrirle el camino de la regresión para que formara un sueño y entonces llegar y suprimir este sueño por medio de un pequeño gasto del trabajo preconsciente en vez de mantener a raya a lo inconsciente durante todo el tiempo del reposo. Era de esperar que el sueño, aun no siendo primitivamente un proceso adecuado, se hubiera apoderado de una función en el juego de fuerza de la vida anímica. Vemos en seguida cuál es esta función. Ha tomado a su cargo la labor de someter nuevamente al dominio de lo preconsciente la excitación del Inc., que ha quedado libre, y al hacerlo así deriva la excitación del Inc., sirviéndole de válvula, y garantiza al mismo tiempo el reposo de lo preconsciente mediante un pequeño gasto de actividad despierta.

Constituye, pues, una transacción como todos los demás productos psíquicos de su serie: transacción que se halla simultáneamente al servicio de los dos sistemas, realizando al mismo tiempo ambos deseos en cuanto los mismos se muestran compatibles. Por tanto, habremos de reconocer que la teoría de Robert es exacta en lo que se refiere a la determinación de la función del sueño. En cambio, no estamos conformes con este autor en lo relativo a los antecedentes del proceso onírico y a la estimación del mismo como producto psíquico.

La restricción antes expresada y relativa a la compatibilidad de ambos deseos alude a aquellos casos en los que la función del sueño fracasa en absoluto. El proceso del sueño es aceptado al principio como realización de deseos de lo inconsciente. Cuando esta realización conmueve intensamente lo preconsciente, amenazando con interrumpir su reposo, es que el sueño ha roto la transacción y no cumple ya la segunda parte de su función. En este caso es interrumpido en el acto y sustituido por el despertar. En realidad, tampoco podemos culpar aquí al sueño de perturbar el reposo. No es éste el único caso en el que funciones adecuadas se convierten en inadecuadas y perturbadoras, en cuanto aparecen modificadas las condiciones de su nacimiento, y en estas circunstancias sirve por lo menos la perturbación para revelar el nuevo fin y la transformación acaecida, despertando los medios reguladores del organismo. Me refiero, naturalmente, al sueño de angustia, y para no dar a entender que eludo su testimonio, contrario a la teoría de la realización de deseos, voy a aproximarme por lo menos a su esclarecimiento con algunas indicaciones.

El hecho de que un proceso psíquico que desarrolla angustia pueda ser, sin embargo, una realización de deseos no contiene ya para nosotros contradicción ninguna. Nos explicamos este fenómeno diciendo que el deseo pertenece a uno de los sistemas, el Inc., y que el otro, el Prec., lo ha rechazado y reprimido. El sometimiento del Inc. por el Prec. no llega a ser total ni aun en perfectos estados de salud psíquica. La medida de este sometimiento nos revela el grado de nuestra normalidad psíquica. La aparición de síntomas neuróticos constituye una indicación de que ambos sistemas se hallan en conflicto, pues dichos síntomas constituyen la transacción que de momento lo resuelve. Por una parte, dan al Inc. un medio de descargar su excitación, sirviéndola de compuerta, y por otra, proporcionan al Prec. la posibilidad de dominar, en cierto modo, al Inc. Creemos que será muy instructivo exponer aquí algunos caracteres de las fobias histéricas; por ejemplo, de una agorafobia. El enfermo es incapaz de andar solo por las calles, incapacidad que consideramos, naturalmente, como un síntoma. Podemos suprimir este síntoma obligando al sujeto a realizar aquel mismo acto del que se cree incapaz; pero entonces se presentará un ataque de angustia, del mismo modo que es con frecuencia un ataque de angustia padecido en la calle lo que motiva la aparición de la agorafobia. Asignamos así que el síntoma ha sido creado precisamente para evitar el desarrollo de angustia.

No podemos continuar estas especulaciones sin entrar en el examen del papel que los afectos desempeñan en estos procesos, cosa que no nos es completamente posible por ahora. Me limitaré, pues, a sentar el principio de que la represión del Inc. es necesaria, ante todo, porque el curso de representaciones abandonado a sí mismo en el Inc. desarrollaría un afecto que tuvo originariamente un carácter placiente, pero que desde el proceso de la represión muestra el carácter opuesto. La represión tiene por objeto suprimir este desarrollo de displacer y recae sobre el contenido de representaciones del Inc., porque dicho contenido de representaciones podía provocar el desarrollo del displacer. Una hipótesis precisamente determinada sobre la naturaleza del desarrollo de los afectos constituye la base de esta consecuencia. La represión es considerada como una función motora o secretoria cuya intervención depende de las representaciones del Inc. El dominio ejercido por el Prec. coarta el desarrollo de afecto que estas representaciones podían provocar. El peligro que surge cuando el Prec. queda despojado de su carga psíquica consiste, pues, en que las excitaciones inconscientes desarrollan un afecto que, a causa de la represión anterior, no puede ser experimentado sino como displacer o angustia. Este peligro es desencadenado por la tolerancia del proceso onírico. Sus condiciones previas son las de que haya tenido afectos una represión y que los impulsos optativos reprimidos sean suficientemente intensos. Se hallan, pues, fuera de los límites psicológicos de la formación de los sueños. Si nuestro tema no se enlazara por este factor de la liberación de lo inconsciente durante el reposo con el tema del desarrollo de angustia podríamos ahorramos aquí el examen del sueño de angustia con todas sus dificultades y oscuridades.

La teoría del sueño de angustia pertenece, como ya hemos indicado repetidamente, a la psicología de las neurosis. Nos atreveríamos incluso a afirmar que el problema de la angustia en el sueño se refiere exclusivamente a la angustia y no al sueño. Una vez indicado su punto de contacto con el tema de los procesos oníricos nada podemos decir sobre ella. Lo único que haremos será comprobar también en este sector nuestra afirmación de que la angustia procede de fuentes sexuales analizando los sueños de este género para descubrir en sus ideas latentes el material sexual.

Razones de gran peso me impiden reproducir aquí los ejemplos que han puesto a mi disposición mis pacientes neuróticos y me impulsan a elegir sueños de angustia soñados por personas jóvenes.

Por mi parte, hace mucho tiempo que no he tenido ningún verdadero sueño de angustia. Pero recuerdo uno que soñé a los siete u ocho años y que sometí al análisis cerca de treinta años después. En él vi que mi madre era traída a casa y llevada a su cuarto por dos o tres personas con picos de pájaro, que luego la tendían en el lecho. Su rostro mostraba una serena expresión, como si se hallase dormida. Desperté llorando y gritando e hice despertar a mis padres. Las largas figuras con picos de pájaro y envueltas en singulares túnicas eran una reminiscencia de una ilustración de la Biblia de Philippson y creo que correspondían a un relieve egipcio que mostraba varios dioses con cabezas de águila. El análisis hace surgir el recuerdo de un muchacho muy mal educado que jugaba con nosotros en la pradera próxima a la casa y cuyo nombre era Felipe. Me parece como si hubiera sido a este muchacho al que hubiese oído por vez primera la palabra vulgar con la que se designa el comercio sexual y que los hombres cultos han sustituido por una palabra latina (coitieren). Dicha palabra vulgar (en alemán muy parecida a la palabra «pájaro») queda representada claramente en el sueño por la elección de los personajes con cabezas de ave. Sin duda adiviné la significación sexual de aquel término por la expresión con que lo pronunció mi ineducado maestro. La expresión que la fisonomía de mi madre mostraba en el sueño correspondía a la de mi abuelo cuando le vi, pocos días antes de morir, sumido en estado comatoso. La elaboración secundaria debió de interpretar este sueño en el sentido de la muerte de mi madre, circunstancia con la que se armoniza también la elección de las figuras egipcias correspondientes a una estela funeraria. Lleno de angustia desperté y no paré de llorar hasta despertar a mis padres. Recuerdo que me tranquilicé de repente en cuanto vi a mi madre, como si hubiera necesitado convencerme de que no había muerto. Pero esta interpretación secundaria del sueño tuvo efecto bajo la influencia de la angustia desarrollada. No es que me angustiara por haber soñado que mi madre moría, sino que interpreté el sueño de este modo en la elaboración secundaria porque me hallaba ya bajo el dominio de la angustia. Por último, puede referirse esta angustia a un placer sexual oscuramente adivinado que encontró una excelente expresión en el contenido visual del sueño.

Un hombre de veintisiete años, gravemente enfermo desde un año atrás, tuvo, entre los once y los trece años, repetidamente y con intenso desarrollo de angustia, el siguiente sueño: Un hombre le persigue con un hacha. Quiere correr, pero se halla como paralizado y no puede moverse. Es éste un buen ejemplo de sueño de angustia muy corriente y desprovisto de toda apariencia sexual. En el análisis recuerda el sujeto que su tío fue atacado una vez en la calle por un individuo sospechoso y deduce de esta ocurrencia que en los días inmediatos al sueño debió de oír relatar un suceso parecido. Con respecto al hacha, recuerda que por aquella época se hirió una vez con un instrumento semejante en ocasión de hallarse partiendo madera. A continuación pasa sin transición alguna a sus relaciones con su hermano menor, al que solía maltratar y despreciar, y recuerda especialmente una vez que le tiró una bota a la cabeza, haciéndole sangre. En esta ocasión dijo su madre: «Me da miedo de que en una de éstas le mates.» Luego surge repentinamente en él un recuerdo de sus nueve años. Sus padres habían llegado tarde a casa y, fingiéndose dormido, pudo observar una escena sexual entre los mismos. Sus pensamientos siguientes muestran que había establecido una analogía entre estas relaciones de sus padres y su relación violenta con su hermano menor, subordinando la escena nocturna al concepto de violencia y riña, y llegando de este modo, como es muy frecuente en los niños, a una concepción sádica del acto del coito. Esta concepción quedó reforzada un día en que advirtió manchas de sangre en la cama de su madre.

El hecho de que el comercio sexual de los adultos es considerado por los niños como algo violento y despierta angustia en ellos, puede ser comprobado cotidianamente. Para esta angustiahemos hallado la explicación de que se trata de una excitación sexual no dominada por su comprensión y que es rechazada, además, por referirse a los padres, transformándose así en angustia. En un período aún más temprano de la vida, el impulso sexual relativo a la madre o al padre, según el sexo del sujeto, no tropieza todavía con la represión y se manifiesta libremente, como ya lo hemos indicado en otro lugar. Esta misma explicación puede aplicarse a los ataques nocturnos de angustia con alucinaciones, tan frecuentes en los niños (pavor nocturnus). En ellos no puede tratarse sino de impulsos sexuales incomprendidos y rechazados, cuya aparición habría de demostrar probablemente una periodicidad temporal, dado que la libido sexual puede quedar incrementada, tanto por las impresiones excitantes casuales como por los progresos sucesivos del desarrollo. No poseo el necesario material de observaciones para llevar a cabo esta explicación. En cambio, parecen ignorar los pediatras el único punto de vista que permite la comprensión de toda esta serie de fenómenos, tanto somáticos como psíquicos. Citaré un cómico ejemplo de cómo puede pasarse junto a estos fenómenos sin comprenderlos, cegado por la venda de la mitología médica, ejemplo que he hallado en la tesis de Debacker acerca del pavor nocturnus (1881, página 66).

Un muchacho de trece años y salud débil comenzó a dar claras muestras de angustia padeciendo de insomnios y sufriendo, una vez por semana, un grave ataque de angustia con alucinaciones. El recuerdo de estos sueños era siempre muy preciso. Podía, pues, relatar que el diablo le gritaba: «¡Ya eres nuestro; ya te hemos cogido!», y que después advertía un olor a pez y azufre y se sentía arder. Este sueño le hacía siempre despertar angustiado, hasta el punto de que le era imposible pronunciar palabra. Luego, cuando recobraba la voz, se le oía decir claramente: «No, no; a mí, no; yo no he hecho nada»; o «No, no lo haré más.» Otras veces decía también: «Alberto no ha hecho eso.» En días ulteriores se negó a desnudarse, alegando que el fuego no llegaba hasta él sino cuando estaba desnudo. Estos sueños pusieron en peligro su salud y tuvo que ser enviado al campo, donde se repuso en año y medio. Años después, cuando ya había cumplido los quince, confesó: Je n'osais pas l'avouer, mais j'éprouvais continuellement des picotements et des surexcitations aux parties!

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