*

La interpretación de los sueños

Sigmund Freud

PSICOLOGÍA DE LOS PROCESOS ONÍRICOS
(8ª parte)

No siéndome posible comunicar un análisis completo de este sueño, me limitaré a hacer resaltar algunos puntos decisivos. El motivo del sueño estaba constituido por penosas preocupaciones del día. Mi hijo se hallaba combatiendo en el frente y no teníamos noticias suyas hacía ya más de una semana. En el contenido latente encuentra expresión el convencimiento de que ha muerto o está herido. Al principio del sueño, observamos un enérgico esfuerzo para sustituir las ideas penosas por sus contrarias. Tengo que comunicar a mi mujer algo muy satisfactorio, el envío de una cantidad, el reconocimiento, la distribución. (La cantidad procede de un satisfactorio deseo real de mi práctica médica e intenta, por tanto, desviar el tema.) Pero este esfuerzo fracasa en absoluto. Mi mujer sospecha algo terrible y no me quiere oír. Los disfraces bajo los que el sueño se presenta son en extremo transparentes, y todos los elementos revelan su relación con aquello que debe ser reprimido. Si mi hijo ha muerto, sus camaradas me remitirán sus efectos y tendré que distribuir su herencia entre sus hermanos. De los oficiales caídos en el campo de batalla se dice que han merecido el reconocimiento de la Patria. El sueño tiende, pues, directamente a dar expresión a aquello que al principio quería negar, proceso en el cual se hace notar, a través de las deformaciones, la tendencia realizadora de deseos. (El cambio de lugar durante el sueño puede ser interpretado, quizá, en el sentido del simbolismo del umbral, establecido por Silberer.) No sospechamos qué es lo que le presta la necesaria fuerza impulsora. En la escena onírica no se nos muestra mi hijo como alguien que «cae», sino como alguien que «sube». En su juventud ha sido un intrépido alpinista. (No se nos aparece de uniforme, sino vestido con un traje de sport.) Esto es, el accidente que ahora tememos le haya sucedido ha sido sustituido por otro anterior (una vez que se rompió una pierna patinando). La hechura singular de su traje, con el que parece una foca, nos recuerda a otro individuo, más joven, de nuestra familia, a nuestro gracioso nietecito. El cabello gris alude al padre de este niño, nuestro yerno, duramente castigado por la guerra. ¿Qué quiere esto decir? Pero basta. El lugar en que el sueño se desarrolla -una despensa-, el cajón del que mi hijo quiere coger algo (o sobre el que quiere colocar algo, en el sueño), son indudables alusiones a un accidente que sufrí por mi propia culpa. Teniendo unos dos o tres años quise alcanzar una golosina de un armario de la despensa y me subí sobre una banqueta colocada encima de una mesa, pero me caí y me di un golpe que pudo haberme costado perder los dientes. Este elemento del sueño constituye un reproche: «Te está bien empleado», equivalente a un sentimiento hostil contra mi hijo. Profundizando en el análisis descubrí el sentimiento oculto al que pudiera satisfacer la temida desgracia de mi hijo. Es la envidia de la juventud, envidia que el hombre maduro siente siempre por mucho que crea haberla dominado, y resulta indudable que precisamente la dolorosísima emoción que habría de surgir si dicha desgracia se confirmara es la que reanima, como atenuante, tal realización reprimida de deseos. (Adición de 1919.)

Podemos ya precisar qué es lo que el deseo inconsciente significa para el sueño. Concedo que existe una clase de sueños cuyo estímulo procede predominante o hasta de un modo exclusivo de los restos de la vida diurna, y opino que incluso mi deseo de recibir algún día el título de profesor extraordinario me hubiera dejado dormir tranquilo aquella noche si no hubiera perdurado aún en mí el cuidado que la salud de mi amigo me inspiraba. Pero este cuidado no habría provocado, sin embargo, sueño ninguno, pues la fuerza impulsora de que el sueño precisaba tenía que ser reforzada por un deseo. Así, pues, para formar el sueño tuvo mi preocupación que buscar tal deseo y aliarse con él. Trataremos de aclarar estas circunstancias por medio de una comparación tomada de la vida social. Es muy posible que la idea diurna represente en la formación del sueño el papel de socio industrial: el socio industrial posee una idea y quiere explotarla: pero no puede hacer nada sin capital y necesita un socio capitalista que corra con los gastos. En el sueño el capitalista que corre con el gasto psíquico necesario para la formación del sueño es siempre, cualquiera que sea la idea diurna, un deseo de lo inconsciente.

Otras veces se reúnen ambos caracteres en una misma persona, caso el más corriente en el sueño: la labor diurna ha provocado un deseo inconsciente, y éste crea entonces el sueño. También para todas las demás modificaciones posibles de la asociación económica empleada aquí como ejemplo hallamos un paralelo en los procesos oníricos. El socio industrial puede aportar una pequeña suma al capital; varios socios industriales pueden dirigirse al mismo capitalista o varios capitalistas reunir entre sí lo necesario para auxiliar al socio industrial. Correlativamente, hay también sueños mantenidos por más de un deseo. Podríamos continuar así hasta agotar todas las variantes de la relación económica que hemos escogido como término de comparación; pero no lo creemos necesario. Aquello que en estas especulaciones sobre el deseo onírico haya quedado aún incompleto será completado más adelante.

El tertium comparationis del paralelo establecido, esto es, la cantidad disponible, puede ser aún más sutilmente utilizado para el esclarecimiento de la estructura del fenómeno onírico. En la mayoría de los sueños hallamos un centro que posee una especial intensidad sensorial. Este centro constituye regularmente la representación directa de la realización de deseos, pues cuando deshacemos los desplazamientos de la elaboración hallamos sustituida la intensidad psíquica de los elementos de las ideas latentes por la intensidad sensorial de los elementos del contenido manifiesto. Los elementos más próximos a la realización de deseos pueden ser ajenos al sentido de la misma y constituir ramificaciones de ideas displacientes contrarias al deseo, que por medio de una conexión, artificialmente creada muchas veces con los elementos centrales, han obtenido intensidad suficiente para alcanzar una representación. La fuerza representadora de la realización de deseos se extiende de este modo sobre una esfera de conexiones, dentro de la cual todos los elementos, incluso aquellos que de por sí carecen de medios, llegan a la representación. En aquellos sueños que entrañan varios deseos impulsores resulta fácil delimitar las esferas de cada una de las realizaciones de deseos y caracterizar como zonas limítrofes las lagunas que el sueño presenta.

Aunque la importancia de los restos diurnos queda muy disminuida con las observaciones que proceden, vale todavía la pena de concederles alguna atención, pues deben de constituir un ingrediente necesario para la formación onírica desde el momento en que todo sueño revela siempre una conexión con una impresión diurna reciente y a veces indiferente en absoluto. Hasta ahora no hemos logrado explicarnos claramente la necesidad de tal agregación a la formación de los sueños. Pero es que esta necesidad sólo nos revela su esencia cuando descubrimos la misión del deseo inconsciente y la estudiamos en conexión con la psicología de la neurosis. Vemos entonces que la representación inconsciente es absolutamente incapaz, como tal, de llegar a lo preconsciente. Lo único que puede hacer es exteriorizar en él un efecto, enlazándose con una representación preconsciente no censurable, a la que transfiere su intensidad y detrás de la cual se oculta. Este hecho, al que damos el nombre de transferencia, contiene la explicación de muchos singulares procesos de la vida anímica de los neuróticos. La transferencia puede dejar intacta la representación procedente de lo preconsciente, la cual alcanza entonces una gran intensidad inmerecida o puede imponerle una modificación paralela al contenido de la representación inconsciente. Ruego se me perdone mi tendencia a buscar comparaciones de la vida cotidiana; pero no puedo por menos de recordar que las circunstancias en las que se nos muestra aquí la representación reprimida resultan muy análogas a las impuestas en nuestro país a los dentistas americanos, los cuales no pueden ejercer su profesión si no les sirve de escudo ante la ley un doctor en Medicina cuyo título haya sido expedido por una universidad americana. Pero así como no son precisamente los médicos de más clientela los que consienten en tales alianzas con los dentistas, tampoco en lo psíquico consienten en servir de encubrimiento a una representación reprimida aquellas otras representaciones preconscientes o conscientes que han atraído suficientemente sobre sí la atención activa de lo preconsciente. Lo inconsciente se enlazará más bien con aquellas impresiones y representaciones de lo preconsciente que han quedado desatendidas por ser indiferentes o de las que la atención quedó retirada a causa de haber sido condenadas y rechazadas. Por último, según un principio experimentalmente comprobado de la teoría de las asociaciones, aquellas representaciones que han constituido ya una íntima conexión en un sentido, parecen rechazar grupos enteros de nuevas conexiones. En otro lugar hemos intentado utilizar este principio como base de una teoría de las parálisis histéricas. Si aceptamos para el fenómeno onírico esta necesidad de transferencia de las representaciones reprimidas, descubierta en el análisis de las neurosis, hallaremos de una sola vez la solución de dos de sus enigmas: el de que todo análisis revele la intervención de una impresión reciente en la formación del sueño y el de que este elemento sea muchas veces de carácter trivialísimo e indiferente. Sabemos ya que si tales elementos recientes e indiferentes pasan con tanta frecuencia al sueño como sustituciones de las ideas latentes más antiguas es porque son las que menos tienen que temer por parte de la censura de la resistencia. Pero mientras que la exención de la censura no nos aclara más que la preferencia de que son objeto los elementos triviales, la constancia de los elementos recientes deja transparentar la necesidad de transferencia. Estos dos grupos de impresiones bastan para satisfacer a lo inconsciente en su demanda de material libre aún de asociaciones: las indiferentes, porque no han ofrecido gran ocasión de amplias conexiones, y las recientes, porque no han tenido tiempo de establecerlas.

Vemos, pues, que si los restos diurnos que participan en la formación del sueño toman algo del Inc., esto es, toman fuerza impulsora del deseo reprimido, también ofrecen a su vez a lo inconsciente algo imprescindible: el objeto de la transferencia. Si quisiéramos penetrar aquí más profundamente en los procesos anímicos, tendríamos que iluminar antes con mayor intensidad el juego de las excitaciones entre lo preconsciente y lo inconsciente. Mas para esto habríamos de pasar al estudio de las neurosis, pues el sueño no nos lo permite. Añadiremos aún una última observación sobre los restos diurnos. Su actuación, y no la del sueño -que ejerce, por el contrario, una acción protectora-, es la que puede calificarse de perturbadora. Más adelante volveremos sobre esta cuestión. Investigando las características del deseo onírico, lo hemos derivado del dominio del Inc., y hemos analizado su relación con los restos diurnos, los cuales pueden ser, por su parte, deseos, impulsos psíquicos de cualquier otro género o simplemente impresiones recientes. De este modo hemos abierto campo libre a todas las hipótesis favorables a la intervención de la actividad intelectual de la vigilia en la formación de los sueños. No sería siquiera imposible que, fundándonos en los resultados de las anteriores especulaciones, llegásemos a explicar aquellos casos extremos en los que el sueño se constituye en continuador de la labor diurna y lleva a feliz término un proceso mental que el pensamiento despierto dejó pendiente; pero nos falta un ejemplo de este género en el que pudiéramos descubrir, por medio del análisis, la fuente de deseos, infantil o reprimida, cuya atracción hubiese reforzado con tanto éxito la labor de la actividad preconsciente. En cambio, no nos hemos aproximado un solo paso a la solución del problema de porqué lo inconsciente no puede ofrecer durante el reposo otra cosa que la fuerza impulsora para su realización de deseos. La solución de este enigma tiene que arrojar viva luz sobre la naturaleza psíquica del desear. El esquema del aparato psíquico antes establecido va ahora a ayudarnos a conseguirla.

Es indudable que para llegar a su perfección actual ha tenido que pasar este aparato por una larga evolución. Podemos, pues, representárnoslo en un estado anterior de su capacidad funcional. Determinadas hipótesis nos dicen que el aparato aspiró primeramente a mantenerse libre de estímulos en lo posible y adoptó con este fin, en su primera estructura, el esquema del aparato de reflexión que le permita derivar en el acto por caminos motores las excitaciones sensibles que hasta él llegaban. Pero las ineludibles condiciones de la vida vinieron a perturbar esta sencilla función, dando simultáneamente al aparato el impulso que provocó su ulterior desarrollo. Los primeros estímulos que a él llegaron fueron los correspondientes a las grandes necesidades físicas.

Anterior Siguiente
Contenido relacionado: