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La interpretación de los sueños

Sigmund Freud

PSICOLOGÍA DE LOS PROCESOS ONÍRICOS
(3ª parte)

Incluiré aquí, aunque no se halle muy estrechamente ligada a la materia, una observación relativa a la interpretación de los sueños que orientará, quizá, al lector, deseoso de comprobar mis afirmaciones analizando los suyos.

No creo que espere nadie poder interpretar fácilmente y sin el menor esfuerzo sus sueños. Ya para la percepción de fenómenos endópticos y de otras sensaciones sustraídas generalmente a la atención es preciso cierta práctica, aunque no existe ningún motivo psíquico que se rebele contra este grupo de percepciones. Con mucho mayor motivo ha de sernos más difícil apoderarnos de las «representaciones involuntarias». Aquel que a ello aspire deberá seguir fielmente las reglas analíticas que ya en diversas ocasiones hemos indicado y reprimir durante su labor toda crítica, todo prejuicio y toda parcialidad afectiva o intelectual. Su lema deberá ser el que Claude Bernard escogió para el investigador en el laboratorio fisiológico: Travailler comme une bête; esto es, con igual resistencia e igual despreocupación de los resultados que pueden obtenerse. Aquellos que sigan estas normas verán grandemente facilitada su labor.

La interpretación de un sueño no se consigue siempre al primer intento. Muchas veces sentimos agotarse nuestra capacidad de rendimiento después de seguir una concatenación de ocurrencias, y el sueño no nos dice ya nada. En tales casos debemos interrumpir nuestra labor y dejarla para el día siguiente. Al volver sobre ella atraerá nuestra atención otro fragmento del contenido manifiesto y hallaremos acceso a una nueva capa de ideas latentes: Este procedimiento puede ser calificado de interpretación onírica «fraccionada».

Lo más difícil es convencer al principiante de que no debe considerar terminada una completa interpretación del sueño que se le muestre coherente, llena de sentido y explique todos los elementos del contenido manifiesto. En efecto, además de esta interpretación, puede haber aún otra distinta que se le ha escapado. No es, realmente, fácil hacerse una idea de la riqueza de los procesos mentales inconscientes que en nuestro pensamiento existen y demandan una expresión, ni tampoco de la habilidad que la elaboración despliega para matar siete moscas de una vez, como el sastre del cuento, hallando formas expresivas de múltiples sentidos. Nuestros lectores tenderán siempre a reprocharnos un excesivo derroche de ingenio; pero aquel que, analizando sus sueños, adquiera cierto conocimiento de la materia tendrá que reconocer lo injusto y equivocado de tal observación.

En cambio, no puedo agregarme a la afirmación expresada por H. Silberer de que todos los sueños -o sólo ciertos grupos de sueños- reclaman dos diversas interpretaciones, que se hallan, además, íntimamente relacionadas entre sí. La primera de estas interpretaciones, a la que califica de interpretación psicoanalítica, daría al sueño un sentido cualquiera, generalmente de un carácter sexual infantil; la segunda, más importante y designada por él con el nombre de interpretación analógica, mostraría aquellas ideas más fundamentales, y con frecuencia muy profundas, que la elaboración onírica ha tomado como materia.

Silberer no ha demostrado esta afirmación con la comunicación de una serie de sueños analizados por él en ambos sentidos. A mi juicio, se halla total y absolutamente equivocado. La mayor parte de los sueños no reclaman segunda interpretación ninguna y, sobre todo, no son susceptibles de una interpretación analógica. En las teorías de Silberer, como en otros estudios de estos últimos años, se transparenta el influjo de una tendencia que quisiera velar las circunstancias fundamentales de la formación de los sueños y desviar nuestra atención de sus raíces instintivas. En algunos casos, en los que parecían confirmarse las afirmaciones de Silberer, me demostró después el análisis que la elaboración onírica había tenido que llevar a cabo la labor de transformar en un sueño una serie de ideas muy abstractas y no susceptibles de representación directa; labor que intentó solucionar apoderándose de un material ideológico distinto, más fácilmente representable, pero cuya relación con el primero era harto lejana, pudiendo ser calificada de alegoría. La interpretación abstracta de un sueño así formado es proporcionada siempre, directamente, por el sujeto. En cambio, la interpretación exacta del material suplantado tiene que ser buscada por los conocidos medios técnicos.

La pregunta de si todo sueño puede obtener una interpretación debe ser contestada en sentido negativo. No debemos olvidar que aquellos poderes psíquicos de los que depende la deformación de los sueños actúan siempre en contra de la labor interpretadora. Se nos plantea, pues, el problema de si con nuestro interés intelectual, nuestra capacidad para dominarnos, nuestros conocimientos psicológicos y nuestra experiencia en la interpretación de los sueños conseguiremos dominar la resistencia interna. De todos modos, siempre lo conseguimos en grado suficiente para convencernos de que el sueño es un producto que posee un sentido propio e incluso para llegar a sospechar tal sentido. Un sueño inmediatamente posterior nos permite muchas veces confirmar nuestra primera interpretación y continuarla. Toda una serie de sueños que se suceden a través de semanas o meses enteros reposan con frecuencia sobre los mismos fundamentos y deben ser sometidos conjuntamente a la interpretación. En lo sueños sucesivos podemos observar muchas veces que uno de ellos toma como centro aquello que en el otro sólo aparece indicado en la periferia, e inversamente, de manera que ambos se completan recíprocamente para la interpretación. Ya hemos demostrado en varios ejemplos que los sueños diferentes, soñados en la misma noche, deben ser considerados siempre en el análisis como una totalidad.

En los sueños mejor interpretados solemos vernos obligados a dejar en tinieblas determinado punto, pues advertimos que constituye un foco de convergencia de las ideas latentes, un nudo imposible de desatar, pero que por lo demás no ha aportado otros elementos al contenido manifiesto. Esto es entonces lo que podemos considerar como el ombligo del sueño, o sea el punto por el que se halla ligado a lo desconocido. Las ideas latentes descubiertas en el análisis no llegan nunca a un límite y tenemos que dejarlas perderse por todos lados en el tejido reticular de nuestro mundo intelectual. De una parte más densa de este tejido se eleva luego el deseo del sueño.

Volvamos ahora a las circunstancias del olvido del sueño. Observamos que hemos omitido deducir de ellas una importante conclusión. Cuando la vida despierta muestra la evidente intención de olvidar el sueño, formado durante la noche, sea en su totalidad inmediatamente después de despertar o fragmentariamente en el curso del día, y cuando reconocemos en la resistencia anímica el factor principal de este olvido, factor que ya ha actuado victoriosamente durante la noche, surge entre nosotros la interrogación de qué es lo que ha hecho posible la formación de los sueños, a pesar de tal resistencia. Tomemos el caso extremo, en el que la vida despierta suprime por completo el sueño, como si jamás hubiese existido.

Teniendo en cuenta el funcionamiento de las fuerzas psíquicas, hemos de decirnos que el sueño no se hubiera formado si la resistencia hubiera regido durante la noche como en la vigilia. Nuestra conclusión es que la resistencia pierde durante la noche una parte de su poder. Sabemos que no desaparece por completo, pues hemos visto que la deformación impuesta a los sueños dependía directamente de ella. Pero se nos impone la posibilidad de que quede disminuida durante la noche y que esta disminución de la resistencia sea lo que hace posible la formación del sueño, siendo entonces perfectamente natural que al hallar de nuevo, con el despertar, todas sus energías vuelva a suprimir en el acto aquello que tuvo que aceptar mientras se hallaba debilitada. La psicología descriptiva nos enseña que la condición principal de la formación de los sueños es el estado de reposo del alma, afirmación a la que por nuestra parte añadiremos, a título de esclarecimiento, que el estado de reposo hace posible la formación de los sueños, disminuyendo la censura endopsíquica.

Nos inclinamos a considerar esta conclusión como la única que es posible deducir de los hechos del olvido del sueño y a desarrollar otras deducciones sobre las circunstancias energéticas del reposo y de la vigilia, pero preferimos dejar esta labor para más adelante. Una vez que hayamos profundizado algo más en la psicología del sueño veremos que podemos representarnos aún de otro modo distinto la creación de las condiciones que hacen posible su formación. La resistencia opuesta al acceso de las ideas latentes a la consciencia puede, quizá, ser eludida sin necesidad de una previa debilitación.

Es también plausible que los dos factores favorables a la formación de los sueños, o sea la debilitación y la sustración a la censura, dependan simultáneamente del estado de reposo. Interrumpiremos aquí estas consideraciones para reanudarlas más adelante.

Contra nuestro procedimiento de interpretación onírica existe aún otra serie de objeciones, a la que dirigiremos ahora nuestra atención. En la labor analítica procedemos suspendiendo aquellas representaciones finales que en toda otra ocasión dominan el proceso reflexivo, dirigiendo nuestra atención sobre un único elemento del sueño y anotando después aquellas ideas involuntarias que con respecto al mismo surgen espontáneamente en nosotros. A continuación

tomamos el elemento siguiente del contenido manifiesto, repetimos con él la misma labor y nos dejamos llevar, sin que la dirección nos preocupe, por tales ocurrencias asociativas espontáneas, con la esperanza de que al final, y sin más esfuerzo por nuestra parte, llegaremos hasta las ideas latentes de las que ha nacido el sueño. Contra esta conducta se elevarán quizá las siguientes objeciones: nada tiene de extraño que, partiendo de un elemento aislado del sueño, lleguemos a alguna parte. A toda representación puede enlazarse asociativamente algo; lo único notable es que esta concatenación arbitraria y exenta de todo fin lleve precisamente a las ideas latentes. Los analistas se engañan aquí de buena fe siguen la cadena de asociaciones que parte de un elemento, hasta que por un motivo cualquiera notan que se interrumpe. Luego, al tomar un segundo elemento como punto de partida, es muy natural que la asociación antes ilimitada, quede ya restringida, pues el recuerdo de la concatenación anterior hará surgir en el análisis algunas ocurrencias que presentarán puntos de contacto con las de dicha concatenación. Al ver esto se imagina el psicoanalista haber hallado una idea que representa un enlace entre los elementos del sueño. Procediendo con más absoluta libertad en lo relativo a la asociación de ideas, con la única exclusión de aquellas transiciones de una representación a otra que entran en vigor en nuestro pensamiento despierto, le resulta facilísimo reunir una serie de ideas intermedias, a las que da el nombre de ideas latentes y presenta sin garantía ninguna, como la sustitución psíquica del sueño; pero todo esto no es sino una pura arbitrariedad y un ingenioso aprovechamiento de la casualidad, y todo aquel que quiera tomarse este trabajo inútil hallará para cualquier sueño la interpretación que mejor le parezca. Si se nos hicieran realmente tales objeciones, podríamos defendernos alegando la impresión que nuestras interpretaciones producen. Las sorprendentes conexiones que el análisis nos revela entre los elementos delsueño y la inverosimilitud de que algo que coincide y aclara tan ampliamente el sueño, como una de nuestras interpretaciones, pudiera conseguirse a no ser por el descubrimiento de enlaces psíquicos preexistentes. Podríamos también alegar, para justificarnos, que el procedimiento empleado en la interpretación de los sueños es idéntico al que aplicamos a la solución de los síntomas histéricos, sector en el que la exactitud del procedimiento queda demostrada por la aparición y desaparición de dichos síntomas. Pero no tenemos motivo ninguno para eludir el problema de cómo por la persecución de una concatenación de ideas que se desarrolla de un modo arbitrario y carente de fin puede llegarse a un fin preexistente, pues si bien no podemos resolver este problema, sí no es dado suprimirlo.

En primer lugar, es inexacto que nos entreguemos a un curso de representaciones falto de fin cuando, como sucede en la labor de interpretación onírica, prescindimos de la reflexión y dejamos emerger las representaciones involuntarias. No es difícil demostrar que podemos renunciar a las representaciones finales conocidas y que con la creación de estas representaciones surgen en el acto representaciones finales desconocidas o, como decimos con expresión no del todo correcta, inconscientes, que mantienen

determinado el curso de las representaciones involuntarias. No no es posible establecer, ejerciendo una influencia sobre nuestra vida anímica, un pensamiento carente de representaciones finales, y, en general, ignoro si existe algún estado de perturbación psíquica en el que se dé tal pensamiento. Los psiquiatras han renunciado aquí demasiado pronto a la solidez del ajuste psíquico. Sé por experiencia que ni en la histeria ni en la paranoia se da un pensamiento no regulado y exento de representaciones finales, como tampoco en la formación o en la solución de los sueños. Igualmente sucede quizá en las afecciones endógenas psíquicas, pues incluso los delirios de los dementes presentan, según una ingeniosa hipótesis de Leuret, un perfecto sentido, siendo únicamente algunas omisiones las que los hacen resultar incomprensibles. Siempre que he tenido ocasión de observar estos estados psíquicos he podido llegar a igual convencimiento. Los delirios son la obra de una censura que no se toma el trabajo de ocultar su actuación y que, en lugar de prestar su colaboración a una transformación que no tropiece ya con objeciones de ningún género, tacha sin consideraciones aquello que no le agrada, con lo cual queda lo restante falto de toda coherencia. Esta censura se conduce del mismo modo que la ejercida sobre la prensa extranjera en la frontera rusa, censura que no deja llegar a los lectores sino periódicos mutilados y surcados de negros tachones.

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