La interpretación de los sueños

Sigmund Freud

LA ELABORACIÓN ONÍRICA
(34ª parte)

Contra esta conclusión, que se hizo pronto popular, han elevado vivas objeciones autores más modernos (Le Lorrain, Eggers y otros), poniendo en duda la exactitud de la comunicación de Maury e intentando demostrar que la rapidez de nuestros rendimientos intelectuales despiertos no es menos de la que pueda atribuirse a la elaboración onírica. La discusión se desarrolla sobre problemas de principio que no podemos entrar a examinar aquí. Sin embargo, he de confesar que la argumentación de Eggers contra el sueño antes citado de Maury no me ha parecido muy convincente. Por mi parte, propondría la siguiente explicación de este sueño: ¿Sería muy inverosímil que el sueño de Maury representase una fantasía conservada en su memoria desde mucho tiempo antes y despertada - pudiera decirse aludida- en el momento de percibir el sujeto el estímulo interruptor del reposo? Esta hipótesis hace desaparecer la dificultad que nos plantea la composición de tan larga y detallada historia en el brevísimo tiempo de que para ello ha dispuesto el durmiente, pues supone la preexistencia de la historia completa. Si la varilla hubiese caído sobre el cuello de Maury hallándose éste despierto, habría quizá provocado la siguiente idea: «Parece como si me guillotinaran.» Pero Maury está dormido, y la elaboración onírica aprovecha rápidamente el estímulo dado para la producción de una realización de deseos, como si pensase (claro es que esto debe ser tomado figuradamente): «He aquí una buena ocasión para dar cuerpo a la fantasía optativa que en tal o cual épico me inspiró esta o aquella lectura.» Que la novela soñada presenta todas las características de aquellas fantasías que suelen construir los jóvenes bajo el imperio de poderosas impresiones es cosa, a mi juicio, indiscutible. ¿Quién no se siente arrastrado -y mucho más siendo francés e historiador- por las descripciones de los años del Terror, en los que la aristocracia francesa, flor de la nación, mostró cómo se puede morir con ánimo sereno y conservar hasta el último momento un sutilísimo ingenio y las más exquisita maneras? ¡Y cuán atractivo resulta imaginarse ser uno de aquellos hombres que besaban sonrientes la mano de sus compañeros de infortunio antes de subir con paso firme al cadalso, o si la ambición de la fuerza que impulsa nuestra fantasía a identificarnos con una de aquellas formidables individualidades que sólo con el poder de sus ideas y de su ardiente elocuencia se impusieron a la ciudad en la que latía convulsivamente por entonces el corazón de la Humanidad, enviaron millares de hombres a la muerte con fervorosa convicción de servir a un elevadísimo ideal e iniciar una completa transformación de Europa y cayeron a su vez bajo la cuchilla de la guillotina (Danton, los girondinos)! Un detalle del sueño de Maury -«en medio de una inmensa multitud»- parece indicar que la fantasía que lo constituye era de este carácter ambicioso.

Estas fantasías ha largo tiempo preexistentes no se desarrollan necesariamente durante el reposo en toda su extensión; basta con que sean, por decirlo así, «preludiadas». Quiero decir con esto lo siguiente: cuando la música inicia unos compases, cesando en seguida, y alguien comenta, como sucede en el Don Juan: «Esto es de Las bodas de Figaro, de Mozart», surge en mí de repente una plenitud de reminiscencias, de las que por el momento no llega nada hasta la consciencia. Así, pues, los compases preludiados y la frase a ellos referente constituyen la chispa que pone simultáneamente en movimiento todas las partes de un conjunto. Exactamente lo mismo puede muy bien suceder en el pensamiento inconsciente. El estímulo despertador pone en movimiento la estación psíquica que abre el acceso a toda la fantasía de la guillotina. Pero esta fantasía no se desarrollará durante el reposo, sino luego, en el recuerdo del sujeto despierto. Al despertar recordamos en detalle la fantasía que fue rozada en conjunto durante el sueño, sin que tengamos medio alguno de comprobar que recordamos realmente algo soñado.

Esta misma explicación, o sea la de que se trata de fantasías preexistentes, que son puestas en movimiento como conjuntos por el estímulo despertador, puede también aplicarse a otros sueños distintos de los orientados hacia dicho estímulo; por ejemplo, del sueño de batallas soñado por Napoleón antes de despertar por la explosión de la «máquina infernal». Entre los sueños reunidos por Justina Zobowolska en su disertación sobre la duración aparente en el fenómeno onírico me parece el del autor dramático Casimir Bonjour (citado por Macario, 1857) el más demostrativo. Sentado en un sillón dispuesto entre bastidores, se preparaba este autor a asistir a la primera representación de una de sus obras, cuando, vencido por la fatiga, se quedó dormido en el momento de alzarse el telón. Durante su reposo asistió a la representación de los cinco actos de que su obra constaba y observó la impresión que cada una de las escenas producía en el público. Terminado el último acto, oyó encantado cómo reclamaba el público el nombre del autor y lo recibía con grandes muestras de entusiasmo. Cuál no sería su sorpresa al despertar en este momento y ver que la representación no había pasado aún de los primeros versos de la primera escena. No había, pues, dormido arriba de dos minutos. No parece muy aventurado afirmar con respecto a este sueño que el desarrollo de los cinco actos de la obra y la observación de las impresiones que cada escena iba despertando en el público no necesitan constituir una creación original producida durante el reposo, sino que puede reproducir una labor anterior de la fantasía en el sentido ya indicado. Justina Zobowolska hace resaltar con otros autores como un carácter común a todos los sueños de acelerado curso de representaciones el ser particularmente coherentes, a diferencia de los demás, y el de que su recuerdo es más bien sumario que detallado. Estas particularidades serían precisamente las que habrían de presentar las fantasías preexistentes rozadas por la elaboración onírica. Pero los autores citados no llegan a deducir esta conclusión. De todos modos, no quiero afirmar que todos los sueños enlazados con un estímulo despertador puedan quedar explicados en esta forma, ni que con ello deje de constituir un problema el curso acelerado de las representaciones en el sueño. No podemos dejar fuera de esta investigación el examen de las relaciones de la elaboración secundaria del contenido manifiesto con los demás factores de la elaboración onírica. ¿Habremos de suponer que los factores de la formación de los sueños o sea la tendencia a la condensación, la precisión de eludir la censura y el cuidado de la representabilidad con los medios psíquicos del sueño, construyen primeramente con el material dado un contenido manifiesto interino, que es luego elaborado hasta satisfacer en lo posible las exigencias de una segunda instancia? Esta es apenas verosímil. Más bien habremos de aceptar que las exigencias de dicha instancia plantean desde el principio una de las condiciones que ha de satisfacer el sueño, y que esta condición ejerce una influencia inductora y de selección sobre todo el material de las ideas latentes, del mismo modo que las demás condiciones derivadas de la condensación, la censura de la resistencia y la representabilidad. Pero de las cuatro condiciones de la formación onírica es ésta la de exigencias menos imperiosas. La identificación de esta función psíquica, que lleva a cabo lo que denominamos elaboración secundaria del contenido manifiesto con la labor de nuestro pensamiento despierto, resulta del siguiente proceso reflexivo: Nuestro pensamiento despierto (preconsciente) se conduce, ante cualquier material de percepción, del mismo modo que la función de que ahora tratamos con respecto al contenido manifiesto. Es inherente a su naturaleza ordenar dicho material, establecer relaciones e incluirlo en un contexto inteligible. En esta labor solemos incluso ir más allá de lo debido. Así, los trucos del prestidigitador nos engañan porque se apoyan en esta nuestra costumbre intelectual. Nuestra tendencia a reunir inteligiblemente las impresiones sensoriales dadas nos hace caer con frecuencia en singularísimos errores y hasta falsear la verdad del material que a nuestra percepción se ofrece.

Los ejemplos que demuestran este estado de cosas son demasiado conocidos para que hayamos de reproducirlos aquí nuevamente. En la lectura dejamos pasar inadvertidas erratas que alteran el sentido y leemos como si éste no apareciese modificado. Un redactor de un periódico francés apostó que introduciría, como si fuese una errata, las palabras «por delante» o «por detrás» en cada una de las frases de un largo artículo y que ningún lector lo notaría, y ganó la apuesta. En otro periódico hallé hace varios años un cómico ejemplo de falsa conexión. Después de la famosa sesión de la Cámara francesa en la que Dupuy puso fin, con la serena frase La séance continue, a la confusión y al espanto producidos por la explosión de una bomba arrojada por un anarquista al hemiciclo, fueron citados a declarar, como testigos, los espectadores que asistían a la sesión desde la tribuna pública. Entre ellos se hallaban dos provincianos que visitaban por primera vez la Cámara. Uno de ellos, llegado a la tribuna pocos momentos antes del atentado declaró que había oído una detonación, pero creyó que era costumbre del Parlamento disparar una salva cuando un orador terminaba su discurso. El otro, que había llegado antes y oído ya varios discurso, expresó el mismo juicio, pero con la variante de haber creído que la salva no se disparaba sino cuando el orador había obtenido gran éxito con sus palabras. Así, pues, la instancia psíquica que aspira a hacer comprensible el contenido manifiesto y lo somete con este fin a una primera interpretación, a consecuencia de la cual queda más dificultada que nunca su exacta inteligencia, no es otra que nuestro pensamiento normal. Como ya lo hemos indicado repetidas veces, es norma regular de la interpretación onírica prescindir en todo caso de la aparente coherencia que un sueño pueda ofrecernos y seguir siempre, tanto con los elementos claros como con los confusos, el mismo procedimiento; esto es, la regresión al material de que han surgido.

Vemos ahora de qué depende esencialmente la gradual escala cualitativa de los sueños, que va desde la confusión a la claridad, y a la que nos referimos en páginas anteriores. Nos parecen claras aquellas partes del sueño sobre las que ha podido actuar la elaboración secundaria, y confusas aquellas otras en las que ha fallado totalmente la intervención de tal instancia. Dado que las partes confusas del sueño son también con gran frecuencia las más débilmente animadas, podemos concluir que también depende en parte de la elaboración secundaria la mayor o menor intensidad plástica de los diversos productos oníricos.

La conformación definitiva del sueño, tal y como queda estructurado bajo la acción del pensamiento normal, puede ser comparada a aquellas enigmáticas inscripciones con las que el semanario humorístico Fliegende Blätter entretuvo durante tanto tiempo a sus lectores. Trátase de que una frase vulgar, chistosa o chocarrera dé la impresión de contener una inscripción latina. Con este fin se forma, utilizando las letras de que la frase se compone y alterando su reunión en sílabas, aunque no su primitivo orden de sucesión, una nueva totalidad. Aquí y allá resultará constituida una verdadera palabra latina, otras nos parecerán abreviaturas de términos de tal idioma, y, por último, en otros puntos de la inscripción nos dejaremos engañar por las apariencias y atribuiremos a lagunas de la misma falta de sentido de algunos de sus fragmentos, en los que no hallamos sino letras aisladas. Si no queremos caer en la trampa, habremos de desechar toda idea de que pueda tratarse de una inscripción y atenernos tan sólo a las letras de que consta, formando con ellas palabras de nuestra lengua.

De los cuatro factores de la elaboración onírica, el de la elaboración secundaria es el que más frecuentemente ha sido observado y estudiado por los investigadores. H. Ellis describe con viva plasticidad su función («Introducción», página 10):

«Podemos imaginar que las cosas suceden de la forma siguiente. La consciencia del reposo se dice: Ahí viene nuestra maestra, la consciencia de la vigilia que tanto valor da a la razón, la lógica, etc. ¡De prisa! ¡Vamos a cogerlo todo y a ordenarlo como sea antes que llegue a tomar posesión de la escena!» Delacroix afirma con especial precisión la identidad de esta forma de laborar con la del pensamiento despierto (pág. 526):

Cette fonction d'interprétation n'est pas particulière au rêve, c'est le même travail de coordination logique que nous faisons sur nos sensations pendant la veille. De esta misma opinión son J. Sully y Justina Zobowolska:

Sur ces successions incohérentes d'hallucinations, l'esprit s'efforce de faire le même travail de coordination logique qu'il fait pendant la veille sur les sensations. Il relie entre elles par un lien imaginaire toutes ces images décousues et bouche les écarts trop grands qui si trouvaient entre elles (pág. 93).

Algunos autores hacen comenzar esta actividad ordenatoria e interpretadora durante el mismo sueño y continuar luego en la vigilia. Así, Paulhan (pág. 547): Cependant j'ai suivent pensé qu'il pouvait y avoir une certaine déformation, ou plutôt reformation du rêve dans le souvenir… La tendence systématisante de l'imagination pourrait fort bien achever après le réveil ce qu'elle a ébauché pendant le sommeil. De la sorte, la rapidité réelle de la pensée serait augmentée en apparence par les perfectionnements dus à l'imagination éveillée. Leroy et Zobowolska (pág. 592):

…dans le rêve, au contraire, l'interprétation et la coordination se font non seulement à l'aide des données du rêve, mais encore à l'aide de celles de la veille…

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