La interpretación de los sueños

Sigmund Freud

LA ELABORACIÓN ONÍRICA
(29ª parte)

El rápido movimiento de los barcos, el profundo color azul de las aguas y el negro humo de las chimeneas forman un conjunto sombrío e inquietante. Los lugares de este sueño corresponden a diversas reminiscencias visuales de mis viajes a la costa adriática (Huraware, Duino, Venecia, Aquileja). Poco tiempo antes había aprovechado las vacaciones de Pascua de Resurrección para hacer con mi hermano una breve excursión a Aquileja, que nos resultó agradabilísima.

La guerra naval que por esta época se desarrollaba entre España y los Estados Unidos y las inquietudes que me inspiraban la suerte de mis allegados residentes en América intervienen también en este sueño, cuyo contenido nos ofrece en dos ocasiones fenómenos afectivos. Primeramente observamos la ausencia de un afecto cuyo desarrollo era de esperar, ausencia que el sueño mismo acentúa (la muerte del gobernador no me causa impresión ninguna), y luego me sobresalta la aparición del buque de guerra y experimento durante el reposo todas las sensaciones correspondientes a este afecto. La inclusión de los afectos en el contenido manifiesto aparece llevada a cabo en este sueño bien estructurado de manera a evitar toda contradicción chocante. No hay, en efecto, razón ninguna para que me asuste la muerte del comandante, y, en cambio, está justificado que la aparición de un buque de guerra ante una plaza cuyo mando he tomado me produzca sobresalto. El análisis demuestra que el señor P. es un sustituto de mi propio yo (en el sueño soy yo su sustituto). Así, pues, soy yo el gobernador que muere de repente. Las ideas latentes tratan del porvenir de los míos si yo muriera de un modo prematuro -siendo éste el único pensamiento doloroso que en ellos aparece-. El sobresalto concomitante en el sueño a la aparición del buque de guerra debe ser separado de esta representación y unido a la idea de mi muerte prematura. Inversamente, muestra el análisis que la región de las ideas latentes de la que ha sido tomado el buque de guerra entraña las más serenas reminiscencias. Hallándonos en Venecia, un año antes de este sueño, supimos que se hallaba anunciada la visita de la escuadra inglesa y se preparaban grandes festejos para recibirla. Asomados a la ventana de nuestro cuarto en la Riva Schiavoni, esperamos mi mujer y yo la aparición de los navíos. Hacía una hermosísima tarde, pero las azules aguas de la laguna se mostraban más agitadas que de costumbre. De repente gritó mi mujer con infantil regocijo: ¡Ahí viene el barco de guerra inglés! Esta misma frase, privada de su último elemento, es la que me sobresalta en mi sueño. Vemos de nuevo que las frases oídas o pronunciadas en los sueños proceden siempre de la realidad. Más adelante demostraré que tampoco el elemento «inglés» ha quedado inempleado por la elaboración onírica. Al pasar de las ideas latentes al contenido manifiesto transformo, pues, la alegría en sobresalto, con lo cual procuro expresión a un fragmento del contenido latente. Nos demuestra este ejemplo que la elaboración onírica puede separar el estímulo afectivo de aquellos elementos a los que se halla enlazado, e incluirlo en cualquier otro lugar del contenido manifiesto.

Aprovecharé aquí la ocasión que accesoriamente se me ofrece de someter a un detallado análisis un elemento -el barco del desayuno- cuya aparición en el sueño cierra desatinadamente una situación racional. Parando mayor atención en dicho elemento, recuerdo que el «barco del desayuno» era negro y que la forma en que se hallaba cortado en su parte más ancha le hacía presentar por este extremo una amplia semejanza con un objeto que nos había llamado la atención en los museos de antigüedades etruscas: una bandeja rectangular de barro negro, con dos asas, y sobre ella, objetos parecidos a tazas de té o de café. En conjunto semejaba uno de nuestros modernos servicios para el desayuno. Según se nos explicó, se trataba del servicio de tocador (toilette) de las damas etruscas, y las tacitas estaban destinadas a contener los afeites y los polvos. Bromeando, nos dijimos que no estaría mal llevar a nuestra huéspeda tal objeto como recuerdo nuestro. Así, pues, el objeto que del sueño nos muestra significa vestido negro (toilettes = tocador y vestido), o sea luto, y alude directamente a un fallecimiento.

Por su otro extremo recuerda la canoa en que las tribus primitivas colocaban los cadáveres, abandonándolos en el mar. A esta circunstancia se enlaza el retorno de los barcos en mi sueño:

Serenamente, en el bote salvado,
entra en el puerto el anciano. (Schiller.)

Es el retorno después del naufragio (Schiffbruch), pues el «barco del desayuno» se muestra roto (abgebrochen) por la mitad (brechen-romper; Bruch = rotura; Schiffbruch = naufragio). Pero ¿de dónde procede el nombre de «barco del desayuno»? Aquí es donde interviene el elemento inglés, que antes vimos sobraba. En efecto, a la palabra alemana Frühstück (desayuno) corresponde la inglesa breakfast, que equivale literalmente a romper el ayuno (desayunar). El romper (brechen) pertenece de nuevo al naufragio (Schiffbruch). El ayunar se agrega al vestido negro.

Pero de este «barco del desayuno» no ha creado el sueño más que el nombre. La cosa ha existido y me recuerda una de las horas más agradables de mi último viaje. Desconfiando de los hoteles de Aquileja, nos habíamos traído de Goerz la comida, a la que luego agregamos una botella de excelente vino de Istria, y mientras nuestro vaporcito surcaba lentamente el canal Delle Mee y luego la desierta laguna de Grado, desayunamos alegremente sobre cubierta. Este era, pues, el «barco del desayuno», y precisamente detrás de esta reminiscencia de unas horas, en las que gozamos alegremente de la vida, oculta el sueño los sombríos pensamientos referentes a un desconocido e inquietante porvenir. Este proceso, en el que los afectos quedan separados de los contenidos de representaciones que provocaron su desarrollo, es el más singular de todos aquellos a los que la elaboración onírica los somete, pero no es la única transformación que sufren en su paso desde el contenido latente al manifiesto, ni tampoco la más importante. Si comparamos los afectos de las ideas latentes con los del sueño, vemos en el acto lo que sigue: todo afecto incluido en el contenido manifiesto lo está también en las ideas latentes, pero no inversamente. El sueño es, en general, menos rico en afectos que el material psíquico de cuya elaboración ha surgido. Cuando reconstruimos las ideas latentes observamos cómo aspiran a imponerse en ellas los más intensos impulsos anímicos, luchando casi siempre con otros que se les oponen. Volviendo luego la vista al sueño manifiesto correspondiente, lo hallamos, en cambio incoloro y desprovisto de todo intenso matiz afectivo. No sólo el contenido de nuestro pensamiento, sino muchas veces también su matiz afectivo, queda rebajado por la elaboración onírica al nivel de los indiferente. Pudiera decirse que la elaboración lleva a cabo una represión de los afectos. Tomemos, por ejemplo, el sueño de la monografía botánica (véase el índice S. de Freud). A este sueño corresponde en mi pensamiento una apasionada defensa de mi libertad de obrar como lo hago y encauzar mi vida como lo crea conveniente. El sueño surgido de estos pensamientos se expresa indiferentemente: «He escrito una monografía botánica y tengo ante mí un ejemplar. Lleva varias ilustraciones en colores y algunos ejemplares de plantas disecadas.» Al fragor del combate ha sucedido el sepulcral silencio del abandonado campo de batalla.

El sueño puede mostrar también, desde luego, manifestaciones afectivas de una cierta intensidad, pero por el momento queremos limitarnos a examinar el hecho indiscutible de que muchos sueños, cuyas ideas latentes entrañan profunda emoción, presentan un contenido manifiesto en absoluto indiferente.

No podemos exponer aquí una completa explicación teórica de esta represión afectiva que tiene efecto durante la elaboración onírica, pues nos obligaría a penetrar minuciosamente en la teoría de los afectos y en el mecanismo de la represión. Nos limitaremos pues, a indicar dos ideas. Por determinadas razones hemos de representarnos el desarrollo de afectos como un proceso centrífugo orientado hacia el organismo interno, análogo a los procesos motores o secretorios de inervación. Del mismo modo que la emisión de impulsos motores hacia el mundo exterior aparece suspendida durante el estado de reposo, podría quedar también dificultada la estimulación centrífuga de afectos por el pensamiento inconsciente durante dicho estado. Los sentimientos afectivos nacidos durante el desarrollo de las ideas latentes serían ya de por sí harto débiles, no pudiendo, por tanto, representar gran energía los que pasan al sueño. Según esto, la «represión de los afectos» no sería una consecuencia de la elaboración onírica, sino del estado de reposo. Esto puede ser cierto, pero tiene que haber aún algo más. Hemos de recordar que todo sueño algo complejo se nos revela como el resultado de una transacción entre poderes psíquicos en pugna. Por un lado, las ideas que constituyen el deseo tienen que combatir la oposición de una instancia censora; por otro, hemos visto muchas veces que en el mismo pensamiento inconsciente aparecía emparejada cada idea con su antítesis contradictoria. Dado que todas estas series de ideas son susceptibles de afecto, no habremos de incurrir en grave error considerando la represión afectiva como consecuencia de la coerción que ejercen los elementos antitéticos unos sobre otros y la censura sobre las tendencias por ella reprimidas. La coerción de los afectos sería entonces la segunda consecuencia de la censura onírica, como la deformación de los sueños fue su primer efecto.

IV

Incluiré aquí un sueño en el que el indiferente matiz afectivo del contenido manifiesto puede ser explicado por la antimonia de las ideas latentes. Trátase de un breve sueño propio que habrá de causar al lector viva repugnancia. «Una colina. Sobre ella, algo como un retrete al aire libre: un largo banco, en uno de cuyos extremos se abre un agujero. El borde posterior de este agujero aparece cubierto de excrementos de todos los tamaños y épocas. Detrás de un banco, un matorral. Subido en el banco, me pongo a orinar. El largo chorro de orina lo limpia todo. Los excrementos se disuelven y caen por el agujero. Como si al final quedase aún algo.»

¿Por qué no experimenté en este sueño repugnancia ninguna? Nada más sencillo: el análisis me demuestra que en él intervienen las ideas más agradables y satisfactorias. Al comenzar la labor analítica recuerdo en seguida el establo de Augías, cuya limpieza lleva Hércules a cabo. Identificándome con este personaje mitológico, me eleva el sueño a la categoría de semidiós. La colina y el matorral pertenecen a Ausée, donde actualmente se hallan mis hijos. Soy el descubridor de la etiología infantil de la neurosis y, de este modo, he preservado a mis hijos de tal enfermedad. El banco es la perfecta reproducción (fuera claro está, del agujero) de uno que tengo en casa, regalo de una paciente agradecida. Su presencia en el sueño me recuerda cuánto me veneran mis pacientes. Incluso la repugnante exposición de excrementos humanos resulta susceptible de una risueña interpretación. Por grande que sea la repugnancia que ahora, al recordarlo, me inspira, constituye este cuadro, en el sueño, una reminiscencia de la bella tierra de Italia, en cuyas pequeña ciudades suelen presentar los wattercloset una parecida ornamentación. El chorro de orina, que todo lo limpia, es una innegable alusión a mi grandeza. En esta misma forma sofoca Gulliver un gran incendio en el reino de Liliput, aunque atrayéndose con este acto la enemistad de la más diminuta de las reinas. Pero también Gargantúa, el superhombre de Rabelais, toma de este modo la venganza de los parisienses, colocándose encima de la iglesia de Nuestra Señora y evacuando su vejiga sobre la ciudad. La noche en que tuve este sueño había estado hojeando las ilustraciones de Garnier a la obra de Rabelais. Pero aún encuentro otra prueba de que soy yo este superhombre. Durante mi estancia en París había sido la plataforma de Nuestra Señora mi lugar favorito, y en cuanto podía disponer de algunas horas de libertad por la tarde, subía a las torres y paseaba entre las monstruosas y grotescas esculturas que la decoran. La rápida desaparición de los excrementos, bajo el impulso del chorro de orina, alude al lema Afflavit et dissipati sunt, con el que me propongo encabezar un ensayo sobre la terapia de la histeria.

Veamos ahora el motivo ocasional del sueño. La tarde anterior había sido muy calurosa -era verano- y durante ella había pronunciado yo, continuando una serie de lecciones, mi conferencia sobre la conexión de las perversiones con la histeria. Pero me hallaba en un estado de ánimo un tanto deprimido y hablé sin entusiasmo, pareciéndome desagradable y falto de interés todo lo que decía. Fatigado y sin hallar el menor placer en mi duro trabajo, ansiaba dar fin a aquel ahondar en las suciedades humanas e ir a reunirme con mis hijos y emprender luego un viaje a la bella nación italiana. En este estado de ánimo salí del aula y me dirigí a la terraza de un café para tomar, al aire libre, una modesta colación, pues tampoco sentía apetito. Pero uno de mis oyentes, que había salido acompañándome, me pidió permiso para sentarse a mi lado mientras yo sorbía el café y mordiscaba unos pasteles, y comenzó a dirigirme grandes alabanzas, diciendo que mis lecciones le habían instruido altamente, que ahora lo veía todo de un modo muy distinto, que había logrado limpiar el establo de Augias de los errores y prejuicios acumulados sobre la teoría de las neurosis, etc., etc. En definitiva: que era un gran hombre. No era, ciertamente, mi humor el más apropiado para soportar tanto sahumerio, y con el fin de poner término a la repugnancia que aquella adulación me producía, abrevié mi estancia en el café y volví a casa. Antes de acostarme hojeé las obras de Rabelais y leí una novela corta de C. F. Meyer, titulada Las cuitas de un muchacho.

De este material surgió luego el sueño. La novelita de Meyer aportó a él la remiscencia de escenas infantiles (cf. la última escena de mi sueño con el conde de Thun). Mi estado de ánimo, saturado de repugnancia y de tedio, pasa al sueño en tanto en cuanto le es dado aportar casi todo el material del contenido manifiesto. Pero por la noche despertó el estado de ánimo contrario más enérgicamente acentuado y sustituyó al primero. El contenido manifiesto tuvo entonces que estructurarse de manera a hacer posible la expresión de dos tendencias antitéticas -la manía de empequeñecerse y la exagerada estimación de sí mismo por medio del mismo material-. De esta transacción resultó un contenido manifiesto equívoco, y de la recíproca coerción de los contrarios, un matiz afectivo indiferente.

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