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La interpretación de los sueños

Sigmund Freud

LA ELABORACIÓN ONÍRICA
(28ª parte)

Siempre que salía a la calle se le imponía la obsesión de darse cuenta de por dónde desaparecían los transeúntes que con él se cruzaban, y si alguno se escapaba a sus miradas, le quedaba la penosa sensación de que podía haberle asesinado. Entre otras, entrañaba este caso una fantasía fratricida, pues «todos los hombres son hermanos». Dada la imposibilidad de llevar a cabo la labor a que su obsesión le obligaba, renunció el enfermo a salir y se pasaba la vida encerrado en su casa. Pero aun así no le fue posible hallar la tranquilidad, pues cada vez que leía en los periódicos la noticia de un crimen despertaba en su consciencia la sospecha de haber sido él el homicida. La convicción de no haber salido de su casa desde muchas semanas antes le protegió por algún tiempo de tales acusaciones, hasta el día en que surgió en él la idea de haber podido salir en estado de inconsciencia y haber cometido así el crimen sin darse cuenta. A partir de este día cerró la puerta de la escalera, entregó la llave a su anciana criada y le prohibió terminantemente que se la entregase, aunque fuera él mismo a pedírsela.

De aquí, procede, pues, la tentativa de explicación de que he cambiado de coche en estado de inconsciencia, explicación que se halla perfectamente concluida en las ideas latentes y ha sido transferida sin modificación alguna al sueño manifiesto, en el cual ha de servir para identificarme con la persona de dicho paciente. Su recuerdo fue despertado en mí por una asociación próxima.

Pocas semanas antes había hecho ya un viaje nocturno con dicho sujeto. Se hallaba ya curado y me acompañaba a casa de unos parientes suyos de provincias que habían solicitado mi visita. Tuvimos un vagón para nosotros solos, pudimos dejar las ventanillas abiertas durante toda la noche y conversamos agradablemente hasta que llegó el momento de dormir. La raíz principal de la enfermedad de este individuo se hallaba constituida por impulsos hostiles, de relación sexual, contra su padre, durante su infancia. Identificándome con él, confesaba yo algo análogo. La segunda escena de mi sueño se resuelve, en efecto, en una fantasía cuyo tema es el de mis dos maduros compañeros de viaje se conducen tan groseramente conmigo porque he venido a estorbar con mi presencia sus acostumbradas caricias nocturnas. Esta fantasía se refiere a su vez a una escena infantil en la que el niño, impulsado, sin duda, por la curiosidad sexual, penetra en la alcoba paterna,.siendo expulsado por la autoridad del padre. Creo innecesario continuar acumulando ejemplos, que no harían sino confirmar lo que ya nos han mostrado los que anteceden, o sea que los actos de juicio que aparecen en el sueño no son sino reproducción de un modelo dado en las ideas latentes. Y generalmente, una reproducción descentrada e incluida en un contexto inadecuado, aunque algunas veces, como sucede en el último de los ejemplos expuestos, sea tan hábilmente utilizada que da al principio la impresión de la existencia de una actividad intelectual independiente en el sueño. Partiendo de aquí podríamos dirigir nuestra atención a aquella actividad psíquica que, aunque no parece colaborar regularmente en la formación de los sueños, procura, cuando lo hace, fundir sensata y admisiblemente los elementos oníricos de origen heterogéneo. Pero creemos más urgente ocuparnos de las manifestaciones afectivas que surgen en el sueño y compararlas con los afectos que el análisis descubre en las ideas latentes.

h) Los afectos en el sueño.

Una atinada observación de Stricker ha atraído nuestra atención sobre el hecho de que las manifestaciones afectivas del sueño no pueden ser comprendidas en el juicio despectivo que al despertar hacemos recaer sobre el contenido manifiesto del mismo. En efecto, «cuando soñamos con ladrones y sentimos miedo, los ladrones son imaginarios, pero el miedo es real», como cualquier otro afecto que en el sueño experimentamos. El testimonio de nuestra sensación nos demuestra que dichos afectos son perfectamente equivalentes a los de igual intensidad surgidos en la vigilia. Más aún que en su contenido de representaciones, apoya el sueño en su contenido afectivo su aspiración a ser comprendido entre las experiencias reales de nuestra alma. Si tal inclusión parece inaceptable a nuestro pensamiento despierto es porque somos incapaces de evaluar psíquicamente un afecto fuera de su conexión con un contenido de representaciones. En cuanto al afecto y la representación no se corresponden en forma e intensidad, queda ya desconcertada nuestra facultad de juicio. Ha despertado siempre extrañeza el que las representaciones oníricas no traigan consigo muchas veces aquellos afectos que nuestro pensamiento despierto considera necesariamente concomitantes a ellas. Strümpell opinó a este respecto que las representaciones eran despojadas en el sueño de sus valores psíquicos. Pero sucede que también hallamos en él el fenómeno contrario, o sea la aparición de intensas manifestaciones afectivas concomitantes a un contenido que no parece dar ocasión alguna para un desarrollo de afecto. Sueños que nos muestran en una situación espantosa, peligrosa o repulsiva no nos hacen experimentar el menor miedo ni la más pequeña repugnancia, y, por lo contrario, en otros nos aterrorizamos de cosas inofensivas y nos regocijamos de cosas pueriles.

Este enigma del sueño se desvanece más rápida y completamente que ningún otro en cuanto pasamos del contenido manifiesto al latente, ahorrándonos así más amplia explicación. El análisis nos enseña que los contenidos de representaciones han pasado por desplazamientos y sustituciones, mientras que los afectos han permanecido intactos. No es, por tanto, extraño que el contenido de representaciones, transformado por la deformación onírica, no corresponda ya al afecto, el cual se ha conservado idéntico a sí mismo. Pero en cuanto el análisis vuelve a colocar en su lugar primitivo el contenido verdadero, todo vuelve a entrar en un orden lógico y no hay ya motivo ninguno de asombro.

Los afectos constituyen la parte más resistente de aquellos complejos psíquicos que han experimentado la acción de la censura, y, por tanto, la que mejor puede guiarnos en nuestra labor de interpretación. Esta circunstancia se nos revela en las psiconeurosis aún más claramente que en el sueño. En ellas acaba siempre por demostrarse plenamente justificado el afecto, por lo menos en lo que respecta a su cualidad, pues su intensidad puede ser incrementada por desplazamientos de la atención neurótica. El histérico que se asombra de experimentar un miedo increíble ante objetos totalmente inofensivos y el neurótico obsesivo que no puede explicarse por qué se convierten para él en fuentes de amargos reproches actos insignificantes yerran al atribuir la máxima importancia al contenido de representaciones -el objeto inofensivo o el acto insignificante- y combaten inútilmente sus síntomas tomando dicho contenido como punto de partida de sus reflexiones. El psicoanálisis interviene entonces y le muestra el camino acertado, reconociendo la perfecta justificación del afecto y buscando la representación a la que en realidad corresponde, representación que ha sido reprimida y sustituida por otra. Presuponemos al obrar así que el desarrollo de afecto y el contenido de representaciones no constituyen, contra lo que estamos acostumbrados a admitir, una unidad orgánica inseparable, sino que se hallan simplemente soldados entre sí y pueden ser aislados por medio del análisis. La interpretación de los sueños nos demuestra que así sucede, en efecto.

Expondré primero un ejemplo en el que el análisis explica la aparente ausencia de afecto en una representación que debía provocarlo.

I

«La sujeto ve un desierto y en él tres leones, uno de los cuales está riendo; pero no siente miedo ninguno. Sin embargo, debe de haber salido luego huyendo, pues quiere trepar a un árbol; pero encuentra que su prima, la profesora de francés, está ya arriba, etc.»

El análisis nos proporciona el material siguiente: el motivo -indiferente- del sueño ha sido una frase de su composición de inglés: la melena es el adorno del león. Su padre llevaba una frondosa barba que enmarcaba su rostro como una melena. La profesora que le daba lección de inglés se llamaba mis Lyons (lionsleones). Un conocido suyo le había mandado las Baladas, de Löwe (Löwe-león).

Así, pues, son éstos los tres leones de su sueño. ¿Por qué habría de sentir miedo de ellos? Ha leído una historia en la que un negro, perseguido por haber incitado a otros a rebelarse, se refugia en un árbol huyendo de una traílla de feroces mastines que siguen sus huellas. Luego surgen diversos recuerdos chistosos, como el de una receta para cazar leones, publicada en la revista humorística Fliegende Blätter: «Se toma un desierto, se cierne la arena y los leones quedan en el cedazo»; y el de la anécdota de un empleado al que se reprochaba mostrar poco interés en conquistarse el favor de su jefe, y que respondió: «No, también yo he intentado trepar por la cucaña de la adulación, pero cuando quise hacerlo ya había otra arriba.» Todo este material se nos hace comprensible cuando averiguamos que el día del sueño había recibido la sujeto la visita del jefe de su marido, el cual se mostró muy cortés con ella y le besó la mano. Pero la señora no le tuvo miedo ninguno (no mostró la menor cortedad), a pesar de saber que su visitante era un animal considerable (un personaje importante) y uno de los más admirados leones («elegantes») de la pequeña ciudad en que vivía. Este «león» puede, por tanto, compararse al del Sueño de una noche de verano, de Shakespeare, que despojado de su máscara, resulta ser Sung, el carpintero, e idénticamente sucede con todas las demás fieras que el sueño nos muestra y ante las que no experimentamos temor alguno.

II

Como segundo ejemplo citaré nuevamente el sueño de aquella muchacha que vio muerto y yacente en el ataúd al hijo de su hermana, sin experimentar ante tal escena el menor dolor o tristeza.

El análisis nos reveló por qué. Este sueño no hacía sino encubrir su deseo de volver a ver al hombre amado, y el afecto tenía que corresponder al deseo y no a su encubrimiento. No había, pues, motivo ninguno de tristeza. En algunos sueños conserva por lo menos el afecto cierta conexión con el contenido de representaciones al que en realidad corresponde y que ha sido objeto de una sustitución. En otros queda, en cambio, absolutamente separado de dichas representaciones y aparece incluido en un lugar cualquiera del contenido manifiesto, allí donde resulta posible adaptarlo a la nueva ordenación de los elementos del sueño. Sucede entonces lo mismo que antes comprobamos al examinar los actos de juicio del fenómeno onírico. Si en las ideas latentes existe una conclusión importante, el sueño manifiesto contendrá otra, pero esta última puede aparecer desplazada y referida a otro distinto material. No pocas veces sigue este desplazamiento el principio de la antítesis.

III

Con el ejemplo siguiente, sometido por mí a un minucioso y complejo análisis, ilustraré una tercera y última posibilidad.

«Un castillo a la orilla del mar. Luego no está ya en tal lugar, sino a la orilla de un canal que desemboca en el mar. El gobernador es un cierto señor P. Estoy con él en un gran salón con tres ventanas, ante las que se alza el extremo de una muralla almenada. He sido agregado a la guarnición, en calidad de oficial de Marina voluntario. Tememos la llegada de una escuadra enemiga, pues nos hallamos en guerra. El señor P. tiene el propósito de marcharse y me da instrucciones para la defensa, en el caso de que se confirmaran nuestros temores. Su mujer está enferma y se encuentra con los niños en el castillo amenazado. Cuando el bombardeo comience deberá ser evacuado el salón. El gobernador respira trabajosamente y quiere marcharse, pero le retengo preguntándole de qué manera podré enviarle noticias, si fuese necesario. Me responde algo y cae en el acto muerto. Quizá le he fatigado innecesariamente con mis preguntas. Después de su muerte, que no me causa ninguna impresión; pienso si la viuda permanecerá en el castillo y si debo comunicar la muerte del gobernador a la superioridad y tomar el mando, como me corresponde por ser el oficial de mayor categoría. Me asomo a la ventana e inspecciono los barcos que pasan: son barcos mercantes que surcan rápidamente las oscuras aguas. Unos tienen varias chimeneas y otros una cubierta convexa (como los techos de las estaciones de ferrocarril vistos en un sueño preliminar, no relatado). En esto llega mi hermano y se coloca a mi lado junto a la ventana, examinando conmigo el canal. La aparición de un barco nos sobresalta y exclamamos: `¡Ahí viene el barco de guerra!' Luego vuelven a pasar en sentido contrario los mismos buques que ya vi antes, y entre ellos un barquito cómicamente cortado por la mitad. Sobre la cubierta aparecen extraños objetos semejantes a copas o cajitas. Simultáneamente exclamamos: `Es el barco del desayuno'.»

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