La interpretación de los sueños

Sigmund Freud

LA ELABORACIÓN ONÍRICA
(27ª parte)

El análisis de este sueño continúa ahora como sigue: al recuerdo del interrogatorio del catedrático sucede el de la lista de los estudiantes de la Universidad, documento que en mis tiempos se redactaba en latín, y luego el de la marcha que seguí en mis estudios. Los cinco años que constituían la duración oficial de la carrera de Medicina fueron nuevamente poco para mí, pues proseguí mis estudios más allá de este plazo, sin solicitar el examen de doctorado, dando lugar a que se me creyera insuficientemente preparado y se dudara de verme llegar alguna vez a la conclusión de mi carrera. Entonces me decidí rápidamente a doctorarme y obtuve brillantemente mi título, contra lo que el aplazamiento había hecho pensar. Este recuerdo refuerza las ideas latentes que opongo enérgicamente a los que me critican: «Aunque no queráis creerlo nunca, porque encontráis que me tomo demasiado tiempo, llego, sin embargo, siempre a la conclusión. Así os lo he demostrado ya muchas veces.»

Este mismo sueño contiene en su principio algunas frases a las que es difícil negar su carácter de argumentación, y de una argumentación nada absurda, que hubiera podido desarrollarse idénticamente en el pensamiento despierto. En el sueño me causa risa la carta del Ayuntamiento, pues en 1851 no había yo aún nacido, y mi padre, al que pudiera referirse, ha muerto ya. No sólo son exactas ambas circunstancias, sino que coinciden perfectamente con los argumentos que hubiera alegado si en realidad hubiese recibido tal reclamación. Por el análisis antes efectuado sabemos que este sueño se halla basado en ideas latentes saturadas de amarga burla. Aceptando, además, que la censura ha de haberse mostrado en este caso altamente rigurosa, comprenderemos que la elaboración onírica tiene que haber encontrado en él todas las condiciones para la creación de una irreprochable refutación de una imputación desatinada, conforme al modelo contenido en las ideas latentes. Pero el análisis nos muestra que la elaboración onírica no es encargada aquí de una libre creación ulterior, sino que tiene que utilizar para sus fines un material dado en las ideas latentes.

Es como si una ecuación compuesta de cifras y signos matemáticos (un +, un -, un exponente y un radical) fuese transcrita por una persona ignorante que, copiando fielmente cifras y signos, trastrocase por completo su orden de sucesión. Los dos argumentos pueden ser referidos al material siguiente: me es desagradable pensar que algunas de las hipótesis en que fundo mi solución psicológica de las psiconeurosis habrán de tropezar con la burla y la incredulidad. Así, he de afirmar que las impresiones recibidas por el sujeto cuando tenía dos años e incluso otras del primer año de su existencia dejan una huella duradera en su vida anímica y, aunque dislocadas y exageradas por el recuerdo, pueden constituir la primera y más profunda base de un síntoma histérico. Algunos pacientes a los que expongo estas explicaciones en el momento oportuno del tratamiento suelen parodiarlas declarándose dispuestos a buscar recuerdos del tiempo en que aún no habían nacido a la vida. Análoga acogida esperaba, en mi opinión, al descubrimiento del insospechado papel que en los más tempranos sentimientos sexuales de las enfermas neuróticas hubo de desempeñar la persona del padre (véanse S. de muerte de seres queridos).

Y, sin embargo, mis investigaciones me han llevado a la convicción de la absoluta exactitud de ambas hipótesis. Para reforzar mi convencimiento evoco algunos ejemplos de enfermas cuyo padre murió hallándose ellas en su más tierna infancia y en las que determinados fenómenos -inexplicables de otro mododemostraron que la niña había conservado, sin embargo, inconscientemente, recuerdos de la persona tan tempranamente desaparecida de su vida. Sé que estas dos afirmaciones mías reposan en deducciones que habrán de ser enérgicamente combatidas. Así, pues, el aprovechamiento material de estas deducciones, cuya discusión espero por la elaboración onírica y para la creación de deducciones inatacables, es un rendimiento de la realización de deseos.

VII

En un sueño al que antes aludimos de pasada queda manifiestamente expresado el asombro ante el tema que comienza a iniciarse: «El anciano Brücke ha debido encargarme un trabajo que se refiere extrañamente a la preparación anatómica de la parte inferior de mi propio cuerpo - al abdomen y las piernas-, que veo colocada ante mí como en la sala de disección, aunque no siento su falta ni experimento terror ninguno. Luisa N. está a mi lado y realiza conmigo el trabajo. El abdomen ha sido vaciado, separando la masa intestinal; y muestra unas veces su parte superior y otras su parte inferior, mezclándose y confundiéndose ambos aspectos. Gruesos núcleos de carne roja aparecen visibles (en el sueño pienso al verlos en las hemorroides). Había también que limpiar cuidadosamente algo que se veía sobre ellos y que parecía papel de plata muy arrugado. Luego volvía a poseer mis piernas y caminaba por la ciudad; pero, sintiéndome fatigado, tomaba un coche. Con gran asombro mío entró éste por el portal de una casa, cuyas puertas se abrieron ante él, dándole paso a través de un pasaje que desembocaba de nuevo en la calle. Por último, camino atravesando diversos lugares, acompañado por un guía alpino que lleva mi equipaje. Durante un rato me lleva también a mí en vista de la fatiga de mis piernas. El terreno era pantanoso e íbamos por la orilla. Hay mucha gente sentada en el sueño. Parecen indios o gitanos. Entre ellos, una muchacha. Antes había yo andado sin ayuda ninguna sobre aquel suelo escurridizo, continuamente admirado de poder moverme con tanta facilidad después de la preparación. Por fin, llegamos a una pequeña casa de madera en cuyo fondo se abría una ventana. El guía me deja entonces en el suelo y coloca sobre el alféizar de la ventana dos tablones, dispuestos allí de antemano para formar un puente sobre el abismo que se extiende al otro lado. Siento ahora verdaderamente miedo por mis piernas. Pero en vez del peligroso paso esperado veo dos hombres tendidos en unos bancos de madera adosados a la pared de la casita, y junto a ellos, algo como dos niños durmiendo. Como si no fueran los tablones, sino los niños, los que hubieran de hacer posible el paso. En este punto del sueño despierto sobresaltado.»

Aquellos que hayan tenido alguna ocasión de examinar la enorme labor que lleva a cabo la condensación onírica podrán representarse fácilmente el número de páginas que habría de ocupar un análisis detallado de este sueño. Por fortuna para la coherencia de nuestra exposición no tengo que tomar de él sino el ejemplo de admiración dentro del sueño mismo, que se nos ofrece en su principio con la interpolación del adverbio extrañamente. Comenzaré por exponer el motivo ocasional del sueño. No es otro que la visita del Luisa N., la misma señora que luego se me muestra ayudándome en mi trabajo anatómico. «Préstame algo que leer», me había dicho. Yo le ofrecí She, de Rider Haggard, y queriéndole dar alguna explicación sobre esta obra, añadí: «Es un libro algo extraño, pero lleno de un oculto sentido… Lo eterno femenino; la inmortalidad de nuestros afectos.» «Lo he leído ya -me interrumpió-.¿No tienes nada tuyo?» «No; las obras que me han de inmortalizar no han sido escritas todavía.» «Entonces, ¿cuándo vas a publicar las Aclaraciones que nos tienes anunciadas y de las que dijiste que estarían a nuestro alcance?» Adivinando que mi interlocutora hablaba aquí por cuenta ajena, guardé silencio y pensé en la violencia que me cuesta dar a la publicidad mi trabajo sobre los sueños, en el que me veo obligado a revelar tantas intimidades. «Lo mejor que saber puedes no te es dado decirlo a los niños ('Das Beste was du wissen kannst, Darfst du Buben doch nicht sagen', del Fausto de Goethe).» La preparación anatómica de una parte de mi propio cuerpo es, por tanto, el autoanálisis enlazado a la comunicación de mis sueños. La intervención del viejo Brücke está perfectamente justificada, pues ya en mis primeros años de labor científica había ido dejando impublicado un descubrimiento hecho por mí hasta que su enérgica autoridad me obligó a darlo a conocer. Pero los demás pensamientos que se enlazan a mi conversación con Luisa N. poseen raíces demasiado hondas para hacerse conscientes y quedan desviados hacia el material que la mención de la citada obra de Rider Haggard ha despertado simultáneamente en mí. A este libro y a otro del mismo autor, titulado Heart of the world, se refiere el juicio extrañamente. Asimismo, numerosos elementos del sueño están tomados de ambas fantásticas novelas. El terreno pantanoso por el que es uno llevado en brazos y el abismo que hay que franquear pasando por unos tablones traídos al efecto proceden de She; los indios, la muchacha y la barraca de madera, de Heart of the world. En ambas novelas es una mujer la figura principal y se trata de peligrosas expediciones. She desarrolla una aventurada exploración de lo desconocido, donde jamás puso su planta un ser humano. La fatiga de mis piernas era una sensación que experimentaba realmente por aquellos días y correspondía a un estado general de cansancio, susceptible de ser concretado en la pregunta: ¿Cuánto tiempo podrán sostenerme aún mis piernas? (¿Cuánto tiempo puede quedarme de vida?) En She termina la aventura con la muerte de la protagonista, que, habiendo salido a la conquista de la inmortalidad para sí y para los suyos, perece en el misterioso fuego central. En las ideas latentes ha surgido, sin duda, un análogo temor. La «casita de madera» es indudablemente el ataúd, o sea la tumba. También en la representación de este pensamiento, el más indeseado de todos, por medio de una realización de deseos, ha realizado la elaboración onírica una obra maestra. Me he hallado, en efecto, ya una vez en una tumba; pero fue en una tumba etrusca descubierta cerca de Orvieto: una estrecha cámara con dos bancos de piedra adosados a las paredes y sobre los que yacían dos esqueletos. La casita de mi sueño presenta exactamente esta misma disposición sustituyéndose tan sólo la madera a la piedra. El sueño parece decir: «Si has de ir a la tumba, que sea a la tumba etrusca», y con esta sustitución transforma la más triste de las expectativas en otra muy deseada.

Desgraciadamente, no puede el sueño transformar en su contrario, como ya veremos en páginas ulteriores, más que la representación que acompaña al afecto y no el afecto mismo. De aquí el sobresalto con que despierto. Al final de este sueño alcanza también una representación la idea de que quizá los hijos consigan aquello que ha sido negado al padre, nueva alusión a la extraña novela, en la que la identidad de una persona permanece conservada a través de una serie de generaciones durante dos mil años.

VIII

En el desarrollo de otro sueño hallamos igualmente una expresión del asombro que su contenido manifiesto despierta en mí, pero enlazada esta vez con una tentativa de aclaración tan singular y tan ingeniosamente buscada al parecer, que sólo por ella hubiera sometido el sueño completo a un minucioso análisis, aunque no hubiese presentado otras particularidades interesantes. En la noche del 18 al 19 de julio voy durmiendo en el tren de Südbahn y oigo entre sueños: «Hollthurn, diez minutos.» En seguida pienso en la holoturias -en un museo de historia natural-y luego en que es éste el lugar donde un puñado de hombres de valor se defendió en vano contra el poder inmensamente superior de su monarca. ¡Sí; la Contrarreforma en Austria! Como si fuese un lugar de Steiermark o del Tirol. Veo ahora imprecisamente un pequeño museo en el que se conservan los restos o las pertenencias de aquellos hombres. Quisiera bajarme, pero lo dejo para más tarde. Sentadas sobre el andén hay varias mujeres -vendedoras de fruta- que tienden hacia nosotros sus cestos con ademán grandemente invitador. He dudado en bajar porque no sabía si tendría tiempo, y resulta que aún estamos parados. De repente me encuentro en otro departamento, en el que el respaldo y los asientos son tan estrechos, que la espalda se apoya en el trasero del coche. Experimento asombro, pero quizá es que he cambiado de coche durmiendo. Varias personas, entre ellas dos jóvenes ingleses, hermano y hermana. Veo claramente una hilera de libros colocada en un estante adosado a la pared. Entre ellos, dos volúmenes muy gruesos y encuadernados en tela: Wealth of nations y Matters and Motion (de Maxwell). El joven pregunta a su hermana si ha olvidado un libro de Schiller. Los libros parecen tan pronto pertenecerme como ser propiedad de los otros dos. Quiero mezclarme en la conversación para confirmar o apoyar algo… Despierto bañado en sudor, pues están cerradas todas las ventanillas. El tren se halla parado en la estación de Marburgo…

Al sentar mi sueño por escrito recuerdo otro fragmento olvidado hasta entonces: «Refiriéndome a una determinada obra, digo a los hermanos: «It is from…»; pero rectifico al punto: «It is by…» El joven advierte entonces a su hermana: «Lo ha dicho bien.»

El sueño comienza oyendo yo gritar el nombre de la estación -Marburgo- en la que el tren se había detenido, nombre que queda sustituido por el de Hollthurn. Pero la mención de Schiller, nacido en Marburgo, demuestra que fue éste realmente el nombre que oí medio dormido. A pesar de ir en primera, hice este viaje en condiciones muy incómodas. El tren iba abarrotado y subí en un departamento en el que viajaba un matrimonio de aspecto distinguido, pero que no tuvo la suficiente urbanidad para ocultar el desagrado que mi intrusión le producía o no creyó que valla la pena disimularlo. Mi cortés saludo quedó incontestado: la señora, que se hallaba sentada al lado de su marido, de espaldas a la máquina, se apresuró a colocar su sombrilla en el asiento frontero, junto a la ventanilla, cerró la puerta de golpe y, advirtiendo la mala impresión que me había producido la enrarecida atmósfera del departamento, pronunció unas frases malhumoradas sobre lo molesto que sería que alguien abriese las ventanillas. Según mi experiencia de viajero, esta desconsiderada conducta es característica de las personas que poseen billete de favor. En efecto, cuando vino el revisor y, después de picar un billete, pagado sin rebaja alguna, se dirigió a mis compañeros de viaje, resonó una voz amenazadora: «Mi marido tiene pase.» La señora era una matrona de imponente aspecto y cara de vinagre. El marido no pronunció palabra alguna ni se movió en todo el tiempo. A pesar del calor y del enrarecimiento del aire en el vagón, cerrado a piedra y lodo, logré dormirme. En mi sueño tomé tremenda venganza de mis desagradables compañeros de viaje.

No puede imaginarse qué graves insultos y humillaciones se esconden detrás de los inconexos fragmentos de su primera mitad. Una vez satisfecha esta necesidad, se impone un segundo deseo: el de cambiar el coche. El fenómeno onírico varía tantas veces la escena, sin que tales mutaciones nos extrañen, que la sustitución de mis poco amables compañeros por otros agradablemente recordados no me hubiera causado el menor asombro. Pero en el caso presente hay algo que se opone a la mutación de la escena y hace necesaria una explicación. ¿Cómo es que me encuentro de repente en otro departamento, si no recuerdo haber bajado del primero? No puede haber sino una explicación: Sin duda, he cambiado de coche durmiendo, suceso extraño, desde luego, pero no sin ejemplo en los anales de la Neuropatología. Sabemos, en efecto, de enfermos neuróticos que emprenden viajes hallándose en un estado de obnubilación no revelado al exterior por signo alguno y que al recobrar la consciencia en un punto cualquiera del trayecto se preguntan asombrados cómo han podido llegar hasta allí. De este modo explico en mi sueño mi conducta como uno de esos casos de automatismo ambulatorio.

El análisis permite una solución diferente. La tentativa de explicación que tanto me impresiona, si he de atribuirla a la elaboración onírica, no es original, sino copiada de la neurosis de uno de mis pacientes: Ya en otro lugar he relatado el caso de un individuo de gran cultura y extremadamente bondadoso que, después de la muerte de sus padres, comenzó a acusarse de experimentar tendencias homicidas, atormentándose con las medidas de precaución que se veía obligado a tomar para no hacerse reo de un crimen. Era éste un caso de graves representaciones obsesivas con plena conservación del conocimiento.

Anterior Siguiente
Contenido relacionado: