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La interpretación de los sueños

Sigmund Freud

LA ELABORACIÓN ONÍRICA
(9ª parte)

La inversión o transformación de un elemento es su contrario en uno de los medios de representación que el sueño emplea con mayor frecuencia, por serle de múltiple utilidad, sirviendo, en primer lugar, para dar cuerpo a la realización de deseos, contraria a un determinado elemento de las ideas latentes. La expresión «¡Ojalá hubiera sido al revés!», es, con frecuencia, la que mejor traduce la reacción del yo contra un recuerdo penoso. Pero cuando la inversión se nos muestra más valiosa es cuando la consideramos desde el punto de vista de la censura, pues crea una considerable deformación de los elementos que de representar se trata, hasta el punto de paralizar, al principio, toda tentativa de comprensión del sueño. Por tanto, cuando un sueño nos rehúsa tenazmente su sentido, deberemos intentar la inversión de determinados fragmentos de su contenido, operación con la cual queda todo aclarado en el acto muchas veces. A más de la inversión del contenido, habremos también de tener en cuenta la de la sucesión en el tiempo. La deformación onírica emplea, en efecto con frecuencia, la técnica consistente en representar, al principio del sueño el desenlace del suceso o la conclusión del proceso mental, y, al final del mismo, las causas del primero o las premisas del segundo. Aquellos que no tengan en cuenta este medio técnico de la deformación onírica permanecerán perplejos ante la labor de interpretación.

Suele incluso suceder que en algunos casos no conseguimos descubrir el sentido del sueño hasta después de haber llevado a efecto, en el contenido manifiesto, la inversión de múltiples y muy diversas relaciones. De este modo se esconde, por ejemplo, en el sueño de un neurótico obsesivo, el recuerdo de su deseo infantil de la muerte de su temido padre, detrás de las siguientes palabras: Su padre le regaña porque vuelve muy tarde a casa. Pero los datos obtenidos con anterioridad en el tratamiento y las ocurrencias del sujeto demuestran que la idea primitiva es la de que se halla enfadado con su padre, y que para él siempre volvía éste a casa demasiado temprano (demasiado pronto). Hubiera preferido que no hubiera vuelto, deseo idéntico al de su muerte. Siendo niño se había hecho culpable el sujeto de una agresión sexual a otra persona durante una larga ausencia de su padre, y había sido amenazado con las palabras: «¡Ya verás cuando vuelva tu papá!»

Si queremos proseguir aún más allá las relaciones entre el contenido manifiesto y las ideas latentes tomaremos como el mejor punto de partida el sueño mismo y nos plantearemos la interrogación de cuál es, con relación a las ideas latentes, el significado de determinados caracteres formales de la representación onírica. A estos caracteres formales, que tienen que despertar nuestra atención al examinar el sueño, pertenecen ante todo las diferencias de intensidad sensorial de los distintos productos oníricos y las de claridad de los diversos fragmentos de un sueño o de sueños enteros comparados entre sí. Las diferencias de intensidad de los diversos productos oníricos forman toda una escala, que va desde una agudeza de impresión que nos inclinaríamos a colocar por cima de la realidad - aunque claro está que sin garantías- hasta una enfadosa vaguedad, que declaramos característica del sueño, por no ser comparable exactamente a ninguno; de los grados de precisión que tenemos lugar de percibir en los objetos de la realidad.

Acostumbradamente calificamos también de «fugitiva» la impresión que de un borroso objeto onírico recibimos, mientras que de los objetos oníricos más precisos opinamos que han permitido una más larga percepción. Surge aquí la interrogación de cuáles son las condiciones del material onírico a las que obedecen estas diferencias de vitalidad de los diversos trozos del contenido manifiesto.

Habremos de rebatir ante todo algunas hipótesis que parecen imponerse a este respecto. Dado que en el material onírico pueden hallarse incluidas, desde luego, sensaciones reales percibidas durante el reposo, se supondrá, probablemente, que estas sensaciones o los elementos oníricos de ellas derivados se significan, en el contenido manifiesto, por una especial intensidad; o inversamente, que aquello que en el sueño muestra una especial intensidad podrá ser referido a dichas sensaciones reales. Ahora bien: mi experiencia no me ha confirmado jamás estas hipótesis. No es exacto que aquellos elementos del sueño que son derivados de sensaciones percibidas durante el reposo (estímulos nerviosos) se distingan, por su mayor intensidad de los que proceden de recuerdos. El factor realidad carece de toda influencia sobre la determinación de la intensidad de las imágenes oníricas.

Podría también suponerse que la intensidad sensorial (vivacidad) de las diversas imágenes oníricas se hallaba en relación con la intensidad psíquica de los elementos correspondientes en las ideas latentes. En estas últimas, la intensidad coincide con el valor psíquico, y los elementos más intensos no son otros que los más importantes, los cuales constituyen el nódulo. Ahora bien: sabemos que precisamente la mayor parte de estos elementos no consiguen pasar, por impedírselo la censura, al contenido manifiesto. Sin embargo, podría ser que aquellos más próximos derivados suyos, que los representan, mostrasen en el sueño un más alto grado de intensidad, sin que por ello tuvieran que constituir el centro de la representación onírica. Pero también esta sospecha queda destruida por la observación comparativa del sueño y el material onírico. La intensidad de los elementos del primero no tiene nada que ver con la de los que constituyen el segundo, y entre el material onírico y el sueño tiene, efectivamente lugar una completa transmutación de todos los valores psíquicos. Un elemento fugitivamente animado y encubierto por imágenes más intensas es muchas veces el único que descubrimos, constituye un derivado directo de aquello que en las ideas latentes dominaba en absoluto.

La intensidad de los elementos del sueño aparece determinada en otra forma distinta y por los factores independientes entre sí. En primer lugar advertimos sin esfuerzo la especial intensidad con la que se nos muestran representados en el sueño aquellos elementos en los que se exterioriza la realización de deseos, y en segundo, nos descubre el análisis que aquellos elementos que aparecen dotados de una vitalidad son a la vez los que constituyen el punto de partida de un más amplio número de rutas mentales y los mejor determinados. Este principio, empíricamente establecido, puede ser formulado en los siguientes términos: los elementos que mayor intensidad muestran en el sueño son aquellos cuya formación ha exigido una mayor labor de condensación. Esta condición y la anteriormente señalada de la realización de deseos habrán de poder ser encerradas en una única fórmula.

El problema al que las precedentes consideraciones se refieren, o sea el de las causas de la mayor o menor intensidad o precisión de los diversos elementos del sueño, no debe ser confundido con el que plantea la distinta claridad de sueños enteros o fragmentados, lo contrario de precisión es vaguedad; en el segundo, confusión. Sin embargo, es innegable que las cualidades ascendentes y descendentes de ambas escalas se presentan en mutua correspondencia.

Aquellos fragmentos de un sueño que muestran una mayor claridad contienen, en su mayor parte, elementos intensos, y por el contrario, un sueño oscuro se halla constituido por muy escasos elementos intensos. Pero el problema planteado por la escala que se extiende desde lo aparentemente claro hasta lo impreciso y confuso es mucho más complicado que el de las oscilaciones de la vivacidad de los elementos del sueño, y por razones que más adelante expondremos, no nos es posible someterlo todavía a discusión. En algunos casos observamos, no sin sorpresa, que la impresión de claridad o imprecisión producida por un sueño no depende en absoluto del proceso de su constitución, sino que procede del material onírico, a título de componente del mismo. Así, recuerdo un sueño que me pareció, al despertar, tan especialmente bien constituido, coherente y claro, que antes de disipar por completo en mí el aturdimiento del reposo, me propuse establecer una nueva categoría de sueños no sometidos a los mecanismos de la condensación y el desplazamiento, y que habrían de calificarse de «fantasía durante el reposo». Pero un más detenido examen me demostró que ese sueño poco común presentaba en su constitución las mismas fisuras y soluciones de continuidad que otro cualquiera, con lo cual hube de renunciar a la categoría de las fantasías oníricas. Su contenido era que yo exponía a mi amigo Fliess una difícil teoría de la bisexualidad, constituida al cabo de trabajosas investigaciones, y la fuerza realizadora de deseos hacía que dicha teoría (que, por lo demás, no era comunicada en el sueño) nos pareciese clara y sin lagunas. Así, pues, aquello que yo había considerado como un juicio sobre el sueño completo era una parte, y precisamente la esencial, del contenido onírico. La elaboración onírica parecía extenderse, en este caso, a los comienzos del pensamiento despierto y me ofrecía como juicio sobre el sueño aquella parte del material onírico cuya exacta representación no le había sido dado conseguir en el mismo. Análogo a éste es el caso de una paciente mía que, hallándose sometida al tratamiento psicoanalítico, se resistió a relatarme un sueño, cuyo análisis había de formar parte del mismo, alegando que «era demasiado impreciso y confuso». Por último, entre repetidas protestas de la insegura vaguedad de las representaciones oníricas, relató que su sueño le había presentado varias personas -ella misma, su marido y su padre-, siendo como si ella no hubiese sabido si su marido era su padre o quién era su padre o algo parecido. La comparación de este sueño con las ocurrencias de la sujeto durante la sesión demostró, sin lugar a dudas, que se trataba de la vulgar historia de una criada que había tenido que confesar hallarse embarazada y a la que se expresaban dudas sobre «quién sería el padre» (del esperado hijo). La oscuridad que el sueño mostraba era, pues, también en este caso, una parte del material que hubo de provocarlo, y esta parte quedaba representada en la forma misma del sueño. La forma del sueño o del soñar es utilizada con sorprendente frecuencia para la representación del contenido encubierto.

Las glosas del sueño, esto es, las observaciones aparentemente inocentes sobre el mismo, tienden con frecuencia a ocultar, con el mayor refinamiento, un fragmento de lo soñado, aunque lo que en realidad hagan es revelarlo. Así, cuando un sujeto dice: «Al llegar aquí se borra (se limpia) el sueño», y descubre luego el análisis una reminiscencia infantil de haber espiado a una persona que se limpiaba después de defecar. Y en este otro caso, que precisa de una más amplia comunicación. Un joven tiene un claro sueño, que le recuerda una fantasía infantil de la cual ha conservado consciencia. Se encuentra por la noche en un hotel y, equivocándose de habitación, sorprende a una señora ya madura y a sus dos hijas, que se están desnudando para acostarse. Al llegar a este punto de su relato dice el sujeto: «Aquí presenta el sueño varios huecos, como si faltase algo, y luego prosigue con la aparición en el cuarto de un hombre que quiere expulsarme y con el que tengo que luchar.» Después de inútiles esfuerzos del sujeto por recordar el contenido y la intención de la fantasía infantil, a la que su sueño alude abiertamente, advertimos que dicho contenido resulta dado en sus propias manifestaciones sobre el fragmento onírico impreciso. Los huecos se refieren a los genitales de las mujeres que se desnudan para acostarse y la frase como si faltara algo describe el carácter principal del órgano sexual femenino. En sus años infantiles ardía el sujeto en curiosidad por ver unos genitales femeninos, y se inclinaba aún a la teoría sexual infantil que atribuye a la mujer la posesión de un miembro viril.

Una análoga reminiscencia revistió parecida forma en otro sujeto: «Sueño que entro con la señorita de K. en el restaurante del parque; luego sigue una parte oscura, una interrupción…; después me encuentro en la sala de una casa de prostitución, en la que veo a dos o tres mujeres, una de ellas en camisa y pantalones.»

Análisis.- La señorita de K. es la hija de un antiguo jefe suyo, y como el mismo sujeto indica, una persona sustitutiva de su hermana. No ha tenido sino muy pocas ocasiones de hablar con ella; pero una vez entablaron una conversación en la que «reconocieron» su diferencia de sexo, como si se hubieran dicho: «Yo soy un hombre y tú una mujer.» En el restaurante de su sueño no ha estado sino una sola vez, acompañando a la hermana de su cuñado, muchacha que le es por completo indiferente. Otra vez acompañó a tres señoras hasta la entrada del mismo. Dichas tres señoras eran su hermana, su cuñada y la citada hermana de su cuñado, indiferentes las tres para él, pero pertenecientes a la serie de la hermana. Sólo rarísimas veces -dos o tres en toda su vida- ha entrado en una casa de prostitución.

La interpretación se apoyó en la parte oscura o la interrupción del sueño, y confirmó que, siendo niño, había sido llevado el sujeto por su curiosidad a contemplar, aunque sólo muy raras veces, los genitales de su hermana. Algunos días después surgió en él el recuerdo consciente del reprobable acto a que el sueño aludía.

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