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La interpretación de los sueños

Sigmund Freud

MATERIAL Y FUENTES DE LOS SUEÑOS
(7ª parte)

En el análisis de este sueño recuerdo inesperadamente la primera novela que leí -tendría yo unos trece años-, empezándola por el final del primer tomo. Nunca he sabido cómo se titulaba ni quién era su autor, pero, en cambio, conservo un vivo recuerdo de su desenlace. El protagonista pierde la razón y repite incansablemente los nombres de las tres mujeres que han significado la mayor felicidad y la más amarga desgracia de su vida. Pelagia es uno de estos nombres. No sé aún para qué podrá serme útil en el análisis este recuerdo. A las tres mujeres de mi sueño se asocian ahora las tres Parcas que tejen los destinos de los hombres, y sé que una de las tres mujeres -en el sueño, la dueña de la casa es la madre, que da la vida al hombre, y con ella, como a mi en este ejemplo, el primer alimento. En el seno femenino coinciden el hambre y el amor. Una anécdota cuenta que un joven, gran admirador de la belleza femenina, exclamó al oír ponderar la arrogancia de la nodriza que le había amamantado: «¡Lástima no haber podido aprovechar mejor la ocasión!» De esta anécdota me suelo servir para explicar el factor «posterioridad» en el mecanismo de las neurosis. Una de las Parcas mueve las manos una contra otra, como si estuviese haciendo albóndigas, ocupación singular para una Parca y que precisa de urgente esclarecimiento. Afortunadamente, nos lo proporciona en seguida otro recuerdo infantil aún más temprano. Teniendo yo seis años, mi madre, que procuraba ir dándome las primeras lecciones de cosas, me dijo que estábamos hechos de tierra y que por ello, a la tierra habíamos de volver; cosa que me resistí a aceptar, manifestando mi incredulidad. Entonces, para convencerme, frotó mi madre las palmas de sus manos una contra otra, con movimiento idéntico al de quien hace albóndigas, y me mostró las negras escamas que de este modo quedan arrancadas de la epidermis como prueba de la tierra de que estamos hechos.

Asombrado ante esta demostración ad oculos, me rendí a la enseñanza contenida en las palabras de mi madre, enseñanza que después había de hallar expresada en la frase de que «todos somos deudores de una muerte a la Naturaleza». Así, pues, son verdaderamente las Parcas aquellas mujeres que encuentro al penetrar en la cocina en busca de alimento, como acostumbraba hacerlo de niño, cuando sentía apetito y me aconsejaba mi madre que esperase hasta que acabara ella de preparar la comida.

Albóndigas. De por lo menos uno de los profesores a cuya clase asistí en la Universidad, precisamente aquel al que debo mis conocimientos histológicos (epidermis), tenía que recordar ante la palabra «albóndigas» (Knödl) a una persona poco grata para él, como autora de un plagio de sus obras. Cometer un plagio, apropiarnos algo que hallamos a nuestro alcance, aunque no nos pertenezca, son temas que conducen a la segunda parte del sueño, en la que se me tomó por el ladrón de gabanes que durante una temporada realizó numerosísimos hurtos de este género en los sitios de reunión pública. En el curso del análisis se me ha venido a la pluma espontáneamente la palabra plagio , y observo ahora que debe pertenecer también al contenido latente, pues puede servir de puente (Brücke) entre los diversos fragmentos del contenido manifiesto.

La cadena de asociaciones. Pelagia (plagio) plagiostomas (tiburones) -vejiga de pescado- enlaza la vieja novela con el asunto Knödl y con los gabanes, que aluden indudablemente a un determinado utensilio de la técnica sexual. (Cf. el sueño de Maury «Kilotería».) Ciertamente, es este enlace harto forzado e insensato, pero no me hubiese sido posible establecerlo ahora, en la vigilia, si la elaboración onírica no lo hubiese establecido ya con anterioridad. Y aún más: la palabra Brücke (puente), surgida antes en el análisis y correspondiente, además, a un apellido que evoca en mí cariñosos sentimientos , sirve, como si para la tendencia a constituir relaciones no hubiese nada sagrado, para recordarme el Instituto del mismo nombre en el que pasé horas felicísimas, consagrado al estudio y libre de todo otro deseo («Cada día hallaréis un mayor placer en los pechos de la Sabiduría»), al paso que ahora, mientras sueño, me hallo plagado por las más urgentes necesidades.

Por último emerge el recuerdo de otro querido profesor, cuyo nombre (Fleischl) evoca de nuevo algo comestible (Fleisch-carne), como antes Knödl (Knödlalbóndigas), y además el de una triste escena en la que desempeñan un papel las escamas epidérmicas (la madre, dueña de la casa), la demencia (la novela) y un producto que quita el apetito: la cocaína.

De este modo podía proseguir por las laberínticas rutas mentales y esclarecer el fragmento de mi sueño, al que aún no hemos llegado en el análisis; pero los sacrificios personales que ello exigiría son tan grandes que me veo obligado a silenciar el resto de mi labor de interpretación. Recogeré, pues, tan sólo uno de los hilos susceptibles de conducirnos directamente a una de las ideas latentes sobre las que reposa toda la embrollada madeja de este sueño. El desconocido que me impide ponerme el gabán muestra rasgos fisonómicos muy semejantes a los de un comerciante de Spalato en cuya tienda compró mi mujer gran cantidad de telas turcas. Este comerciante se llamaba Popovic, nombre sospechoso (Popotrasero), que ya inspiró al humorista Stettenheim una divertida observación.

«Después de decirme su nombre, me estrechó la mano, ruborizándose.» Este aprovechamiento de nombre propio para un chiste es idéntico a los que mi sueño se permite con los de Palagia, Knödl, Brücke y Fleischl. A este uso vicioso de los nombres propios son muy aficionados los niños y constituye una falta de educación; pero si yo incurro en ella en mi sueño, es a modo de venganza, pues mi propio nombre ha sido utilizado muchas veces para tales fines. La general susceptibilidad ante estos juegos con nuestro nombre, al que nos sentimos tan unidos como a nuestra piel, fue ya observada por Goethe cuando Herder hizo sobre el suyo los versos:

Tú que desciendes de los dioses (Götter), de los godos (Goten) o del fango (Kot).

También sois polvo, imágenes de los dioses.

Advierto ahora que la disgresión sobre el uso vicioso de los nombres propios no ha sido sino una preparación de esta queja. Pero dejemos ya esto.

Las compras efectuadas en Spalato me recuerdan otras realizadas en Cattaro, en las que me mostré demasiado económico y perdí la ocasión de adquirir algunos bellos objetos. (Véase la anécdota del ama.) Una de las ideas latentes que el hambre inspira al sueño es la siguiente: No debemos dejar escapar nada, sino tomar aquello que a nuestro alcance hallemos, aunque al obrar así cometamos una pequeña falta. No debemos desperdiciar ocasión alguna, pues la vida es corta y la muerte inevitable. Mas por entrañar un sentido sexual y no querer detenerse ante las barreras éticas, tropieza este carpe diem con la censura y tiene que ocultarse detrás de un sueño. A este resultado coadyuvan todas las ideas a él contrarias, el recuerdo de la épocas en que el alimento espiritual me era suficiente y, por último, todas las conveniencias opuestas y hasta la amenaza de los más variables castigos sexuales.

V. La comunicación de otro sueño precisa de una amplia información preliminar. El día inmediatamente anterior fui en coche a la estación del Oeste con objeto de tomar el tren que había de conducirme a Ausse, donde pensaba pasar las vacaciones, y penetré en el andén con los viajeros del tren de Ischl, que salía antes que el mío. Momentos después llegó el conde de Thun, que iba a reunirse en Ischl con el emperador. A pesar de la lluvia, venía en coche abierto. El portero del andén no le reconoció y quiso detenerle para pedirle el billete, pero el conde rechazó con un ademán y pasó sin darle explicación alguna. Después de la partida del tren de Ischl hubiera debido retornar a la sala de espera, pues no está permitida la permanencia en los andenes entre tren y tren, pero queriendo evitarme el calor que en dicha sala reinaba, decidí infringir tal disposición, y conseguí, no sin algún trabajo, que me dejaran donde estaba. Como pasatiempo, me dediqué a espiar si llegaba alguien hasta el tren para hacerse reservar el sitio, proponiéndome, si así sucedía, exigir que se me concediese igual derecho. Mientras tanto, estuve tarareando una musiquilla que reconocí -a otro le hubiese quizá sido imposible- como el aria de Las bodas de Fígaro:

«Si el señor conde quiere bailar…, quiere bailar…, dígnese indicá_melo y yo tocaré.»

Durante toda la tarde me había sentido de excelente humor, emprendedor y provocativo, y había hecho blanco de mis bromas al camarero y al cochero, supongo que sin llegar a ofenderlos. En armonía con las palabras de Fígaro y con mi recuerdo de la comedia de Beaumarchais, que había visto representar en la Comédie Française, barajaba los más atrevidos y revolucionarios pensamientos: la frase sobre los grandes señores que no se han tomado sino el trabajo de nacer, el derecho feudal que Almaviva quiere ejercitar sobre Susana, y los chistes que nuestros malignos periodistas de oposición se permitan hacer con el nombre del conde Thun (Thun-hacer), llamándole el conde de Nichts-thun (de «no hacer nada»). Verdaderamente, no envidio ahora a este político. Junto al emperador le esperan arduos trabajos y preocupaciones, mientras que a mí podría dárseme con toda razón el nombre de conde de «no hacer nada», pues voy a gozar de mis vacaciones y saboreo por anticipado todos los placeres que han de proporcionarme.

En estos pensamientos me sorprendió la llegada de un individuo al que conozco como representante del Gobierno en los exámenes de Medicina y que por la cómoda manera que tiene de desempeñar este cargo -durmiéndose en un sillón de tribunal examinador- ha merecido el halagüeño sobrenombre de Regierungsbeischläfer, Regierungsvertreter (representante del Gobierno); («Beischläfer», el que duerme con alguien, el amante). «Regierung» (Gobierno) es, en alemán, femenino; el sobrenombre «Regierungsbeischläfer» alude, pues, a la especial actividad desplegada por el citado funcionario en el ejercicio de su cargo, y al mismo tiempo significa, literalmente, «el que duerme en el Gobierno».

Por su carácter oficial no paga este individuo sino medio billete, y oí que un empleado decía a otro: «¿Dónde colocamos a este señor, que tiene un medio billete de primera?» Yo no gozo de tal prerrogativa, y tengo que pagar billete entero. Al señalarme luego mi sitio en el tren, lo hicieron en un vagón que, no teniendo pasillo, carecía de retrete. Todas mis protestas fueron vanas, y hube de consolarme proponiendo al empleado que, por lo menos, hiciera un agujero en el suelo del coche para prevenir posibles necesidades de los viajeros. A las dos y cuarto de la mañana desperté, en efecto, sintiendo necesidad de orinar y habiendo tenido el siguiente sueño:

«Una multitud -reunión de estudiantes-. Un conde (el de Thun o el de Taaffe) pronuncia un discurso. Invitado a decir algo sobre los alemanes, declara con gesto de burla que la flor preferida de los mismos es el diente de león (Huflattich) y se pone luego en el ojal algo como una hoja toda arrugada, o más bien como los nervios de una hoja enrollados unos con otros. Me levanto indignado; así, pues, me levanto indignado, pero al mismo tiempo me asombra sentir tal indignación.»

Luego, más vagamente, continúa el sueño: «Como si fuera un aula cuyas entradas estuviesen tomadas y hubiese que huir. Atravieso una serie de habitaciones muy bien alhajadas -seguramente habitaciones del Gobierno-, con muebles de color castaño y violeta, y llego por fin a un pasillo en el que veo sentada a una mujer ya entrada en años y muy gruesa, un ama de llaves. Intento pasar sin hablarle, pero ella debe de reconocer que tengo derecho a salir por allí, pues me pregunta si quiero que me acompañe con una luz. Le indico o le digo que permanezca en la escalera y me felicito de la habilidad con que he logrado escapar a toda vigilancia. Una vez abajo encuentro ante mí un angosto sendero de empinada cuesta, por el que echo a andar.»

De nuevo vagamente: «…Como si ahora se tratase de escapar de la ciudad,.de igual manera que antes de la casa. Tomo un coche de caballo y digo al cochero que me lleve a una estación. Luego, contestando a no sé qué objeción que el cochero me opone, como si hubiese ya retenido sus servicios mucho tiempo y se hallase fatigado, añado: `Por la vía no puedo ir con usted'. Al decir esto me parece como si hubiera recorrido ya con el coche una distancia que se acostumbra recorrer en ferrocarril. Las estaciones están tomadas. Reflexiono si debo dirigirme a Krems o a Znaim, pero pienso que estará allí la Corte y me decido por Graz u otra ciudad de nombre semejante. Luego estoy ya en el vagón, muy parecido a un tranvía, y llevo en el ojal una cosa larga, singularmente tejida con violetas de un color entre violeta y castaño, hecha de una materia rígida. El singular adorno llama la atención de la gente.» Aquí se interrumpe esta escena.

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