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La interpretación de los sueños

Sigmund Freud

MATERIAL Y FUENTES DE LOS SUEÑOS
(5ª parte)

En otra serie de sueños nos enseña el análisis que el mismo deseo que ha provocado el sueño que lo realiza procede de la vida infantil, haciéndonos ver, con asombro, que en el sueño continúa viviendo el niño con sus impulsos infantiles.

Proseguiré aquí el análisis de un sueño al que ya debemos interesantes esclarecimientos: el de que mi amigo R. es mi tío. Hemos llevado la interpretación hasta descubrir como motivo el deseo de ser nombrado profesor, y nos explicamos el cariño del sueño por mi amigo R. como una oposición contra el rebajamiento de mis otros dos colegas contenido en las ideas latentes.

Tratándose de un sueño propio, puedo continuar su análisis, declarándome insatisfecho con la solución alcanzada. Sé perfectamente que en la vida despierta hubiera sido muy distinta mi opinión sobre mis dos colegas, tan maltratados en las ideas latentes. El poder del deseo de no compartir su suerte en lo que a la promoción a profesor se refiere, me pareció insuficiente para esclarecer por completo la antimonia que se patentiza entre mis juicios en la vida despierta y los del sueño. Si mi ansia de poseer el citado título fuera realmente tan grande, sería prueba de una ambición morbosa que no creo poseer. No sé cómo opinarían sobre este punto aquellos que creen conocerme bien. Quizá sea realmente ambicioso; pero, aunque así fuera, hace ya mucho tiempo que mi ambición hacía cosas muy distintas del título de profesor.

¿De dónde procede entonces la ambición que el sueño me atribuye? Se me ocurre ahora que una anciana campesina profetizó a mi madre que yo sería un grande hombre. Tales profecías deben ser harto frecuentes, pues nunca faltan madres a quienes halagar ni ancianas -campesinas o no- que, viendo pasado su reino en el mundo, vuelven los ojos al porvenir. Supongo que la buena profecía valdría algo a la vieja sibila. ¿Podrá acaso ser esto lo que me ha inspirado ansia de grandeza? Pero en este momento recuerdo otra impresión de posteriores años infantiles, más apropiada para iluminarnos sobre este punto concreto. Un día que nos hallábamos en una cervecería del Prater, a la que solían llevarme mis padres cuando ya tenía yo once o doce años, nos llamó la atención un individuo que iba de mesa en mesa y por una pequeña retribución improvisaba versos sobre el tema que se le indicara. Mis padres me enviaron a llamarle, y el poeta, agradecido al mensajero, improvisó, antes que se le señalara tema alguno, unos versos en los que indicó la posibilidad de que yo llegara a ser ministro. Recuerdo bien la impresión que me causó esta segunda profecía. Sucedió esto en la época del «Ministerio burgués», y mi padre había traído hacía pocos días a casa los retratos de los ministros doctores Herbst, Giskra, Unger, Berger, etc. Varios de estos ministros eran judíos, de manera que todo buen muchacho de esta confesión podía ya decirse que llevaba la cartera de ministro en sus portalibros. Con las impresiones de aquella época debe hallarse también relacionado el que yo decidiese primero estudiar Derecho, no cambiando de idea sino poco antes de comenzar el plazo de inscripción en la Universidad. La carrera de Medicina es incompatible con la política y, por tanto, con la aspiración de llegar a ministro. Observo ahora, volviendo a mi sueño, que el mismo me traslada desde el insatisfecho presente a los tiempos, preñados de esperanzas, del Ministerio burgués, y realiza, en lo que le es posible, mi deseo de entonces. Maltratando a mis dos colegas, dignos de la mayor estimación, por el hecho de ser judíos, pero bajo el pretexto de que el uno es imbécil y el otro delincuente, me conduzco como si fuera el propio ministro; esto es, me pongo en el lugar que el mismo ocupa. ¡Magnífica venganza! El ministro me niega el nombramiento de profesor y yo le despojo de su puesto en mi sueño.

En otro caso me fue dado observar que, aunque el deseo provocador del sueño sea contemporáneo, queda robustecido por lejanos recuerdos infantiles. Trátase aquí de una serie de sueños cuya base común es el vivo deseo de hacer un viaje a Roma. Por la época en que tuve estos sueños pensaba que dicho deseo habría de quedar incumplido aún mucho tiempo, pues los días que yo podía disponer para un viaje pertenecían a la estación en la que precisamente no debe permanecer en Roma ningún hombre cuidadoso de su salud. En estas circunstancias soñé una noche que veía a través de la ventanilla del tren el Tíber y el puente de Sant-Angelo; luego echaba a andar el tren en dirección contraria y pensaba yo que tampoco aquella vez se lograba mi deseo de visitar la Ciudad Eterna. El paisaje de mi sueño correspondía a un dibujo que el día anterior había visto fugitivamente en casa de un enfermo. En otro sueño me conduce alguien a lo alto de una colina y me muestra Roma envuelta en niebla y tan lejana aún, que me asombro de verla con tanta precisión. El contenido de este sueño rebasa el espacio que aquí desearíamos concederle. En él puede reconocerse fácilmente, a título de motivo, el deseo de «ver desde lejos la tierra de promisión». Lübeck es la primera ciudad que he visto envuelta en niebla, y la colina de mi sueño tiene como antecedente el Gleichenberg. En un tercer sueño me encuentro ya en Roma, según me dice el mismo. Mas, para desencanto mío, veo ante mí un paisaje que no tiene nada de ciudadano: un pequeño río de oscuras aguas, con negras rocas a un lado, y al otro, extensas praderas matizadas de grandes flores blancas. Veo a un cierto señor Zucker (azúcar), al que conozco superficialmente, y decido preguntarle por el camino que lleva a la ciudad. Descomponiendo el paisaje del sueño en sus elementos, las flores blancas me recuerdan a Ravena, ciudad que conozco y que sustituyó por algún tiempo a Roma como capital de Italia. En los pantanos de Ravena vimos bellísimos nenúfares en medio del agua negra. El sueño hace crecer estas flores en las praderas, como nuestros narcisos de Aussee, para evitarnos las molestias que en nuestra estancia en Ravena teníamos que afrontar para cogerlas en medio del pantano. Las negras rocas, tan próximas al río, recuerdan vivamente el valle del Tepl, junto a Karlsbad. Este último nombre me da la explicación del singular fragmento de mi sueño, en el que pregunto al señor Zucker el camino. Descubrimos aquí, en el material con el que el sueño se halla tejido, dos de aquellas divertidas anécdotas judías que suelen entrañar una profunda sabiduría, amarga a veces, y que con tanta frecuencia citamos en nuestras cartas y conversaciones. En una de ellas se nos cuenta de un judío que se introdujo sin billete en el rápido de Karlsbad. Descubierto y expulsado, volvió a subir y volvió a ser descubierto, pero continuó, tenazmente, su manejo, siendo objeto, a cada nueva revisión, de peores tratos. Un conocido que le vio en una de estas ocasiones le preguntó adónde iba y obtuvo la contestación siguiente: «Si mi constitución (física) lo resiste…, hasta Karlsbad.» Próxima a ésta reposa en mi memoria otra historieta de un judío desconocedor del francés, al que le indujeron a preguntar en París por el camino de la rue Richelieu. También París ha sido durante mucho tiempo objeto de mis deseos, y la felicidad que me invadió al pisar por vez primera su suelo la interpreté como garantía de que también se me lograrían otros deseos. El preguntar el camino es una alusión directa a Roma, pues conocido es que «todos los caminos llevan a Roma». El nombre Zucker (azúcar) alude nuevamente a Karlsbad, balneario al que mandamos los médicos a nuestros enfermos de diabetes, que es una enfermedad constitucional. La ocasión de este sueño fue la proposición que mi amigo de Berlín, me había dirigido de reunirnos en Praga, aprovechando las fiestas de Semana Santa. De los temas que con él pensaba tratar surgen nuevas relaciones con el azúcar y la diabetes. Un cuarto sueño, muy próximo al que antecede, me traslada de nuevo a Roma.

Estoy ante una esquina y me admira el gran número de anuncios y carteles alemanes en ella fijados. El día antes había escrito -con profética visión- a mi amigo que Praga no debía ser una residencia muy agradable para dos viajeros alemanes. Así, pues, mi sueño expresaba al mismo tiempo el deseo de reunirme con mi amigo en Roma y no en una ciudad bohemia, y el de que en Praga se observase una mayor tolerancia con respecto al uso de alemán, deseo este último que procedía sin duda de mis tiempos de estudiante. Por otro lado, recuerdo que en los tres primeros años de vida debí de comprender el checo, pues he nacido en un pueblo de Moravia cuya población era eslava en su mayoría. Unos versos infantiles checos que oí teniendo diecisiete años se grabaron tan fácilmente en mi memoria, que todavía puedo repetirlos de corrido, a pesar de no tener la menor idea de su significación. Vemos, pues, que tampoco estos sueños carecen de múltiples relaciones con impresiones de mis primeros años infantiles.

Durante mi último viaje por Italia, en el que visité, entre otros lugares, el lago Trasimeno, se me reveló, después de haber llegado hasta el Tíber y haber tenido que emprender, contra mi deseo, el regreso, hallándome a ochenta kilómetros de Roma, el refuerzo que a mi anhelo de la Ciudad Eterna proporcionaban determinadas impresiones de mi infancia. Maduraba por aquellos días el plan de ir a Nápoles al siguiente año, sin detenerme en Roma, cuando recordé una frase que debía de haber leído en alguno de nuestro clásicos: «No puede decidirse quién hubo de pasear más febrilmente arriba y abajo por su cuarto después de haber hecho el plan de marchar hacia Roma, si Aníbal o el rector Winckelmann.» En mi viaje había yo seguido las huellas de Aníbal; como a él, me había sido imposible llegar a Roma y había tenido que retroceder hasta Campania. Aníbal, con quien me hallaba ahora estas analogías, fue mi héroe favorito durante mis años de Instituto, y al estudiar las guerras púnicas, todas mis simpatías fueron para los cartagineses y no para los romanos. Más adelante, cuando en las clases superiores fui comprendiendo las consecuencias de pertenecer a una raza extraña al país en que se ha nacido, y me vi en la necesidad de adoptar una actitud ante las tendencias antisemitas de mis compañeros, se hizo aún más grande ante mis ojos la figura del guerrero semita. Aníbal y Roma simbolizaron para mí, respectivamente, la tenacidad del pueblo judío y la organización de la Iglesia católica. La importancia que el movimiento antisemita ha adquirido desde entonces para nuestra vida espiritual contribuyó a la fijación de los pensamientos y sentimientos de aquella época. El deseo de ir a Roma llegó de este modo a convertirse, con respecto a mi vida onírica, en encubridor y símbolo de otros varios, para cuya realización debía laborar con toda la tenacidad y resistencia del gran Aníbal, y cuyo cumplimiento parece a veces tan poco favorecido por el Destino como el deseo de entrar en Roma que llenó toda la vida de aquel héroe. Se me revela ahora el suceso de juventud que manifiesta aún su poder en todos estos sentimientos y sueños. Tendría yo diez o doce años cuando mi padre comenzó a llevarme consigo en sus paseos y a comunicarme en la conservación sus opiniones sobre las cosas de este mundo. Una de estas veces, y para demostrarme que yo había venido al mundo en mucho mejor época que él, me relató lo siguiente: «Cuando yo era joven salí a pasear un domingo por las calles del lugar en que tú naciste bien vestido y con una gorra nueva en la cabeza. Un cristiano con el que me crucé me tiró de un golpe la gorra al arroyo, exclamando:

`¡Bájate de la acera, judío!' `Y tú, ¿qué hiciste?', pregunté entonces a mi padre.

`Dejar la acera y recoger la gorra', me respondió tranquilamente. No pareciéndome muy heroica esta conducta de aquel hombre alto y robusto que me llevaba de la mano, situé frente a la escena relatada otra que respondía mejor a mis sentimientos: aquella en la que Amílcar Barca, padre de Aníbal, hace jurar a su hijo que tomará venganza de los romanos. Desde entonces tuvo Aníbal un puesto en mis fantasías.

Todavía creo poder perseguir mi predilección por el general cartaginés hasta un período más temprano de mi infancia, resultando así que no se trataría nuevamente en este caso sino de la transferencia a un nuevo objeto de una relación afectiva ya constituida. Uno de los primeros libros que cuando aprendía a leer cayeron en mis manos fue la obra de Thiers titulada El Consulado y el Imperio, y recuerdo que pegué en la espalda de mis soldados de madera cartulinas con los nombres de los mariscales, siendo ya entonces Massena (Manasés) mi preferido. (Esta predilección puede explicarse también por la circunstancia de coincidir, con cien años de diferencia, la fecha de nuestro nacimiento.) El paso de los Alpes hace también coincidir a Napoleón con Aníbal. El desarrollo de este ideal guerrero podría quizá perseguirse, a través de años aún más tempranos de mi infancia, hasta los deseos de mis relaciones -tan pronto amistosas como hostiles- con un niño un año mayor que yo habían de despertar en el más débil de todos.

Cuando más ahondamos en el análisis de los sueños, más frecuentemente descubrimos las huellas de sucesos infantiles que desempeñan, en el contenido latente, el papel de fuentes oníricas.

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