La interpretación de los sueños

Sigmund Freud

MATERIAL Y FUENTES DE LOS SUEÑOS
(4ª parte)

Todo lo que en el sueño presenta un carácter verbal, siendo dicho u oído y no solamente pensado -cosa que casi siempre podemos diferenciar con toda seguridad-, procede de aquello que en la vida despierta hemos oído o dicho, aunque la elaboración onírica, considerándolo como materia prima, lo modifique a veces y lo desglose siempre de su contexto (presentándolo aislado). Estos elementos verbales pueden ser tomados como punto de partida de la interpretación. ¿De dónde proceden, pues, las palabras del carnicero? Soy yo mismo quien las pronunció hace días, al explicar a la sujeto «que en la memoria del adulto no queda ya nada de los antiguos sucesos infantiles, pues han sido sustituidos por «transferencias y por sueños». Soy yo, por tanto, el carnicero, y lo que la paciente rechaza es la posibilidad de tales transferencias al presente de ideas y sentimientos pretéritos. ¿De dónde proceden las palabras que ella pronuncia en el sueño: No he visto nunca cosa semejante. ¡No lo compro! Analicemos por separado cada una de estas dos frases. No he visto nunca cosa semejante es una exclamación que la sujeto pronunció realmente el día del sueño riñendo a su cocinera. pero en esta ocasión había añadido: «¡Hágame el favor de conducirse más correctamente!» Se nos evidencia aquí un desplazamiento. De las dos frases que dirigió a su cocinera ha escogido en su sueño la que carece de importancia, reprimiendo, en cambio, la otra -Hágame el favor de conducirse más correctamente-, que es precisamente la que forma sentido con el contenido onírico restante. Esta frase es la que se dirigía a alguien que se atreviese a hacer proposiciones indecorosas y olvidase «cerrar la carnicería». La concordancia de estas hipótesis con las alusiones que luego hallamos en la escena con la verdulera nos demuestra que nos hallamos sobre la pista de la verdadera interpretación. Una verdura («alargada», añade luego la sujeto) que se vende por manojos, pero que, además, es negra, no puede ser sino una fusión, efectuada por el sueño, de los espárragos con los rábanos negros (Rhaphanusniger). La significación onírica del «espárrago» es ya conocida por todos aquellos que se han ocupado algo de estas materias. Pero también la otra legumbre (schwarzer Rettich) parece aludir, por la analogía de su mismo nombre, con una locución de sentido sexual (Schwarzer, rett' dich!) a.aquel mismo tema sexual que desde un principio adivinamos cuando incluimos, en el relato de la paciente, la frase «la carnicería estaba cerrada». No creo necesario revelar por completo el sentido de este sueño; lo expuesto hasta aquí basta para demostrar que es harto significativo y nada inocente.

II. Otro sueño inocente de la misma persona y que constituye, en cierto sentido, la pareja del anterior: «Su marido le pregunta: ¿No hay que mandar afinar el piano? Ella contesta: No vale la pena. De todos modos, hay que forrar los macillos.» Nuevamente una reproducción de un suceso real del día anterior. Su marido le hizo la pregunta consignada y ella contestó en forma análoga a como en el sueño lo hace. Pero ¿qué significa esto último? Hablando del piano, dice que es una caja indecente y de malos sonidos (mal tono), que su marido poseía ya antes de casarse, etc.; pero la clave de la solución nos la da la frase: No vale la pena. Esta frase procede de una visita que la paciente hizo el día del sueño a una amiga suya. Invitada a quitarse la chaqueta, había rehusado diciendo: «No vale la pena. Me tengo que marchar en seguida.» Al oír relatar esta escena a la sujeto, recuerdo que el día anterior, durante la sesión de análisis, se echó mano al pecho, al notar que se le había desabrochado un botón, como si quisiera decir: «No mire usted, no vale la pena.» La caja queda así convertida en alusión a la caja torácica, y la interpretación del sueño nos conduce directamente a la época del desarrollo físico de la paciente, cuando la misma comenzó a sentirse descontenta de la delgadez de sus formas corporales. Las expresiones «incidentes» y «mal tono» nos llevan también a esta temprana época, en cuanto recordamos la frecuencia con la que tanto en la alusión como en el sueño suelen sustituirse los pequeños hemisferios del cuerpo femenino a otros, más amplios, pertenecientes también al mismo.

III. Interrumpiré la serie de sueños de esta enferma para intercalar en ella un breve sueño inocente de un joven. Sueña que ha tenido que ponerse de nuevo el gabán de invierno, cosa terrible. El motivo de este sueño parece ser, a primera vista, el frío que de repente había vuelto a hacer. Pero un examen más detenido nos muestra que los dos breves fragmentos de que se compone no concuerdan entre sí, pues el tenerse que poner un gabán de invierno, porque hace frío, no es nada terrible. Por desgracia para la inocencia de este sueño, la primera ocurrencia que surge en el análisis es la de que una señora había dicho en confianza a nuestro sujeto, el día anterior, que su último hijo debía su existencia a la rotura de un preservativo. El sujeto reconstruye ahora los pensamientos que le sugirió esta confidencia: los preservativos finos presentan el peligro de romperse, y los gruesos son muy molestos. Un preservativo es como un vestido o gabán. Si a él, soltero, le ocurriese algo como lo que la señora le ha relatado, sería «terrible». Volvamos ahora a nuestra paciente.

IV. «Mete una vela en el candelero. Pero la vela está rota y no se tiene derecha. Las muchachas del colegio dicen que es muy desmañada; pero la maestra la defiende diciendo que no es culpa suya.» También aquí hallamos un suceso real como motivo del sueño. El día anterior puso una vela en un candelero, pero no estaba rota. La vela es un objeto que excita los genitales femeninos. Rota, y no pudiéndose mantener derecha, significa la impotencia del hombre (no es culpa suya). Pero ¿cómo es posible que la paciente, cuidadosamente educada, pueda conocer tal empleo de la vela? Casualmente puede indicar el origen de este conocimiento. En una excursión en barca por el Rin, pasó junto a ellos un bote lleno de estudiantes,.que con toda tranquilidad iban cantando, a voz en grito, una canción obscena: «Cuando la reina de S. cierra las ventanas y con una «vela de Apolo» ( Apollokerze)…»

La sujeto no oyó bien o no comprendió esta última palabra, y su marido tuvo que explicarle lo que significaba. El texto de la canción queda luego sustituido en el contenido onírico por el inocente recuerdo de una comisión de que la encargaron en el colegio y que llevó a cabo muy desmañadamente. Esta sustitución queda realizada por medio de un elemento común: las ventanas cerradas. La conexión del tema del onanismo con el de la impotencia es suficientemente clara. El elemento «Apolo», del contenido latente, une este sueño con otro anterior, en el que se trataba de la virginal Palas. Todo ello, como vemos, nada inocente. V. Para que no se crea demasiado fácil el deducir de los sueños conclusiones sobre las verdaderas circunstancias personales del sujeto, expondré un nuevo sueño de esta enferma, inocente también en apariencia. «He soñado algo -me relata- lo que había hecho realmente durante el día; esto es, que metía los libros en un pequeño baúl, que luego me costaba trabajo cerrarlo, y lo he soñado tal y como había sucedido.» En este caso, hace resaltar especialmente la sujeto la coincidencia entre el sueño y la realidad. Todos estos juicios y observaciones sobre el sueño pertenecen, aunque hayan creado un lugar en el pensamiento despierto, al contenido latente, circunstancia que ya demostraremos con otros ejemplos. La paciente nos dice, en este caso, que lo que el sueño le ha presentado había sucedido realmente el día anterior. Nos ocuparía demasiado lugar exponer por qué camino llegamos a la ocurrencia de recurrir al idioma inglés como medio auxiliar de la interpretación. Baste con decir que se trata nuevamente de una pequeña box (cf. el ejemplo de la niña en su caja) que ha sido llenada hasta el punto de que nada más cabía en ella. En todos estos sueños «inocentes» predomina singularmente el factor sexual como motivo de la censura. Pero es éste un tema de esencial importancia que debemos dejar a un lado por el momento.

b) Lo infantil como fuente onírica

Como tercera de las peculiaridades del contenido onírico, hemos señalado, de acuerdo con todos los autores (incluso Robert), la de que en el sueño pueden emerger impresiones de tempranas épocas de nuestra vida, de las cuales no dispone nuestra memoria en la vigilia. Fácilmente se comprenderá que no es nada sencillo determinar la frecuencia con que esto sucede, pues al despertar no sabemos reconocer el origen de tales elementos de nuestros sueños. La demostración de que se trata de impresiones de la infancia tiene, por tanto, que realizarse de un modo objetivo, cosa también difícil, dado que sólo en muy raros casos disponemos de los datos necesarios. A. Maury refiere, como especialmente demostrativa, la historia de un individuo que se disponía a hacer un viaje para visitar su ciudad natal, de la que faltaba hacía veinte años, y la noche anterior a la partida soñó que se hallaba en un lugar desconocido y encontraba en la calle a un señor, también desconocido, con el que entablaba conversación. Llegando luego al fin de su viaje, comprobó que el lugar de su sueño existía realmente en las cercanías de su ciudad natal y que el incógnito individuo era un anciano amigo de su difunto padre. Esta circunstancia prueba que en su niñez había visto tanto el lugar como al individuo de su sueño, el cual debe interpretarse, además, como un sueño de impaciencia, análogo al de aquella paciente mía que pensaba ver al hombre a quien amaba en un concierto para el que ya tenía tomados los billetes, y el del niño al que su padre había prometido llevar de excursión a un lugar determinado. No habiendo sometido este sueño al análisis, no nos es posible, naturalmente, indicar los motivos por los que reprodujo, precisamente, tales impresiones de la infancia del sujeto.

Uno de mis discípulos, que se vanagloriaba de que sólo raras veces sufrían sus sueños los efectos de la deformación onírica, me comunicó uno en el que había visto a su antiguo preceptor acostado con una criada que había servido en su casa hasta que él tuvo once años. Asimismo le parecía reconocer la habitación en que dicha escena se desarrollaba. Su hermano, al que relató este sueño, le confirmó, con grandes risas, su completa realidad. Recordaba muy bien -pues en la época a que él tuvo once años. Asimismo le parecía reconocer la habitación en que dicha escena se desarrollaba. Su hermano, al que relató este sueño, le confirmó, con grandes risas, su completa realidad. Recordaba muy bien -pues en la época a que le sueño se refería tenía ya seis años- que la amorosa pareja le emborrachaba con cerveza cuando hallaba ocasión favorable a su nocturno comercio. Nuestro sujeto, que por entonces sólo tenía tres años, no era considerado como obstáculo, aunque dormía en la misma alcoba.

Existe aún otro caso en el que, sin necesidad de interpretación, puede afirmarse que el sueño contiene elementos de la infancia. Sucede esto cuando se trata de sueños de los denominados perennes, o sea de aquellos que habiendo sido soñados por vez primera en la infancia, retornan después, periódicamente, en la edad adulta. Aunque no he tenido nunca tales sueños perennes, puedo citar algunos ejemplos de este género que me ha sido dado observar. Un médico, cercano ya a los treinta años, me refirió que en su vida onírica solía aparecérsele, desde su más temprana infancia hasta el presente, un león amarillo, cuya figura podía describir con todo detalle. Un día descubrió que tal imagen onírica correspondía a un león de porcelana, perdido o roto hace muchos años, que había habido en su casa y constituyó, según le dijo su madre, el juguete predilecto de su más temprana niñez, cosa que él no recordaba en absoluto.

Si desde el contenido manifiesto volvemos la vista a las ideas latentes que el análisis nos revela, comprobaremos, con asombro, que también en aquellos sueños en que nunca se nos hubiera ocurrido sospecharlo colaboran tales sucesos infantiles. Al mismo médico del «león amarillo» debo un ejemplo singularmente interesante e instructivo de tal sueño. Después de leer la descripción que Nansen escribió de su expedición polar, soñó que en medio del desierto de hielo prestaba sus servicios profesionales al valeroso explorador, aplicándole corrientes eléctricas para curarle unos dolores de vientre que le aquejaban. En el análisis de este sueño recordó una anécdota de su niñez, sin la cual no sería posible explicarlo. Teniendo tres o cuatro años, oyó una conversación sobre los viajes de exploración (Entdeckungsreisen) y preguntó a su padre si aquello era una enfermedad muy grave, confundiendo los viajes (Reisen) con los retortijones (Reiben). Las burlas de sus hermanos grabaron para siempre en su memoria el recuerdo de este suceso.

En mi sueño de la monografía botánica se da un caso idéntico al que precede. Al analizarlo tropiezo, en efecto, con el recuerdo infantil, conservado, de que teniendo yo cinco años me dio mi padre un libro con láminas en colores, para que lo destruyera a mi antojo. Se me objetará quizá que es dudoso que este recuerdo participase realmente en la conformación del sueño, siendo más probable que la relación con él quedase posteriormente establecida en la labor analítica; pero la riqueza y el enlace de las asociaciones testimonian en contrario; ciclamen -flor preferida -plato preferido -alcachofas- arrancar, como a una alcachofa, hoja por hoja (expresión muy usada en aquel tiempo con referencia al proyectado reparto del Imperio chino) -herbario- «gusano de los libros» (cuyo plato preferido son los libros). Además, puedo asegurar que el último sentido de este sueño, que no hemos expuesto, se halla en íntima relación con el contenido de la escena infantil.

Anterior Siguiente
Contenido relacionado: