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Coloquialmente la depresión se entiende como un estado de tristeza, pensamientos negativos, falta de ganas, motivación e interés por las actividades de la vida diaria, de manera estable en un periodo considerable de tiempo.

Los sistemas de diagnóstico en Psicología y Psiquiatría más habituales, como el DSM-V o el CIE-10 utilizan criterios similares para concluir si una persona está pasando por una depresión. Existen una serie de síntomas asociados a ella, y en función de cuántos cumpla la persona, con qué frecuencia e intensidad, se concluye que la persona tiene o no depresión.

Ejemplos de síntomas depresivos

  • Sentimientos de desesperanza y vació, ganas de llorar.
  • Tendencia al enfado y sentirse fácilmente irritable
  • Pérdida de interés por las cosas y dificultad para disfrutar de ellas
  • Cansancio y falta de energía
  • Lentitud cognitiva y dificultad para concentrarse
  • Tendencia a compararse con otras personas, aparentemente mejores

Es importante tener en cuenta que todos estos síntomas, criterios de diagnóstico, son pensamientos, emociones, sensaciones físicas y conductas que prácticamente todas las personas, en un momento u otro podemos experimentar, y entran plenamente dentro de la normalidad.

Sin embargo observamos cómo estos pensamientos, emociones… “normales”, pueden quedar problematizados y patalogizan a la persona que los tiene. Se encuentra la asunción subyacente de que si se están teniendo este tipo de sensaciones internas, es que hay algo que está fallando. Y ciertamente, es muy probable que algo falle. La cuestión es dónde mirar.

Modelo biomédico de la depresión

Si un niño pasa gran parte de su tiempo libre sentado ante la televisión e ingiriendo dulces, chucherías, bollería… Probablemente observemos como haya variaciones químicas y fisiológicas en su organismo; Azúcar alto, etcétera. Imaginemos que llega un día en que el niño advierte que se encuentra mal. Si se analiza al niño en este nivel fisiológico, podríamos concluir que se encuentra mal debido a irregularidades en el organismo que hacen que contenga grandes cantidades de azúcar, que están dando lugar a alteraciones problemáticas y de ahí el malestar. Si se considera que el origen está ahí, en un fallo del organismo, en vez de en los hábitos del niño, parece poco probable que se encuentre una solución positiva y duradera.

El modelo biomédico predominante en psiquiatría y algunas escuelas psicológicas pone el foco de atención de manera similar. Supone que debe de haber algo en el cerebro que está fallando, y como consecuencia la persona piensa, siente, actúa de manera depresiva. Y ciertamente, si se hacen los análisis oportunos, probablemente aparezcan déficits o excesos de ciertos neurotransmisores, en comparación con la media de la población.

Pero, ¿Es esa la causa de la depresión realmente? El problema del niño, ¿Es su exceso de azúcar en el organismo, o los hábitos que tiene en su tiempo libre de ingesta incontrolada de dulces?

Volviendo a la depresión, la medicación puede ayudar a corregir esos desniveles neurológicos, pero, ¿van a lograr que la persona cambie ese estilo de vida, ese “comer azúcar” que está detrás en forma de distintos patrones de comportamiento poco saludables?

Visión Contextual de la depresión

Desde la Psicología Contextual, entre otras corrientes, convendría poner el acento en qué está pasando en la vida de la persona: En el niño, sería ver qué le lleva a comer dulces de esta manera, y promover cambios saludables. En el de una persona con patrones depresivos, qué le está llevando a actuar así de manera estable en el tiempo. De qué está hecho ese malestar, y de qué modo se relaciona la persona con los pensamientos y emociones que no le gustan.

Al mismo tiempo, ¿qué espera esta persona de la vida? ¿Cómo le gustaría que fuera, y cómo está? ¿Qué sueños tenía? ¿Cuánto hace que no camina en esa dirección?

Habitualmente encontramos que las personas que actúan (no tienen o son) de manera depresiva, sienten que ciertos pensamientos, emociones, sensaciones… Les atrapan, y les suponen barreras infranqueables para ir hacia esa dirección deseada. De modo que consideran que lo primero y más importante en este momento, es luchar y vencer estos síntomas, hacer que desaparezcan. Sin embargo suele resultar que lejos vencer esta batalla, las personas sienten que cada vez se encuentran más hundidas y atrapadas por todos esos síntomas.

La medicación puede aliviar ese sufrimiento, pero ¿Qué pasa con esa vida, esos proyectos, en stand-by? Considerar a la persona como “enferma” que requiere psicofármacos, ¿La empodera? ¿Facilita que se ponga a trabajar en la vida que desea? No es eso, al fin y al cabo, hacer que el niño siga con esos hábitos nocivos, ahora más llevaderos e indoloros?

Concluyendo…

El rol de la medicación en la depresión puede resumirse como un “adormecimiento” del sistema nervioso, que evita que se sienta dolor psicológico al pasar por circunstancias dolorosas. Pero este mismo “adormecimiento” puede dificultar también la capacidad de la persona de disfrutar por aquellas cosas que podrían proporcionarle experiencias positivas.

Su uso puede ser útil para reducir el malestar del momento, pero para lograr cambios estables y duraderos será necesario que la persona pueda aprovechar este “empujón” que proporcionan los fármacos para poner en marcha cambios en su vida, algo en lo que la psicoterapia juega un papel esencial.

Tratamiento de la depresión: ¿Fármacos o psicoterapia?
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