la teoría etológica de Bowlby

Actualmente la teoría etológica de Bowlby referida al apego es la explicación más ampliamente aceptada de la vinculación emocional del bebé hacia su cuidador. Bowlby fue el primero en aplicar esta idea al vínculo niño-cuidador.

Este autor, aunque originalmente era psicoanalista, también se inspiró en los estudios de Lorenz sobre la impronta de los gansos. Planteaba que el bebé, al igual que las crías de otras especies animales, está dotado de una serie de conductas programadas que ayudan a mantener la cercanía de los padres, aumentando así su protección.


La teoría etológica de Bowlby

Bowlby argumentaba que las conductas de apego de los bebés hacia sus madres eran en forma de sonrisas, balbuceos, abrazos y llantos. De hecho, son señales sociales que estimulan la aproximación de la madre hacia el niño.

El contacto con los padres también asegura la alimentación del niño, aunque Bowlby fue cuidadoso al indicar que la alimentación no constituye la base del apego. Si bien el vínculo de apego tiene fuertes raíces biológicas, puede entenderse mejor en un contexto en el que la supervivencia de las especies tiene una importancia suprema.

Aunque la teoría etológica de Bowlby fue estimulada por las evidencias de la impronta, este proceso por si solo no sirve para explicar adecuadamente el apego humano.

A diferencia de los poyuelos del ganso, cuya fase de desarrollo es corta, los niños humanos tienen un largo período de inmadurez y una extraordinaria capacidad para el aprendizaje.

Como resultado, la relación del niño con sus padres no está fijada sino que cambia con el tiempo. De acuerdo con Bowlby, dicha relación comienza como un conjunto de señales innatas que conducen al adulto a la proximidad del niño.

A lo largo del tiempo, se desarrolla un verdadero vínculo afectivo, que se apoya en las nuevas capacidades cognitivas y emocionales, así como en la historia previa de cuidados sensibles.

El desarrollo del apego dentro de la teoría etológica de Bowlby

El desarrollo del apego tiene lugar en cuatro fases:

1. Preapego

La primera fase es la de preapego (o sensibilidad social indiscriminada) y va del nacimiento a las seis semanas.

En este momento existen distintas señales programadas (como la sonrisa, el llanto, el seguimiento de la mirada del adulto, el agarrar, etc.) que ayudan al recién nacido a entrar en contacto con otros humanos.

Una vez que el adulto responde, el niño lo estimula para que permanezca cerca. Además, el niño frecuentemente protesta cuando lo dejan. En este momento, los niños reconocen la voz y el olor de su madre. Sin embargo, todavía no están apegados a ella, ya que no tienen una preferencia especial por ella frente a cualquier otro adulto.

2. Construcción del apego

La segunda fase es la de la construcción del apego (o sensibilidad social diferenciada), y va de las seis semanas hasta los seis u ocho meses.

Durante esta fase los niños empiezan a responder de manera diferencial ante un cuidador familiar y ante un extraño.

Por ejemplo, el niño sonríe, ríe y balbucea más frecuentemente cuando interactúa con la madre. Además, se queda tranquilo más rápidamente cuando es ella la que lo coge.

Conforme el bebé se implica en interacciones cara a cara con los padres y experimenta disminuciones en el malestar, aprende que sus propias acciones afectan a la conducta de los que están a su alrededor. Como resultado, empiezan a desarrollar expectativas de que el cuidador responderá cuando ellos se lo señalen.

No obstante, los niños todavía no protestan cuando son separados de su madre, a pesar de que pueden reconocer y distinguir a las personas no familiares.

3. Apego centrado

La tercera fase es la del apego centrado (o de la búsqueda activa de la proximidad) va de los seis u ocho meses hasta los dieciocho o veinticuatro meses.

En este momento el apego hacia el cuidador familiar es evidente. Los niños en este período muestran ansiedad a la separación, y se sienten muy molestos cuando se va el adulto con el que conviven.

La ansiedad a la separación aparece universalmente después de los 6 meses y aumenta hasta los 15. Su aparición sugiere que los niños tienen una comprensión clara de que el progenitor continúa existiendo incluso cuando no está a la vista.

Además de protestar por la salida del padre, los niños actúan deliberadamente para mantener su presencia. En este período, emplean a la madre como una base segura desde la cual explorar el ambiente.

4. Formación de la relación recíproca

La cuarta fase, de la formación de una relación recíproca, tiene lugar desde los dieciocho o veinticuatro meses en adelante.

Al final del segundo año, el rápido crecimiento en las capacidades de representación y en el lenguaje les permite a los niños entender algunos de los factores que influyen en que los padres vayan y vengan. También, empiezan a ser capaces de predecir cuando volverán.

Como resultado, disminuyen las protestas por la separación. En esta fase los niños empiezan a negociar con el cuidador, utilizando peticiones y la persuasión para alcanzar sus metas (p.ej., estar cerca de su madre) en vez de limitarse a perseguir o agarrarse a su progenitor.

Comentarios finales

De acuerdo con Bowlby, a partir de las experiencias en esas cuatro fases, los niños construyen un vínculo afectivo duradero con el cuidador.

Una vez firmemente establecido, los preescolares no necesitan implicarse en conductas para mantener la cercanía del cuidador tan insistentemente como lo hacían antes.

Esta representación interna del vínculo niño-padre se convierte en una parte vital de la personalidad. Sirve como un modelo de funcionamiento interno, o conjunto de expectativas respecto a la disponibilidad de las figuras de apego.

Por ejemplo, la probabilidad de que proporcionen apoyo durante momentos de estrés, y la interacción de uno mismo (el self) con esas figuras. Este modelo afectará a todas las relaciones futuras a lo largo de la niñez y adolescencia y hasta en la vida adulta.

Referencias

Bowlby, J. (1993). El vínculo afectivo. Paidós Ibérica.

Bowlby, J. (1976). El apego y la pérdida: La separación afectiva. Paidós.

Delgado, A. O., & Oliva Delgado, A. (2004). Estado actual de la teoría del apego. Revista de Psiquiatría y Psicología del Niño y del Adolescente4(1), 65-81.

Marrone, M., Diamond, N., Juri, L., & Bleichmar, H. (2001). La teoría del apego: un enfoque actual. Madrid: Psimática.

Licenciado en Psicología por la Universidad de Jaén (2010). Máster en Análisis Funcional en Contextos Clínicos y de la Salud por la UAL (2011) y Máster en Psicología Jurídica y Forense por el COPAO, Granada (2012). Doctorando en Ciencias Humanas y Sociales por la Universidad Pontificia de Salamanca. Ha publicado 8 artículos científicos y es autor de los siguientes libros: «Psicopatología General», «Neurociencias: etiología del daño cerebral» y «Evaluación Psicológica». Además, es coautor del libro «Modelo ROA: Integración de la Teoría de Relaciones Objetales y la Teoría del Apego». Desde 2010 ha ejercido profesionalmente como psicólogo clínico y forense, escritor, formador, profesor universitario, conferenciante internacional y colaborador con diversos medios de comunicación. Sus principales líneas de investigación son la psicología, mitología, simbología y la hermenéutica antropológica.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here