¿Cuánto tardas en decidir si te gusta alguien que acabas de conocer?

Aunque sabemos que no debemos hacer juicios precipitados sobre otras personas, en realidad esto es algo que hacemos todo el tiempo. Curiosamente, muchas de esas primeras evaluaciones suelen ser razonablemente precisas.

Los seres humanos, así como otros primates, somos especies altamente sociales, y durante millones de años nuestros ancestros han evolucionado su capacidad intuitiva para lograr un adecuado procesamiento de la información social. Estas intuiciones se basan en una primera toma de datos para analizarlos de forma casi instantánea y después generar una sensación acerca de la persona que acabamos de conocer: es o no simpático, agradable, de confianza, atractivo… Todo este procesamiento de la información se lleva a cabo fuera de nuestra parte consciente; sólo somos conscientes de que en nuestro interior se generó un sentimiento final sobre la otra persona.

No está claro cuales son las señales sociales exactas que nuestra intuición utiliza para hacer un juicio personal, pero sin duda se basan en las lecturas sutiles de posturas corporales, expresiones faciales, las inflexiones vocales…, entre otras cosas.

En un estudio realizado sobre este tema unos psicólogos de la personalidad elaboraron un listado con una serie de características personales para crear un perfil de personalidad y utilizarlo para conocer mejor cómo funciona realmente nuestra percepción de la personalidad. Se les pedía a los participantes que evaluaran su personalidad según una serie de rasgos utilizando una escala de 10 puntos. Por ejemplo, en respuesta a la pregunta “¿Cómo de amable te consideras?” El participante podía responder entre 0 de “muy poco amable” hasta 10 “extremadamente amable.”

Este proceso les permitió responder a varias preguntas:

  • ¿Nos vemos a nosotros mismos como nos ven los demás?
  • ¿Las otras personas están de acuerdo con la imagen que tenemos de nosotros mismos?
  • ¿Somos conscientes de cómo nos perciben los demás?

Por desgracia, no hallaron respuestas claras a todas estas preguntas. Pero los resultados del estudio les guió hacia una cuestión todavía más amplia sobre si la personalidad de un individuo es estable o variable. Es decir, ¿nos presentamos de igual manera para todas las personas y en todas las situaciones? ¿O acaso modificamos nuestra personalidad según el lugar y la situación? Este es un tema que los psicólogos han intentado resolver durante más de un siglo.

Los perfiles de personalidad también se utilizan para estimar el grado de compatibilidad de dos personas. A pesar de la creencia común de que los opuestos se atraen, los estudios de psicología social han demostrado que las relaciones más exitosas se basan en la similitud de los rasgos de la personalidad. Esto es cierto tanto para las amistades como para las relaciones íntimas.

Pero la personalidad tiene que ver con las diferencias individuales, en cómo uno es diferente del otro y la forma en que se muestran dichas diferencias. Borkenau y Leising sostienen que cuando hacemos un juicio, no evaluamos a la gente en cuanto a rasgos absolutos de personalidad, sino que las evaluamos según cuánto se desvía de la media.

Por ejemplo, cuando juzgamos a alguien no nos interesa si esa persona saca una puntuación media en un atributo positivo como “amabilidad” o en oro negativo como la “pereza.” Lo que realmente queremos saber es si esa persona es más agradable o menos perezosa que una persona promedio. Borkenau y Lessing proponen que estos perfiles distintivos que describen cómo nos desviamos de la media son mucho mejores predictores de la compatibilidad que los perfiles generales.

Sin embargo, conseguir un perfil exacto de la personalidad puede ser difícil debido a los  sesgos cognitivos.

Por ejemplo, las personas con altos niveles de autoestima tienden a describir sus propias personalidades muy cerca de perfil medio. Al mismo tiempo, también tienden a describir la personalidad de las personas que les caen bien muy cercanos a la media. Estos hallazgos sugieren que tenemos un modelo mental del perfil medio de la personalidad y que lo utilizamos como un “ideal” para basar nuestras valoraciones. Por lo tanto, consideramos que la gente que nos gusta, ya sea a nosotros mismos los demás, se encuentran más cerca de este “ideal” de personalidad de lo que realmente están.

Probablemente pensemos que los que se conocen desde hace mucho tiempo son mejores jueces de nuestra personalidad que alguien que nos ha conocido recientemente. Sin embargo, aquellos que nos conocen bien también tienden a poner un halo de idealismo alrededor nuestro y ver nuestra personalidad como más cercana a la “normal” de lo que realmente es. Irónicamente, una persona que no nos conoce tan bien puede ser un mejor juez de nuestro carácter que nuestra familia y amigos.

¿Cómo te ven los demás?
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