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En estos días nos hemos visto sorprendidos por el caso Rudolph “Blaze” Ingram, un niño de 7 años al cual no sólo comparan con el ganador de innumerables récords de velocidad Usain Bolt, sino que ya incluso hablan que podría poner en peligro su reinado deportivo. Un pequeño niño con más de 400.000 seguidores en Instagram y que ya no duda en salir retratado en las redes luciendo su portentoso abdominal, además del dedo en un gesto señalando que “es el número uno”.


Los hijos, reflejo de los sueños de sus padres

¿Está un niño de 7 años preparado para la fama?, evidentemente no. Si resulta complicado para un adulto gestionar la fama, el ser famoso a cualquier edad, con siete años resulta sumamente peligroso que adquiera en su mente la idea de “soy el mejor”.

Existe sin duda un punto importante en el que unos padres animan a su hijo/a a practicar cualquier actividad extra dentro de su educación integral y, otro muy distinto, en el que buscamos a través de nuestros hijos lograr sueños incumplidos por nosotros, frustraciones o en algunos casos, un beneficio económico y fama.


¿Se está poniendo por los padres el mismo interés en que un niño de 7 años llegue a ser un gran campeón deportivo a que no fracase en sus estudios?, seguramente no, pues la gran mayoría de este tipo de niños con una fama tan precoz, no dejan de ser el futuro juguetes rotos involucrados en todo tipo de desórdenes psicológicos y/o adicciones faltos de valores y de una maduración adecuada en su formación cognitiva.

Mi hijo es el mejor

Son muy pocos los padres que no opinen de su hijo/a que es “el/la más guapo/a”, “el/la más inteligente”, “el/la que mejor domina el idioma”, “el/la que mejor juega a un determinado deporte”, si a eso restamos los niños que nunca serán “modelos fotográficos”, los que nunca “serán cantantes”, los que nunca serán “actrices o actores”, los que nunca serán “concertistas”, pese a proporcionarles una infancia de duro entrenamiento pensando que lo que era una “rara joya”, al final, no dejó de ser un/a niña/o normal.

Un artículo titulado Threatened egotism, narcissism, self-esteem, and direct and displaced aggression: ¿does self-love or self-hate lead to violence?” de la Facultad de Psicología de la Universidad de Iowa, concluye que los padres en su modelo de educación, piensan que sobrevalorar a sus hijos es una forma de elevarles la autoestima, si bien el riesgo que se corre con ello es producir una elevación de los niveles de narcisismo si sobrepasamos unos niveles correctos.

El peligro de desarrollar un trastorno narcisista de la personalidad

La idea de muchos padres de estar ante niños “más especiales” que el resto, los acercaría al trastorno de personalidad narcisista en la que los problemas de frustración, falta de autoconfianza los problemas de autoestima son la tónica general. Los niños criados en un ambiente de autoestima y normalidad en las comparaciones con otros niños, mostraron una mejor idea de sí mismos y autoconfianza. Los niños con alta autoestima piensan que son tan buenos como los demás, mientras que los narcisistas siempre tendrán una imagen de superioridad sobre los otros que les lleva directamente al sufrimiento y cuestionamiento permanente con altos grados de insatisfacción.

Es cierto que la genética y los rasgos temperamentales del propio niño puede conducirnos a una personalidad narcisista, pero si la educación y el trato recibido por los padres refuerza esa tendencia, estaremos reforzándolos para una autoimagen basada en la idea de “soy superior al resto” que puede alterar su desarrollo psicológico y maduración propia de un niño.

Crecer con una personalidad narcisista

En la misma línea se muestra un estudio titulado “Origins of narcissism in children” de la Universidad de Princeton, el cual nos muestra una idea clara: el tipo de educación basado en la idea de los padres que sus hijos son mejores que otros niños, les perjudica aumentando el riesgo de convertirlos en narcisistas rebajando su autoestima. Dicho estudio concluye que lo que deben hacer los padres para potenciar la autoestima de los niños es hacerlos sentir queridos y no inculcarles ideas de superioridad sobre los demás.

Hacerles crecer en autoestima implica por parte de los padres aumentar su confianza en ellos mismos. Es fundamental educarlos en la posibilidad de un error o del fracaso, dotándoles de la suficiente confianza y estima para que sean capaces de sobreponerse y volver a intentarlo.

Mientras que un niño narcisista nunca contemplará el error como una opción posible, el niño con alta autoestima, lo entenderá como un elemento más de la vida, el cual nos puede aportar una enseñanza que le haga comprender que no es el final de nada, sino el principio de un nuevo camino.

De la misma forma, la crítica suele ser la piedra de toque para las personalidades narcisistas. Es en el espejo de los padres, donde los niños ven cómo ellos son capaces de encajar las críticas haciéndolo de forma constructiva o con violencia. Cerrarse a otras opciones que no sean las propias es cerrarse a los cambios, acostumbrando a los niños al cierre cognitivo en vez de a la apertura reflexiva donde podemos no ser perfectos ni superiores al resto.

Sin duda resulta clarificador el estudio titulado Reply to Kealy et al.: Theoretical precision in the study of narcissism and its origins” al afirmar que el narcisismo, predice desajustes significativos, que van desde la agresión, violencia y delincuencia, hasta la ansiedad, depresión y adicciones. El narcisismo subclínico que podría empezar en la niñez, podría llegar a convertirse en un trastorno de personalidad narcisista, con un patrón generalizado de grandiosidad, necesidad de admiración y falta de empatía.

Conclusiones

La educación facilitada por los padres tiene una directa repercusión en el proceso de socialización de los hijos. La sobreevaluación de los padres con respecto a los hijos predice el narcisismo, mientras que el calor, el cariño y el apoyo predecirán una alta autoestima. El narcisismo implica sentimientos de superioridad poco saludables, mientras que una educación en valores nos permitirá no encontrarnos el día de mañana con un “juguete roto” triunfador, seguramente como celebridad, pero fracasado como ser humano.

Referencias

Bushman, B. y Baumeister, R. (1998). Threatened egotism, narcissism, self-esteem, and direct and displaced aggression: ¿Does self-love or self-hate lead to violence?.  Journal of Personality and social Psychology. 75 (1):219–229.

Brummelman, E., Thomaes, S., Nelemans, S., Orobio de Castro, B., Overbeek, G. y Bushman, B. (2015). Origins of narcissism in children. Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America. 112 (12): 3659-62.

Brummelman, E., Sander, T., Stefanie, N., Orobio de Castro, B., Geertjan, O. y Bushman, B. (2015).  Reply to Kealy et al.: Theoretical precision in the study of narcissism and its origins. Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America. 112 (23).

Sobrevalorar a los hijos, ¿beneficioso o peligroso?
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