• D. R tiene 32 años y vive en Madrid. Se licenció con matrícula de honor en la Universidad Complutense. En el colegio ya destacaba como estudiante, siempre fue una alumna ejemplar y la primera de la clase. Cuando finalizó la carrera, encontró trabajo como administrativa de personal en una empresa de construcción. Actualmente sigue ocupando el mismo puesto.
  • G. L tiene 28 años. Vive en Madrid, junto a su marido. Se licenció en la Universidad Complutense con una media de Suficiente. Nunca destacó frente a otros estudiantes pero su personalidad siempre fue muy estable. Al finalizar sus estudios, consiguió trabajo como administrativa en una multinacional. Poco a poco se labró un futuro profesional y actualmente ocupa un puesto como directora financiera.

Ante las diferencias entre estas dos personas, se nos pueden plantean una serie de preguntas difíciles de contestar:

¿Existe un factor suerte que hace afortunados a unos y mediocres a los demás?

¿Depende el éxito de nuestra inteligencia general o existen capacidades desconocidas que nos hacen triunfar?

Os propongo que en los próximos días, observéis a las personas que trabajan junto a vosotros, dentro de vuestra Organización. Sin duda, podréis encontrar este tipo de “ironías profesionales”.Y aunque son conocidos los múltiples casos de “enchufismo” que existen en multitud de empresas, bien es sabido que en ocasiones, los favoritismos no tienen nada que ver con el éxito que algunas personas son capaces de alcanzar.

La importancia de la Inteligencia de la razón

Así, personas con CI de 180 trabajan para otras con CI de 95, estudiantes de notas impecables, ocupan puestos de trabajo sin ningún futuro profesional o trabajadores con escasa formación, han sabido prosperar en la vida y ahora poseen una categoría laboral destacada.

Después de los datos mencionados, resulta evidente que el CI poco tiene que ver con el puesto que ocupamos. Y es que la preparación académica no ofrece soluciones a todos los obstáculos que podemos encontrarnos a lo largo de nuestra carrera profesional.

No obstante, nuestra sociedad da más importancia a las actitudes intelectuales de las personas y se estructura en base a ellas. Durante los años de colegio, aprobar o no un examen, depende del grado de conocimientos demostrados sobre un tema concreto. En la adolescencia ocurre lo mismo: para ingresar en la Universidad, se requiere una nota de corte que depende de la Selectividad y que es un indicador de nuestras nociones sobre la materia. Y que decir de las entrevistas laborales a las que nos sometemos siendo adultos, donde un 80% de la decisión de que seamos seleccionados, depende de las capacidades intelectuales que refleja nuestro currículum.

Las incongruencias entre D. R y G. L, en verdad vienen determinadas por la capacidad que ciertas personas desarrollan para entender, aceptar y manejar las EMOCIONES. Esta destreza es llamada Inteligencia Emocional y engloba diferentes habilidades que después analizaremos.

Daniel Goleman, en su libro Inteligencia Emocional escribe: “Las personas que han desarrollado adecuadamente las habilidades emocionales, suelen sentirse más satisfechas, son más eficaces y más capaces de dominar los hábitos mentales que determinan la productividad. Quienes, por el contrario, no pueden controlar su vida emocional, se debaten en constantes luchas internas que socavan su capacidad de trabajo y les impiden pensar con la suficiente claridad”.

De esto podemos concluir que las personas que controlan adecuadamente sus emociones y que saben interpretar y relacionarse afectivamente con los sentimientos de los demás, disfrutan de una situación ventajosa en todas las facetas de su vida, desde las relaciones de amor o amistad con los demás, hasta la consecución del éxito en el seno de una organización.

Así, recientes investigaciones afirman que el éxito profesional depende un 23% de nuestras capacidades intelectuales (CI) y un 77% de nuestras aptitudes emocionales. (The Consortium for Research on Emotional Intelligence in Organizations).

La Psicología y la Inteligencia Emocional

Podemos decir que la Inteligencia Emocional es la capacidad de conocer nuestras propias emociones. El poder reconocer un sentimiento, el ser consciente de las sensaciones que me invaden en cada momento y saber discriminar cuando estoy triste de cuando siento ansiedad o estoy enfadado, constituye algo fundamental en la Inteligencia Emocional.

En psicología, es importante ser consciente de las emociones negativas suscitadas por una sesión, un paciente, un gesto o una objeción. Pues, atender a estas sensaciones es el primer paso para un posterior control de las mismas.

Para llevar a cabo tal habilidad, es necesario que nos auto observemos y realicemos una introspección profunda de nuestra persona. Tener conciencia de los sentimientos negativos, nos hace más fuertes a su influencia y nos posibilita deshacernos de ellos.

Es la capacidad para controlar nuestras emociones. Si somos capaces de tranquilizarnos cuando estamos nerviosos o sentimos ansiedad, de animarnos cuando estamos tristes o deprimidos y de calmarnos cuando estamos irritados, estamos demostrando Inteligencia Emocional, ya que las personas que experimentan tales habilidades, se recuperan mucho antes de los obstáculos que depara la vida.

Si como psicólogos, nos sentimos desalentados o nerviosos ante un tratamiento, nuestro CI no nos ayuda a superar este tipo de situaciones. Por el contrario, el autocontrol de nuestras emociones, facilita o posibilita un adecuado afrontamiento de la situación, dándonos pautas de actuación eficaces al problema: relajación, pensamientos positivos…

Todas los emociones son necesarias

Pero el objetivo no es suprimir las emociones negativas: no se pretenden un mundo sin sentimiento, habitado por personas sin corazón. El verdadero objetivo es controlar y conseguir un equilibrio de nuestros sentimientos. Y aunque no podamos manejar el tipo de emoción sentida ni el momento en el que ésta aparece, sí hay algo que podemos controlar: el tiempo que experimentamos la emoción. Si disminuimos este tiempo, acabaremos con el sufrimiento personal y aumentaremos nuestra Felicidad. Y, ¿no es ese el fin que todos intentamos conseguir?

Es la capacidad de motivarse a uno mismo. Otra buena razón de porqué gente con menos capacidades intelectuales se encuentra en la cúspide de su carrera (a diferencia de otros que, teniendo una capacidad similar no alcanzan ese nivel) es la motivación, y más concretamente la automotivación que poseen hacia su trabajo.

En psicología (y en cualquier otra profesión), es fundamental sentirse realizado con el trabajo llevado a cabo. Ver que los objetivos se cumplen, comprobar que los contenidos teóricos se llevan a la práctica y observar las caras de convencimiento de los pacientes, anima a continuar y a prosperar. El esfuerzo, la perseverancia y la dedicación a nuestra jornada laboral no serían posibles sin este motor que nos permite seguir trabajando y que depende de factores emocionales como el entusiasmo y la tenacidad frente a todo tipo de contratiempos.

Reconocer las emociones para poder empatizar

Es la capacidad de reconocer emociones ajenas. Esta habilidad se basa en la capacidad de reconocer nuestras propias emociones. Cuanto más conscientes seamos de nuestros propios sentimientos, mayor será nuestra destreza para conocer los sentimientos de los demás. Y si antes utilizábamos la autoobservación para obtener un autoconocimiento emocional, ahora es necesario observar a nuestros pacientes para saber qué sienten con cada explicación. A través de su lenguaje no verbal (sus gestos, sus posturas, sus tonos de voz) obtenemos un feedback de lo que sienten acerca de los contenidos terapéuticos y de la manera en que los exponemos y explicamos.

Reconocer las emociones del otro posibilita que empaticemos con él y que, antes de juzgar o acusar, nos pongamos en su lugar.

Por último, es la capacidad para controlar las relaciones con los demás. Relacionarnos adecuadamente con las emociones ajenas, tener visión de grupo, cooperar y no competir, es el objetivo de esta habilidad. Somos animales sociales y, aunque cada vez se nos invita más a combatir y a luchar por nuestros puestos de trabajo, trabajar como equipo hacia objetivos comunes, fomenta el respeto y la escucha activa, aspectos fundamentales en un mundo profesional cada vez más deshumanizado.

A lo largo de este artículo, las diferencias entre aspectos emocionales y racionales han quedado patentes. Aunque la sociedad actual, como ya hemos visto, ha menospreciado nuestra parte emocional, es evidente que las emociones juegan un papel fundamental en nuestra vida.

¿Razón o Emoción?

En psicología, nuestra parte racional nos hace capaces de aprender al pie de la letra los contenidos que vamos a exponer, nos proporciona todas las herramientas necesarias para responder a las distintas objeciones de los pacientes o nos hace verdaderos eruditos del tema.

Pero en ningún caso nos dota de poder de convicción o de sentimiento. No nos permite comprender las emociones, ni transmitir con entusiasmo los contenidos para que éstos se tengan en cuenta y se generalicen a la vida personal.

Que las emociones tengan cabida en nuestra vida y en nuestros pensamientos, posibilita la transmisión de los contenidos terapéuticos.

Por esa razón, nunca debemos olvidar nuestra parte emocional porque es lo que nos hace sobresalir y nos hace superar la mediocridad.

Razón vs Emoción
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