A modo de introducción creo conveniente citar un fragmento del libro “El factor fama”, de Mercedes Odina y Gabriel Halevi:

“El que un individuo destaque siempre se debe a que éste se ha situado en el punto justo entre lo común y lo único, por lo que el concepto de fama se funda en la adecuada relación entre lo familiar y lo inusitado, entre la tradición y la originalidad… los criterios con los que se mide cualquier tipo de fama en la actualidad están definidos por el tiempo de exposición pública y la apariencia que se adopta en dicha exposición…

La banalidad de las leyes que rigen el mundo de la fama ha infectado a la política lo suficiente para que las personalidades egoístas abunden entre los individuos que anhelan el poder, y el deseo por figurar sea hoy el motor de muchas carreras públicas.”

La celebridad psicológicamente buscaría suplir con mucha fama sus carencias afectivas primordiales (o de otra índole), dado que es precisamente “una falta” real o fantaseada, la que lo impulsa frenéticamente en busca de notoriedad. De este modo, la celebridad en la cima de su gloria, “celebraría” ilusoriamente su completud imaginaria. En ocasiones, ciertos aspirantes a “célebres” suelen necesitar la genialidad para lograr sus propósitos, aunque en estos casos, el genio si lo hubiere sería una especie de genio móvil (en cuanto a su movilidad por los diversos ámbitos mentales del saber), atento a las necesidades instrumentales de su célebre anfitrión, aunque éstas, siempre se hallarían subordinadas a aquella finalidad esencial descripta. Casi todo lo pertinente para tal fin sería válido, limitado obviamente, en cada caso particular, a las capacidades o potencialidades reales del sujeto y, al eventual desarrollo de alguna/s de ellas, la/s que mejor se preste/n para “celebrar” el ansiado reconocimiento.

En cambio, la persona genial; es decir, el auténtico genio, con toda su fuerza creativa, tiene ante todo una misión que cumplir o una causa por la cual luchar, algo “no negociable” inherente a su sentir profundo, que sublimación mediante busca expresar o comunicarle a sus congéneres. La celebración, si la hay, es secundaria y muchas veces no le interesa. Dicho de otro modo, no habría frivolidad en el verdadero genio, o al menos ésta no sería central. A la celebridad como vimos, no le interesaría tanto el camino, como la fama en sí misma. Para el genio, el recorrido es esencial, debido a que en él despliega su creación; no quiere fama a cualquier precio. El genio puede vivir toda la vida plasmando su obra y sin obtener reconocimiento, la historia da cuenta de ello. La celebridad, sin reconocimiento, sin poder celebrar, no podría vivir mucho tiempo sin pagar seguramente un alto tributo con su salud física o psíquica, o torcerse hacia prácticas corruptas para alcanzar su vital meta.

Los genios también suelen convertirse en celebridades, aunque no son pocos los que obtienen esta consideración pública a edad avanzada, o incluso después de su muerte, pero siempre como consecuencia de su obra o legado, y no al revés.

Tal vez sea oportuno reflexionar sobre la importancia que ha adquirido en esta época el “factor fama”, debido entre otras cosas a la frivolización de la cultura y los valores, con sus efectos negativos sobre la subjetividad humana.

Jorge A. Ballario
Psicólogo y Ensayista

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