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Los psicólogos, para poder ejercer la profesión tenemos que obtener el título en las universidades que dictan la carrera, pasamos por un recorrido bastante amplio en psicoanálisis y últimamente, hace unos cuantos años empezaron a aparecer cátedras más cognitivistas.

No es mi intención en absoluto enardecer fanatismos criticando las teorías que sustentan su práctica, pero sí me gustaría que puedan al menos reflexionar acerca de ciertos contenidos tal cual hacen los pacientes que vienen a nuestras consultas.

De prima facie sé que se habla poco y nada de la crianza y en cambio se hace foco en la psicología evolutiva de Piaget, tratando de describir que va sucediendo en cada edad del niño.

Pareciera que si queremos ir por esos lados tenemos que hacer luego una especialización en psicoperinatología, donde efectivamente se hablará de crianza y la importancia del contacto hasta el hartazgo.

¿Cómo puede ser que tengamos que ir en busca de lo específico para adquirir conceptos tan básicos como la importancia de los padres para el recién nacido? ¿Por qué si recibimos pacientes tan traumatizados por su historia no preguntamos o les pedimos que averigüen cómo fue su nacimiento y sus primeros años de vida? Porque claro vamos al pasado, pero muchas veces a cazar un culpable de los males de nuestros pacientes y no hacemos nada para acompañarlos a que no repitan esas historias en el “aquí y ahora”.

En su libro “Introducción al Narcisismo” de 1914, Freud habla de “His majesty the baby” (su majestad el bebé); “un estadío por el que todo bebé deberá pasar siendo objeto de uuna especial investidura desde sus vínculos fundamentales (especialmente desde la figura de la madre) con unas características muy determinadas, que junto a un ambiente facilitador del desarrollo le permitirán sentirse como “su majestad el bebé”, un lugar que el propio Freud define como aquel en que “no debería tener existencia la enfermedad, la muerte, la renuncia al goce ni la restricción a la voluntad y ante el cual las leyes de la naturaleza y de la sociedad han de cesar”.

De alguna manera nuestro llamado padre de la psicología (quien indiscutiblemente sentó la base para todas las corrientes teóricas posteriores) allí hablaba de la importancia de estar incondicionalmente para nuestros hijos, sobre todo al principio de sus vidas; pero luego en pos del evolucionismo y de creernos progresistas como una manera de tranquilizarnos por nuestras ausencias (justificadas muchas veces por lo laboral) empezó a circular la creencia de que estos “pequeños narcisistas” que nos necesitan en realidad para sobrevivir, eran “niños tiranos” que manipulaban según su conveniencia incluso con la corta edad de 3 o 6 meses, aparecieron teorías y libros cómo él “Duérmete Niño” que enseñan cómo salir de la manipulación de nuestros hijos a la hora de dormir dejándolos llorar hasta que entiendan.

Nosotros somos promotores de la salud y si bien desde la Facultad nos enseñan a no tomar posiciones ni a emitir juicios, como profesionales tenemos encuadres que posibilitan una buena atención clínica.

Realizo la invitación a todos mis colegas a que pensemos cuáles son nuestros prejuicios con respecto a los bebés, las madres en la etapa de posparto y los roles familiares. No importa si el resultado de este experimento es que nos encontramos con que tenemos muchos prejuicios, mejor todavía si ocurre porque será una manera de hacernos cargo de nuestras maneras de pensar y quizás podamos cambiarlas para no incidir negativamente bajando línea a nuestros pacientes con respecto a como domar a sus hijos pequeños para volver a sus vidas productivas o aunque sea a dormir de corrido alguna noche.

Tenemos que entender que progresismo no es dejar de lado el conocimiento ancestral donde instintivamente las madres entendían que tenían que estar cerca de sus hijos para que sobrevivan y que el llanto agudo, ese casi imposible de no atender de nuestros hijos, todavía hoy persiste por el estado de alerta de los niños para que sus madres no se alejen demasiado y corran el peligro de ser devorados por animales salvajes.

De esto habla el pediatra español Carlos González, autor y referente sobre estás temáticas  quién también dice: “El niño lo único que sabe es que cuando lleva un tiempo determinado separado de la persona con la que tiene un vínculo afectivo, y eso cuando eres un bebé y esa persona es la madre, puede ser menos de un minuto, nota una sensación desagradable. Esa sensación desagradable lo lleva a hacer una serie de cosas. Cuando es muy pequeño lo lleva a llorar, cuando es un poco mayor puede hacer otras cosas, puede llamar, puede hablar, puede caminar y buscar. Todas esas cosas que hace un niño cuando está buscando a alguien, es la conducta afectiva. Esa conducta se mantiene a lo largo de toda la vida”.

En busca de dejar atrás prejuicios y entender la importancia que tiene para el niño que en sus primero momentos de vida y también luego por un buen tiempo estemos ahí me he encontrado con autores como Bowlby y Winnicott y también con las impactantes filmaciones que encargaron a Rene Spitzz para demostrar la importancia del contacto y las consecuencias como el “marasmo por falta de él”.

Me topé con una palabra que hasta ese entonces nunca había escuchado, ni siquiera en la facultad y me pareció que es mucho más importante que tantas otras cosas que aprendí; encontré la palabra “Exterogestación” que refiere, explicando con mis palabras en un lenguaje tal que puedan entender todos, que los humanos nacemos neurológicamente inmaduros a diferencia de otros animales que al rato de nacer pueden erguirse y que por lo tanto necesitamos un golpe de horno que se da ya fuera de la panza y que se logra a partir de que nuestro hijo sienta el apego mediante estar en brazos y tomar la teta; así de necesaria es la función de la madre y el padre tiene que promover este acontecimiento sagrado sin enojarse y decir o hacer caso a mucha gente que por estar desapegada en realidad y ni siquiera darse cuenta, aconseja que lo dejemos solo, que cortemos la lactancia y que exigamos a nuestras compañeras que rápidamente vuelvan a ser las de antes negando que quién necesita imperiosamente a esta madre para sobrevivir es “su majestad el bebé”  tal cual como lo dijo Freud, al menos en esa parte citada sobre su libro del “Narcisisimo”, antes que todo se tergiverse.

¿Me volví un terapeuta de niños? No, en absoluto, sigo trabajando con adultos, sobre todo con parejas y familias pero con una mirada donde no puedo dejar de contarles a mis pacientes las consecuencias de la falta de apego, sobre todo al principio; en todo caso dejé de lado mi mirada posada en la pareja y empecé a ver que todos fuimos criados y criaremos lo mejor que podamos pero que es necesario saber que cuando decidimos traer un niño al mundo, aunque resulte obvio decirlo, no es un objeto que se puede devolver y que si no nos comprometemos con la crianza de ellos esto traerá consecuencias inmediatas o a futuro pero muy serias.

Quiero cerrar con unas palabras de un libro que vino a corolar todo lo que pienso sobre estos temas, dándome cuenta una vez más que no necesariamente los conocimientos hay que adquirirlos en libros de psicología. “Mi amigo me estaba diciendo que, yendo al quid de la cuestión, convertirse en padres consiste en traer al mundo a una criatura inepta e inerme que depende por completo de ti, incluso para la superviviencia. Una pérdida enorme y una ganancia inmensa. Desde ese momento ya nunca estarás en la fascinante condición de sentirte solo respecto al universo, porque habrá otro ser vivo que, dependiendo de ti para seguir con vida, te anclará a este pequeño pedacito del mundo sin otro horizonte que la lucha por la subsistencia, a este pequeño terrón de tierra que pisarás como modesto bípedo modestamente equipado para transitar brevemente por la existencia. Serás tú quién haga latir ese pequeño corazón, tu él que, con tu aliento, sustentarás su respiración. Aquí terminan tus días como idiota del cosmos”.

Psicología y Crianza
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