Psicología innatista y etología

La psicología innatista y la etología están interesadas en el valor adaptativo de la conducta para la supervivencia. Los orígenes de la disciplina se remontan al trabajo de Darwin, y sus fundadores modernos son Konrad Lorenz (1903-1989) y Niko Tinbergen (1907-1988).

Psicología innatista y etología

Aunque Lorenz no realizó más descubrimientos que otros etólogos, sus numerosos trabajos llamaron la atención sobre este nuevo campo. Este autor, nacido en Austria, comenzó sus estudios sobre etología a principios de la década de 1930, después de doctorarse en medicina, cuando se convenció de que los hitos evolutivos tienen su reflejo en los patrones de conducta innata de los animales, de la misma forma que se plasman en sus características físicas.


El otro autor esencial en la etología es el holandés Tinbergen. Este investigador trabajó a la sombra de Lorenz, a pesar de lo cual los etólogos consideran su aportación igualmente sustancial.

Durante su vida escolar el trabajo de Tinbergen era algo errático: le iba bien sólo en aquellas asignaturas que le interesaban, y de hecho muchos de sus profesores lo consideraban más bien perezoso y preocupado principalmente por los deportes.

Sin embargo, Tinbergen se doctoró en biología en 1932 tras lo cual empezó a realizar una serie de brillantes estudios etológicos. Su investigación se vio interrumpida en la 2ª Guerra Mundial debido a su encarcelamiento por protestar ante la destitución de profesores judíos; aunque aprovechó este tiempo para escribir sobre etología y algunos cuentos para niños. En 1973 Tinbergen, Lorenz y un tercer etólogo eminente, Karl Von Frish, obtuvieron conjuntamente el premio Nobel en fisiología y medicina.

Psicología innatista: los instintos, la impronta y los periodos sensibles

Uno de los planteamientos más destacados de la etología es que los organismos han de adaptarse al ambiente. Pero cuando se habla de ambiente hay que pensar no sólo en el ambiente actual; sino que también es importante considerar el ambiente al que tuvieron que adaptarse los antepasados en el curso de la evolución filogenética.

Algunos patrones de comportamiento tuvieron en su momento tal importancia para la supervivencia de la especie que han quedado grabados en las señas de identidad de todos sus miembros, incluso cuando en algunos casos hayan dejado de ser útiles para su fin original.

Una derivación de esta idea es que las pautas de comportamiento de los seres humanos se entienden mejor cuando se las considera no como mero fruto de circunstancias vitales individuales, sino como consecuencia de una larga lucha por la supervivencia.

En definitiva, la historia de las especies (y entre ellas la humana) ha dejado en los genes ecos que en ocasiones siguen condicionando pautas de conducta y los patrones de desarrollo. A continuación se ejemplificarán estas ideas a través de la exposición de un tipo de conducta adaptativa que ha recibido un interés especial por parte de los etólogos: la conducta instintiva.

El papel de los instintos

Los etólogos plantean que los instintos son una clase especial de conducta no aprendida que tiene las siguientes características:

  1. Es desencadenada por un estímulo externo específico. Por ejemplo, la gallina reacciona ante la llamada de estrés de sus pollos con una serie de comportamientos concretos cuyo objetivo es protegerlos.
  2. Los instintos son específicos para cada especie, esto es, los patrones conductuales particulares sólo se encuentran en los miembros de una especie concreta.
  3. Las conductas siempre incluyen algún patrón fijo de acción, o componente estereotipado (piénsese en las conductas de cortejo o las de combate de muchos animales). No obstante, algunas partes pueden ser modificadas.
  4. El patrón fijo de acción tiene un componente impulsor o dinamizador, que le exige al individuo implicarse en la conducta.
  5. Los instintos, como productos de la evolución, tienen cierto valor para la supervivencia.

En muchos casos la sensibilidad del animal a estímulos específicos desencadenantes de comportamientos es innata; pero en otros casos el animal nace con una laguna en su conocimiento innato.

Es decir, está equipado con todos los patrones conductuales del instinto pero le falta alguna información relacionada con el estímulo desencadenante. Esta información se rellena durante un período temprano en la vida del animal mediante un proceso denominado impronta.

La impronta

El ejemplo clásico es el de muchas especies de aves que nacen con una conducta instintiva de seguimiento. Aunque inicialmente no saben de manera innata qué o quién debe ser el blanco de sus persecuciones, normalmente acaban corriendo detrás de su madre (el blanco más adecuado). En realidad siguen a su madre porque ella ha sido el primer objeto que ellos han visto durante un período específico.

Las observaciones realizadas sobre este fenómeno han mostrado que la impronta ocurre en un intervalo temprano y restringido de la evolución del animal. Si la madre no está presente en ese espacio temporal pero hay algún objeto parecido en ciertas dimensiones a la madre el animal sigue a este objeto (p.ej., una botella en movimiento).

El período crítico

Muchos niños que han criado pollitos saben que éstos los han tomado por su «madre», y los han perseguido a todas partes. Esto llevó a un importante concepto teórico: el del período crítico.

Este se refiere a un intervalo limitado de tiempo durante el que el organismo está biológicamente preparado para adquirir ciertas conductas, pero que requiere la existencia de un ambiente estimular apropiado.

Por tanto, el animal joven mostrará apego a un objeto sólo si se expone y sigue al objeto durante el período crítico. Si se expone antes o después no se formará la relación de apego.

Actualmente, se utiliza más la denominación de «período sensible» ya que se ha comprobado que estas fases no están fijadas tan irrevocablemente por factores internos y que sus efectos no son tan absolutos como se proponía anteriormente.

La Etología y la Psicología innatista se preguntan por el valor adaptativo de los instintos y la impronta

Los etólogos se han planteado cuál es el valor adaptativo de la impronta. A este respecto se ha comprobado que este proceso ha evolucionado como un mecanismo de apego particularmente fuerte en aquellos mamíferos y aves que viven en grupos, que se mueven pronto después del nacimiento y que están sometidos a una fuerte presión por parte de los depredadores.

En estas especies la rápida formación de una conducta de seguimiento asegura que el individuo joven seguirá a su progenitor en su huida en momentos de peligro, y también que estará cerca de la madre para poder ser alimentado y protegido. Aunque éste es un proceso rápido y especialmente temprano, se puede considerar que puede ocurrir algún tipo de impronta en un amplio rango de especies, incluyendo a los primates.

Por ejemplo, los chimpancés pequeños no muestran mucha preocupación por el individuo con quién están hasta que tienen tres o cuatro meses. Entonces desarrollan una marcada preferencia por su madre (o padre adoptivo) y se vuelven cautelosos con los demás adultos.

Después de este momento los chimpancés permanecen cerca de su madre, se van con ella regularmente, y si la madre muestra alguna señal de que va a partir, los monitos se apresuran a subir sobre ella. Por tanto, los chimpancés se apegan a un objeto particular durante un determinado período de su vida (Bowlby, 1982). En los niños humanos puede ocurrir un proceso similar.

La concepción del desarrollo desde la Psicología innatista y la etología

Desde esta perspectiva hay cuatro cuestiones fundamentales que permiten comprender cualquier comportamiento:

  • ¿Cómo evoluciona el comportamiento?
  • ¿Qué es lo que causa el comportamiento?
  • ¿Cuál es su función biológica?
  • ¿Cómo evolucionó?

Evidentemente sólo la primera de ellas trata de la ontogénesis. La cuestión ontogenética exige una primera fase descriptiva (cómo cambia el comportamiento) para poder estudiar luego qué factores (endógenos, situacionales) podrían explicar el comportamiento. Distinguir las relaciones causales inmediatas de las relaciones relativas a la ontogénesis es una tarea compleja y no siempre posible.

Los comportamientos de las especies

Entre los comportamientos más importantes que aparecen a lo largo del desarrollo destacan las denominadas conductas específicas de las especies.

Estas incluyen comportamientos como el apego social, la dominacia-sumisión, la comida, el cuidado de los miembros infantiles, etc. También se desarrollan los impulsos (según Lorenz), los patrones fijos de acción y los sistemas de control (según Bowlby).

En cuanto a los factores endógenos que explican la aparición de los comportamientos se encuentran procesos como la maduración física, los cambios hormonales, los cambios en el comportamiento motor e incluso las variaciones en la eficacia del sistema nervioso.

Todos ellos subyacen a la aparición de periodos sensibles o de conductas específicas de las especies. Por ejemplo, la conducta de cortejo de ciertos pájaros sólo aparece cuando el pájaro madura hasta el punto de hacer posible la reproducción.

Además de a los cambios biológicos también se le da importancia a las capacidades de aprendizaje específicas y generales que cada especie tiene. Así, aunque los etólogos conceden gran importancia a los factores biológicos también abordan aquellas conductas aprendidas que conducen a la adaptación.

Una idea esencial para la concepción etológica del desarrollo es que la evolución ontogenética del comportamiento se concibe en el contexto de la evolución filogenética

De este modo, se asume que muchos de los repertorios del comportamiento han sido aprendidos a lo largo de la historia de la especie y se han mantenido gracias a su valor adaptativo.

Esto puede conducir a la idea de que para que el desarrollo se produzca normalmente deben mantenerse el conjunto de señales y respuestas generadas en la evolución. Además, para los etólogos el desarrollo de un organismo no se entiende tan sólo como una marcha hacia la edad adulta, punto de culminación y referencia por excelencia.

Desde esta perspectiva se concede más importancia a las etapas de inmadurez, ya que cada una tiene su razón de ser. Para los etólogos y psicólogos innatistas las fases de inmadurez cumplen una función esencial para el desarrollo del organismo y la vida de la especie.

Referencias

  • Barberis, S. (2014). Innatismo y selección natural en Psicología Evolucionista. Avatares Filosóficos, (1).
  • Ganuza, F. B. (2006). Psicología evolutiva y psicología evolucionista. Claves para la discusión. Revista de psicodidáctica11(1), 109-131.
  • Quiroga Méndez, M. (2013). El innatismo moral, un nuevo paradigma de desarrollo moral, aportaciones desde la cognición y la neurociencia. Acción Psicológica10(2), 179-188.
Licenciado en Psicología por la Universidad de Jaén (2010). Máster en Análisis Funcional en Contextos Clínicos y de la Salud por la UAL (2011) y Máster en Psicología Jurídica y Forense por el COPAO, Granada (2012). Doctorando en Ciencias Humanas y Sociales por la Universidad Pontificia de Salamanca. Ha publicado 8 artículos científicos y es autor de los siguientes libros: «Psicopatología General», «Neurociencias: etiología del daño cerebral» y «Evaluación Psicológica». Además, es coautor del libro «Modelo ROA: Integración de la Teoría de Relaciones Objetales y la Teoría del Apego». Desde 2010 ha ejercido profesionalmente como psicólogo clínico y forense, escritor, formador, profesor universitario, conferenciante internacional y colaborador con diversos medios de comunicación. Sus principales líneas de investigación son la psicología, mitología, simbología y la hermenéutica antropológica.

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