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Que levante la mano el/la que no tenga problemas.

Si eres tú el afortunado, haz el favor de ponerte en contacto conmigo compartiendo tu fórmula secreta. Podemos llegar a un acuerdo para patentarla y te prometo que, en unas horas, seremos multimillonarios.

Lejos de la sátira, hazte el favor de no caer en la trampa de creer al que dice que no tiene problemas. Todos tenemos problemas. Forman parte de la vida como el agua y como el sol. Existen de todas las formas, tamaños y colores… Más o menos pequeños, más o menos solucionables, más o menos fáciles… pero al fin y al cabo nadie se libra de ellos.

Los problemas

Suspendemos un examen, nos despiden del trabajo, enferma alguien de nuestra familia, perdemos el avión, se nos estropea la caldera, se rompen las tablas del somier, no funciona el ascensor cuando llegamos cargados con las bolsas del supermercado… Podríamos rellenar páginas y páginas y no acabaríamos nunca.

Además los puñeteros parece que se ponen de acuerdo en visitarnos cuando no estamos pasando por un buen momento. Sí, es en este instante cuando experimentamos la sensación de que todo se tiñe de gris oscuro tirando a negro. Ese momento en el que cualquier adversidad se convierte en un mundo. Es en este punto cuando nos convertimos en auténticos expertos en amargarnos la existencia.

Caemos en continuas comparaciones de las que siempre salimos perdiendo y, de forma repentina, nos inundan una amalgama de emociones negativas. Podemos llegarnos a creer que la vida de los demás es idílica y que la nuestra está plagada de contratiempos y penurias. Atribuimos al prójimo un status de felicidad que no se ajusta a la realidad. Y si por un momento conseguimos olvidarnos de esto, ya están ahí las redes sociales para recordarnos nuestra amarga rutina.

Mientras el resto tiene una existencia de lo más “molona” y “requeteguay”, nosotros vivimos en una especie de victimización constante. Reconozco que de primeras, esta estrategia puede resultar gratificante por la atención y el cariño que recibes de tu entorno, pero a la larga se convierte en sumamente peligrosa.

Esa típica expresión de “parece que me viene todo de golpe” o “no levanto cabeza” nos acerca a este estado de malestar.

Es a través de la queja como alcanzamos el cénit del sufrimiento y de la parálisis. Es la catastrofización lo que nos permite rebozarnos en el barro de nuestras preocupaciones y es que también solemos erigimos culpables de nuestras ruinas. El padecernos y el que nos compadezcan solamente nos aleja de las soluciones.

¿Algo de esto te resulta familiar?

Pues bien, vamos a detenernos en un aspecto que considero clave para romper este circuito tan tóxico. Gran parte de este enredo mental responde a una mala orientación hacia todo aquello que asemeja ser un problema. Einstein ya decía que “la formulación de un problema, es más importante que su solución”. No soy tan osado como para desafiar las palabras del genio, pero considero que tenemos mucho que perder si antes de formular el problema nos orientamos mal hacia él.

Fases resolución de problemas

Para comprender mejor el contexto global en el que nos movemos, citaré brevemente los componentes y las fases que proponen D´Zurilla & Goldfried (1971), autores que desarrollan el modelo más reconocido en este ámbito terapéutico. Ellos proponen dos componentes, el primero es la orientación o actitud hacia el problema y se reduce a un proceso puramente motivacional o actitudinal y el segundo son las habilidades básicas de resolución de problemas, ya más activo, que concentra, las habilidades concretas de la solución de problemas en sí misma.

  • Fase 1. Definición y formulación del problema.
  • Fase 2. Generación de alternativas de solución.
  • Fase 3. Toma de decisiones.
  • Fase 4. Implementación de la solución y verificación.

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Orientación o actitud hacia el problema

La Orientación o actitud hacia el problema se refiere a nuestro estilo general de respuesta hacia los problemas de la vida o a la forma que tenemos de ver y de valorar un problema determinado. En este nivel se incluyen nuestras creencias, expectativas, valoraciones, atribuciones, respuestas emocionales… que inciden y condicionan directamente nuestra propia capacidad para enfrentarnos a ellos.

Si fallamos en este primer punto; vamos a tener dificultades para reconocer los problemas, veremos problemas donde no los hay, los valoraremos como amenazas, nos frustraremos al encontrarnos con ellos, haremos atribuciones inadecuadas sobre los mismos, desconfiaremos de nuestra propia capacidad para resolverlos, seremos pesimistas en cuanto a los posibles resultados, no les dedicaremos el tiempo y el esfuerzo suficiente…

 A continuación expondremos brevemente los cinco principales ingredientes para una óptima orientación hacia los problemas:

  • Percepción del problema. Supone reconocer y etiquetar los problemas cuando se presentan, aunque esto no siempre resulte fácil. Tendemos, de forma natural, a pasar por alto, minimizar o incluso negar los problemas. Así reducimos la amenaza y la ansiedad, pero a costa de seguir padeciendo las consecuencias negativas de no resolverlos.
  • Atribución del problema. Se refiere a quién o a qué atribuimos las causas de nuestros problemas. En una atribución desadaptativa, las personas se culpan a sí mismas por sus problemas y piensan que hay algo mal en ellas; se ven como tontas, estúpidas o incompetentes. Esto nos conduce a un sentimiento de malestar que nos aleja del intento de resolverlo. En una atribución funcional, la persona atribuye al ambiente la causa de los problemas junto con factores personales transitorios y no a defectos personales estables. Esta atribución posibilita la corrección del problema y el propio crecimiento personal.
  • Valoración del problema. Podemos valorar un problema como una amenaza, lo cual facilita las respuestas de ansiedad y evitación; o bien como un desafío u oportunidad para aprender algo nuevo, cambiar para mejor o sentirse mejor con uno mismo. En este sentido, el fracaso no es visto como una catástrofe, sino como una experiencia didáctica.
  • Control personal. Depende de: a) la probabilidad de que percibamos un problema como resoluble y controlable, y de b) la probabilidad de que creamos que somos capaces de solucionar un problema con nuestros propios esfuerzos. Nuestra expectativa de autoeficacia adquiere aquí gran relevancia; ya que cuanto más cree uno en que los problemas tienen solución y en su capacidad para afrontarlos, mayor probabilidad de resolverlos de forma eficaz y efectiva.
  • Compromiso de tiempo y esfuerzo. Sus dos componentes son: a) la probabilidad de que estimemos con precisión el tiempo y esfuerzo que nos llevará solucionar un problema, y b) la probabilidad de que estemos dispuestos a dedicar el tiempo y esfuerzo necesarios para resolver el problema. Cuanto menores sean estas probabilidades, más evitativo y menos eficiente será su afrontamiento.

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Patricia, mi ejemplo

Llegados a este punto, recuerdo con cariño a Patricia (nombre ficticio), una paciente que tuve hace algún tiempo y que en aquella época estaba superando un cáncer de colon. Durante los primeros encuentros me repetía continuamente los “millones de problemas” que atormentaban su vida. Se quejaba del cáncer, de los efectos secundarios de la quimio, de la cojera que arrastraba desde niña, de su fatiga, del precio de los alquileres, del personal sanitario, del pijama, de la impuntualidad de las ambulancias, de la comida insípida del hospital, de la temperatura de la habitación, de que no era capaz de sintonizar antena 3, de las pocas visitas que recibía y de que cuando las recibía siempre aparecían en los peores momentos, de que el día estaba nublado, lluvioso, soleado…

Por mi parte, aprecié el gran esfuerzo que hacía en repetirse continuamente todos sus problemas, porque considero que no debe ser nada sencillo estar quejándose 16 horas al día. Recuerdo que le felicité por su titánico esfuerzo y me miró un tanto desconcertada. Creo que ya en aquel momento se dio cuenta de que “el quid de su cuestión” estaba en invertir toda aquella energía en algo más productivo para ella.

¿Tenía Patricia motivos para quejarse? Algunos pensaréis que sí, yo creo que tratar de buscar la respuesta a esa pregunta es perder el partido antes de jugarlo. La sorpresa es que fue la propia Patricia la que acabó diciendo que no, que no tenía motivos. Ella misma “le dio la vuelta a la tortilla”. Aquel día dio con la clave de su constante preocupación. Me dijo algo así como: “Jose, al final todo es una cuestión de enfoque, creo que hasta ahora mi brújula estaba estropeada”. Aquello era precisamente lo que habíamos trabajado, pero había llegado a esa conclusión con sus propias palabras. Sin darse cuenta estaba hablándome de la Orientación o actitud hacia el problema.

Patricia llevaba toda la vida con aquellos incómodos visitantes en su cabeza. Ella misma les daba vueltas y los hacía grandes, mucho más desde que le habían diagnosticado el cáncer, lógicamente. Pero arregló su brújula y cambió su enfoque, no sin esfuerzo y sin dudas. Recuerdo que en los primeros momentos se maldecía por el tiempo que había perdido atrapada en aquella espiral, pero pronto se dio cuenta que esta nueva estrategia tampoco le servía.

Gracias a este aprendizaje y sobre todo a aquel cambio de actitud, miles de sus problemas se esfumaron.

Lo último que supe de Patricia es que se compró una scooter para visitar a su hermana y a sus sobrinos, así en lugar de esperar sus visitas, era ella la que tomaba la iniciativa. También sé que se apuntó a natación, que quiere llevar siempre el pelo muy cortito y que le ganó al cáncer.

Reflexión

Es imposible no tener problemas. Tenemos que ser conscientes de que no existe una capa de invisibilidad ante ellos. A todos nos visitan continuamente, todos los días y a todas horas, pero depende mucho de cómo nos orientemos hacia ellos para superarlos.

Caemos en la trampa de pensar que tenemos más que el resto, que la vida es injusta con nosotros, que todo sería más fácil sin ellos… Nos desgastamos con estos pensamientos circulares que nos conducen a un estado de rumiación e inactividad, y con esto atraemos una mezcolanza de emociones negativas que sólo refuerzan nuestra desdicha.

Hablamos y hablamos de nuestros problemas, les damos mil y una vueltas otorgándoles un gigantesco poder. Párate a pensar que si caes en las redes de un problema, la solución que le estás dando es el propio problema en sí mismo.

Por eso, cuando Patricia arregló su brújula se dio cuenta de que “cuanto más pensamos en un problema, menos pensamos en su solución”.

Problemas, una cuestión de actitud
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