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Si buscamos en la literatura científica sobre qué es la vergüenza, encontraremos numerosos artículos y libros. Sin embargo, si buscamos sobre la vergüenza ajena, el número de hallazgos se reduce notablemente. Y es que todavía no está muy claro por qué sentimos vergüenza ajena. Aunque algunos estudios, poco a poco, comienzan a arrojar algo de luz.

¿Quién no ha sentido alguna vez vergüenza ajena viendo a otra persona con un trozo de comida en los dientes? ¿O haciendo alguna actividad con un resultado desastroso? Nos llevamos la mano a la cabeza, bajamos un poco la mirada pero sin dejar de prestar atención a la escena y comenzamos a sentir esa extraña sensación. Pero, ¿qué es y por qué sentimos vergüenza ajena?

¿Qué es la vergüenza ajena?

Describir este concepto o esta experiencia no resulta del todo fácil. Se trata de una mezcla de vergüenza, compasión y burla. Cuando estamos en un ambiente distendido y algún amigo empieza a cantar y su voz no es precisamente ni melódica ni armoniosa, en seguida puede surgir la vergüenza ajena. “¿No se da cuenta que no sabe cantar? Qué ridículo está haciendo”, pensamos muchas veces. Sin embargo, es curioso que los que pasamos vergüenza somos nosotros, no él.

“En completa soledad, la persona más sensible sería por completo indiferente a su propio aspecto”.

-Charles Darwin-

El doctor Frieder Michel Paulus, profesor de la universidad alemana de Marburgo, asegura que la vergüenza ajena “depende directamente de la perspectiva del observador“. En su artículo de 2013, “Tus defectos son mi dolor: vincular la empatía con la vergüenza ajena“, nos habla de que la vergüenza es una “reacción transitoria a una violación de la etiqueta social que pone en peligro la imagen pública particular de uno mismo y puede ser evocada en diferentes situaciones“.

Sin embargo, también asegura que la vergüenza se puede experimentar de forma indirecta, incluso, sin ningún tipo de vinculación entre el observador y el protagonista de la acción y sin ningún tipo de responsabilidad del observador en la situación del protagonista. Es decir, no hace falta que sea amigo o conocido, podemos sentir vergüenza ajena de alguien que no conocemos.

Muchas veces estamos en casa viendo la tele y observamos a un político pronunciar alguna frase sin sentido o equivocándose al decir una palabra. En este caso ni conocemos al protagonista ni tenemos ningún tipo de responsabilidad sobre la acción. Pero aún así, estando cómodamente sentados en el sofá, podemos llegar a sentir este tipo de vergüenza indirecta.

Vergüenza ajena, empatía y compasión

El grupo de investigación del doctor Paulus llevó a cabo un experimento que involucró a 619 alemanes en situaciones vergonzosas. Incluso llegó a someter a 32 de ellos a resonancia magnética funcional para observar qué áreas cerebrales se activaban cuando los sujetos sentían vergüenza ajena.

Los resultados mostraron que el cerebro pone en marcha las mismas regiones implicadas en la empatía: la corteza insular y el córtex del cíngulo anterior. Las conclusiones del equipo del doctor Paulus parecen señalar que “cuando sentimos vergüenza ajena sentimos empatía por alguien que pone en peligro su integridad al violar las normas sociales”. Podría decirse que se trata de una vergüenza empática.

Por otro lado, la historiadora Tiffany Watt Smith, investigadora del Centro para la Historia de las Emociones de la Universidad Queen Mery de Londres también aporta su grano de arena en la literatura de la vergüenza ajena.

La autora del libro “El libro de las emociones humanas”, asegura que sentir vergüenza ajena es una doble tortura. Por un lado, si otra persona comete un error podemos llegar a sentirla, y por otro, sin ser necesario el error, ya que basta que consideremos que la conducta ajena es digna de avergonzarse para sentir vergüenza ajena.

La historiadora asegura que los momentos en que sentimos más vergüenza ajena es cuando al protagonista de la acción es importante parece importarle bien poco lo que hace. En este caso nos quedamos nosotros con la vergüenza que debería estar pasando. Como Paulus, también afirma que se trata de una emoción empática, ya que nos ponemos en la piel de la otra persona.

Experiencia Subjetiva

A pesar de todos los datos que aporta la ciencia sobre esta emoción, no debemos olvidar que se trata de una experiencia personal. Dos personas observando la misma acción puede sentir emociones completamente contrarias. Mientras yo puedo estar sintiendo vergüenza ajena, otra persona pueda estar seria o riéndose a carcajada limpia.

Que sintamos esta emoción no siempre es sinónimo de que la otra persona esté haciendo el ridículo. En ocasiones deberíamos preguntarnos cuál es nuestro límite del sentido del ridículo si nos sorprendemos sintiendo vergüenza ajena de forma frecuente. Cometer un error no siempre significa hacer el ridículo. Mientras unos ven motivo de vergüenza otros ven aprendizaje. Todo depende de lo estricto que seamos con nosotros mismos y con los demás.

Bibliografía

Krach S, Cohrs JC, de Echevarría Loebell NC, Kircher T, Sommer J, Jansen A, et al. (2011). Your flaws are my pain: linking empathy to vicarious embarrassment. Plos One 6 (4).

Watt Smith, T. (2016). The book of humans emotions.

¿Por qué sentimos vergüenza ajena?
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1 Comentario

  1. Yo creo que se produce cuando se hace el ejercicio de empatía, pero no sólo con el sujeto que provoca la situación bochornosa, sino también cuando además emulamos lo que el entorno puede estar percibiendo al observar esa situación y creemos que puede ser una dura crítica. Si al contrario percibimos que el entorno parece desentendido, esa sensación por la otra persona podría reducirse por mucho que nos fijemos en su carente sentido del ridículo.

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