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¿Quién no se ha enfadado alguna vez? Todo el mundo se ha encontrado, en algún momento, pegando gritos a alguien sin saber muy bien por qué. Y es que… ¿Por qué gritamos cuando nos enfadamos? En este post respondemos a esta pregunta.

¿Cuál es la razón de que gritemos al enfadarnos?

El grito es una de las formas que tenemos los seres humanos de expresarnos en muchos aspectos de nuestra vida. Lo hacemos en muchos momentos y situaciones: cuando estamos felices, cuando queremos llamar la atención, para expresar dolor…

No obstante, una de las situaciones en las que es más frecuente que gritemos es al enfadarnos. Este tipo de reacción es muy habitual y puede ser aún más desagradable si va acompañado de palabras malsonantes hacia persona a la que dirigimos nuestros gritos.

Los gritos producidos por la ira son el resultado de una mala gestión de los sentimientos y de las emociones. Suele ser una vía por la que transmitir unas emociones negativas que, o bien han sido contenidas, o bien quien las siente no ha sabido canalizarlas.

Uno de los motivos por los que solemos gritar es porque hemos sido educados en un ambiente en el que nuestros progenitores se dirigían a nosotros de este modo. Está demostrado que un niño que oye gritos de forma habitual tenderá a repetir ese patrón de comportamiento en sus comunicaciones una vez que sea adulto.

Consecuencias de los gritos de enfado

Hay que tener mucho cuidado cuando lanzamos gritos a otras personas, especialmente si estos son nuestros seres queridos. Precisamente, es con ellos con quienes nos solemos sentir más libres para lanzar improperios, ya que tenemos la confianza suficiente como para hacerlo y tener la seguridad de que la relación no se romperá después.

Sin embargo, esto no es del todo así. Gritar a las personas de nuestro entorno tiene múltiples consecuencias negativas, especialmente si son personas con las que convivimos en el día a día, ya que es una forma rotunda de romper la comunicación.

Mediante los gritos estamos agrediendo verbalmente a nuestro interlocutor, por lo que este tenderá a adoptar una posición defensiva para evitar nuestro ataque. También puede suceder que la otra persona directamente no quiera entrar en una discusión y no responda a nuestros gritos.

Esta sería, sin lugar a dudas, la mejor reacción ante un ataque de este tipo: responder con silencio. De ahí la célebre frase que dice “dos no se pelean si uno no quiere”. Y es que entrar en ese círculo puede llegar a ser muy peligroso y, en la inmensa mayoría de las situaciones, no obtendremos una respuesta satisfactoria ni una solución al problema.

Es preferible, por lo tanto, esperar a que la otra persona se tranquilice y no entrar en un diálogo con ella hasta que no se dirija a nosotros en un tono adecuado, sea cual sea el motivo que haya podido desencadenar dicha reacción.

Cómo controlar esta reacción

Sea cual sea la razón por la que gritamos cuando nos enfadamos, es importante saber que este tipo de reacción es algo que hay que cambiar cuanto antes si queremos ser felices y vivir de forma más serena. De esta manera, podremos tener unas relaciones sociales y con nuestros allegados lo más sanas posibles.

Lo importante es detectar si es una reacción que tenemos con alguien concreto o en un contexto determinado o si, por el contrario, es algo que forma parte de nuestra vida cotidiana. En este último caso, tenemos un trabajo muy largo por delante para cambiar esto.

Lo primero que hay que empezar a controlar es evitar entrar en conversaciones cuando percibamos que vamos a reaccionar de esta forma. Es decir, si estamos muy enfadados, es preferible dejar la conversación para otro momento, darnos un tiempo para pensar, meditar o, incluso, ocupar nuestra cabeza en alguna tarea.

Seguro que tras hacer esto, estaremos más tranquilos y podremos mantener un diálogo mucho más constructivo con la otra persona. Sobre todo, tendremos que dirigirnos a ella de forma asertiva. Esto es, defendiendo nuestro punto de vista, pero siempre respetando que el otro pueda tener una visión diferente acerca de lo mismo.

Este no es un objetivo que se consiga en un día, sino que requiere de un esfuerzo consciente y de mucha constancia. Sin embargo, el autocontrol es posible y cada pequeño paso te ofrecerá una recompensa: la de ver cómo existen otras formas de enfrentar las situaciones y obtener un mayor éxito al intentar resolverlas.

¿Por qué gritamos cuando nos enfadamos?
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